Caperucita. La cara B El adarve
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El adarve

El adarve

«Dos mil metros que empiezan y acaban en el mismo sitio.»

Antonio Vidal salió de la Comisaría a las cinco y media de la tarde del día siguiente, después de treinta y cuatro horas de servicio, y en lugar de irse a casa subió a la muralla.

Subió por la escalera de la Porta do Bispo Aguirre, que era la que usaba siempre porque era la que le pillaba a mano y porque tenía los escalones más cómodos, y empezó a andar hacia la derecha.

Llovía.

Llovía con esa constancia sin épica del norte, que no obliga a refugiarse y que empapa igual, y en el adarve no había nadie salvo un hombre con un perro que iba en dirección contraria y que le dijo buenas tardes.

Vidal caminó los dos mil metros.

Tardó veintiocho minutos, que era lo que tardaba siempre.

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Había hecho aquello unas cuatrocientas veces en diez años y siempre por el mismo motivo, aunque nunca se lo había formulado con esas palabras hasta aquella tarde.

Lo hacía porque la muralla no lleva a ninguna parte.

Se sube, se anda, y se acaba exactamente donde se ha empezado. No hay una decisión que tomar en todo el recorrido: no hay bifurcaciones, no hay desvíos, no se puede uno equivocar de camino. Solo hay que seguir la piedra.

Para un hombre que llevaba veinte años convencido de que en un momento concreto de su vida había tomado el camino equivocado, dos mil metros sin ninguna posibilidad de equivocarse eran una forma barata de descanso.

Aquella tarde no descansó.

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Fue pensando, tramo a tramo, en el orden en que le fueron llegando las cosas.

En el tramo del norte pensó en que Sheila estaba viva y en que aquello era, objetivamente, la mejor noticia que había recibido en cuarenta años, y en que llevaba treinta y cuatro horas sin poder sentirla del todo porque debajo había otra cosa.

En el tramo del este entendió cuál era la otra cosa.

La otra cosa era esta: que Sheila estaba viva a pesar de él .

No gracias a él. A pesar.

Un policía honesto había tenido delante, veinte años atrás, once documentos sobre una mesa y una línea escrita a lápiz que decía tiene una hija pequeña , y había cerrado la carpeta y no había abierto una línea de investigación.

No por corrupción. Por conveniencia sentimental disfrazada de prioridades operativas.

Y luego se había ido de la ría sin despedirse.

Y luego, diez años más tarde, cuando ya llevaba una década sin pisar la ría, se había enterado en un congreso, de pasada, en un pasillo, de que aquella niña llevaba diez años desaparecida.

Y había pedido el expediente, y había leído las cuarenta y una declaraciones, y había pensado aquí no hay nada , y se había vuelto a su hotel.

Eso fue lo que hizo. Eso exactamente.

Y durante diez años se había contado a sí mismo que había hecho lo que se podía hacer.

En el tramo del sur, con el Miño abajo y la niebla subiendo del río, Antonio Vidal se paró en el pretil y estuvo un rato mirando el valle.

Y se dijo la frase entera, sin adornarla:

Si yo hubiera abierto aquella línea, quizá habrían caído todos aquel año. Y quizá la mochila no habría existido nunca.

Quizá.

El quizá es el territorio más cruel que existe, porque no se puede comprobar y no se puede cerrar. No permite ni la culpa limpia ni la absolución.

Vidal llevaba veinte años viviendo en el quizá.

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En el tramo del oeste, ya de vuelta, pensó en el expediente.

Y se dio cuenta, con una serenidad que le sorprendió, de que le daba exactamente igual.

No por heroísmo. Por aritmética.

Tenía cincuenta y ocho años. Tenía treinta y cinco de servicio. Le podían separar del servicio y perdería una parte de la pensión y una parte considerable de la manera en que se veía a sí mismo desde los veintitrés años.

Y a cambio había una mujer de treinta años en una habitación del HULA que estaba viva y que sabía cómo se llamaba y que había preguntado por un libro.

No era una compensación. No lo compensaba nada.

Pero era, por primera vez en dos décadas, algo que se podía poner en el otro lado de la balanza sin que la balanza fuera un chiste.

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Llegó otra vez a la Porta do Bispo Aguirre a las seis y dos minutos.

Dos mil metros. Veintiocho minutos. El mismo sitio.

Bajó la escalera, cruzó la calle y entró en un bar de la Rúa da Cruz donde le conocían y donde no le preguntaban nada, y pidió un vino y una tapa.

Sacó el móvil.

Buscó en internet una librería de Lugo que abriera hasta las ocho.

Y a las siete y cuarto de la tarde, el comisario Antonio Vidal compró un ejemplar de La línea de sombra , de Joseph Conrad, edición de bolsillo, once euros con cincuenta, y pidió que se lo envolvieran aunque la chica del mostrador le dijo que ya venían así.

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