Caperucita. La cara B El hombre de la silla gris
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El hombre de la silla gris

El hombre de la silla gris

«No te tomes la vida en serio. Al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella.»

La sala de interrogatorios número tres de la Comisaría Provincial de Lugo la construyó, cabría pensar, alguien que había comprendido intuitivamente que la incomodidad es el primer interrogador.

Mide cuatro metros por cuatro y medio. Tiene dos fluorescentes en el techo del tipo que parpadea cuando la humedad alcanza el circuito, y en una ciudad donde llueve ciento setenta días al año eso significa que parpadean casi siempre.

Tiene una mesa de metal pintada de gris que veinte años de tazas de café, expedientes y puños en momentos de frustración han ido marcando con una topografía propia.

Y tiene tres sillas de plástico que constituyen el argumento más convincente que el Estado ha encontrado nunca para que los detenidos colaboren: después de cuatro horas en una de esas sillas, cualquier persona en su sano juicio firmaría lo que fuera con tal de poder levantarse.

Al otro lado del muro, a menos de sesenta metros, está la muralla.

La piedra tiene esta noche el color que tiene la piedra mojada de noche, que no es gris ni negro sino una tercera cosa para la que no hay palabra.

En el adarve no hay nadie. A las tres y media de la madrugada de un martes de octubre no hay nadie en el adarve, incluso si no llueve.

El hombre que lleva sentado en la silla central desde hace una hora y veinte minutos conoce perfectamente las técnicas que le están aplicando, entre otras razones porque las aplicó él mismo durante décadas.

El silencio prolongado antes de empezar: para que el detenido llene el vacío con sus propias angustias.

La disposición asimétrica: dos interrogadores frente a uno, para crear la sensación de minoría.

El expediente abierto sobre la mesa pero en un ángulo que no permite leerlo bien, para sugerir que saben más de lo que dicen.

Y la espera, siempre la espera, que es el interrogador más honesto de todos: no miente, no amenaza, simplemente aguarda.

Y la gente, inevitablemente, llena el silencio con sus propias culpas.

El hombre lo sabe todo. Aun así le funcionan.

Porque la diferencia entre saber que algo te lo están haciendo y no sentirlo es exactamente la misma que hay entre saber que un truco de magia es un truco y no verlo cuando te lo hacen delante de los ojos.

❖

Le llamaban el Capitán, aunque técnicamente su graduación era otra y en el Cuerpo esa graduación no existe.

El mote le llegó años atrás, en una época en que era el tipo de policía que se plantaba en mitad de una operación que se estaba desmoronando y decía, con una calma que no tenía pero que fingía con tal convicción que al final acababa invocándola: esto lo controlamos, seguid el plan.

No siempre salió bien. Lo suficiente, sin embargo, como para que el apodo se quedara y le sobreviviera a tres destinos.

Se llamaba Antonio Vidal. Cincuenta y ocho años. Viudo. Sin hijos reconocidos, aunque esa última casilla del estado civil había estado a punto de quedar modificada esa misma tarde de una manera que ningún formulario administrativo sabría reflejar con exactitud.

El hombre de las gafas metálicas se llamaba Soria y llevaba ocho años en Asuntos Internos, tiempo suficiente para haber perdido la incomodidad de mirar a los compañeros a los ojos mientras los investigaba.

Tenía una manera de sentarse muy recta y las manos siempre quietas sobre la mesa, y Vidal, que había aprendido a leer a la gente por las manos antes que por la cara, sabía lo que significaban unas manos así: un hombre que no disfrutaba con esto pero que no iba a dejar de hacerlo por eso.

El más joven, el de la libreta, era nuevo. Se le notaba en los hombros: esa tensión de quien todavía no ha decidido si lo que está haciendo es necesario o simplemente desagradable.

Llevaban diez minutos en la sala sin decir nada.

Fuera, muy lejos, sonó una sirena que se alejaba hacia la ronda. Después, otra vez la lluvia.

—Comisario —dijo Soria al fin.

Vidal levantó la cabeza. Sus ojos tardaron un segundo en volver desde donde habían estado, que era un lugar muy preciso: el despacho situado dos plantas más arriba de ese mismo edificio, donde una hora antes había ocurrido algo que todavía no había terminado de procesar.

—¿Se encuentra bien?

Era la pregunta más inútil que podía hacerse en esa sala, pero Vidal se la tomó en serio de todas formas.

—Mejor que hace una hora —dijo—. Peor que hace veinte años. Pero funcional, si es eso lo que me pregunta.

—¿Sabe usted por qué estamos aquí?

—Lo supongo.

—Para evitar malentendidos: su situación es muy mala. Seré el encargado de dirigir todo este procedimiento ¿Quiere usted un abogado?

Vidal lo miró durante un momento. Luego miró al de la libreta, que seguía sin levantar los ojos del papel.

—¿Para qué iba a quererlo? No tengo nada que esconder. —Pausa. Una sonrisa breve, de las que duelen en la comisura—. O sí lo tengo. Pero si lo tengo, prefiero contarlo yo a dejarlo a la interpretación de un tercero.

—¿Conoce usted a Carmen Lodeiro?

—Sí.

—¿Sabe de su actividad como narcotraficante con el alias de la Abuela?

—Sí.

—¿Desde cuándo la conoce?

Vidal exhaló por la nariz. Un gesto pequeño que contenía veinte años comprimidos.

—Hace veinte años la conocí en una barra de un bar. Hace diez volví a leer su nombre en un expediente. No son el mismo contexto y no son la misma mujer.

Soria levantó una ceja. Fue el único movimiento que hizo en dos minutos.

—Explíquese.

—Eso es exactamente lo que voy a hacer —dijo Vidal—.

Pero antes necesito que entiendan una cosa.

Esta historia no puede contarse en retales.

Cualquier fragmento que les dé sin el resto va a quedar incompleto de una manera que cambia su significado.

Si quieren entender lo que ha pasado esta noche, necesito contarlo entero. Desde el principio.

—¿Cuánto es entero?

—Veinte años.

El de la libreta levantó la vista por primera vez. Soria no se movió.

—Son las tres y media de la madrugada, Comisario.

—Ya lo sé —dijo Vidal—. Es la mejor hora que va a tener usted para escuchar esto. A las nueve de la mañana empezará a importarle lo que ponga en el papel. Ahora todavía puede permitirse que le importe lo que pasó.

Soria lo miró un momento largo. Después giró levemente la muñeca para ver la hora, un gesto que no necesitaba porque el reloj de la pared estaba justo enfrente, y que Vidal interpretó correctamente como lo que era: no una consulta, sino una decisión tomándose.

—Adelante —dijo.

Vidal se recostó en la silla. Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió estaba ya en otro sitio: en ese lugar al que va la gente cuando empieza a contar algo que ha guardado durante mucho tiempo.

❖

Veinte años antes — Vilagarcía de Arousa, octubre

Llovía.

En Vilagarcía llueve de una manera particular: no con violencia ni con drama, sino con esa persistencia tranquila del agua que sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Es una lluvia de gota fina — orballo , la llaman en ese maravilloso idioma galego , y la palabra es mejor que la cosa— que se mete en los abrigos y en los ánimos con idéntica eficiencia, que convierte los paraguas en un gesto social más que en una protección efectiva, y que le pone al granito de las calles ese brillo de espejo roto bajo las farolas.

Antonio Vidal tenía treinta y ocho años y llevaba dos destinado allí, trasladado desde Madrid como inspector jefe de la Brigada de Estupefacientes.

Nadie le había explicado del todo por qué mandaban a un madrileño a la ría, y él había tardado exactamente una semana en entenderlo sin que se lo explicaran: porque un madrileño no tiene primos en Vilaxoán, ni cuñados en Carril, ni un vecino de toda la vida al que le deba un favor de cuando lo del hospital.

La ignorancia, en aquel destino, era una forma de higiene.

Era bueno en su trabajo con esa eficiencia particular de quien no tiene pasiones que lo distraigan: no bebía más de la cuenta, no jugaba, no tenía aficiones que consumieran demasiada energía.

Tenía un piso de alquiler cerca de la Praza de Ravella, un coche de la Brigada que también usaba para lo personal porque nadie se lo impedía, y una vida que desde fuera parecía ordenada y desde dentro se parecía más a una habitación de hotel bien hecha: todo en su sitio, nada que fuera de verdad suyo.

Aquella tarde había estado cinco horas en el puerto.

El puerto de Vilagarcía es un puerto comercial de verdad, no un puerto de postal: contenedores apilados de cuatro en cuatro, grúas pórtico que se ven desde media ciudad, camiones entrando y saliendo, y una actividad que no para de noche.

Vidal se había pasado la tarde con un funcionario de Aduanas mirando manifiestos de carga de un buque de madera brasileña, y al final de las cinco horas sabía lo mismo que al principio, que era el resultado habitual de ese tipo de tardes y que, sin embargo, había que seguir teniendo, porque el trabajo de estupefacientes consiste sobre todo en acumular tardes inútiles hasta que una de ellas deja de serlo.

Al salir tenía la ropa impregnada de ese olor del puerto que es una mezcla de gasoil, salitre y marea baja.

No quería volver a la oficina. Tampoco quería volver al piso.

Bajó andando hacia la parte vieja.

El bar se llamaba El Náutico, nombre aspiracional para un local que tenía más de taberna que de club de vela.

Estaba a dos calles del muelle viejo, con las ventanas siempre algo empañadas por la diferencia de temperatura entre dentro y fuera, y una barra de madera oscura marcada por décadas de codos apoyados.

Tras la barra, un viejo, veterano mejor dicho, camarero que parecía sacado de una película de Humphrey Bogart en la época dorada de Hollywood .

En la pared del fondo había una fotografía enmarcada y descolorida de una regata de los años sesenta, un calendario de una empresa de suministros navales y un banderín del Arosa, el equipo de fútbol de la ciudad donde se jugó el primer partido de fútbol documentado en España, que llevaba allí más tiempo que el camarero.

Vidal entró porque llovía y porque necesitaba pensar sin estar en la oficina, que es una combinación de motivos más habitual entre los policías de lo que suele admitirse.

Se sentó en la barra. Pidió un café solo.

La mujer estaba tres taburetes a su derecha.

No se giró a mirarla inmediatamente. Escuchó primero: el sonido de alguien removiendo una cucharilla en un vaso, una pausa, el ruido suave de dejarlo sobre la madera.

Luego, cuando el instinto profesional que cataloga todo lo que hay en una habitación —instinto que después de años de oficio se vuelve casi involuntario— le hubo dado suficiente información periférica, giró la cabeza.

Tenía el pelo oscuro recogido sin demasiado esfuerzo, de esa manera que sugiere que el aspecto que se tiene no ha costado trabajo aunque probablemente sí.

Llevaba un abrigo gris oscuro, bien cortado, de una marca y estilo que no se compra en Vilagarcía.

Las manos que rodeaban el vaso eran de alguien que las cuida.

Y los ojos, cuando lo miró —porque lo miró, directamente, sin la incomodidad de quien se siente sorprendido mirando—, eran de un verde que Vidal archivó como improbable.

—Inspectora jefa —dijo ella.

Vidal tardó un segundo.

—¿Perdón?

—Su postura. La forma de entrar en un sitio y saber ya dónde está todo el mundo antes de sentarse. Eso es de policía. El rango lo he calculado por la edad y por la ropa: no es uniforme, pero tampoco es un chaval de segunda actividad. —Pausa—. Corríjame.

—Inspector jefe —dijo Vidal—. Aunque el género está bien.

—Soy mala con los géneros.

Fue el primer indicio de que aquella mujer usaba el humor como quien usa un escudo: no exactamente para esconderse, sino para controlar la distancia a la que dejaba acercarse a los demás.

El camarero le puso el café delante sin que se lo pidiera dos veces y volvió al otro extremo de la barra, donde un hombre mayor con gorra veía la retransmisión de un partido sin sonido.

Fuera, un coche pasó despacio por la calle mojada y el ruido de los neumáticos sobre el granito duró más de lo que dura sobre el asfalto.

—¿Y usted? —dijo Vidal.

—¿Yo qué?

—A qué se dedica usted. Ya que estamos haciendo diagnósticos.

Ella sonrió apenas, con la mitad izquierda de la boca.

—Distribución.

—¿De qué?

—De cosas.

—Muy preciso.

—Es que aquí todo el mundo se dedica a la distribución de cosas —dijo ella—. Mejillón, madera, tablero, congelado. Es una ría muy trabajadora.

—Ya me he dado cuenta.

—Se le nota que se ha dado cuenta. —Bebió—. Lleva usted dos años dándose cuenta.

Y ahí estaba: la frase que dejaba claro que ella sabía perfectamente quién era él, dicha con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

Vidal no respondió inmediatamente. Miró el café. Pensó, con una lucidez que después le parecería casi cómica, que aquel era el momento exacto en el que un policía sensato se levanta, paga y se va.

—Carmen —dijo ella, tendiéndole la mano.

—Antonio —dijo él.

Fue el momento en que todo lo que vino después empezó a construirse, ladrillo a ladrillo, con la lentitud de las cosas que importan y la inevitabilidad de las que ya estaban decididas antes de que ninguno de los dos supiera que había una decisión que tomar.

Afuera seguía lloviendo sobre la ría, sobre las bateas, sobre la isla que nadie pisa y sobre el monte que se llama Lobeira.

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De vuelta en la sala de interrogatorios, Soria miraba a Vidal con la expresión neutral del instructor que está decidiendo si la historia que le están contando es relevante para el expediente o si es solo un hombre de cincuenta y ocho años ordenando su vida en voz alta.

—La conoció en un bar —dijo— y no sabía quién era.

—Sabía perfectamente quién era. Carmen Lodeiro llevaba dos años apareciendo en mis informes. No teníamos nada que permitiera una detención, pero el nombre estaba ahí.

—¿Y aun así...?

—Aun así. —Vidal no se disculpó. Explicó—: Hay un momento en que uno decide si va a ser una persona o va a ser solo el trabajo. Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, elegí ser una persona. Si eso hay que añadirlo al expediente, añádanlo.

El hombre de la libreta levantó los ojos por segunda vez. Luego volvió a bajarlos y escribió algo muy corto.

—Continúe —dijo Soria.

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