Capítulo 21
Los fluorescentes de la nave vieja no encienden a la vez.
Encienden de tres en tres y de mala gana, con un parpadeo largo y ese zumbido que hacen los balastos viejos, y el último tarda siempre lo suyo, y hasta que no entra ese último la nave no es una nave: es un sitio grande y oscuro con dos manchas de luz al principio.
A las nueve y media de la noche del viernes le di al interruptor con el codo, porque tenía la llave en una mano y la linterna en la otra, y me quedé esperando a que aquello se decidiera, mientras Bocarte, que no ha esperado por nadie en su vida y que no piensa empezar conmigo, entraba antes que yo y se iba derecho al fondo sin ninguna necesidad de ver por dónde pisaba.
La nave del abuelo de Olvido es de mil novecientos sesenta y uno, con la viga de madera y la chapa arriba y el suelo de cemento con la pendiente al desagüe, y en febrero está llena de Carnaval.
La peña Los Sobados monta allí los decorados del Juicio desde que se murió el abuelo y nadie ha dicho nunca que sí ni que no: se monta y ya está.
Aquella noche estaba todo a medias, como se quedó el lunes por la mañana.
El estrado de la carpa desarmado contra la pared.
Las algas de plástico verde en un montón.
La pancarta del Juicio en el Fondo del Mar colgada de dos alambres, con las letras pintadas por los críos del colegio, torcidas y estupendas.
Y una caja de cartón con veinte caretas de pulpo, mirando todas al techo.
Y los barriles. Ciento y pico barriles de salazón en la pared de la izquierda, en dos alturas, sobre palés, con sus tapas y sus piedras encima.
———
Fui primero a la falleba, que era a lo que había ido, y la puerta de la cámara vieja está al fondo, en el rincón, y es una puerta de las de antes: chapa gruesa, forrada por dentro, con el marco de madera y el cierre de resorte que te la cierra en las narices si la sueltas.
Al lado del marco, a la altura de la cadera, la falleba.
Un cerrojo de hierro de los que ya no se hacen, con su varilla y su cazoleta, pintado encima catorce veces de gris, de verde y otra vez de gris, y con la pintura hecha una costra de treinta años.
Me puse las gafas, me acerqué con la linterna y estuve allí agachada lo menos veinte minutos, porque estaba echada, y eso ya lo había visto el lunes desde la puerta, con toda la nave llena de gente y la Guardia Civil por medio, y no había dicho nada porque no era el momento y porque a mí, aquel lunes, me temblaban las manos y no me temblaban de frío.
Pero el lunes no la miré. El lunes la vi.
Que no es lo mismo, y a mí eso me lo enseñaron a los dieciséis años en una mesa de acero: se puede tener una anchoa delante media hora y no haberla mirado ni una vez.
La costra de pintura estaba rota.
Rota de nuevo, quiero decir. La pintura vieja se rompe de una manera y la que se rompe ayer se rompe de otra, y esto lo sabe cualquiera que haya abierto una ventana que llevaba veinte años sin abrirse: en el corte, donde el hierro se ha movido, la pintura vieja está gris y sucia y la nueva está limpia y clara, y se ven las cuatro capas una encima de otra igual que se ven los años en un tronco.
Ahí había gris, verde, gris, gris. Y una raja limpia, blanca, de arriba abajo, de las dos costras que se habían separado la una de la otra, y en la cazoleta, en el fondo, donde la varilla había raspado al entrar, un óxido fresco y brillante que en aquel rincón no tenía ningún derecho a estar.
Me quité el guante y le puse la mano encima, y tiré. Con la mano derecha, que es la buena, y con cuarenta años de bocarte detrás. Se movió un dedo y se paró. Cogí con las dos manos, y tiré otra vez, y el hierro cedió de golpe y chirrió.
Aquel chirrido llenó la nave entera. Fue un ruido de animal, largo, feo, que subió hasta la chapa y se quedó dando vueltas por arriba un buen rato, y Bocarte, que estaba a treinta metros en el otro extremo, sacó la cabeza de detrás de un palé y me miró.
Veintiocho años. Esa falleba la echaba el abuelo de Olvido todas las noches de su vida por una manía suya de hombre que había pasado hambre, y se murió, y desde entonces está ahí, agarrotada, pintada catorce veces, y es un chiste de la casa.
No se echa sola. Eso es lo que yo llevaba una semana intentando decirle a un sargento con dos bajas y un Carnaval encima: que esa falleba no se echa sola, que no se echa con el codo, que no se echa al pasar, que no se echa sin querer.
Que hay que ponerse delante, agarrar con las dos manos, tirar hasta que duele, y aguantar el ruido.
Y luego irse.
———
Me di la vuelta para llamar al perro y entonces vi los barriles, y aquí es donde hay que explicar una cosa, y la voy a explicar despacio porque es lo único que yo tengo y porque no se lo puedo explicar a nadie que no haya trabajado en esto.
Los barriles de la nave vieja se colocan de una manera.
No de dos maneras: de una. Van en dos alturas, sobre palé, con la tapa arriba, la piedra en el centro de la tapa y la marca de tiza mirando al pasillo.
La marca es la fecha. Si la fecha no mira al pasillo, hay que bajar el barril de arriba para leerla, y un barril de éstos con la salazón dentro pesa lo que pesa, y por eso, desde antes de que yo naciera, en esta casa la tiza mira al pasillo.
Lo hago yo. Lo hacía Casilda antes que yo y el abuelo antes que ella.
Es de esas cosas que uno hace mil veces sin pensar y que por eso mismo salen siempre igual.
En la tercera fila, empezando por el fondo, había cuatro barriles con la tiza mirando a la pared.
Cuatro. Y el de la esquina estaba dado la vuelta del todo, y tenía la tapa encima pero mal puesta, montada en el borde, sin la piedra. La piedra estaba en el suelo, a dos palmos.
Me quedé quieta en mitad de la nave, con la linterna colgando de la mano, porque alguien había estado allí.
Alguien había bajado la tapa de cuatro barriles del abuelo de Olvido y había metido la mano dentro y los había vuelto a cerrar sin la piedra y sin mirar la tiza, y había estado allí el tiempo que hace falta para hacer eso, que no son dos minutos.
Y lo había hecho sin saber cómo se colocan, es decir, sin ser de la mesa, o siéndolo y estando con la cabeza en otro sitio.
Y la salmuera. Al mover la tapa de aquel barril de la esquina se había ido la mitad por el borde.
Estaba en el suelo, en la pendiente, corrida hasta la línea del desagüe y seca por encima en una costra blanca, con la porquería del fondo del barril y todo.
Salmuera vieja. La de los barriles del abuelo, que llevan ahí lo que llevan y que no huelen como la de la nave nueva; huelen a más cosas y a más tiempo, y hay que estar hecho a ellas.
Cinco días llevaba aquello ahí, secándose.
Fui a la puerta grande y la miré, y luego fui a la chica y la miré también.
La chapa entera. El bombín sin un arañazo.
La madera del marco sin una marca, sin una palanca, sin nada.
Y la del portón igual, con su barra y su candado, y el candado cerrado y con polvo.
Yo entré aquella noche con mi llave y con la de Olvido, y por esas dos puertas, aquella semana, no había entrado nadie de otra manera.
———
A Bocarte lo tenía perdido desde hacía un rato. Lo llamé una vez y no vino, cosa que no me extrañó, porque ese perro no ha venido nunca a la primera y no piensa empezar ahora, y fui a buscarlo con la linterna.
Estaba en la esquina de los barriles, donde la salmuera, y estaba fuera de sí, aunque no ladraba, porque Bocarte no ladra casi nunca.
Estaba escarbando en el suelo con las dos manos, debajo del palé de la esquina, con el culo levantado y el morro metido en aquel palmo de hueco que hay entre la madera y el cemento, gruñendo para sí mismo de puro gusto, y tenía el babero blanco hecho una porquería y la costra de sal saltando por los aires.
Metía el hocico, resoplaba, sacaba la cabeza, estornudaba y volvía a meterla.
— Bocarte, sal de ahí.
Ni caso. Doce kilos de perro tozudo con el olor de su vida debajo de una tabla, y una servidora diciéndole que salga.
— Bocarte.
Y salió. Salió de espaldas, tirando, con las patas clavadas en el suelo, arrastrando lo que había ido a buscar, y vino hacia mí con aquello en la boca y me lo dejó en la bota, y se sentó, y se quedó mirándome con la lengua fuera y las orejas para delante, más orgulloso que un patrón mayor.
Era una cuchilla de sobar.
Me agaché y la cogí con dos dedos, por el mango, y me la puse en la palma, y le di la vuelta debajo de la linterna.
El mango era de asta amarilla, oscuro y pulido de tanta mano, con el remache del medio hundido en el hueso de las veces que se ha apretado.
Y la hoja no era una hoja. La hoja era un cuarto de luna finísimo, con la punta caída hacia dentro, comida por la piedra siempre del mismo lado, siempre desde el mismo ángulo, hasta que el acero se rindió y cogió la forma de un pulgar.
En esa mesa se afila de una manera y cada una afila la suya, y cuarenta años de piedra dejan escrito en el filo quién eres, igual que una llave lleva escrita su cerradura.
De aquello ya no quedaba nada. Aquello era más mango que hoja.
Me senté en un barril, en la nave vieja del abuelo de Olvido, a las diez de la noche del viernes veintiséis de febrero, con la cuchilla en la mano y el guante en el bolsillo y los ocho fluorescentes zumbando encima de mi cabeza.
La dejé encima de la rodilla. La volví a coger.
Le puse el pulgar en el lomo, donde va, y me entró sola, porque a mí esa cuchilla me entra sola en la mano y me ha entrado sola en la mano toda mi vida.
Bocarte daba saltos alrededor del barril, mojado, apestando a salmuera de mil novecientos setenta, dándome con la pata en la bota una y otra vez para que se la tirase.
Fue lo único que se movió en aquella nave durante un rato muy largo.