Caperucita. La cara B Treinta metros
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Treinta metros

Treinta metros

«Es curioso que todo el mundo quiera ir al cielo, pero nadie quiera morir.»

Del final del pasillo a la salida de servicio había treinta metros.

El Cazador los fue midiendo mentalmente mientras los caminaban a paso normal —ni rápido ni lento: el paso de quien tiene adónde ir pero no urgencia declarada— con Sheila medio paso detrás y los sentidos abiertos al máximo.

Diez metros. Sin novedad. La puerta de la tercera habitación estaba cerrada y a través de ella se oía música.

Veinte metros. El pasillo hacía una ligera curva antes de llegar a la T que llevaba al bar por un lado y a la salida de servicio por el otro.

El Cazador miró la curva antes de doblarla, exactamente como le habían dicho hacía cuatro minutos.

Un hombre. Grande. Apoyado en la pared con los brazos cruzados y esa expresión particular del empleado de seguridad que no está mirando nada concreto y lo está viendo todo.

Se detuvo.

Levantó la mano hacia atrás en el gesto mínimo de para .

Sheila se detuvo.

Ricky no los había visto todavía. Miraba hacia el otro lado, hacia el bar.

Y la salida de servicio estaba justo al otro lado de Ricky.

❖

El Cazador se giró hacia Sheila.

—¿Se distrae? —preguntó, en un murmullo que era casi solo movimiento de labios.

Ella asintió.

—Con una cosa.

—¿Cuál?

—El teléfono. Bolsillo derecho. Si suena un teléfono en cualquier parte del edificio, saca el suyo y mira la pantalla. Siempre. Tarda entre tres y cinco segundos.

—¿Cómo lo sabes?

Sheila lo miró como si la pregunta le pareciera absurda.

—Porque llevo tres semanas aquí.

El Cazador sacó su móvil y marcó el de Luna.

Contestó al primer tono. No dijo nada. En un sitio así, contestar sin decir nada es lo correcto.

—Haz que suene el fijo de la barra —dijo él, muy bajo—. Cualquier excusa. Ahora.

Cortó.

❖

Nueve segundos.

Fueron nueve segundos en los que Sheila Lodeiro estuvo de pie en un pasillo de un club de carretera de la provincia de Pontevedra pensando, con una lucidez completa, que si aquello salía mal la iban a matar, y que le parecía bien.

No era resignación.

Era un cálculo que llevaba veinte años hecho y que nunca había podido usar: el día que haya una puerta, si sale mal, se acabó, y prefiero que se acabe así.

Estaba tranquila.

Fue la primera vez en veinte años que estuvo tranquila y lo recordaría siempre, y le costó tres años de terapia entender por qué.

❖

El teléfono fijo de la barra sonó.

Ricky se llevó la mano al bolsillo derecho —reflejo de quien asume que cualquier teléfono que suene en su entorno puede ser para él—, sacó el suyo y miró la pantalla.

El Cazador y Sheila pasaron por detrás de él en cuatro pasos.

La puerta de servicio.

El Cazador levantó del pomo antes de tirar.

No chirrió.

Aire frío. Noche. El aparcamiento a la derecha, los eucaliptos a la izquierda, y el ruido del viento arriba en las copas, que es un ruido que Sheila Lodeiro no había oído desde hacía tres semanas y que le dio en el pecho más fuerte que ninguna otra cosa de aquella noche.

—Al coche —dijo el Cazador—. Camino normal. No corras.

Sheila no corrió.

Caminó los ciento veinte metros de gravilla y de camino vecinal a paso normal, sin girar la cabeza ni una vez, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Después dijo que fue lo más difícil que había hecho en su vida.

❖

Luna salió por la puerta principal cuarenta segundos más tarde, con la tranquilidad de quien ha terminado una conversación de negocios y no tiene ninguna razón particular para quedarse.

Cruzó el aparcamiento.

El coche arrancó cuando llegó al camino vecinal.

Y durante los primeros trescientos metros nadie dijo nada, que fue el tiempo que tardaron los tres en calibrar el grado de éxito de lo que acababa de pasar y en procesar las respectivas subidas de adrenalina hasta que el sistema nervioso volvió a algo parecido a la normalidad.

Fue Luna quien habló primero.

Se giró hacia el asiento de atrás, donde Sheila había encontrado la postura de alguien que lleva muchos años aprendiendo a ocupar el mínimo espacio posible.

—Hola —dijo.

Sheila la miró.

Y en aquella mirada había algo que Luna reconoció porque era lo que había visto muchas veces en el espejo en sus propios primeros meses: el gesto de quien no se cree del todo que lo que está pasando sea real, y que se lo cree menos todavía por miedo a que creerlo y estar equivocada sea insoportable.

—Hola —dijo Sheila.

—¿Estás bien?

—No lo sé. —Pausa—. Hay una chica en la segunda puerta. Se llama Aurora.

Luna cerró los ojos un segundo.

—Vale —dijo—. Vale. Eso lo arreglamos.

—¿Cómo?

—No lo sé todavía. Pero lo dices otra vez dentro de una hora y lo vuelves a decir dentro de dos, y no dejes de decirlo hasta que alguien lo apunte.

Sheila asintió despacio.

Y miró por la ventanilla la noche que pasaba.

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—¿Adónde vamos? —dijo al cabo de un rato.

El Cazador la miró por el retrovisor.

—A casa —dijo.

—¿Dónde es casa?

Y Sheila Lodeiro, que llevaba veinte años teniendo esa respuesta preparada, la dio en voz alta por primera vez.

—Huele a humedad y a piedra mojada y a marea baja y a algo más que no sé cómo llamar —dijo—. Pero cuando llegue lo voy a reconocer.

El Cazador cogió el móvil del soporte, quitó el silencio y marcó el número largo de prefijo fijo.

Contestaron al segundo tono.

—Comisaría Provincial de Lugo, dígame.

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