Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 31. Chris
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31. Chris

Hace una hora que Katsuro Hoshino ha firmado.

El contrato de noventa millones. Las tazas de té siguen sobre mi escritorio.

El panel para las fotos de prensa del vestíbulo se ha quedado sin fotos.

Ni prensa ni atención. Debería ser el mejor día del año.

Pero no lo parece. He alcanzado el objetivo.

Eso por lo que llevamos semanas trabajando.

Y ahora tengo dentro un vacío que ya no puedo disimular.

Para colmo, Brad acaba de irrumpir en mi despacho y me ha plantado el portátil sobre la mesa de un golpe.

Las imágenes en bruto se reproducen sin sonido. Brad lo ha quitado. Tal vez la verdad no necesite sonido.

En la pantalla se ve la gala de Kioto. Charlie está sentada al piano con los ojos cerrados.

Yo aparezco en un extremo de la imagen, con una copa en la mano, mirándola embelesado.

Todos la miran, la escuchan. Todos menos dos personas a mi espalda.

Bodo está de pie, medio oculto por una columna.

A su lado, el corresponsal de la sonrisa de anuncio de dentífrico.

Hablan. Bodo alza el móvil y le enseña algo al hombre. Este asiente y toma notas. Bodo mira a su alrededor. Luego se va. El corresponsal se queda. Sonríe a una cámara cuya presencia desconoce.

Brad congela la imagen. Dos hombres conversan en la penumbra. Mientras mi mujer está sentada al piano y cautiva al resto de los invitados. Mientras consigue convencer a Hoshino de que soy el hombre adecuado para el acuerdo.

—Hablaron un buen rato —dice—. Lejos de todas las cámaras. Menos de la mía. Es que lo grabo todo. Deformación profesional.

No digo nada. Siento frío en el pecho. No calor. Frío. Con la traición siempre pasa lo mismo. Conozco esa sensación. Es más antigua que esta empresa.

Orden interna: escuchar. No decir nada.

Brad pulsa de nuevo. Otro vídeo. El corresponsal me asalta con su pregunta. Si hay una cláusula de prórroga. Veo mi cara en la pantalla. Gélida. Y veo lo que entonces no vi. Al fondo está Bodo, observando. Comprueba el efecto. Como un director ante el primer montaje.

—Cláusula de prórroga —digo—. Cláusula ya es una palabra sacada de un contrato. ¿Qué matrimonio normal tiene una cláusula? Lo sabía.

—Por el contrato —confirma Brad—. Exacto. No suena ni a rumor ni a la típica pregunta de la prensa. —Abre su cuaderno. Brad lleva cuadernos. En ellos apunta todo lo que internet olvida—. Le preguntaste a Bodo quién había acreditado a ese hombre.

—Dijo que la agencia de relaciones públicas.

—Y es verdad. La agencia lo acreditó. Por orden del despacho de Bodo. —Brad señala una línea—. He llamado esta mañana. La señora que me ha atendido tiene buena memoria para los trámites que llevan el nombre de Vanders. Por lo visto, le gusta firmar.

El frío se extiende. Tiene sabor a metal.

—Luego está la elección de palabras. —Brad gira el móvil hacia mí. El artículo. Novia comprada. Una fuente interna: la seleccionaron en un casting. Dos semanas. Japón. Diez por ciento.

—Casting —dice Brad—. En esta empresa solo hay una persona que use esa palabra.

Oigo la voz de Bodo en la sala de reuniones. Lo veo ante mí, semanas atrás, con las fotos de las modelos en la mano, diciéndome: «Podríamos hacer un casting».

—Y la cifra —digo—. Diez por ciento. Casi nadie la conocía.

—Solo figuraba en un contrato —dice Brad—. En el suyo.

El expediente que guardo en la cabeza termina de abrirse. La prensa conocía la fecha de la firma antes de que la hiciéramos pública. Alguien habla con ellos, dijo ayer Bodo. Como de pasada. Como una nota al pie. Me vendió su propia traición como una nota al pie.

Y antes de eso. La fecha de la boda en la prensa cuando nadie podía saberla. Las apuestas en Nueva York. Al sector le encantan las historias, dijo.

Él vendió las historias. Vendió la empresa al sector. Lleva cinco años formando parte de esta empresa.

Tengo la mano apoyada en la mesa, con la palma abierta. Quiere cerrarse en un puño. No se lo permito.

—¿Por qué lo hace? ¿Y por qué te has puesto a investigar? —pregunto.

Brad vacila. Brad nunca vacila. Eso me inquieta más que la imagen congelada.

—La noche que Charlie vino a firmar los papeles del divorcio... —Se frota la nuca—. Bodo le dijo algo junto al ascensor, cuando ella se marchaba. Lo oí. Le dijo: «Nunca fue nada personal. Una cuestión de proporcionalidad».

La palabra queda flotando en la habitación como un mal olor.

—Proporcionalidad —repite Brad—. Más sílabas que decencia. Después no pude dormir. Así que revisé las grabaciones de Kioto.

Mierda.

Me levanto y voy hasta la ventana. Llueve sobre la ciudad.

Lleva días lloviendo, como si la ciudad llorase porque lo he echado todo a perder.

Porque eché a Charlie a esta lluvia. Porque le di papeles en lugar de palabras.

Mientras él esperaba junto al ascensor para explicarle que su humillación era proporcional.

—¿Dónde está ahora?

—En la sala de reuniones. Organizando tu entierro. —Brad se levanta—. ¿Quieres que vaya a buscarlo?

—Tráelo.

Brad se va. Yo sigo junto a la ventana. Abajo, el tráfico traza líneas mojadas por la ciudad. Cuando me traicionan, reacciono con frialdad. La tristeza sería más sincera. La frialdad es más limpia. Hoy la armadura me aprieta demasiado.

Se abre la puerta. Entra Bodo. Lleva una tableta en la mano y la expresión de un hombre al que le apremian los plazos.

—El comunicado está listo. Si lo publicamos antes de las diez, todavía saldrá en las ediciones de mañana. De mutuo acuerdo. Reorientación estratégica. —Se queda cerca de la puerta—. Deberías descansar, Chris. Pareces cansado.

Finge preocuparse por mí. Ahora resulta tan evidente. ¿Por qué no me di cuenta antes? Sí me di cuenta, pero lo dejé para más adelante. Todo lo que me parecía raro. No sabía qué era lo que fallaba, pero lo noté.

—Siéntate —digo.

—Estoy bien de pie.

—No era una pregunta.

Permanece de pie. El orgullo es la última moneda que le queda. Giro el portátil hacia él. La imagen congelada. Él y el corresponsal detrás de la columna.

Bodo comprende la situación al instante. Es demasiado listo para no hacerlo. Aun así, sigue con la farsa. Eso me duele más que la traición. Que siga fingiendo.

—Está sacado de contexto —dice—. Ese hombre quería una entrevista. Me lo quité de encima.

—¿Con una larga conversación y enseñándole cosas en tu móvil? —pregunta Brad—. Desde luego, se te ve muy empeñado en quitártelo de encima.

—La acreditación se tramitó a través de la agencia de relaciones públicas —digo—. Por orden de tu despacho. La señora que trabaja allí se acuerda de ti.

—Tramito cien cosas al día. Es mi trabajo.

—El artículo de prensa utiliza una palabra. —Me coloco detrás de la mesa. No hace falta más—. Casting. Tu palabra. La usaste cuando me pusiste las fotos de las modelos sobre la mesa. La repetiste varias veces: «Podríamos hacer un casting».

Algo cambia en su rostro. Apenas. Lo suficiente.

—Eso es absurdo. —Alza la voz. Su indignación está ensayada. Se notan los ensayos—. Durante cinco años he...

—Basta.

Mi voz suena serena. Demasiado serena. Así sueno cuando algo se cierra de golpe dentro de mí. Él conoce ese tono. Se calla.

Silencio. Fuera, la lluvia lava el cristal. Dentro, la máscara se va borrando poco a poco. Y entonces habla.

—Diez por ciento —dice. Al principio, en voz baja—.

Por sonreír durante dos semanas. Eso es lo que recibió ella.

¿Y yo? Llevo cinco años trabajando para ti.

Levanté esta empresa mientras tú la presentabas ante las cámaras.

Las estructuras. Los acuerdos. Toda la organización.

Lo hice todo yo. Tú sonreías y firmabas.

—Se le acelera la respiración—. Sin mí no eres más que un hombre con talento y buen sentido de la oportunidad.

Las palabras le salen todas de golpe. Lleva mucho tiempo guardándolas.

Quizá años. Algo así no se acumula deliberadamente.

Crece. Y no tiene ni idea de lo que está diciendo.

La empresa no nació hace cinco años. Existe desde mucho antes.

Brad, que sí está aquí desde el principio, jamás me apuñalaría por la espalda.

A Bodo le encargué las tareas de las que ya no podía ocuparme porque el trabajo se había vuelto excesivo. Para eso lo contraté hace cinco años.

—Me enseñaste unas candidatas —digo—. Las rechacé y elegí a otra. De eso se trata.

—Se trata de cuánto vale para ti una mujer después de dos semanas. Y de cuánto valía yo para ti después de cinco años. —Suelta una risa breve—. La compraste, Chris. Fue decisión tuya. Yo solo conté lo que hiciste.

Quiere hacer daño con esa frase. Lo consigue. Algo dentro de mí quiere estallar. Lo contengo.

—Presentarás tu dimisión hoy mismo —digo en voz baja—. Y te habrás ido antes de que vuelva. Firmaste un acuerdo de confidencialidad, como todos los demás. Da gracias de que no te demande por traición. Era un acuerdo importantísimo.

Brad deja un documento sobre la mesa. No sé cuándo lo ha imprimido. Brad piensa en términos de montaje. También en la vida.

Bodo mira fijamente el documento. Es su propio modelo. Lo redactó para otros.

Entonces se ríe. Con una risa demasiado aguda.

—¿Que vuelvas? ¿De dónde? El acuerdo está muerto. Hoshino ya va en el avión. La prensa te va a devorar vivo. Sin mí no eres nada.

Cojo el contrato de Hoshino de la mesa. Lo abro por la última página y lo dejo delante de Bodo. Tinta negra. Fresca.

—Firmado. Hoy.

Clava la vista en la firma.

—No gracias a ti —digo—. Gracias a la verdad. Un concepto que no figura en tu programa.

Algo se derrumba en su rostro. No es arrepentimiento. El arrepentimiento me habría merecido respeto. Es el balance de pérdidas. Su traición ha sido en vano. Me ha vendido y ni siquiera ha cobrado por ello.

Entonces vibra mi móvil. Sobre la mesa.

Transferencia recibida: 9.000.000,00 $. Concepto: NO ESTÁ EN VENTA.

Brad lee por encima de mi hombro.

—Lo ha devuelto todo.

No está en venta. Lo dijo el maestro en Kioto. Solo hay que ganársela. Ella escuchó. Le transferí nueve millones y lo llamé protección. No me la he ganado. Me devuelve el dinero y me muestra la verdad. Su concepto frente al mío. Gana el suyo.

Bodo ve la pantalla. Lo veo comprenderlo. En tiempo real. Me ha traicionado por dinero, el mismo dinero que ella devuelve por principios. Nadie lo dice en voz alta. No hace falta. Está claro.

Brad le acerca el documento. Bodo firma sin leerlo. Su firma es tan impecable como lo eran antes sus asentimientos.

Bodo se dirige a la puerta. No hay apretón de manos. Al llegar, se vuelve una vez más. De pronto parece pequeño. O quizá sea la primera vez que lo veo en su verdadera dimensión.

—Fracasarás —dice.

La puerta se cierra. Cinco años abandonan la habitación sin hacer ruido.

Silencio. Brad se sienta en el borde de la mesa. Sostiene el cuaderno sin abrirlo.

—¿Quieres hundirlo? —pregunta—. Tengo material para tres escándalos. Cuatro, si cuento sus declaraciones fiscales.

—No.

—Bien. —Cierra el cuaderno—. Se ha hundido él solo. Nosotros nos hemos limitado a mirar. Lo mejor es que lo sabe.

—A mí no me parece nada bueno.

—No —dice Brad—. Nunca lo parece.

Fuera ya es de noche. Se ven las luces de la ciudad, pero solo pienso en una. Pienso en su ventana. Y en que ojalá esté iluminada.

—¿Y ahora qué? —pregunta Brad.

Abro el cajón. Los papeles del divorcio siguen donde los dejé. Su anillo descansa sobre la primera página. Me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta. Pesa tan poco. Aun así, noto su peso.

Cojo también los papeles del divorcio. «Hoy no. Por ti no». Sus palabras de ayer. Esa frase me ha mantenido con vida desde entonces.

Luego saco el contrato de la caja fuerte.

Dos semanas. Diez por ciento. Condiciones redactadas con pulcritud.

Nada de besos sin acuerdo previo. Vuelvo a leer la cláusula.

No la incumplimos en Kioto. Habíamos llegado a un acuerdo.

Los dormitorios separados. Ese fue el mejor incumplimiento de contrato de mi vida.

Añado el sobre con las fotos del santuario. No se las enviaría por mensajero. En eso tomé la decisión correcta. Solo que demasiado tarde.

Por último, cojo el diapasón. Está junto al portátil, donde no debería estar. «Llévelo a casa», dijo Hoshino. Está frío en mi mano. Cierro los dedos a su alrededor.

Brad me observa.

—¿Qué piensas hacer?

—Quiero ir a verla.

Asiente despacio.

—Por fin.

Bajamos juntos en el ascensor. En el aparcamiento, Brad me quita las llaves de la mano.

—No has dormido desde Kioto —dice—. Conduzco yo.

No protesto. Solo eso ya debería preocuparle.

En el coche, mi cabeza ensaya frases. Charlotte, cometí un error. Demasiado poco para un error como este. Lo siento. Ya es tarde para eso. Déjame explicártelo. No hay nada que explicar. Solo algo que admitir. Te lo explicaré más tarde. Esa frase me ha traído hasta aquí. Más tarde es ahora.

Ninguna palabra que conozca basta para esto. ¿Qué queda, entonces?

Ella.

Brad conduce. La lluvia desdibuja las luces de la ciudad. Me mira de reojo.

—¿Qué le vas a decir?

—No tengo ni idea.

—Empieza por la verdad. Hoy ya ha funcionado una vez.

La frase de Hoshino en boca de Brad. Estoy a punto de sonreír. A punto.

—¿Y si no te abre? —pregunta Brad.

—Volveré mañana.

—¿Y pasado mañana?

—Haces preguntas como un listillo.

—Hago preguntas como un padrino de boda. Me tomo en serio mi cometido —dice—. Lo pone en el contrato.

Los dos nos estremecemos al oír esa palabra. Entonces él se ríe. Una risa breve y sincera. Es la primera del día.

Se detiene frente al edificio donde vive ella. Su ventana está iluminada. Está en casa. Me alegra y, al mismo tiempo, me da miedo. Pienso en el diapasón que llevo en el bolsillo. No lo saco ni lo hago sonar, pero respiro.

Mi madre dijo que huía de una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. Esta puerta también está cerrada, pero quizá vuelva a abrirse. Por primera vez corro hacia una.

—¿Quieres que te espere? —pregunta Brad.

—No. Llévate el coche a casa.

—¿Paraguas?

—No.

Me mira. Luego asiente.

—No digas «Aceptado» —dice—. Di «Sí».

La frase de la boda civil. Él estaba allí. Hasta la grabó.

Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta. Anillo. Diapasón. Está todo.

Esta vez salgo del coche.