Caperucita. La cara B La AP-9
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La AP-9

«Morir es como dormir, pero sin levantarse a mear.»

Entraron por Padrón a las tres y dos minutos.

Llevaban ocho minutos cuando lo vio.

Un vehículo oscuro que se había incorporado unos tres kilómetros atrás y que desde entonces mantenía una distancia constante: ni se acercaba ni se alejaba, exactamente la misma fracción de kilómetro de separación, lo que en condiciones normales de tráfico habría podido ser casualidad y en aquellas condiciones era información.

—¿Todo bien? —preguntó Luna, que había notado el cambio en la postura del Cazador sin que se hubiera dicho nada.

—Hay un coche detrás.

Luna se giró discretamente.

—El negro.

—Sí.

Sheila, en el asiento de atrás, había dejado de mirar por la ventanilla y miraba ahora al espejo.

—Rodrigues tiene un Audi negro —dijo—. O es alguien de los Sousa.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lleva veinte minutos sin adelantarme nadie más y ese lleva ocho ahí.

El Cazador procesó las opciones.

Salida próxima y cambio de ruta: mala. Si sigue, una comarcal estrecha es peor terreno que una autopista.

Acelerar y abrir distancia: mala. Si el otro también acelera, la persecución en autopista deja de ser ventajosa cuando el tráfico aumenta al acercarse a Santiago.

Mantener velocidad y evaluar intención.

Eligió la tercera.

—Poneos el cinturón bien —dijo—. Y agarraos a algo.

—¿Eso es lo que se dice? —preguntó Luna.

—Es lo que hay.

El coche de detrás aceleró.

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Los siguientes noventa segundos fueron la versión comprimida de todo lo que el Cazador había aprendido en veinticinco años sobre conducción bajo presión, que era bastante.

El Audi llegó a cincuenta metros. Después a treinta. Después se puso en el carril izquierdo y aceleró para adelantar.

El Cazador no esperó a que estuvieran en paralelo. Tomó el carril izquierdo, cortando el adelantamiento.

El Audi frenó con un chirrido.

Luego aceleró de nuevo e intentó el adelantamiento por la derecha, que en España es ilegal por razones que incluyen exactamente este tipo de situación.

—¡Por la derecha! —dijo Luna.

Él ya lo había visto. Giró el volante ocupando el carril.

El Audi golpeó el guardabarros trasero con suficiente fuerza como para que se sintiera en los dientes pero no la suficiente para hacer perder el control, que era probablemente la intención: golpear para desestabilizar, no para destruir.

El coche patinó levemente sobre el asfalto húmedo.

El Cazador lo corrigió sin soltar el volante.

Sheila no hizo ningún sonido. Luna dijo algo en voz baja cuyo tono era inequívocamente un insulto.

El Audi volvió al carril izquierdo.

La ventanilla trasera bajó.

Un destello.

—¡Abajo! —dijo el Cazador.

❖

El disparo impactó en el cristal trasero derecho.

No lo rompió del todo —era un coche con cristales reforzados, una de las mejores inversiones que había hecho en su vida, pensó el Cazador de una manera completamente inapropiada para el momento— pero se astilló en un patrón radial que ocupó el tercio inferior.

Sheila estaba en el suelo del asiento trasero. Luna también, aunque delante el espacio era mínimo y la postura resultaba incómoda en extremo.

El Cazador mantuvo los ojos en la carretera y evaluó lo que tenía: un tirador en el coche de al lado, cristal parcialmente comprometido, un kilómetro y medio hasta la próxima salida, velocidad actual ciento treinta.

La salida era la de Sigüeiro.

La cogió.

El Audi intentó seguirle, pero el cambio hacia el carril de deceleración había sido lo bastante brusco como para que el otro conductor tardara un segundo de más en reaccionar, y un segundo a esa velocidad son treinta y seis metros.

El coche bajó por la rampa a una velocidad que las señales de la rampa habrían calificado de totalmente inadecuada.

En la rotonda giró a la derecha en lugar de seguir hacia el pueblo, y se metió por una comarcal que se internaba entre pinos hacia el este.

El Audi negro no apareció en el espejo.

Todavía.

❖

Condujo cinco minutos más antes de parar en un arcén.

Apagó los faros. Después el motor.

Silencio.

El sonido del bosque de noche: viento en las copas, algún animal pequeño en la hojarasca, y la lluvia, que había vuelto a empezar con esa suavidad característica del norte.

—¿Alguien herido?

—No —dijo Luna.

—No —dijo Sheila.

El Cazador bajó del coche.

Caminó hasta la parte trasera y miró el cristal con la linterna del móvil.

El impacto estaba en el ángulo inferior derecho.

Unos centímetros más a la izquierda y habría alcanzado el asiento en el que Sheila estaba sentada antes de tirarse al suelo.

Se quedó ahí de pie un momento, bajo la lluvia, mirando aquel agujero.

Y respiró.

Fue el tipo de respiración que no es calma sino el gesto de llamar a la calma cuando el sistema nervioso recuerda que lo que acaba de pasar podía haber salido de otra manera.

Hay gente que dice que morir es como dormirse, le había dicho una vez alguien en una barra, hace muchos años.

Es posible , había contestado él, aunque sin lo de levantarse a mear a las tres de la mañana .

Era el tipo de broma que se hace cuando quieres decir que sabes que el riesgo es real sin decirlo directamente.

Esta noche el riesgo había sido real de una manera muy concreta y en un ángulo de doce centímetros.

Volvió al coche.

—¿Qué hacemos? —dijo Luna.

—Nos vamos a un sitio que conozco. —Arrancó—. Y esperamos a que llegue quien tiene que llegar.

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