Caperucita. La cara B Los Sousa
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Los Sousa

Los Sousa

«Lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro.»

Los hermanos Sousa eran dos.

El mayor se llamaba Armando y tenía cuarenta y tres años y el tipo de físico que se obtiene cuando se combina la genética con una actividad física que no tiene nada que ver con los gimnasios sino con llevar cosas pesadas y mover cuerpos que no quieren moverse.

Era ancho y bajo y tenía las manos de un hombre que las ha usado como herramientas toda su vida adulta.

El menor se llamaba Renato, tenía treinta y nueve años y era inteligente de esa manera que resulta más peligrosa que la fuerza bruta, porque la fuerza bruta tiene límites físicos y la inteligencia aplicada a ciertos propósitos no tiene casi ninguno.

Renato Sousa había aprendido en algún punto de su carrera una cosa que le resultó definitoria: que lo importante no es ganar —ganar es circunstancial, se gana hoy y se pierde mañana— sino hacer perder al otro, que es una estrategia más sostenible porque se alimenta de la capacidad de generar daño y no de la capacidad de generar victorias.

Operaban en la franja que va de la ría al Miño con la naturalidad de quien ha crecido en ese espacio y conoce cada carretera secundaria, cada horario de servicio, cada alcalde al que hay que recordarle una deuda pendiente.

La llamada de Rodrigues los despertó a los dos a las dos y cincuenta y uno de la madrugada.

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—¿Cuánto tiempo llevan de ventaja? —preguntó Renato al teléfono, con la calma de quien procesa crisis a una hora en la que los demás duermen.

—Veinte minutos. Menos, quizá.

—¿Cuántos eran?

—Un hombre y dos mujeres. Una era Luna, la del club de Moisés. Vino a preguntar por mí y ni siquiera subí.

—¿Y la que se llevaron?

—La pelirroja. La francesa.

Renato se quedó callado un momento.

—¿Solo esa?

—Solo esa.

Y ahí Renato Sousa hizo la lectura correcta, que fue lo que puso en marcha todo lo demás.

Porque si entran en un local y se llevan a todas, es una redada o una guerra. Si entran y se llevan una caja fuerte, es un robo.

Si entran, se llevan a una sola persona y no tocan nada más, es que venían a por esa persona.

Y una persona por la que alguien entra en un local a las dos y media de la mañana no es una chica del montón.

—¿Qué sabes de esa mujer? —dijo.

—Nada. Es francesa. La compré en septiembre.

—¿Quién te la vendió?

—Los de Ourense.

—¿Y a ellos?

—Y yo qué sé, Renato.

Renato Sousa colgó y se quedó sentado en la cama en la oscuridad.

Y a los cuarenta segundos volvió a coger el teléfono, y esta vez llamó a Francia.

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Lo del Gabacho lo supo a las tres y cuarto.

Un contacto en Vilagarcía se lo dijo en once palabras: que había un cuerpo detrás del club de Moisés y que era el francés.

Renato no se alteró.

El Gabacho no le importaba especialmente: era un asociado útil pero prescindible, y su prescindibilidad estaba calculada desde el principio. Lo que sí le importaba era la lógica que estaba emergiendo.

Alguien había llegado esa noche a su zona de operaciones, había eliminado a un asociado y había sacado a una mujer de uno de sus establecimientos, con dos horas de diferencia.

Eso no eran dos cosas.

Era una.

Y una cosa así tenía un coste que no era emocional sino reputacional, que era el único coste que le importaba en su negocio: si se sabe que a los Sousa se les puede entrar en una noche y salir con lo que se quiera, en tres semanas les entra todo el mundo.

—Armando —dijo, cuando su hermano cogió el teléfono—. Vístete.

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Armando Sousa no era hombre de muchas palabras.

Era hombre de acciones directas y concretas, un perfil que su hermano encontraba complementario al suyo: Renato planificaba, Armando ejecutaba. Era una división del trabajo que había funcionado quince años con eficacia notable.

Cuando Renato le explicó la situación, escuchó sin interrumpir.

—¿Los encontramos?

—Los encontramos.

—¿Cómo?

—Porque el que hizo lo del francés es profesional, y los profesionales tienen dos manías. —Renato se estaba abrochando la camisa mientras hablaba—. La primera es que no improvisan un sitio donde parar. Y la segunda es que reutilizan los que ya conocen.

—¿Y tú sabes cuáles conoce?

—No. Pero sé quién ha trabajado por aquí en los últimos años y sé qué sitios se usan. Y hay uno solo que esté en la dirección en la que van.

—¿Van hacia dónde?

—Hacia el este —dijo Renato—. Salieron por Sigüeiro y no volvieron a la autopista. Nadie sale por Sigüeiro para ir a Vigo.

Armando cogió la chaqueta.

—¿Viva? —dijo.

—La mujer, de momento sí. Hay que saber quién es.

—¿Y el otro?

Renato Sousa se puso el abrigo.

—El otro no.

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