Lo que queda del Cazador
Lo que queda del Cazador
«Los que están lejos aguantan toda la vida. Ten cuidado con eso.»
El hombre que se hacía llamar Cazador salió de quirófano a las ocho y diez de la mañana.
El proyectil le había entrado por el costado derecho, había fracturado la undécima costilla, había atravesado el lóbulo inferior del pulmón derecho y había salido sin comprometer estructuras vasculares mayores, lo cual, según el cirujano que lo explicó después, era el resultado de una combinación de suerte y de tres o cuatro centímetros.
La costilla se la reconstruyeron con dos placas de titanio.
—Va a hacer sonar los arcos de los aeropuertos el resto de su vida —le dijo el cirujano, con la satisfacción del que ha hecho un trabajo del que está orgulloso.
Marcos Deán Villaverde —porque a las cuarenta y ocho horas ya le habían puesto nombre las huellas— asintió desde la cama.
Y pensó, con una lucidez que le sorprendió, que llevaba veinticinco años trabajando para no dejar rastro y que iba a pasar el resto de su vida haciendo saltar una alarma cada vez que cruzara una puerta.
Le pareció justo.
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Estuvo detenido setenta y dos horas.
Después lo pusieron en libertad, y conviene explicar por qué, porque no es lo que la gente supone.
Del episodio de la nave no había nada que sostener.
Tres personas armadas entran de noche en una nave donde hay tres desarmadas y disparan primero; el informe balístico lo confirmó, la trayectoria del proyectil que le atravesó a él lo confirmó, y los dos testimonios lo confirmaron.
La legítima defensa la apreció el instructor antes de que la pidiera el abogado.
De lo del callejón del Club de Moisés no había nada en absoluto.
No había arma: nunca apareció. No había huellas: llevaba guantes.
No había cámaras: en aquel aparcamiento no hay cámaras y no las ha habido nunca.
No había un solo testigo dispuesto a decir lo que había visto, porque la única persona que lo había visto declaró durante hora y cuarenta minutos sobre una red de trata y sobre lo que ocurría dentro del Morgana, y sobre el callejón dijo que había salido a fumar, que había oído algo y que se había vuelto adentro.
Y el hombre que estaba en la cama no dijo una palabra.
Ni una. Ni en las setenta y dos horas ni después.
Lo dijo el abogado de oficio, que era joven y competente y que salió de aquel asunto convencido de que su cliente era inocente, cosa que Marcos Deán nunca le desmintió, y esa fue la única mentira que dijo en todo el procedimiento: la que dijo callándose.
Las diligencias por la muerte de Jean-Pierre Delacroix quedaron abiertas.
Siguen abiertas.
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Vidal fue a verlo el sexto día.
Entró en la habitación, cerró la puerta, y se quedó de pie a los pies de la cama con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos.
Estuvieron un rato mirándose.
—Comisario —dijo Marcos.
—Sabe quién soy.
—Sé lo que es.
Vidal cogió la silla de plástico que había junto a la ventana, la puso frente a la cama y se sentó.
—Le voy a decir tres cosas y después me voy —dijo—. La primera es gracias. No sé decirlo de otra manera y no voy a adornarlo. La segunda es que sé perfectamente lo que hizo usted el martes a la una y cuarto de la madrugada detrás de un club de la carretera de O Salnés.
Marcos no se movió.
—Y la tercera —dijo Vidal— es que no lo voy a poder probar nunca. Se lo digo yo, que llevo treinta y cinco años en esto y que sé leer un atestado. No hay nada. No lo va a haber.
—¿Y?
—Y que las dos cosas me van a acompañar el resto de mi vida —dijo Vidal—. La segunda y la tercera. En ese orden.
Se levantó.
Fue hasta la puerta y se paró con la mano en el picaporte.
—Una cosa más.
—Dígame.
—Le van a soltar mañana o pasado. —Vidal no se giró—. Y usted es un hombre que lleva veinticinco años sin quedarse en ningún sitio más de ochenta días al año. Así que le voy a dar el único consejo que le voy a dar en mi vida, y se lo doy como policía y no como otra cosa.
—Adelante.
—Quédese.
Y salió.
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Marcos Deán salió del hospital tres semanas después de la noche de Guntín.
Salió con dos placas de titanio, una bolsa de ropa que le había comprado Luna en una tienda del centro, un teléfono nuevo con dos números guardados, y un procedimiento judicial abierto que no llevaba su nombre en ninguna parte pero que estaba, y que iba a estar siempre.
En la puerta del HULA se quedó parado un momento.
Era noviembre y hacía un frío seco que en la ría no existe.
Y tomó la primera decisión de su vida como Marcos, que consistió, exactamente, en no tomar ninguna: no coger un coche, no ir a un aeropuerto, no comprobar salidas.
Quedarse.
No indefinidamente. No con ningún plan.
Simplemente: no moverse todavía. Ver qué pasaba si se quedaba el tiempo suficiente para que algo empezara a importar.
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Luna lo llevó en taxi a una pensión de la Rúa da Cruz.
Iba en el asiento de al lado, con la bolsa entre las rodillas, mirando por la ventanilla.
—¿Sabes lo que me dijo un sargento hace treinta años? —dijo él, de pronto.
—No.
—Que los tranquilos aguantan diez años y que los que están lejos aguantan toda la vida. Y que tuviera cuidado con eso.
—¿Y?
—Que tardé treinta años en entender que me estaba avisando. —Miró la calle mojada—. Estar lejos no es una fortaleza. Es una dirección.
Luna lo pensó.
—Bueno —dijo—. Pues ya has hecho el primer kilómetro de vuelta.
—¿Cuál?
—Bajarte de un taxi en una ciudad en la que no tienes nada que hacer.
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