Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 29. Charlie
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29. Charlie

Nueve millones de dólares caben en una hoja de papel.

He impreso el justificante de la transferencia en la biblioteca de la universidad.

Entre trabajos de clase, solicitudes de empleo y un compañero que imprime trescientas páginas de apuntes con cara de estar a punto de echarse a llorar.

Yo imprimo la prueba de que a mi vida le han puesto precio.

Negro sobre blanco. Válido sin firma. Hay que poder tocar nueve millones para comprenderlos.

El papel es el único formato que tengo para eso.

El móvil vibra. Sarah: —¿Sigues viva?

—Sí.

—¿Vienes a clase?

—No. Tengo una cita con mi cuenta bancaria.

—¿Pregunto?

—No.

—Bien. Esta noche me paso por tu casa. Llevaré provisiones.

En casa dejo la hoja sobre la mesa. Al lado está la carpeta del préstamo. Una lápida frente a otra. Debería ofrecerles café para la reunión.

Mi piso está exactamente como siempre. El teclado debajo de la ventana.

Mis malas decisiones en la pared. La novedad desde Kioto es el cuenco para Sake de la estantería.

Esto parece un museo. Exposición: La vida de Charlotte Miller antes de que le pusieran precio.

Entrada gratuita. No hay visitas guiadas.

Hago cuentas. No porque tenga que hacerlas. Porque calcular es lo único que no duele.

Alquiler: puedo pagarlo. Cuota: puedo pagarla. El estudio del viernes está pagado gracias al adelanto de Sal. Ya se lo devolveré con mi trabajo. Dormir sigue descartado.

Él no.

La carpeta me mira fijamente. —No te alegres antes de tiempo —le digo—. De ese dinero no vas a ver nada. Sigues siendo mi posesión más valiosa.

La aplicación del banco tarda lo que parece una semana en cargarse. Como si también ella tuviera dudas. Introduzco los datos de la transferencia. Destinatario: Williams Production. Importe: todo. El campo del concepto espera. Cuarenta caracteres para la declaración más importante de mi vida.

Pienso en Kioto. En el maestro que lleva cincuenta años afinando la misma nota en la madera. En Chris, que sacó su tarjeta por puro reflejo. En la respuesta que llegó a través de Hoshino como una sentencia y como un abrazo.

No está en venta. Hay que ganárselo.

Escribo tres palabras.

«No está en venta».

La aplicación me pregunta si estoy segura. Por primera vez en semanas, lo estoy.

Enviar.

No siento alivio. Pero tampoco queda ningún vacío. Solo la verdad. Pesa menos que nueve millones. Se puede cargar con ella sin venirse abajo.

Entonces llamo a mi madre. Esta vez llamo yo. No ella.

De fondo se oye el ajetreo del desayuno. En Minnesota están desayunando, y mi madre tiene por norma contestar al teléfono con la boca llena.

—Miller.

—Mamá. Tengo que contarte algo. Y tienes que dejarme terminar.

El tintineo cesa. La oigo dejar la taza. Conozco ese sonido. Significa que ahora la cosa va en serio.

—Vale, cariño.

Y se lo cuento. Todo. Por primera vez, en el orden correcto.

La oferta en el ático. El diez por ciento.

Dos semanas de matrimonio a cambio de un acuerdo.

El registro civil, con sus luces de neón y sus sillas de plástico.

Kioto, el santuario y el beso que no debía producirse.

La noche sin cláusula. Los papeles encima de la mesa alta.

El anillo sobre los papeles. Los nueve millones que ahora mismo están volviendo a su cuenta.

No sonrío mientras hablo por teléfono. No digo: «Todo va bien, mamá». Ni una sola vez.

Al final se hace el silencio. Solo se oye el ruido de la línea.

—Así que la boda era un trabajo —dice con tono práctico. Mi madre sería capaz de anunciar un infarto como quien da el parte meteorológico.

—Sí.

—Y devolver el dinero ha sido una estupidez. —Hace una pausa—. Y lo correcto. En nuestra familia, muchas veces es lo mismo.

Me río. Suena como un sollozo. Una mala combinación.

—¿Estás comiendo bien? —pregunta.

—Mamá.

—Lo pregunto porque, cuando tienes el corazón roto, se te olvida que tienes un cuerpo.

—¿Quién dice que tengo el corazón roto?

—Una cosa más. Ese temblor en tu voz. ¿A qué se debe?

—¿A qué te refieres?

—Acabas de contarme que te casaste por contrato y por dinero. Pero te tiembla la voz desde que has empezado a hablar de Japón. Así que dime, ¿a qué se debe?

Mi mano busca el bolsillo de la chaqueta. Vacío. No hay diapasón. No hay ancla. Solo estamos la verdad y yo, y una madre en Minnesota que lo oye todo.

—Lo quiero, mamá.

Es la primera vez que lo digo en voz alta. Las palabras se quedan suspendidas en mi apartamento de una sola habitación. No quieren marcharse.

—Lo sé, cariño. —Su voz se enternece. Ocurre tan pocas veces que vale por dos—. Esa era la parte que no podías ocultar.

—¿Cómo lo has...?

—No me llamaste el día de tu propia boda. Llevas semanas sin contarme nada. Solo escondes las cosas que te importan. Lo del dinero me lo habrías dicho por mensaje.

—Se ha acabado, mamá. Me puso delante los papeles del divorcio y se despidió de mí con una transferencia.

—Y tú le has devuelto la transferencia. —Suspira—. Charlotte. Pues díselo a él. No a mí.

—Se ha acabado.

—Díselo de todos modos. No por él. Por ti. Para que dentro de cincuenta años no te despiertes preguntándote cómo habría sonado.

Lloro. Rara vez lo hago. Por eso importa. Mi madre sigue al otro lado de la línea y no dice nada para consolarme. Sabe que, cuando lloro, no necesito que nadie arregle nada. Solo compañía. Aunque esté a mil millas de distancia.

Por la noche, Sarah entra como un vendaval. Sin cajas de fideos. Pero con una botella de cava. La alza como si fuera un trofeo.

—¿Por el divorcio que no lo fue?

—No he firmado.

—Lo sé. Por eso he traído cava y no fuegos artificiales. Los fuegos artificiales serán para cuando firmes. O para cuando él venga arrastrándose. Lo que pase primero.

Busca vasos y encuentra lo más parecido que hay en mi cocina. Una taza y un tarro de mermelada.

—Bebemos en lo que haya —dice—. Como siempre.

El cava sabe a manzana y a malas decisiones. Sarah descubre la hoja sobre la mesa. La lee. La vuelve a leer.

—Charlie. Este es el justificante del ingreso. —Deja el tarro de mermelada—. Joder. Tienes nueve millones en la cuenta.

—Los he devuelto. «No está en venta». Lo he puesto en el concepto.

—Eres la única persona del planeta capaz de devolverle nueve millones a un hombre que tiene tanto dinero que no sabe qué hacer con él.

—Tiene que pagar los gastos de una gran empresa.

—¿Y de qué vas a vivir ahora?

—Del adelanto. Y de las propinas del Marlow's. Dentro de cuatro meses habré terminado de pagar el estudio; hasta entonces, comeré arroz.

—No puedes vivir solo de arroz.

—Sí que puedo. Así he sobrevivido también el resto de la carrera. Ya me queda poco y después encontraré un trabajo en el que gane más.

—Y le has escrito una carta de amor en lenguaje bancario.

—No es una carta de amor.

—Sí lo es. Nueve millones devueltos con ese comentario. Hazme caso. Mi hermano lee los extractos bancarios como otros leen poesía. Es la carta de amor más grande que ha recibido en su vida.

Me quedo callada. Sarah conoce mis silencios mejor que mis palabras.

—No me llevas la contraria —observa.

—Ya no me quedan fuerzas para discutir. Están como mi cuenta: recién vaciadas.

Se sienta a mi lado en la cama. Hace girar el tarro de mermelada entre los dedos.

—Te dije que rompía corazones como si rescindiera contratos. Sin ensuciarse las manos y con abogado.

—Tenías razón.

—Quizá no del todo. —Mira fijamente el cava—. También vi cómo te miraba. En la fiesta de compromiso. En el registro civil. Quizá he pasado demasiado tiempo viendo en él únicamente a mi hermano. Ese no merecía la pena. Pero el hombre que te miraba era distinto.

—El hombre de Kioto era distinto, pero aquello era otro mundo, con otras reglas. Ahora estamos de vuelta en su reino.

—El hombre de Kioto se ha quedado con tu diapasón —dice—. Nadie guarda trofeos de un servicio contratado. Se guardan recuerdos.

No tengo respuesta para eso. Así que bebo. El tarro de mermelada entrechoca con mi taza.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunta.

—El viernes voy al estudio. Grabaré mi pieza. Así llegaré a tiempo a la entrega y el profesor dejará de mirarme como si fuera una obra a medio hacer.

—¿La pieza sin título?

—Tiene título. Se llama Dos segundos.

Sarah levanta su vaso. —¿Pregunto?

—No.

—Bien. Pues no pregunto. Por Dos segundos.

—Por Dos segundos.

El viernes llega como llegan los viernes. Sin importarle los daños colaterales.

El estudio de grabación está en el sótano de un edificio antiguo, a veinte minutos de la universidad.

Según la prensa, él firma hoy. El gran día de Chris.

En algún lugar de esta ciudad está sentado a una mesa, cerrando el trato más importante de su vida.

Yo estoy sentada ante un piano. Cada uno tiene una cita.

El técnico tendrá más o menos mi edad y lleva una camiseta con una frase que no entiendo. Tiene la paciencia de un hombre que se pasa el día viendo a principiantes.

—¿Qué vas a tocarnos? —pregunta por el micrófono.

—Mi pieza de fin de carrera.

—¿Título?

—Dos segundos.

—Espero que dure más. Tu hora empieza ahora. Cuando estés lista.

Lista. Durante las últimas semanas no he estado lista para nada. Pero ahora sí lo estoy.

Encima de la puerta hay un letrero rojo que dice GRABANDO. Mi viejo enemigo. Lo auténtico solo se oye cuando nadie graba. Hoy alguien está grabando y yo intento que, aun así, sea auténtico. Que mi composición suene como quiero. Pero, al final, no dejará de ser una grabación.

La mano se me va al bolsillo izquierdo de la chaqueta. Un reflejo. Está vacío.

No es que necesite afinar el piano: el estudio tiene uno afinado. Pero quiero encontrar mi propio tono de referencia. No para el piano, sino para mí.

Pero el diapasón no está ahí. Lo dejé sobre su mesa. En medio de su mundo. Quédatelo, le dije. Recuerdo la nota.

Bonitas palabras de una mujer que luego estuvo bajo la lluvia tarareando desafinada.

Cierro los ojos. Busco la nota. Cuando todo está desafinado, esa es la que suena bien.

La tarareo.

Y esta vez doy con ella.

Ni aproximadamente ni casi. Exactamente. Como si la nota solo hubiera estado esperando a que dejara de buscarla en el metal.

Nunca estuvo en el diapasón. Está dentro de mí. El diapasón solo era el ancla que necesitaba para creérmelo.

Tarareo la nota para mí y me hace sentir bien. Sé, en el fondo de mi corazón, que es la correcta. Tengo el piano para comparar, pero lo que importa es la nota que llevo dentro. Tarareo y respiro. Entonces estoy lista.

Asiento al técnico. Se enciende la luz roja.

Y toco. Dos segundos.

El principio es el club. Un bajo que trepa por las suelas de los zapatos. Una mirada por encima de una mesa alta. Un hombre que no me conocía. Rabia porque no podía quedarme quieta.

La parte central es Kioto. Serrín y té. Una mano bajo la mesa. Un beso en un santuario que no debía producirse. Un anhelo que confundí con un error en la composición.

El final es una mesa alta sobre los tejados. Un anillo encima de unos papeles. Dos palabras en el concepto de una transferencia. Una mujer bajo la lluvia que aprende que hay cosas que no tienen precio. Porque cuestan todo lo que uno tiene.

Toco la pieza de una sola vez. Sin parar. Sin volver atrás. Cuando se extingue la última nota, la luz roja se apaga.

Y lo sé. La grabación no ha perdido nada.

Porque no he fingido mientras tocaba. Esa era mi verdad, era yo, sin artificios.

No una interpretación en conserva que mata lo auténtico, ni un espectáculo.

El vídeo de la boda que tantas visitas tuvo llevaba razón.

Lo auténtico se puede grabar. Solo hay que ser auténtica.

El técnico levanta el pulgar. —Esa es la toma.

—Ni siquiera sabes si quiero hacer otra.

—Sí que lo sé. Me he olvidado de mirar los niveles. —Da unos golpecitos en la pantalla—. Eso nunca me pasa. Así que esa es la toma.

Fuera llueve. Por supuesto que llueve. La lluvia y yo nos hemos conocido muy bien estas últimas semanas.

Estoy en la acera sin paraguas. Con la maqueta en el bolsillo. La entrega, salvada. El préstamo sigue siendo mi posesión más valiosa. Sin anillo. Sin diapasón. Sin Chris.

Empapada hasta los huesos. Y, por primera vez en semanas, ligera.

Lo he perdido todo y, aun así, todavía puedo tocar.

Casi parece una victoria.

Y en este momento me alegro de haber hecho lo que hice y de poder seguir adelante sin él, como antes.

Lo considero un logro. Aún lo llevo conmigo, en mi música.

Al hombre que me inspiró esta pieza. De algún modo, forma parte de ella.

Pero no puedo compartirla con él, y una parte de mi corazón está vacía.

Lo echo de menos.