Caperucita. La cara B La cuarta puerta #3
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La cuarta puerta #3

Y por debajo de la regla cuatro había una cosa más antigua y menos formulable, y era esta: que el alivio es el punto de máxima vulnerabilidad. Que en el segundo en que crees que se acabó, bajas todo. Y que si te equivocas en ese segundo, lo que viene después no se aguanta, porque ya has soltado.

Sheila llevaba veinte años sin soltar.

Así que no contestó.

Se levantó de la cama sin hacer ruido, dio dos pasos hacia el rincón que quedaba fuera del ángulo de apertura de la puerta, apoyó la espalda en la pared y esperó.

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—Francesita —dijo una voz al otro lado, muy baja, en español—. Voy a entrar. No hagas ruido.

La puerta se abrió cuarenta centímetros y entró un hombre.

Sheila lo evaluó en dos segundos, que era el tiempo que necesitaba.

No muy alto. Cara que no se recuerda fácilmente, que era en sí mismo un dato. Ropa oscura, funcional, sin nada que colgara. Cincuenta años, tal vez menos. No llevaba nada en las manos y las tenía a la vista, lo cual no era casual.

Nada en la postura que dijera agresión.

Todo en la postura que decía: tengo prisa y no la voy a usar contra ti.

Cerró la puerta detrás de él y se quedó pegado a ella, sin avanzar, que fue lo que hizo que Sheila no gritara.

Un hombre que entra en una habitación y avanza está entrando a por ti.

Un hombre que entra y se queda en la puerta está dejándote el resto de la habitación.

—Tengo un coche fuera —dijo—. Luna está en la barra entreteniendo al camarero. Tenemos entre tres y cinco minutos antes de que Rodrigues salga del despacho.

Sheila no se movió.

—¿Quién te manda?

Era la pregunta correcta.

El hombre pareció reconocerla como tal, y eso —que la reconociera— fue el primer dato bueno.

—A ti no te manda nadie —dijo—. A mí me mandó tu madre.

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El mundo se reorganizó alrededor de aquella frase de una manera que no se puede describir con precisión pero que fue física: como si la gravedad cambiara de dirección durante un segundo y medio.

Sheila se oyó respirar.

Y a continuación hizo lo que llevaba veinte años entrenando, y lo hizo con una brutalidad hacia sí misma que después le costó explicarle a la psicóloga:

Apartó aquello.

Lo cogió entero, lo apartó a un lado de la cabeza y siguió trabajando.

—Mi madre cree que estoy muerta —dijo.

—Lo creía. Ya no.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos horas y media. —El hombre no se movió de la puerta—. Se lo va a decir alguien esta noche. Yo no lo sabía cuando entré en este sitio.

Sheila procesó la respuesta.

Y aquí está lo que le salvó la vida a los dos, y fue una cosa muy pequeña: que era una respuesta mala.

Un cebo trae respuestas buenas. Un cebo dice tu madre te está esperando , dice lleva veinte años buscándote , dice lo que quieres oír. Un cebo no dice yo no lo sabía cuando entré en este sitio , porque eso no ayuda a nadie a convencer a nadie.

—¿Cómo se llama? —dijo.

—Carmen Lodeiro.

—Eso lo sabe medio Galicia. ¿Cómo la llaman?

—La Abuela.

—¿Qué le mandaron en una caja?

El hombre tardó un segundo.

—Una muñeca de trapo con el pelo rojo —dijo—. Manchada. Tengo una foto tuya con esa muñeca en la cartera. Me la dio ella.

Silencio.

—Enséñamela —dijo Sheila.

—No hay tiempo.

—Enséñamela o no me muevo de aquí, y si no me muevo de aquí en veinte segundos tienes un problema mucho más grande que enseñarme una foto.

El hombre la miró un instante.

Después sacó la cartera, la abrió, y le tendió una fotografía pequeña con los bordes amarilleados.

Sheila la cogió.

Una niña de diez años con dos trenzas irregulares, un vestido azul y una muñeca en los brazos. Detrás, unas escaleras de piedra y una torre en un islote.

Se la hizo su madre un domingo de julio en Cambados con una cámara de usar y tirar, y Sheila lo recordaba, y recordaba también que ese día había comido un helado de limón y que le había parecido malísimo.

No lloró.

Le tembló la mano izquierda durante dos segundos y después dejó de temblarle, y aquello —el control exacto de dos segundos— fue lo que el Cazador vio y lo que le hizo entender, por primera vez desde que Luna había dicho aquel nombre en el coche, con quién estaba tratando.

—Vale —dijo Sheila, y le devolvió la foto.

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—Vamos —dijo el hombre.

—Espera. Tres cosas.

—No hay tiem...

—Tres cosas y son de las tuyas, no de las mías.

—Sheila ya estaba cogiendo una chaqueta de la silla—.

Uno: no salgas por el pasillo hasta la T sin mirar la curva; hay un hombre grande que se llama Ricky y a esta hora está apoyado en la pared del recodo, mirando hacia el bar.

Dos: la puerta de servicio chirría al abrirse, hay que levantarla del pomo. Y tres.

—¿Tres?

—Hay una chica en la segunda puerta. Se llama Aurora. Tiene diecinueve años y lleva cinco semanas.

El hombre se quedó completamente quieto.

—No puedo sacar a dos —dijo.

—Ya lo sé.

—Entonces por qué me lo...

—Porque quiero que lo sepas —dijo Sheila Lodeiro—. Y porque dentro de dos horas, cuando estemos donde estemos, alguien va a tener que hacer algo con este sitio. Y quiero que alguien sepa que se llama Aurora y que está en la segunda puerta.

Se puso la chaqueta.

—Ahora sí. Vamos.

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