El cerrojo de fuera estaba echado. Y ese cerrojo no lo toca nadie desde hace veintiocho años.

En Santoña, febrero es el peor mes del año, y por eso hay Carnaval. Diecisiete días de murgas, de carrozas y de frío que terminan con el Juicio en el Fondo del Mar:

la fiesta en la que un besugo de papelón juzga en verso, delante de tres mil personas, los pecados de todo el pueblo.

Los versos los escribe Amalia Cubría, la de la imprenta, desde hace treinta y un años.

Una vez al año tiene permiso para decirle a Santoña entera lo que Santoña entera ya sabe.

Este año se ha filtrado una estrofa suelta, sin el remate, y medio pueblo lleva una semana sin dormir, porque cada cual tiene una vergüenza vieja y cada cual está convencido de que la copla va por él.

El lunes por la mañana, después del desfile grande, Amalia aparece muerta dentro de la cámara de frío de la conservera. Sentada en un barril, muy derecha, con el cuaderno de los versos cerrado en el regazo.

La puerta se cierra sola. El tirador de dentro llevaba dos años roto y lo sabía todo el pueblo. Ahí dentro no hay cobertura. Es un accidente de manual, dice la Guardia Civil, y lo cierra en cuarenta y ocho horas. Y no son tontos: tienen razón en todo.

En todo menos en una cosa.

Visitación «Visi» Salcines tiene cincuenta y seis años y lleva cuarenta en la mesa de sobado de Conservas La Buenamar.

No es la dueña: es la maestra, la que marca el punto de la sal y la que enseñó a sobar a media Santoña.

Su autoridad está en las manos, no en un papel.

Y es la única persona del mundo que sabe que la falleba de hierro de esa puerta, pintada por encima catorce veces y agarrotada, no la ha tocado nadie desde que se murió el abuelo de la dueña.

Ella lo sabe porque lleva cuarenta años abriendo esa puerta todas las mañanas de su vida.

Ese cerrojo estaba echado. Y la pintura de veintiocho años estaba cuart

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