Lugo — el hombre del perro
Lugo — el hombre del perro
«Aquí la muralla no defiende la ciudad. La ciudad está dentro porque la muralla defendía unas termas.»
Lugo es una ciudad de noventa y ocho mil habitantes construida alrededor de un cuadrado de piedra.
Es la única muralla romana del mundo que se conserva completa en todo su trazado.
Los de Lugo lo saben y han dejado de darle importancia, que es lo que se hace con las cosas extraordinarias cuando se convive con ellas: suben a correr, sacan al perro, llevan al niño en bici, se fuman un cigarrillo a las tres de la mañana mirando los tejados mojados.
Dentro del círculo cabe el casco viejo entero. La catedral, la Praza Maior, la Rúa Nova con sus vinos, el mercado, y unas cuantas casas que llevan ahí más tiempo del que se puede documentar.
Fuera está todo lo demás.
Y debajo de todo, sin que se vea, hay agua caliente: Lugo está sobre un manantial termal que los romanos usaron antes de construir nada. Por eso está la ciudad ahí. No por la muralla. La muralla vino después, a proteger unas termas.
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Antonio Vidal pidió Lugo hace diez años.
Nadie lo entendió. Lugo es un destino tranquilo y periférico al que van los que se están retirando y los que empiezan, y él estaba en el medio.
Lo pidió por una razón que no le contó a nadie hasta que se lo contó a Carmen Lodeiro en un despacho a las once de la noche.
—Quería una ciudad sin ría —dijo.
Y era verdad literalmente.
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El hombre del perro se llamaba Amador.
Vidal lo supo en el séptimo año.
Antes de eso, durante seis años y pico, fue simplemente el hombre del perro : un señor de unos setenta y cinco años, delgado, con una gorra de paño y un perro pequeño y viejo de raza indeterminada, con el que se cruzaba en el adarve dos o tres veces por semana, siempre en dirección contraria, siempre entre las seis y las siete de la tarde.
—Boas tardes.
—Buenas tardes.
Seis años y pico de eso.
En una ciudad de noventa y ocho mil habitantes, dos hombres que caminan el mismo círculo en sentidos opuestos se cruzan exactamente una vez por vuelta, y eso genera una relación que no tiene nombre en ningún idioma y que sin embargo es una relación.
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Se rompió una tarde de febrero.
Vidal llevaba tres semanas malas. Su mujer había muerto en octubre, y febrero es el mes en que la gente que ha perdido a alguien en octubre se da cuenta de que ya no la llama nadie para preguntar.
Aquella tarde iba andando la muralla por costumbre y no por otra cosa.
Se cruzó con Amador a la altura de la Porta Miña.
—Boas tardes.
—Buenas tardes.
Y el hombre, que no se había parado nunca, se paró.
—Oiga.
Vidal se paró también.
—Dígame.
Amador se ajustó la gorra.
—Lleva usted tres semanas andando esto al revés.
—¿Cómo?
—Que lo anda usted al revés. —Señaló con la barbilla—. Usted lo andaba siempre desde Bispo Aguirre hacia Santiago, y yo al contrario, y por eso nos cruzábamos ahí atrás, en la torre de la Mosquera. Lleva tres semanas cruzándose conmigo aquí.
Vidal se quedó mirándolo.
No se había dado cuenta.
Llevaba tres semanas subiendo por otra escalera y andando en el otro sentido y no se había dado cuenta.
—Tiene usted razón —dijo.
—Ya lo sé que tengo razón. —Amador tiró suavemente de la correa, porque el perro se había sentado—. Eso pasa cuando uno está pensando en otra cosa. Que anda por donde le sale y no por donde iba.
Y después dijo lo que dijo, y lo dijo sin ninguna solemnidad, mirando al perro:
—Esto es un círculo, hombre. Dé la vuelta que quiera y por donde quiera, que se acaba en el mismo sitio. Lo que no puede es dejar de andar, que entonces se le queda uno ahí parado en el medio y eso no es un círculo, eso es una piedra.
Levantó dos dedos hacia la gorra.
—Boas tardes.
Y siguió andando.
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Vidal terminó la vuelta aquella tarde en el sentido de siempre.
Y volvió a andarla dos días después, y la semana siguiente, y durante los tres años siguientes, unas cuatrocientas veces en total, y en todas ellas —salvo una, la de la tarde después de la noche de Guntín— la anduvo desde la Porta do Bispo Aguirre hacia la derecha.
Aquella tarde, la de después, la anduvo también en el sentido correcto.
Y en el tramo del sur, con el Miño abajo y la niebla subiendo del río, se dio cuenta de que llevaba veinte años parado en el medio.
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Amador murió cuatro años más tarde.
Vidal se enteró porque dejó de cruzárselo, y porque a las tres semanas vio en el adarve a una mujer de cincuenta y tantos años paseando a un perro pequeño y viejo de raza indeterminada, y ató cabos.
Se paró.
—Perdone. ¿Este perro era de un señor con gorra?
La mujer lo miró con desconfianza durante medio segundo y después se le pasó.
—De mi padre. Sí.
—Lo siento mucho.
—Gracias. —Se encogió de hombros—. ¿Usted lo conocía?
Y Antonio Vidal, que había hablado con aquel hombre exactamente una vez en diez años, dijo:
—Nos cruzábamos.
La mujer asintió, como si aquello fuera una respuesta completamente normal.
En Lugo lo es.
—Pues él también se cruzaba con usted —dijo—. Decía que había un señor que andaba la muralla más que él.
Y siguió su camino, con el perro por delante.
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Vidal se quedó un momento en el pretil.
Dos mil ciento diecisiete metros. Ochenta y cinco torres. Diez puertas.
Un círculo que se anda entero en veintiocho minutos y que se acaba exactamente donde empieza.
Y una ciudad entera dentro, con una catedral, un mercado, unas termas debajo y noventa y ocho mil personas que no le dan ninguna importancia.
Bajó por la escalera de Bispo Aguirre.
Aquella tarde era martes y eran las seis menos diez, y en la calle de abajo iba a aparecer dentro de poco un coche aparcado mal.
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