Caperucita. La cara B
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Prólogo
Prólogo
«Solo cuando sentimos la pérdida de algo que nos destroza el alma, valoramos lo que somos.»
Todos los cuentos empiezan igual.
Érase una vez.
Pero los cuentos de verdad —los que no deberían contarse a los niños antes de dormir porque los dejarían sin dormir— empiezan de otra forma.
Empiezan con una imagen que no puede borrarse de la cabeza aunque se intente.
Empiezan con algo encontrado donde no debía encontrarse: una fotografía en el bolsillo equivocado, una muñeca en una caja de cartón dejada en un rellano sin que nadie llamara al timbre, una voz al teléfono que dice algo capaz de cambiar para siempre el mapa de lo que se creía saber.
Este cuento comienza con tres imágenes y con dos ciudades.
Las dos ciudades importan tanto como las tres imágenes, así que conviene empezar por ellas.
La primera ciudad está sobre una ría. Es una ciudad de agua: agua que sube y baja dos veces al día y que al bajar deja al descubierto un fondo de lodo y de conchas rotas que huele a algo que no es exactamente podredumbre pero que se le parece lo suficiente como para que los de fuera arruguen la nariz y los de dentro ni siquiera lo noten.
Tiene un puerto con grúas que trabajan de noche, un paseo marítimo por el que la gente camina con la determinación de quien hace ejercicio y no de quien pasea, una isla enfrente que pertenece a un parque nacional y que nadie pisa, y un monte detrás desde el que se ve la ría entera, las bateas alineadas como un pueblo flotante y, los días claros, la boca abierta del océano al fondo.
El monte se llama Lobeira.
En esa ciudad, hace veinte años, dos personas que no deberían haberse conocido se conocieron en una barra de bar con las ventanas empañadas.
La segunda ciudad no tiene mar. Está tierra adentro, en el norte alto, y está rodeada por una muralla romana de dos mil eternos metros que se puede recorrer entera por arriba, dando la vuelta completa a un casco viejo que cabe dentro del círculo como una perfecta yema de un milenario huevo dentro de una cáscara.
Es la única muralla romana del mundo que se conserva completa.
Los que viven allí lo saben y han dejado de darle importancia, que es lo que se hace con las cosas extraordinarias cuando se convive con ellas a diario. Suben al adarve a correr por las mañanas, a pasear a los perros, a fumarse un cigarrillo a las tres de la madrugada mirando los tejados mojados.
En esa ciudad, esta noche, un hombre está sentado en una silla de plástico gris.
Y ahora las tres imágenes.
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La primera: ese hombre. La silla de plástico está en una sala de interrogatorios que huele a café frío y a miedo institucional, dos olores que en las comisarías acaban siendo el mismo.
Tiene los codos apoyados en las rodillas y la frente hundida entre las manos, y lleva ahí el tiempo suficiente para que los dos hombres sentados frente a él hayan pasado del protocolo a la incomodidad.
Es un hombre que a lo largo de su vida ha interrogado a cientos de personas en salas exactamente iguales a esta, y ahora es él quien ocupa la silla, y eso le parece al mismo tiempo justo e irónico de una manera que le impide sentirse del todo víctima.
Sobre la mesa hay un expediente abierto en ángulo. Sabe perfectamente por qué está en ese ángulo. Aun así le funciona.
La segunda: una fotografía de una niña con el pelo rojo.
Tenía diez años cuando se la hicieron. Lleva una muñeca de trapo con el pelo del mismo color y sonríe a la cámara con esa sonrisa particular de los niños que todavía no saben que el mundo puede romperse.
Detrás de ella, si uno mira con atención, se distinguen unas escaleras de piedra bajando hacia el agua y una torre pequeña sobre un islote.
La fotografía está manchada de sangre.
No es la sangre de la niña. La niña de la fotografía, esta noche, tiene treinta años y lleva dos décadas en algún lugar que no es su casa, aunque si todo saliera como debería —y casi nada sale como debería— eso podría cambiar antes del amanecer.
La tercera: una mujer de cincuenta y nueve años que lleva la ropa correcta y el maquillaje correcto y una manera de moverse por el mundo que dice exactamente lo que quiere decir y nada más.
Está sentada en el despacho de un hombre al que conoce desde hace veinte años y al que no ha vuelto a ver en todo ese tiempo.
Tiene las muñecas marcadas por unos grilletes que le han quitado hace un momento.
Y tiene en la mirada algo que podría llamarse serenidad pero que en realidad es lo que queda cuando alguien ha tomado ya todas sus decisiones y no necesita seguir fingiendo que podría haber elegido de otra manera.
Por la ventana de ese despacho, que da al norte, se ve un tramo de muralla iluminado y la lluvia cayendo en diagonal sobre la piedra.
Estas tres personas van a converger en el transcurso de una sola noche, y esa noche va a empezar en la ciudad del agua y a terminar dentro del círculo de piedra, que es un trayecto de doscientos kilómetros y de veinte años.
Para que pueda entenderse lo que ocurrirá en esa noche, hay que entender lo que vino antes.
Y antes es un territorio largo y oscuro y lleno de lobos.
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El cuento de Caperucita tiene una estructura que los estudiosos llaman arquetípica: la inocencia que atraviesa el bosque, la amenaza que lo habita, la salvación que llega desde fuera.
El bosque es el mundo. La niña somos cualquiera de nosotros en cualquier momento en que salimos de lo conocido hacia lo que todavía no tiene mapa.
En esta versión de la historia, el bosque es una ría.
Una ría es un lugar engañoso. Parece un río y es un brazo de mar.
Parece manso y tiene corrientes que se llevan a la gente.
Ha sido durante siglos un sitio por donde entran cosas: barcos, mercancías, dinero, y también las otras cosas, las que no figuran en ningún manifiesto de carga y que sin embargo han pagado colegios, coches y bodas en una comarca entera sin que nadie tuviera que decir en voz alta de dónde salían.
Es un territorio donde la gente sabe. Saber no es lo mismo que decir, y en la ría esa distinción se aprende de niño.
El bosque son también los pasillos de un club de carretera donde la música está demasiado baja para tapar los gritos y demasiado alta para que el silencio resulte incómodo.
El bosque es una autopista de noche con un coche que viene por detrás con las luces apagadas.
Y Caperucita no es exactamente inocente, porque la inocencia no habría sobrevivido veinte años en la barriga de distintos lobos.
Lo que sobrevivió fue otra cosa. Algo más difícil de nombrar y bastante más difícil de matar.
Algunos lo llaman voluntad.
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