Una ciudad que huele a marea
Una ciudad que huele a marea
«A un sitio se llega. En un sitio se entra. No son la misma operación.»
Dos años antes de aquella noche en El Náutico, Antonio Vidal había llegado a Vilagarcía de Arousa en un coche cargado hasta el techo con cajas que en su mayor parte contenían libros que no iba a volver a abrir.
Llegó por la carretera del Pousadoiro, no por la del Puerto, porque se había equivocado en un desvío y porque los primeros días en un destino nuevo uno se equivoca en todos los desvíos.
Fue una equivocación afortunada. La carretera baja hacia la ría por una ladera y hay un momento —un solo momento, entre dos curvas— en que el agua aparece entera de golpe: el brazo de mar abriéndose hacia el oeste, las bateas alineadas en el centro como un pueblo flotante puesto ahí por alguien con criterio, la isla enfrente cerrando el fondo, y detrás de todo eso una luz de octubre que se colaba entre nubes bajas y caía sobre el agua en franjas.
Vidal paró el coche en el arcén. No lo había decidido. Simplemente frenó.
Estuvo dos o tres minutos mirando aquello con el motor apagado y una sensación que no supo nombrar en ese momento y que años después identificaría con precisión: la sensación de estar mirando un sitio que iba a costarle algo.
Después volvió a arrancar y bajó a la ciudad.
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Vilagarcía, vista desde dentro y no desde una curva de la carretera, es una ciudad de treinta y tantos mil habitantes que se comporta como una de cien mil.
Tiene puerto comercial, estación de tren en el centro, hospital comarcal, un paseo marítimo largo y bien hecho, y una playa urbana —Compostela— que en agosto se llena de gente que no es de allí.
Tiene también una parte vieja con calles estrechas de granito donde la humedad se queda pegada a las paredes hasta junio, y unos barrios marineros que fueron pueblos antes de ser barrios y que siguen comportándose como pueblos: Vilaxoán al oeste, Carril al norte, cada uno con su parroquia, su rivalidad, su forma propia de decir las cosas.
Y tiene una fama.
Esa fama es lo primero que le mencionaron a Vidal en Madrid, cuando le comunicaron el destino, y se la mencionaron con la mezcla exacta de guasa y advertencia con la que en el Cuerpo se mencionan los destinos que no son fáciles.
—A la ría —le había dicho el que le dio la noticia—. Suerte.
—¿Suerte por qué?
—Ya lo verás.
Y lo vio.
Lo vio en las primeras seis semanas, que fueron las semanas en las que Vidal aprendió lo que hay que aprender en aquel destino y que ningún curso enseña: que en la ría de Arousa la información no circula, se hereda.
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La Brigada era pequeña. Cinco personas, contando con él.
El que llevaba más tiempo era un subinspector que se llamaba Suso Regueira, cincuenta y cuatro años, nacido en Cambados y destinado en la comarca desde que entró en el Cuerpo, que conocía a todo el mundo y a quien todo el mundo conocía, con lo bueno y lo malo que eso trae.
Regueira tenía una cualidad que a Vidal le pareció al principio pereza y que tardó unos meses en identificar como otra cosa: una paciencia geológica.
No se alteraba. No corría. Trabajaba como trabaja la marea.
La segunda era una oficial de treinta y un años, Carla Bouzas, que había llegado de Ourense hacía año y medio y que compensaba el no ser de allí con una capacidad de trabajo que a veces resultaba agotadora de ver.
Los otros dos entraban y salían de comisiones de servicio con una regularidad que hacía imposible contar con ellos para nada que durase más de tres semanas.
La primera reunión que tuvieron, Vidal la abrió como abría siempre las primeras reuniones: pidiendo que le contaran el terreno.
Regueira habló durante cuarenta minutos sin consultar un papel.
Le habló de las rutas. De los puntos de alijo.
De las playas donde se puede varar una planeadora y de las que no, que son la mayoría.
De los cargadores y de los transportistas y de los que ponen la gente.
De la diferencia —que es la clave de todo, dijo, y que la gente de fuera no entiende— entre el que mueve y el que financia, porque el que mueve se ve y el que financia no se ve nunca.
De las familias. De las que han caído y de las que no han caído. De las que han caído y han vuelto.
Y luego, cuando Vidal preguntó lo que hay que preguntar —«¿y qué necesitamos para trabajar esto?»—, Regueira dijo la frase que Vidal recordaría durante veinte años.
—Necesitamos que la gente hable, jefe. Y aquí la gente no habla.
—Aquí y en todas partes.
—No. —Regueira lo dijo sin ninguna acritud, con la paciencia del que ha explicado esto antes—. En todas partes la gente no habla porque tiene miedo. Aquí la gente no habla porque no ve el problema.
—Explíqueme eso.
—En esta ría hubo hambre. Hubo hambre de verdad, hace no tanto.
Después hubo tabaco. El tabaco no le hacía daño a nadie de aquí: le hacía daño a Hacienda, que está en Madrid, y a las tabacaleras, que están en no se sabe dónde.
Y con el tabaco se pagaron casas, barcos y carreras universitarias.
—Se encogió de hombros—. Cuando llegó lo otro, llegó por las mismas manos, por las mismas playas y con las mismas lanchas.
Para mucha gente de aquí fue un cambio de mercancía, no un cambio de moral.
Y ahora usted viene y les dice que uno de esos hombres es un criminal.
Y ellos le miran a usted y ven al que le pagó la carrera a su sobrino.
Vidal se quedó callado un momento.
—¿Usted piensa eso?
—Yo pienso lo que pienso —dijo Regueira—. Pero le estoy explicando por qué no van a hablar con usted.
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La primera operación grande de Vidal en la ría fue en marzo.
Habían trabajado cuatro meses. Tenían dos teléfonos intervenidos, un vehículo controlado, tres testimonios que valían poco pero que valían algo, y una fecha probable.
Salieron a las tres y cuarto de la madrugada hacia una ensenada al sur de la ría, con dos grupos, con apoyo marítimo y con todo lo que se puede pedir para una noche así.
No había nadie.
No había nadie de una manera concreta y humillante: la playa estaba limpia, no había rodadas nuevas en el camino, y en la casa que habían identificado como punto de apoyo había una familia cenando tarde y viendo la televisión con las luces encendidas y la puerta sin cerrar, que es lo que hace la gente cuando quiere que se vea que no está haciendo nada.
Volvieron a comisaría a las seis y media de la mañana.
Vidal se sentó en su despacho con el abrigo todavía puesto y estuvo un rato mirando la pared.
Regueira le llevó un café.
—No es culpa suya, jefe.
—Ya sé que no es culpa mía. —Vidal cogió el café—. Lo que quiero saber es de quién es.
—Eso es lo que no se va a saber nunca.
—¿Por qué no?
—Porque no hace falta que haya un chivato.
—Regueira se sentó en la silla de enfrente sin que le invitaran, que era una de las cosas que hacía y que a Vidal le acabó gustando—.
Piense en cuánta gente ha visto un coche raro aparcado esta semana en el camino de la playa.
Un panadero. Una mujer que saca al perro.
Un chaval que vuelve de fiesta. Ninguno de ellos ha llamado a nadie para avisar.
Pero uno se lo comentó a su cuñado. Y el cuñado se lo comentó a otro.
Y en cuatro días la información llegó donde tenía que llegar sin que nadie haya cometido un delito.
—Se levantó—. Aquí no hace falta traicionar. Basta con hablar de lo que se ve.
Vidal se quedó con el café en la mano.
Y entendió, con una claridad incómoda, que llevaba cuatro meses trabajando contra un sistema que no era una organización sino una costumbre. Y que las costumbres no se detienen.
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En agosto le tocó la fiesta.
La Festa da Auga es una cosa que hay que ver una vez en la vida para saber que existe.
El día 16 de agosto, la ciudad entera —y unas cuantas decenas de miles de personas que no son la ciudad— se echa a la calle y se moja.
Se mojan unos a otros. Con vasos, con cubos, con mangueras, con los camiones cisterna de los bomberos y con lo que haya.
Durante unas horas no queda una persona seca en Vilagarcía, ni un turista, ni un abuelo, ni un policía.
Vidal estaba de servicio.
Y hacia las cinco de la tarde, empapado hasta los calcetines, con el pelo pegado a la frente y un cubo de agua recién recibido en la espalda por una chica de dieciséis años que salió corriendo muerta de risa, tuvo una revelación menor pero verdadera sobre el sitio al que lo habían mandado.
Aquella ciudad no era hermética por miedo. Era hermética por cohesión.
Es una diferencia enorme y explica casi todo. Un sitio hermético por miedo se rompe cuando alguien deja de tener miedo. Un sitio hermético por cohesión no se rompe: hay que entrar en él.
Vidal, de pie en medio de la Rúa Castelao con veinte mil personas gritando y el agua cayéndole por dentro de la camisa, se dio cuenta de que llevaba diez meses intentando romper algo cuando lo que tenía que hacer era entrar.
No supo entonces cuánto le iba a costar aprenderlo.
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El nombre apareció por primera vez en un informe de octubre.
Era un informe menor, de esos que se generan por acumulación de datos sin importancia: una relación de sociedades vinculadas a una nave de distribución de congelado en el polígono, con los administradores, las participaciones y los movimientos.
Una de las sociedades tenía una administradora solidaria.
Lodeiro Pazos, Carmen. 36 años. Domicilio en Vilagarcía de Arousa.
No había nada más. Ni antecedentes, ni una detención, ni una diligencia previa. Solo un nombre en una casilla, en una sociedad que tenía todos los papeles en regla y que declaraba una actividad perfectamente lícita.
Vidal leyó la línea y siguió leyendo.
Volvió a ella una semana después, cuando el mismo nombre apareció en un contexto distinto y sin relación aparente: una conversación intervenida en la que dos personas que hablaban de otra cosa mencionaron de pasada «lo de la señora».
—¿Quién es la señora? —preguntó Vidal.
Regueira, que estaba en la puerta, se lo pensó más tiempo del que se piensa una respuesta que no se sabe.
—Hay unas cuantas señoras, jefe.
—Suso.
—Es una mujer que lleva unos años por aquí. No es de la ría. Vino de fuera y montó su cosa sin pisarle a nadie, que ya tiene mérito. —Se apoyó en el marco—. Es lista. No hace ruido. Y no se le conoce ninguna barbaridad.
—Eso no la hace legal.
—No la hace legal. La hace difícil. —Regueira se giró para irse—. Con la gente que hace barbaridades se trabaja bien, jefe. Se les coge por las barbaridades. Con los que no las hacen hay que trabajar mucho más.
Vidal subrayó el nombre con lápiz.
Fue el primer acto de una historia que le iba a costar la mitad de su vida, y lo hizo un martes por la tarde, sin darle importancia, entre dos informes de nada.
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