Christian Williams es un idiota arrogante y enamorado de sí mismo.
¿Por qué mi cuerpo no entiende este análisis tan convincentemente claro?
Debería saberlo. Llevo tres años estudiando con su hermana.
Cuando entra como un huracán, se sirve un café y vuelve a desaparecer sin dignarse siquiera a mirarnos, todo queda claro.
Chris solo tiene cinco años más que yo, y es multimillonario.
Cada videoclip que su productora sube a YouTube consigue en dos días más visitas que el presidente.
Y no deja la menor duda de que él lo sabe.
Y entonces, de repente, aparece delante de nosotras, con ese traje que cuesta más que toda mi carrera, y me pregunta si quiero casarme con él. El corazón se me para, el estómago hace algo muy extraño y lo tengo clarísimo al instante: ¡Jamás!
«Necesito una esposa. Dos semanas. Japón. Mi socio publicitario es conservador y solo firmará si cree que soy un hombre de familia. Te llevas el diez por ciento del contrato, Charlotte. Di que sí.»
Digo no. Digo sí.
Es solo un negocio. Un contrato, un anillo, unas cuantas fotos, una sonrisa para las cámaras. Sonreír durante dos semanas puedo hacerlo.
Es un trabajillo temporal que me paga los estudios.
Me da absolutamente igual lo bien que le queda ese traje. Me da igual que tengamos que compartir habitación de hotel, porque es lo que hacen los matrimonios.
Y, sobre todo, me da igual que en Japón deje por primera vez de hacer el papel de multimillonario y me mire como si fuera la única persona de todo el país.
Es solo un negocio.
¿Qué podría salir mal?








