33. Chris
Olor a rosas. Flota en su casa como una bienvenida que no ha pronunciado. Estoy en una habitación diminuta que constituye toda su casa. Charlie me ha dejado entrar y siento que este es mi sitio. Esto es lo que me faltaba. No cerrar el trato. Charlie. Ella hace que mi vida esté completa.
—Sigues goteando —dice.
Va a por una toalla y me la lanza. Gris. Gastada. Huele a ella.
—Quítate el traje. Me estás estropeando el suelo.
—Eso suena a invitación.
—Es una orden. Sé distinguirlas.
Me quito la chaqueta. Ella me la coge y se la lleva al baño. Mi chaqueta de diseñador empapada, que amenaza con destrozar el diminuto piso, tiene que escurrir ahora en el baño. He pasado noches peores.
Me seco el pelo. Ella me observa. Su mirada baja de mi cara a mis manos. Se detiene en mi dedo. Mi anillo. Lo llevo puesto desde que estábamos en el pasillo. Es donde debe estar.
—¿Té? —pregunta.
—No.
—Bien. De todos modos, solo me queda una bolsita.
Su sonrisa es insegura. La mía también. Estamos en su piso como dos actores sin guion. Por suerte, no hay guion. No quiero volver a tener uno nunca. No con Charlie.
Me acerco a ella y la miro. Sin guion. Nuestros ojos no lo necesitan.
La abrazo. Charlie apoya una mano en mi pecho y me inclino hacia ella.
Sus labios son cálidos y suaves. Entreabre la boca y la estrecho contra mí.
El beso es intenso; no se siente como incumplir un contrato, sino como lo que debe ser.
Sus dedos desabrochan mi camisa. Despacio. Botón a botón. Lleva el anillo en la mano. Mi anillo en su mano. Me quedo mirándolo demasiado tiempo.
—Te has quedado mirando —dice.
—Estoy analizando.
La levanto en brazos. Protesta sin mucho convencimiento.
—Puedo andar.
—Lo sé. Yo soy más rápido.
Mis palabras de la fiesta de compromiso. Se acuerda. Lo veo en su cara.
Su cama es demasiado estrecha para dos personas. Me doy cuenta al dejarla sobre ella. Que sea demasiado estrecha significa que no tiene por dónde escapar. No es un defecto. Esa es la gracia. Es justo lo que quiero.
Le tiemblan las manos en mi cinturón. Me detengo. Espero.
—¿Demasiado rápido? —pregunto.
—No. —Me mira—. Demasiado real. Eso es nuevo.
Se entrega porque así lo decide. Milímetro a milímetro.
Le saco la camiseta por la cabeza. La luz de las farolas dibuja líneas sobre su piel. Ya no queda tela entre nosotros. Sus pechos son cálidos y suaves bajo mis manos. Sus pezones se endurecen bajo mis pulgares. Jadea suavemente. Ese sonido me excita aún más.
Le beso el cuello. Siento su pulso. Late desbocado bajo mis labios. Mi polla se aprieta, dura, contra su cadera. Ella lo nota. Su respiración se acelera.
—Chris —dice.
Mi nombre suena como si estuviera comprobando algo. Como si quisiera asegurarse de que soy real.
Soy real. Por primera vez, sin contrato y sin guion.
Me baja la camisa de los hombros. Sus dedos recorren mi pecho. Despacio. Como si me leyera. Le quito los leggings. Las bragas. Yace bajo mí a la luz de las farolas. Parece la única verdad en la que he creído jamás.
La beso por todas partes. Los pechos. El vientre. Ese punto de la cadera que la hace estremecerse. Me tomo mi tiempo. Ya no hay fecha de caducidad.
Sus manos se hunden en mi pelo. Alza las caderas hacia mí. Me rodea con las piernas.
Entro en ella. Despacio. Hasta estar dentro del todo. Está estrecha y caliente. Su respiración se entrecorta junto a mi oído.
—¿Bien? —pregunto.
—Más que bien. Muévete.
Me muevo. Ella me sigue. Encontramos un ritmo común que se parece a su música. Crece. Crece. Crece. Y entonces llega la resolución.
Se entrega a mí. Por completo. Tiene las manos en mis hombros. Las uñas clavadas en mi piel. Sus piernas me atraen más adentro. No es una captura. Es un regalo que hay que cuidar.
Tengo una mano en su cuello; su pulso se acelera bajo mi pulgar. Me inclino y le susurro al oído: —440 Hertz.
Se ríe. Bajito y enamorada. Esa risa vale más que cualquier balance de mi vida. Más que todo mi dinero.
Sus uñas. Su respiración. Sus suaves gemidos junto a mi oído. La estrecho contra mí y me pierdo en ella. El control es mi oficio. Aquí no vale nada. Aquí no quiero controlar nada.
Cada gemido suyo me vuelve más salvaje.
—Más fuerte —me suplica—. Fóllame más fuerte.
Le agarro el culo y Charlie gime de placer. Mis embestidas se vuelven más fuertes y rápidas. Sus gemidos, más altos.
—Así, Chris. Justo así.
Lo que está creciendo dentro de mí es lo más intenso que he sentido nunca. Es increíble estar dentro de ella. Estoy a punto, pero dejo que ella gane.
Ella llega primero. Se le tensa todo el cuerpo. Su interior se contrae a mi alrededor. Vuelve a decir mi nombre. Esta vez suena lleno de todo.
Entonces me dejo llevar. Me corro dentro de ella con su nombre en los labios. Charlotte. Charlotte es lo único que ocupa mi mente y después ya no queda nada. La veo, la siento y estoy con ella. Y mi cabeza se queda en silencio.
Nos quedamos tumbados, inmóviles. Piel contra piel. Su corazón latiendo junto al mío. La contemplo a la débil luz que entra por la ventana. Y es lo más hermoso que existe en el mundo.
Ella es la nota que hace que todo encaje.
Después se acurruca contra mi hombro. Sus dedos dibujan círculos en mi pecho. El anillo que lleva brilla a la luz de las farolas.
—Tu cama es demasiado pequeña —digo.
—Tú eres demasiado grande.
—¿Eso es una queja o un cumplido?
—Sí.
Su mano empieza a pesarme más sobre el pecho. Su respiración se hace más profunda. Se queda dormida. Sin decir nada más. Como si yo fuera un lugar seguro.
Me despierto a las tres. Viejo reflejo. Levantarse. Portátil. Distancia. Mi cuerpo conoce esa rutina desde hace veinte años. La intimidad tiene fecha de caducidad. Después te vas. O echas a la otra persona.
Orden interior: levántate.
No obedezco. Apenas hay sitio para los dos. Pero este es el lugar donde quiero estar.
Su calor a mi lado. Su respiración en mi cuello. La lluvia de ayer ya ha pasado. Me quedo tumbado hasta que vuelvo a dormirme. Quedarme es lo que importa.
Por la mañana me despierto antes que ella. Estoy en una cama demasiado pequeña. En un piso más pequeño que mi vestidor. Es extraño. Algo que nunca me había pasado. Y no quiero estar en ningún otro sitio.
Ella sigue dormida. La luz de la mañana suaviza sus rasgos. Sin estar alerta. Sin armadura. La miro hasta que se me cierra la garganta. Los hombres como yo no lloramos. Así que me limito a mirarla.
Entonces me levanto. Sobre su silla hay un albornoz rosa. Me lo pongo, aunque me queda muy pequeño. Me llega hasta las rodillas. Las mangas se me quedan a mitad del antebrazo.
Brad mataría por esta imagen. Por suerte, Brad no está aquí. Aquí no cabe ninguna cámara. Lo que hay aquí es real.
La cocina está a dos pasos de la cama. Sé hacer café. Es una de las cosas que puedo hacer sin asistente.
Charlie aparece cuando el café está saliendo. Tiene el pelo revuelto y se ha puesto mi camisa. Le queda mejor que a mí. Y verla con ella puesta es condenadamente sexy.
—Llevas mi albornoz —dice.
—Tú llevas mi camisa.
—Intercambio justo.
Saca dos tazas del armario. No hacen juego. La mía es azul. La suya tiene un prado de flores.
—Se llama Azul Cielo —dice mientras sirve el café.
—Y esa se llama Verde Jardín.
—Trata bien a Azul Cielo. Me acompañó en los momentos difíciles.
Tomamos café apoyados en la encimera. Aquí no hay sitio para una mesa. Nuestros hombros se rozan. He desayunado peor en hoteles de cinco estrellas.
Está callada. Ya conozco ese silencio. Está reuniendo valor para algo.
Deja la taza y va hasta la estantería. Coge la carpeta. Vuelve y la deja en la encimera.
—¿Tienes un mechero? —pregunta.
—No tengo nada tan peligroso —digo.
—Pues mira en el cajón.
Encuentro el mechero junto a unas pilas, unas velas y un paquete de pasta. Su cocina es como un presupuesto doméstico sin planificar.
Abre la carpeta. Aparta las fotos del santuario. Esas se quedan. Luego saca el contrato. Dos semanas. Diez por ciento. Mi firma. Su firma. Lo sostiene sobre el fregadero y me mira.
—¿Preparado? —pregunta.
—¿De verdad quieres quemarlo?
—¿Tú no?
Acerco la llama a la esquina inferior. El papel chisporrotea. Lo sostenemos juntos hasta que el fuego nos alcanza los dedos. Entonces lo dejamos caer al fregadero.
Las cláusulas se retuercen. Nada de besos sin acuerdo previo. Dormitorios separados. Diez por ciento. La ceniza huele a liberación.
Página a página. También los papeles del divorcio. De mutuo acuerdo. Nunca firmados. La llama devora primero las palabras «de mutuo acuerdo». Me parece apropiado.
—Ese ha sido el contrato más caro que he quemado en mi vida —digo.
—Ha sido el peor negocio de tu vida. No se juega con fuego.
Entonces pita el detector de humo. Indignado y a todo volumen.
—Mierda —dice Charlie.
Coge la carpeta del préstamo de la estantería y la agita para sacar el humo por la ventana. La carpeta aletea como un pájaro asustado. Ella se ríe. El detector sigue pitando. Se ríe aún más. Entonces se echa a llorar. Las dos cosas a la vez. Se ríe hasta llorar. Y llora un poco de verdad.
El detector de humo se rinde. El silencio que viene después lo llena todo.
Ella está junto a la ventana abierta. Tiene lágrimas en las mejillas. Una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Estoy bien —dice—. Y esta vez es verdad.
Devuelve la carpeta a la estantería. Mi mirada la sigue. Cuarenta y siete mil. La cifra de su expediente. La conozco desde el primer día.
Mi viejo reflejo actúa rápido. Arreglarlo. Pagar. Asunto resuelto. Extiendo la mano hacia la carpeta.
Ella pone la suya sobre la mía.
—No lo compres —dice—. Compártelo.
Dos palabras contra la mentira en la que he basado mi vida. Todo se puede comprar. He creído en esa frase como en una religión. Ella la entierra con dos palabras y su mano sobre la mía.
Dejo la carpeta donde está.
—Vale —digo.
—¿Vale?
—Compartir. Aprendo rápido. Ya te lo dije ayer.
—Entonces demuéstralo.
Charlie vuelve a coger su taza y la sostiene con ambas manos. Mira el café en vez de mirarme a mí. Dice, casi como de pasada:
—Pues seguimos casados.
Mi mirada se posa en el anillo que lleva. Reluce a la luz de la mañana.
—Como acordamos —digo.
Las mismas dos palabras. Hace una semana figuraban en una transferencia como un epitafio. Ahora flotan en su cocina entre el vapor del café y la ceniza. Suenan como un voto.
Los dos lo sabemos. Ninguno necesita explicarlo.
Deja la taza y va hasta el teclado. Se sienta en el taburete. Sus dedos se ciernen sobre las teclas.
—¿Quieres oírla? —pregunta—. ¿Entera?
—Sí.
Toca. Dos segundos.
Conozco los primeros compases. El club. La rabia. Entonces cambia. La rabia se convierte en anhelo. El anhelo se convierte en llegada. Toca con los ojos cerrados. Sus manos saben dónde están.
La observo. Miro su rostro. Está completamente absorta en la música. Está aquí, en este instante, siendo ella misma.
En Kioto no entendí a qué se refería Hoshino cuando dijo: —Usted escucha. Él graba. Ahora lo entiendo. Este momento no se puede grabar. Solo se puede vivir.
La última nota se desvanece. Ella abre los ojos. Me mira. Espera.
Tardo mucho en decir algo. No hay palabras para esto. No en mi idioma. Tal vez en el suyo.
—Tócala otra vez —digo.
—¿Por qué?
—Porque esta vez quiero mirarte mientras tocas.
Se ríe. Bajito y enamorada. Esa risa sigue valiendo más que cualquier balance.
La toca otra vez. Yo la miro. Nadie graba.
Esto es nuestro.