Caperucita. La cara B El móvil que suena
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El móvil que suena

El móvil que suena

«Dios me perdonará, es su oficio.»

En el despacho del Comisario, el móvil de Carmen Lodeiro sonó a las cuatro y siete de la madrugada.

Vidal había salido al pasillo a hablar con la inspectora Deza sobre los movimientos que se estaban reportando desde Guntín.

Carmen estaba sola en el despacho, sin esposas y con la bolsa de sus pertenencias encima de la mesa, porque el Comisario había decidido —sin decirlo directamente, pero de manera que los dos lo entendieron— que el protocolo podía esperar un poco.

Llevaba dos horas sin moverse de la silla.

Sonó el móvil.

Un número que no tenía guardado.

Lo cogió al segundo tono.

—¿Sí?

—¿Señora Lodeiro? —Una voz de hombre, profesional, controlada, con ruido de fondo: viento, y algo metálico, y una voz lejana dando instrucciones—. Inspector Ferreiro, de la Comisaría Provincial de Lugo. Le llamo de parte del hombre al que usted conoce.

Carmen se puso de pie sin darse cuenta de que se ponía de pie.

—Dígame.

—Hay novedades.

—Dígame.

Hubo medio segundo. Solo medio.

Y en ese medio segundo, Carmen Lodeiro tuvo tiempo de pensar, con una nitidez atroz, que llevaba veinte años esperando esa pausa y que había sabido siempre lo que venía después de una pausa así.

—La hemos encontrado —dijo Ferreiro.

❖

El mundo se detuvo.

No metafóricamente. En la experiencia de Carmen Lodeiro, el mundo se detuvo de manera literal durante los dos o tres segundos que tardó en procesar aquella frase: el sistema nervioso entero frenando porque la información recibida excedía la capacidad de procesamiento normal.

Oyó su propia voz decir, desde bastante lejos:

—¿Está...?

—Está viva, señora. Está bien. Está aquí conmigo, a cuatro metros, sentada en la parte de atrás de un coche patrulla con una manta.

Carmen se agarró al borde de la mesa.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Perdone. Perdóneme. Necesito que me lo diga otra vez.

Y el inspector Xoán Ferreiro, que tenía cuarenta y un años, dos hijas y catorce de servicio, y que iba a acordarse de aquella llamada el resto de su vida, se lo dijo otra vez, despacio y entero.

—Su hija está viva, señora. La tenemos nosotros. Está bien.

❖

Carmen Lodeiro llevaba veinte años sin llorar donde pudiera verla alguien.

Veinte años.

Aquella noche se le acabó la racha, y se le acabó de pie, sola, en el despacho de un comisario, a las cuatro y ocho de la madrugada, con el móvil en la mano y la muralla de Lugo iluminada al otro lado del cristal.

No hizo ruido.

Hay personas que han aprendido a llorar con el cuerpo en silencio, y ella era una de ellas: se le fueron los hombros y no salió nada más.

❖

Fue Vidal quien entró a buscarla, cinco minutos después, cuando la inspectora Deza le trasladó lo que Ferreiro acababa de reportar por radio.

Abrió la puerta.

Carmen estaba de pie junto a la ventana, de espaldas.

Vidal no dijo nada.

Cerró la puerta detrás de él. Cruzó el despacho. Y se puso a su lado.

Hizo lo que debería haber hecho veinte años antes en una cocina de Vilagarcía con dos tazas de café enfriándose sobre una mesa, y que entonces no hizo.

Se quedó.

No dijo nada. No preguntó. No la tocó. Solo estuvo ahí, al lado, con la distancia suficiente para no invadir y la cercanía suficiente para que se notara.

Carmen tardó un par de minutos en recomponerse.

Después se giró.

—¿Dónde está?

—En Guntín. La traen. Ferreiro viene con ella.

—¿Cuánto?

—Veinticinco minutos.

—¿Está bien?

—Ferreiro dice que sí. Asustada, pero bien.

Carmen asintió.

Se pasó los dedos por debajo de los ojos, una vez, con una eficiencia que a Vidal le pareció desoladora: el gesto de una mujer que ha llorado poquísimas veces y que no tiene ninguna práctica en recogerlo.

Después miró a Vidal.

Y dijo, con esa media sonrisa que era su marca personal desde hacía veinte años y que le salió torcida:

—Dios me perdonará. Es su oficio.

—No soy el más indicado para hablar de eso.

—No te pedía que lo fueras.

❖

Los veinticinco minutos fueron los más largos que Vidal recordaba haber pasado.

Sentó a Carmen en la silla de la visita, que era la cómoda, y él se sentó en la suya, detrás de la mesa, y los dos esperaron de la manera en que esperan los adultos cuando no hay nada más que hacer: en silencio, con todos los sentidos puestos en la puerta.

En algún momento le preguntó si quería agua.

Carmen dijo que sí.

Vidal salió al pasillo y volvió con un vaso de plástico de la máquina.

—¿Cómo era? —dijo ella, sin cogerlo—. ¿Cómo era la última vez que la viste?

—Tenía nueve años —dijo Vidal—. Me abrió la puerta y me preguntó qué tipo de amigo era.

—¿Y qué le dijiste?

—Que era el que venía a comer los domingos.

Carmen sonrió. Una sonrisa pequeña.

—Le gustabas.

—Era una niña lista.

—Lo sigue siendo. O lo sería. —Pausa. Cogió el vaso—. No sé qué le habrán hecho veinte años así a una persona.

—Lo que le hayan hecho —dijo Vidal— no le habrá quitado lo de ser lista. Eso no se quita.

—¿Tú qué sabes?

—Nada —admitió él—. No sé nada. Lo he dicho porque es lo que necesitabas oír y porque llevo veinte años sin poder decirte nada que necesitaras oír.

Carmen lo miró por encima del vaso.

—Está bien —dijo—. Ha estado bien dicho.

Bebió el agua.

Y la puerta se abrió.

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