El reencuentro
El reencuentro
«No trajiste el libro.»
Los veinticinco minutos de espera fueron los más largos que Antonio Vidal recordaba haber pasado, y fueron también los únicos veinticinco minutos de su vida en que vio a Carmen Lodeiro perder el control de una situación.
No lo perdió de una manera visible.
Lo perdió como lo pierde la gente así: en detalles pequeños y sucesivos que un observador cualquiera no habría sabido leer y que él, que llevaba veinte años sin leerla y no había olvidado cómo, fue registrando uno por uno con una mezcla de ternura y de espanto.
A los cuatro minutos se levantó de la silla.
A los siete se sentó otra vez.
A los nueve se miró las manos, se frotó las muñecas donde le habían estado los grilletes, y se bajó las mangas del jersey hasta cubrirlas.
A los doce dijo:
—¿Tienes un espejo?
—No.
—¿Un baño?
—Al fondo del pasillo. Hay un funcionario en la puerta y va a tener que acompañarte.
Carmen se quedó quieta un momento.
Después cogió el teléfono móvil que le habían devuelto con sus pertenencias, lo puso boca arriba encima de la mesa con la pantalla apagada, y se miró en el cristal negro.
Se pasó los dedos por debajo de los ojos. Se colocó el pelo dos veces, la segunda deshaciendo lo que había hecho la primera.
Y entonces, con la voz de quien está diciendo una tontería y sabe que la está diciendo:
—Voy vestida como me detuvieron.
—Carmen.
—Ya lo sé. Ya sé que da igual. —Dejó el teléfono—. Pero llevo veinte años imaginándome esto y en ninguna de las veces iba vestida así.
Vidal no dijo nada, porque no había nada que decir que no fuera peor que el silencio.
A los diecinueve minutos, Carmen Lodeiro dijo, mirando la ventana:
—¿Y si no me conoce?
Y a los veintitrés, cuando se oyó el ascensor al fondo del pasillo, se puso de pie y se quedó de pie, con las manos delante, en la postura exacta con la que había estado en la tercera fila de una iglesia de Santa Baia de Arealonga sin cantar y sin sentarse, dieciocho años antes.
❖
La puerta se abrió a las cuatro y cuarenta y uno de la madrugada.
Entró primero el inspector Ferreiro, que dio un paso a un lado inmediatamente y se quedó junto al marco con las manos cruzadas por delante, en esa posición que adoptan los policías cuando saben que lo que va a ocurrir en una habitación no es asunto suyo y que su única función es haber traído a alguien hasta allí.
Y detrás entró una mujer.
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Llevaba una chaqueta que no era suya, unos vaqueros, unas zapatillas, y una manta térmica doblada en el brazo que alguien le había dado en Guntín y que no había querido soltar en dos horas de coche.
Tenía treinta años.
Tenía el pelo rojo oscuro —más oscuro de lo que Carmen Lodeiro llevaba veinte años recordando, y esa fue la primera cosa que le falló, y le falló en el primer segundo— recogido de cualquier manera con una goma.
Tenía una cara delgada y unos pómulos que no habían estado allí nunca.
Y tenía una postura que Carmen no reconoció, porque los niños de diez años no tienen postura, y a Sheila le habían construido una a lo largo de veinte años: los hombros bajos, los brazos cerca del cuerpo, la barbilla ligeramente adelantada.
La postura de alguien que ocupa el menor espacio posible en cualquier habitación en la que entre.
Se paró a dos pasos de la puerta.
Y no dijo nada.
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Aquí conviene ser honesto, porque de este momento se han contado versiones que no ocurrieron y porque lo que ocurrió fue mejor.
No corrieron una hacia la otra.
Ninguna de las dos se movió.
Estuvieron ocho o nueve segundos —Ferreiro dijo después que fueron nueve; a Vidal le parecieron dos minutos— mirándose de pie en un despacho de la Comisaría Provincial de Lugo, a cuatro metros de distancia, con la lámpara de la mesa encendida y la muralla iluminada al otro lado del cristal.
Porque veinte años no se cruzan corriendo.
Carmen buscaba en aquella cara a la niña.
Y no la encontraba.
Eso es lo que nadie cuenta de estas escenas y es lo que estuvo a punto de romperla: que durante los primeros segundos, Carmen Lodeiro miró a su hija y lo que sintió no fue reconocimiento sino la cosa contraria, un vértigo blanco, la certeza espantosa de que le habían traído a una mujer que no conocía de nada.
Buscó lo que sabía buscar. El pelo: distinto. La cara: distinta. La altura —y ahí se le paró algo por dentro, porque su hija era más alta que ella, y en veinte años de imaginarse aquello no se le había ocurrido ni una sola vez que su hija pudiera ser más alta que ella.
Y entonces Sheila cambió el peso de un pie al otro.
Fue un movimiento de nada. Medio gesto. La cadera, el hombro, una manera de descargar el cuerpo.
Y Carmen Lodeiro lo reconoció con una violencia física, porque era exactamente lo que hacía aquella niña de pie en la puerta de la cocina cuando llevaba un rato esperando una respuesta que no llegaba.
Se le doblaron un poco las rodillas.
Se agarró al respaldo de la silla.
Y dio un paso.
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Levantó una mano hasta la altura del pecho y la dejó ahí, en el aire, a medio camino, sin llegar a extenderla del todo.
Y dijo lo único que le salió, que no fue el nombre de su hija ni ninguna de las cuatrocientas frases que había construido en veinte años:
—¿Te acuerdas de mí?
❖
Sheila Lodeiro cerró los ojos.
Y respiró.
Respiró por la nariz, despacio, dos veces, con la concentración absoluta de quien está haciendo algo técnico, y a Vidal —que estaba de pie junto a la ventana y que no había abierto la boca— le pareció que aquella mujer estaba oliendo la habitación.
Estaba oliendo la habitación.
Café de máquina. Papel. Una calefacción vieja.
Ropa mojada. Y por debajo de todo aquello, a cuatro metros, un olor concreto que era jabón de manos y algo más que no tenía nombre y que llevaba veinte años en una cámara blindada, gastándose como una foto doblada en un bolsillo, y que aquella noche volvió entero y a tamaño real.
Abrió los ojos.
—Sí —dijo.
Y se le rompió la cara.
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Carmen dio los otros tres pasos y alargó los brazos.
Y Sheila se apartó.
No fue una decisión. Fue el cuerpo: un retroceso de dos centímetros, la barbilla que se mete, los hombros que suben. El reflejo exacto y automático de una persona a la que llevan veinte años tocando y a la que no la ha tocado nadie en veinte años sin que eso significara otra cosa.
Duró medio segundo.
Carmen se quedó con los brazos a media altura en mitad de un despacho.
Y ese medio segundo fue lo peor que le pasó a Carmen Lodeiro en toda su vida, y lo dijo así, con esas palabras, cuatro años después: lo peor no fue la caja. Lo peor fue que se apartara.
Bajó los brazos.
Despacio. Con muchísimo cuidado. Como se bajan las manos delante de un animal al que uno acaba de asustar sin querer.
—Perdona —dijo.
Y ahí, exactamente ahí, ocurrió la cosa por la que existe este libro.
Porque Sheila Lodeiro, que llevaba veinte años sin poder decidir nada, levantó la mano derecha y cogió la de su madre.
Ella. Deliberadamente. Con los ojos abiertos.
La cogió como se coge algo que se ha decidido coger, y apretó, y no la soltó.
—No —dijo—. Es que hace mucho.
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Se sentaron.
No abrazadas: en las dos sillas de visita, una enfrente de la otra, ligeramente giradas, con la mano izquierda de Carmen y la mano derecha de Sheila unidas encima del brazo de una de las sillas y apretadas de una manera que a Vidal le pareció que iba a hacerles daño.
Ferreiro salió y cerró la puerta.
Vidal no salió, y eso fue lo único que hizo mal aquella noche según el criterio de tres personas distintas y lo único que hizo bien según el suyo: se quedó de pie junto a la ventana, quieto, mirando la muralla, dándoles la espalda.
Hablaron en voz muy baja.
No de nada importante. Eso es lo que la gente no entiende: que en el primer cuarto de hora no se habla de veinte años. No se puede. La cabeza no lo permite y el cuerpo tampoco.
Se habla de la temperatura de las manos.
—Tienes las manos frías —dijo Carmen—. Siempre las tuviste frías.
—Sí.
—De pequeña te ponía los calcetines de tu padre para dormir.
—No me acuerdo.
—Ya.
Y las dos se quedaron un momento en aquel ya , que era el primero de los muchos que iban a venir en los años siguientes y que iba a significar siempre lo mismo: hay un agujero aquí y las dos lo sabemos y no lo vamos a nombrar todavía.
❖
Fue Sheila la que dijo la primera frase larga.
La dijo mirando las dos manos unidas, no la cara de su madre.
—Se me había olvidado tu cara.
Carmen no dijo nada.
—No me acordaba. —Sheila tragó saliva—. Me acordaba de la cocina. Del olor de la cocina, de por las mañanas. Y de ti de espaldas, removiendo algo. Pero de espaldas. Llevo veinte años acordándome de ti de espaldas, porque de frente se me borró y no lo pude parar.
Y Carmen Lodeiro, que no lloraba donde pudiera verla nadie y que ya había roto esa regla una vez aquella misma noche, la rompió por segunda vez en cuarenta minutos.
—A mí también —dijo.
—¿Cómo?
—Que a mí también se me olvidó. —Se pasó el dorso de la mano por la cara, deprisa, con esa eficiencia desoladora de quien no tiene ninguna práctica—.
Tenía dos fotos. Los primeros años las miraba todos los días, y un día me di cuenta de que ya no me acordaba de ti: me acordaba de las fotos.
Que no es lo mismo. — Pausa—. Y que si me acordaba de las fotos era porque me estaba quedando sin ti.
Silencio.
—Estamos las dos igual —dijo Sheila.
—Estamos las dos igual.
Y por primera vez en aquella habitación, algo se pareció remotamente a una broma, y las dos hicieron con la boca una cosa que no llegaba a sonrisa, y a Vidal, de espaldas, junto a la ventana, se le fue el hombro.
❖
Fue Sheila la que se dio cuenta primero de que había otra persona en el despacho.
Levantó la cabeza y lo miró.
Lo miró de arriba abajo con una concentración absoluta, sin ninguna prisa y sin ninguna vergüenza, durante lo que a Antonio Vidal le parecieron cuatro o cinco segundos y que probablemente fueron dos.
Y a Vidal se le vino encima el recuerdo de una puerta abriéndose en un tercero sin ascensor de una calle del casco viejo de Vilagarcía en la que no cabía un camión de la basura, un domingo de diciembre a las dos menos cinco, con olor a cocido en la escalera.
—Tú eres Antonio —dijo Sheila.
—Sí.
—Estás viejo.
—Sí.
Ella siguió mirándolo.
Y entonces dijo, con esa media sonrisa mínima que era exactamente la de su madre y que a Carmen Lodeiro le hizo tener que apartar la vista:
—No trajiste el libro.
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Antonio Vidal, comisario del Cuerpo Nacional de Policía, cincuenta y ocho años, treinta y cinco de servicio, tuvo que apoyar una mano en el alféizar de la ventana.
—No —dijo—. No lo traje.
—Dijiste el domingo siguiente.
—Ya lo sé.
—El del hombre que se sube a un barco y no vuelve.
— La línea de sombra —dijo Vidal—. Se llama La línea de sombra .
Sheila asintió despacio, como quien archiva por fin un dato que llevaba mucho tiempo pendiente en un cajón.
—Vale —dijo—. Ya sé cómo se llama.
Y añadió, en el mismo tono con el que lo había dicho todo:
—Veinte años dándole vueltas a cómo se llamaba ese libro.
No lo dijo con reproche. Ese es el detalle que a Antonio Vidal le costó doce años digerir: que no lo dijo con ningún reproche. Lo dijo como se dice un dato.
Y una acusación sin reproche es lo único de lo que un hombre no puede defenderse.
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Después Sheila se giró otra vez hacia su madre.
Y le hizo la pregunta.
La hizo sin preámbulo, sin preparación y sin bajar la voz, y las tres personas que había en aquella habitación supieron en el acto que era la única pregunta que importaba y que llevaba veinte años esperando a ser formulada.
—¿Me buscaste?
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Carmen Lodeiro había planificado aquella respuesta durante dos décadas.
Tenía versiones. Tenía una corta y una larga, tenía una que empezaba por Burdeos y otra que empezaba por el francés que le cobraba una barbaridad, y todas ellas estaban construidas, cada una a su manera, para que la respuesta fuera sí .
Se le cayeron todas.
Se le cayeron porque doce horas antes, en un pasillo de hospital que todavía no había pisado, se había prometido una cosa que iba a costarle el resto de la vida: que a aquella mujer no le volvía a mentir nunca más.
Así que soltó la mano de su hija, la volvió a coger, y dijo la verdad.
—Seis años —dijo—. Los primeros seis años te busqué todos los días. Contraté a tres personas. Una era un estafador. La tercera era buena y llegó hasta Burdeos, y hablé con una mujer en la cafetería de una estación que te había visto.
Sheila no se movió.
—Y al sexto año dejé de pagarle.
—¿Por qué?
—Porque no había nada. —Carmen la miraba de frente—. Y porque cuatro veces me llamaron para decirme que habían encontrado un cuerpo, y cuatro veces no eras tú, y a la cuarta me di cuenta de que ya estaba esperando que lo fueras. Para poder parar.
La habitación entera se quedó sin aire.
—Eso es lo que hice —dijo Carmen Lodeiro—. Y no lo voy a arreglar.
Silencio.
—¿Y después?
—Después no volví a pagar a nadie y no dejé de buscar nunca.
—Se encogió de hombros, y fue el gesto más pequeño y más devastador de toda aquella noche—.
Once veces en catorce años alguien me trajo un nombre.
Once veces no eras tú. La doce fue en un patio, hace tres semanas, y una mujer me habló de una pelirroja a la que llamaban la Francesita.
Y ahí Sheila se llevó la mano libre a la boca.
—¿Tres semanas?
—Tres semanas.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que no me sonaba —dijo Carmen— y me fui andando, porque si se me nota la cara en aquel patio, tú esta noche no estás aquí.
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Sheila Lodeiro estuvo llorando siete minutos.
No hizo casi ruido, porque llorar sin ruido es una técnica y ella la había aprendido a los once años en el suelo de un cuarto de baño de Burdeos, y hay cosas que no se desaprenden aunque una tenga por fin permiso.
Su madre no le dijo que no llorara.
No le dijo ya está , ni ya pasó , ni ninguna de las cosas que se dicen y que no sirven.
Se cambió a la silla de al lado, le puso una mano en la nuca y le llevó la cabeza a su propio hombro, con muchísimo cuidado, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse otra vez.
No se apartó.
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Antonio Vidal salió al pasillo.
Cerró la puerta detrás de él con mucho cuidado, dio cuatro pasos, se apoyó en la pared y estuvo allí un rato largo con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, mientras al fondo del corredor la inspectora Deza hablaba por radio con Guntín sobre dos cadáveres y un herido, y mientras al otro lado de aquella puerta, en su propio despacho, con la ventana orientada al norte y la muralla iluminada, dos mujeres que se habían pasado veinte años solas dejaban de estarlo.
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