Una mujer que no existe
Una mujer que no existe
«El Estado no puede ayudar a quien no consta.»
A las seis y veinte de la mañana, en el Hospital Universitario Lucus Augusti, empezó la parte que nadie cuenta.
Porque las historias como esta terminan, en las películas, con dos personas abrazadas en una habitación.
En la vida real, a las seis y veinte de la mañana, alguien tiene que rellenar un impreso de admisión, y en el impreso hay una casilla que dice Nombre y apellidos y otra que dice Documento nacional de identidad , y ninguna de las dos se puede dejar en blanco.
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Al administrativo de admisión de urgencias le tocó aquella mañana un turno como cualquier otro.
Tenía delante a una mujer de unos treinta años con una manta térmica en el brazo, a un policía de paisano y a una mujer mayor con la cara de haber llorado, y él no sabía absolutamente nada de nada, porque nadie se lo había contado y porque no le correspondía.
Hizo lo que hace un administrativo.
—Nombre y apellidos.
Y Sheila Lodeiro, de pie delante de un mostrador, con el pelo sucio y la ropa de otra persona, a las seis y veinte de la mañana de un miércoles, dijo:
—Sheila Lodeiro Pazos.
Lo dijo entero. Con los dos apellidos. Sin una vacilación, sin buscar la palabra, sin ese titubeo mínimo que tiene la gente cuando dice su nombre en un mostrador.
Lo dijo como quien dice algo que ha dicho siete mil trescientas veces.
Porque lo había dicho siete mil trescientas veces, en once ciudades y en catorce casas, en voz muy baja, con la cara contra la almohada, todas las noches durante veinte años, y aquella mañana un funcionario de admisiones de un hospital de provincias, sin saberlo, sin enterarse, sin que nadie se lo explicara nunca, fue la primera persona en dos décadas que se lo preguntó.
Escribió el nombre en la pantalla.
—Documento nacional de identidad.
Y Carmen Lodeiro, a un metro y medio, tuvo que apoyarse en el mostrador.
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Sheila Lodeiro no existía.
Administrativamente, era una mujer de treinta años sin documento de identidad, sin pasaporte, sin tarjeta sanitaria, sin número de la Seguridad Social, sin domicilio y sin un solo día cotizado.
Su inscripción de nacimiento existía en el Registro Civil de Vilagarcía de Arousa, con fecha de treinta años atrás. Sobre esa inscripción no constaba ninguna anotación de defunción, porque nunca se declaró.
Y existía, en un archivo, un expediente de desaparición de menor abierto veinte años antes.
Entre esos dos papeles y la mujer que estaba delante del mostrador no había absolutamente ninguna conexión legal.
Había que construirla.
Y construirla exigía cotejo de huellas, prueba biológica de filiación, reactivación del expediente, comparecencia ante el juez, una diligencia de identificación y una serie de actuaciones que en circunstancias normales llevan entre cuatro y nueve meses.
Antonio Vidal las puso en marcha todas antes de las nueve de la mañana.
Hizo once llamadas. Despertó a un juez de guardia, a un forense, a la jefa de la Brigada de Policía Científica y a un funcionario del Registro Civil de Vilagarcía que estaba desayunando, que tardó cuatro minutos en entender lo que le estaban preguntando y otros dos en tener que sentarse.
Ninguna de las once llamadas fue ilegal.
Todas fueron impropias del rango, del horario y de la ausencia total de relación de aquel comisario con el asunto.
Las once constan en el expediente.
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El reconocimiento médico duró tres horas.
De lo que se hizo en esas tres horas no se va a decir nada aquí, salvo tres cosas.
La primera es que Sheila Lodeiro pidió, con mucha educación y con una firmeza absoluta, que su madre no estuviera dentro.
La segunda es que había un protocolo. Existe: se llama protocolo de atención a víctimas de trata y lleva años funcionando, con sus insuficiencias y sus listas de espera, gracias a gente que trabaja en ello sin que nadie escriba novelas sobre ellos.
Aquella mañana lo aplicó una médica de urgencias de treinta y cuatro años que se llamaba Iria Salgado y que hizo su trabajo exactamente como hay que hacerlo, es decir: explicando cada paso antes de darlo y pidiendo permiso cada vez.
La tercera es que a mitad del reconocimiento, la doctora Salgado le preguntó si quería que parara.
Y Sheila dijo que no, que siguiera, y añadió una frase que aquella mujer se llevó a casa y de la que habló con su pareja aquella noche llorando en la cocina:
—Es la primera vez que alguien me pregunta antes.
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Al terminar, Iria Salgado salió al pasillo y habló con Carmen tres minutos.
Carmen escuchó de pie, sin interrumpir, con las manos cruzadas por delante.
Al final preguntó una sola cosa:
—¿Se va a poner bien?
Y la doctora Salgado, que podría haber dicho que sí, dijo lo que hay que decir:
—Físicamente, casi todo tiene arreglo. Lo demás depende de una cantidad de cosas que no controlamos ni usted ni yo, y va a llevar años. —Pausa—. Lo que le puedo decir es que su hija hoy me ha hecho tres preguntas muy inteligentes. Eso, en mi experiencia, es la mejor señal que hay.
Carmen asintió.
—Gracias.
Y cuando la médica ya se iba, la llamó.
—Doctora.
—Dígame.
—¿Le ha preguntado ella por mí?
Iria Salgado se paró.
—Dos veces —dijo—. Ha preguntado dos veces si usted seguía ahí fuera.
Y siguió andando por el pasillo, porque tenía cuatro boxes esperando y porque no supo, hasta mucho después, lo que acababa de darle a aquella mujer.
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Carmen Lodeiro seguía detenida.
Ese detalle, que resulta grotesco, es exactamente lo que ocurrió: la mujer que estaba en el pasillo de urgencias del HULA a las nueve y media de la mañana estaba en situación de detención por una requisitoria de una pieza separada, y a las once tenía que estar de vuelta en la Comisaría.
Vidal lo arregló de la única manera que se puede arreglar eso, que es la manera correcta: llamó al juzgado, expuso la situación, y el juez de guardia autorizó la permanencia bajo custodia policial en dependencias hospitalarias hasta la comparecencia.
Un funcionario de paisano se pasó el día sentado en una silla de plástico a diez metros.
A las dos de la tarde, Sheila salió del box con la ropa que le habían dado y se sentó al lado de su madre en el pasillo.
Y estuvieron así una hora larga, las dos calladas, con un policía a diez metros y el ruido de un hospital alrededor.
En algún momento, Sheila dijo:
—Estás detenida.
—Sí.
—¿Por lo del francés?
Carmen tardó un segundo.
—No. Por otra cosa vieja. Lo del francés todavía no lo sabe nadie.
Sheila asintió.
Y después dijo, mirando al frente:
—Yo sí lo sé.
—Ya.
—¿Vas a ir a la cárcel otra vez?
—Probablemente.
—¿Cuánto?
—No lo sé. —Carmen tampoco la miraba—. Puede que no llegue a saberlo.
Sheila giró la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Y Carmen Lodeiro, que había planificado decirle aquello dentro de tres o cuatro semanas, cuando hubiera terreno, se lo dijo allí mismo, en un pasillo de hospital, porque su hija le había hecho una pregunta directa y porque llevaba doce horas prometiéndose que no le mentiría nunca más.
Se lo contó entero. Lo que tenía. Desde cuándo. El nombre del oncólogo que la iba a llevar, un tal Morales, y el tratamiento que empezaba en cuatro días. Lo de los catorce meses que había perdido por orgullo.
Sheila escuchó sin moverse.
Al final dijo:
—O sea, que llego tarde.
—No —dijo Carmen—. Llegas justo.
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Aquella noche durmieron separadas.
Es la cosa más cruel de todo aquel día y no la decidió nadie con mala intención: la decidieron un juzgado, un protocolo y un reloj.
A Carmen la devolvieron a la Comisaría a las siete de la tarde para la comparecencia del día siguiente.
A Sheila la llevaron a un piso de acogida de la Xunta, en un cuarto piso de un bloque del ensanche, con dos trabajadoras sociales, otras tres mujeres a las que no conocía y una habitación individual con una cama, una mesilla, una lámpara y una ventana con vistas a un patio.
Se despidieron en el pasillo de urgencias.
—Mañana —dijo Carmen.
—Mañana.
Y las dos se quedaron ahí de pie, sin saber qué se hace, porque llevaban veinte años sin practicar y porque una despedida de doce horas después de veinte años es una cosa para la que no hay manual.
Al final fue Sheila la que la abrazó.
La primera vez que se tocaron entero fue en un pasillo de hospital, de pie, con un funcionario de paisano a diez metros mirando educadamente hacia otro lado, y duró bastante, y ninguna de las dos dijo nada.
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En el piso de acogida le enseñaron la habitación a las nueve y media.
La trabajadora social se llamaba Noa, tenía veintisiete años, llevaba dos en aquel programa y había aprendido a no explicar demasiado.
—Esta es la tuya —dijo—. El baño es el de la izquierda. Si necesitas cualquier cosa a cualquier hora, yo estoy en el cuarto de al lado.
—Vale.
—Y esto —añadió, con toda la naturalidad del mundo, señalando el pomo— cierra por dentro.
Le dio la llave.
Sheila la miró en la palma de la mano.
—¿Puedo cerrar?
—Puedes cerrar.
—¿Y si cierro no pasa nada?
—Y si cierras no pasa nada.
Noa se fue y cerró la puerta desde fuera, con suavidad.
Y Sheila Lodeiro se quedó de pie en el centro de una habitación de tres metros por dos y medio, con una llave en la mano, a las nueve y media de la noche del día en que la habían sacado.
Estuvo así once minutos.
Después se acercó a la puerta y echó la llave.
Y se quedó escuchando el ruido que hace un cerrojo cuando lo echas tú.
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No durmió en la cama.
Lo intentó. Se tumbó, se tapó, apagó la lámpara.
Y a los veinte minutos se levantó, cogió la manta, se sentó en el suelo con la espalda contra el somier y desde ahí se quedó mirando la puerta hasta que amaneció.
No por miedo.
Por otra cosa que le costó dos años poder decir en voz alta en una consulta de los jueves, y que dijo así:
—Es que en aquella cama no había estado nunca nadie más que yo. Y no me lo creía. Y me dio miedo dormirme y que al despertar no fuera verdad. —Pausa—. Así que me quedé mirando la puerta para verla cerrada. Toda la noche. Para verla cerrada por dentro.
A las siete y diez de la mañana, Noa llamó dos veces con los nudillos.
Sheila abrió.
—Buenos días —dijo Noa—. ¿Café?
Y Sheila Lodeiro, que llevaba veinte años sin que nadie le preguntara si quería un café, tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
—Sí —dijo—. Con leche.
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