Caperucita. La cara B La nave
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La nave

La nave

«Confía en el plan. — No me has dicho cuál es el plan.»

La nave estaba en un polígono industrial de la provincia de Lugo, a las afueras de Guntín, en uno de esos polígonos que se proyectaron en un momento de optimismo y que sobrevivieron a la crisis con la escasa dignidad de los lugares que nadie quiere y que nadie destruye tampoco.

Había once parcelas y funcionaban tres.

La nave del fondo llevaba nueve años vacía, con el cartel de una inmobiliaria descolorido en la fachada y la puerta principal cerrada con un candado que no cerraba nada porque el pasador estaba suelto desde antes.

El Cazador la conocía porque la había usado dos años atrás como punto de tránsito en otro trabajo.

Era el tipo de sitio que los profesionales de su especialidad archivan: espacio grande, sin vecinos cercanos, acceso por comarcal, sin cámaras porque no hay nada que proteger.

Y era también, exactamente, el tipo de sitio al que llegarían los Sousa si sabían buscar.

Lo sabía.

La eligió precisamente por eso.

Mejor que llegaran a un terreno que él conocía y con las salidas calculadas que a un terreno aleatorio sin reconocer.

Era una lógica que sonaba mejor dicha que vivida. Pero era la lógica que había.

❖

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Luna, mientras el espacio se barría con la linterna del teléfono: suelo de hormigón, dos hileras de palés de madera podrida, un puente grúa parado, una oficina acristalada al fondo con los cristales rotos.

—Depende de lo rápidos que sean. Cuarenta minutos si tienen que pensarlo. Veinte si ya lo han pensado.

—¿Y qué hacemos aquí dentro?

—Esperar a que llegue el otro antes que ellos.

—¿Qué otro?

—Hice una llamada mientras conducíamos.

—¿A quién?

—A un comisario de policía —dijo el Cazador.

Luna se quedó con la linterna a media altura.

—¿Perdona?

—Al número desde el que me llamaron hace hora y media. Es la Comisaría Provincial de Lugo. —Miró hacia la puerta—. Hay un comisario que tiene razones particulares para que esto salga bien.

—¿Un comisario? —Luna soltó una risa que no tenía nada de risa—. Tú te das cuenta de lo que has hecho esta noche, ¿verdad?

—Perfectamente.

—¿Y les has llamado?

—Sí.

—¿Y qué les has dicho?

—Dónde estamos, quién viene detrás y a quién llevo en el coche. —Pausa—. Y he colgado antes de que me preguntaran nada más.

Sheila, que había estado escuchando apoyada en la pared, se acercó.

—¿Qué razones? —dijo.

El Cazador la miró.

—Razones que tienen que ver con tu madre —dijo—. Y con veinte años de cosas sin decir.

Silencio en la nave.

Sheila estuvo callada tres segundos.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—No lo sé. No me dieron el nombre.

Y Sheila Lodeiro, que llevaba veinte años sin decir aquel nombre en voz alta y que ni siquiera sabía que seguía teniéndolo, dijo:

—Antonio.

❖

La espera fue de veinticinco minutos.

El Cazador los pasó posicionándose.

Sabía que si llegaban los Sousa entrarían por la puerta principal, que era la única practicable para más de una persona. La trasera era peatonal y daba a un patio cerrado: buena para salir, mala para entrar refuerzos.

Colocó a Luna y a Sheila en el fondo, detrás de la segunda hilera de palés, que daba cobertura desde el ángulo de la puerta principal.

No era cobertura perfecta. Era lo que había.

—Si oís disparos, os movéis hacia la puerta trasera. No esperéis a ver qué pasa.

—¿Y si los disparos los hacen ellos? —dijo Luna.

—Entonces con más motivo.

—¿Y si...?

—Luna.

—¿Qué?

—Confía en el plan.

—No me has dicho cuál es el plan.

—Esperar al refuerzo, mantener la posición hasta que llegue, y neutralizar a los que lleguen antes si hace falta.

—Eso no es un plan —dijo Luna—. Es una lista de esperanzas.

—En mi trabajo la diferencia es mínima.

Fue a tomar posición junto a la pared izquierda, donde la sombra era más densa y el ángulo hacia la puerta el mejor.

Y antes de llegar, Sheila lo llamó en voz baja.

—Oye.

Se giró.

—Aurora —dijo ella—. Segunda puerta.

El Cazador la miró un segundo en la penumbra.

—Aurora. Segunda puerta —repitió—. Vale.

❖

Armando Sousa llegó el primero.

Entró por la puerta principal con la suficiente precaución como para evidenciar que sabía que no entraba en un sitio vacío, y con la suficiente confianza como para evidenciar que esperaba tener ventaja numérica.

Iba con un hombre joven, nervioso de una manera que se notaba en la forma de moverse, con el arma levantada demasiado alto para ser alguien con mucha experiencia.

El Cazador dejó que Armando avanzara cinco metros dentro de la nave.

Después se movió.

Fue rápido y fue preciso y fue lo que tenía que ser: la aplicación de un sistema practicado suficientes veces para que el cuerpo lo ejecute mientras la mente procesa las variables cambiantes del entorno.

El hombre joven cayó primero.

Armando Sousa fue el segundo.

Quedaba Renato.

Y Renato, que era el inteligente de los dos, no entró por la puerta principal.

❖

El disparo vino del lateral.

No lo vio venir porque no había calculado que Renato Sousa fuera a rodear la nave para entrar por una ventana lateral que en el reconocimiento del espacio había catalogado como demasiado alta y demasiado estrecha para una persona adulta, evaluación que resultó ser incorrecta y que era, además, una evaluación de hacía dos años, que es el problema de los sitios que uno cree conocer.

Le alcanzó en el costado derecho.

No en el centro de masa, que era adonde había apuntado Renato, sino unos centímetros más a la derecha, porque el Cazador había empezado a girarse cuando oyó el cristal.

Unos centímetros.

Cayó de rodillas.

El arma se le fue al suelo y patinó dos metros por el hormigón, y a él le pareció que aquel sonido duraba mucho más de lo que podía durar.

❖

Renato Sousa avanzó hacia él con la calma de quien ha calculado que la ventaja ya es irrecuperable para el otro.

—¿Quién te mandó? —preguntó.

El Cazador no respondió.

Estaba procesando: costado derecho, dolor agudo que llegaba en oleadas y que subía por dentro hasta el hombro, respiración comprometida pero funcional. No era mortal si llegaba asistencia. Era incapacitante en el sentido de que ponerse de pie no era una opción inmediata.

Y calculó también, porque no podía evitarlo, la distancia hasta los palés del fondo y el ángulo desde donde estaba Renato, y llegó a la conclusión de que desde ahí no las veía.

Eso fue lo que le importó.

Le sorprendió que le importara. Fue un pensamiento nítido, casi administrativo, en mitad del dolor: vaya, así que era esto.

—¿Quién te mandó? —repitió Renato, ahora a dos metros.

El Cazador levantó la cabeza.

Y dijo, porque le pareció que era lo que había que decir y porque llevaba veinticinco años sin decir nada en un momento así:

—Una madre.

Renato Sousa levantó el arma.

❖

El sonido de la puerta trasera abriéndose fue simultáneo con el destello.

El disparo no lo hizo el Cazador.

Renato Sousa se dobló hacia un lado y cayó.

Un hombre de unos cuarenta años, con un chaleco con la palabra POLICÍA en letras blancas y una linterna acoplada al arma, entró en el ángulo de visión del Cazador, comprobó al que estaba en el suelo, y bajó el arma.

Detrás de él entraron otros dos.

—¡Policía! ¡Manos donde las vea!

—Está bien —dijo el primero, arrodillándose junto al Cazador—. Este es el nuestro. —Y a la radio—: Beta, tenemos al hombre. Necesito ambulancia en el punto, prioridad uno. Herida por arma de fuego en costado derecho, consciente.

—Ambulancia —dijo el Cazador.

—Ya va.

—Las chicas...

—Las tenemos. Están bien las dos. —El inspector le puso una mano en el hombro—. Ferreiro. Comisaría de Lugo. ¿Me oye bien?

—Sí.

—No se mueva.

El Cazador cerró los ojos un segundo.

Después los abrió.

—Escúcheme.

—Dígame.

—Hay un club en la comarcal entre Catoira y Rianxo. Se llama Morgana. —Habló despacio, midiendo el aire—. Segunda puerta del pasillo del fondo. Hay una chica de diecinueve años. Se llama Aurora.

Ferreiro lo miró un momento.

Después sacó una libreta pequeña del bolsillo del chaleco, con la mano izquierda, sin soltar la linterna, y lo apuntó.

—Aurora. Segunda puerta —dijo—. Apuntado.

—Bien. —El Cazador dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el hormigón—. Ahora llame.

—La ambulancia está en camino.

—No. —Le cogió la manga—. Llame al número desde el que me llamaron. Al comisario.

—Primero hay que esperar a la ambulancia.

—Llame primero.

Ferreiro lo miró un segundo largo.

Después marcó.

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