Capítulo 22
Llevaba desde las seis con la mano derecha en el barril y la izquierda en el paño y no había sobado ni la mitad de lo que sobo un sábado.
Iba lenta. Cogía el bocarte, le quitaba la piel con el pulgar en dos pasadas, una por el lomo y otra por el vientre, lo dejaba encima del paño y me quedaba mirando a la mesa.
Y luego otro. Y otra vez a la mesa. Cuarenta años haciendo esto con la cabeza en otro sitio y aquella mañana la tenía toda aquí, y por eso iba lenta.
— Visi, que se te queda corta.
— Ya voy.
— Que se te queda corta, mujer, mira — Obi me pasó una por delante de las narices, abierta, con el lomo roto por la mitad —. Mira esto. Esto me lo devuelves tú a mí.
— Que ya voy, Obi.
— Ay, hija. Hoy estamos finas.
En la mesa de sobado somos ocho. Ocho mujeres, cinco horas, y a las seis y media de la mañana de un sábado de Carnaval, con el pueblo durmiendo la mona y nosotras allí, la conversación es lo único que hay.
Aquella mañana iba de la carpa. De que si iba a llover el sábado que viene, de que la lona estaba rota por el mismo sitio del año pasado, de que Fino se había probado el traje y le estaba justo y de quién tenía la culpa de que le estuviera justo.
— Es que le habéis dado de comer todo el invierno.
— Le he dado yo de comer. Yo sola. Le llevé un bizcocho en enero.
— Un bizcocho, dice.
Yo las oía desde muy lejos, con las manos trabajando solas y la cabeza en otra cosa, y lo que estuve haciendo durante hora y media mientras ellas discutían de bizcochos y de lonas rotas fue mirarles las cuchillas, una por una, según entraban y salían del barril delante de mis narices.
———
Voy a explicar esto una vez y no lo voy a volver a explicar.
En esta mesa cada una tiene su cuchilla y cada una afila la suya.
No se comparten. No se prestan. No es una regla escrita en ningún sitio ni hay un cartel: es que no se hace, igual que no se le coge a nadie el cepillo de dientes.
La cuchilla se compra el primer año, se paga de tu bolsillo, y luego es tuya y de nadie más durante toda tu vida laboral, y cuando te jubilas te la llevas a casa, y hay cuchillas de esta casa en los cajones de las cocinas de media Santoña.
Y se van gastando. Se pasan por la piedra una vez a la semana, siempre por el mismo lado, siempre con la misma mano, siempre con el mismo ángulo, que es el ángulo que tiene tu muñeca y no el que tiene la mía.
Al principio no se nota nada. A los diez años se nota si te fijas.
A los cuarenta años esa hoja ya no es una hoja de fábrica: es un papel escrito.
Se ha ido comiendo por donde tú aprietas, se le ha caído la punta hacia donde tú la caes, y el mango de asta se te ha puesto oscuro donde tú lo agarras y claro donde no.
Yo llevo cuarenta años en esa mesa mirando manos. No miro caras. Se me da fatal la gente, que se lo pregunten a mi marido. Pero delante de mí, todos los días de mi vida, a un palmo, ha habido siete cuchillas trabajando, y yo las conozco como una madre conoce la letra de sus hijos.
Así que aquella mañana las fui mirando una por una, sin dejar de sobar y sin levantar la cabeza más de lo que se levanta, que es un palmo: la de Mila, gastada por delante y con la punta entera, porque Mila corta empujando y siempre lo ha hecho mal y ya no hay quien la cambie.
La de Obi, la más nueva de las viejas, comida en el centro y con el mango envuelto en esparadrapo azul desde hace tres años.
La de Chenta, con aquel mordisco en el filo de cuando se le cayó al desagüe y la sacó el fontanero.
La de Nerea, que todavía brilla, la pobre criatura, que todavía tiene la punta y el filo y todo, y que dentro de cuarenta años, si esta casa aguanta, será otra cosa.
Y las tres de la punta de la mesa, que llevan conmigo veinte años largos y a las que les conozco el acero igual que a las otras.
Siete cuchillas.
Ninguna era.
Y yo eso ya lo sabía. Lo sabía desde el viernes por la noche, sentada en un barril de la nave vieja con el perro dándome con la pata en la bota.
Lo sabía perfectamente. Lo que hice aquel sábado por la mañana en la mesa de sobado, con las manos metidas en el frío y la cabeza en su sitio, no fue averiguar nada: fue darle a aquella cuchilla siete oportunidades de ser de otra.
Siete. Una por una, despacio, deseando que alguna me sorprendiera.
Ninguna era. Y yo sé de quién es, porque llevo cuarenta años viéndola en la misma mano, y esa mano me enseñó a mí a poner el pulgar donde va.
———
Yo entré en esta casa con dieciséis años recién cumplidos, en septiembre, con unas manos que no habían hecho nada en su vida más que los deberes, y me pusieron en la punta de la mesa, que es donde se pone a las nuevas para que no estorben.
Y a los dos días vino una mujer pequeña, de treinta y ocho años, con el pelo negro recogido y una voz que no se levantaba nunca, se puso detrás de mí, me miró trabajar un rato largo sin decir ni una palabra, y luego me cogió la mano derecha por la muñeca y me la movió.
— Así no. Así se rompe — dijo —. Por el lomo y sales por el vientre. Y no sierres, hija, que esto no es un jamón.
Cuarenta años. Cuarenta años y todavía, cuando cojo un bocarte, lo cojo con la muñeca donde me la puso ella aquel septiembre.
No hay un solo movimiento de los que hago yo con las manos ocho horas al día que no me lo haya enseñado Casilda Liaño Argos.
La mitad de las mujeres de Santoña puede decir lo mismo.
Aprendimos a sobar con ella, aprendimos a arbitrar con ella, y aprendimos con ella lo que es hacer una cosa bien porque sí, porque a nadie le importa y porque tú lo sabes.
Y a mí, que soy la maestra de esa mesa desde hace ocho años y que digo si un barril sale o no sale, todavía me sube el corazón al cuello cuando la veo meter el dedo en la salmuera.
Yo he pensado muchas veces que esa mujer no ha tenido vida.
Lo hemos pensado todas, y lo hemos dicho en la mesa cientos de veces, con toda la buena intención del mundo, mientras sobábamos: ay, la madrina, con lo que ha trabajado esa mujer, y sin críos, y sola, y viuda desde hace treinta y dos años, y ahí sigue viniendo a las siete de la mañana a una mesa que no le paga.
Lo hemos dicho delante de ella. Y ella nos dejaba decirlo.
———
En el bolsillo del delantal, envuelta en un paño de cocina, la llevaba encima. La había llevado encima desde el viernes por la noche. Había dormido con ella en la mesilla, y no me pregunten por qué, porque no lo sé.
Y hay dos cosas más, y las dos las había tenido delante toda la semana.
La primera es que Casilda Liaño no fue al desfile.
El domingo veintiuno, el día grande, el desfile de carrozas, y dijo que le dolían las piernas.
Esa mujer no se ha perdido un desfile en sesenta años.
Ha ido con las piernas malas, ha ido con la gripe y fue el año que enterró a Jacinto, tres días después, de negro, de pie en la esquina de la dársena, porque decía que el Carnaval no tiene la culpa de nada. Y este año le dolían las piernas.
La segunda es que Casilda no ha vuelto a la mesa desde el martes.
"No me encuentro." Cuatro días. Esa mujer viene a esta mesa a las siete de la mañana todos los días desde que se jubiló hace ocho años, sin que nadie se lo pida y sin cobrar un duro, a meter el dedo en la salmuera y decirnos que está corta.
Vino con cuarenta de fiebre. Se lo he oído contar a Mila cincuenta veces y a Mila estas cosas hay que creérselas, porque será una exagerada para todo menos para las fechas.
Y yo, durante seis días, con las dos cosas delante, había pensado lo que piensa todo el mundo. Que se hace vieja. Que tiene setenta y ocho años. Que se ha muerto una del pueblo y estas cosas a esa edad se llevan de otra manera.
Esa anchoa tiene espina.
———
A las once y media, cuando salió la mesa, me quedé sola en el vestuario con el móvil en la mano, sentada en el banco de madera con el abrigo puesto y las botas todavía sin quitar, y estuve un rato largo mirando aquella pantalla y buscando una manera de que aquello fuera otra cosa. Luego la llamé.
— Dime, hija.
— Casilda, soy Visi.
— Ya sé que eres Visi. Que sale tu nombre.
Tiene esa voz que no se le ha caído. A los setenta y ocho años la mayoría de la gente de aquí tiene una voz que se le va, que se le queda arriba, y ella no: ella tiene la misma voz de cuando me metía a mí las manos en el barril y me decía que así no, que así se rompe, que hay que ir por el lomo y salir por el vientre y no serrar.
— ¿Cómo estás?
— Estoy como estoy. ¿Qué querías?
Y entonces se lo pregunté, y me salió bien, y me salió con toda la naturalidad del mundo, porque hay una cosa que se me da fatal, que es mentir a la cara, y otra que se me da mejor, que es hablar de trabajo.
— Que he perdido la cuchilla.
— ¿Que has perdido la cuchilla?
— Que sí, mujer, que no la encuentro desde el jueves y me estoy volviendo loca. Y hoy he sobado con la de repuesto y no hay manera. ¿Tú tienes por ahí la tuya? Que me la prestes hasta que aparezca la mía.
En el teléfono no se oía nada. Se oía la tele de fondo, muy baja, y no se oía nada más, y estuvo así lo que dura respirar tres veces.
— Yo no tengo cuchilla — dijo.
— ¿Cómo que no tienes cuchilla?
— Que la perdí. La perdí en Navidad.
— ¿En Navidad?
— En Navidad, sí — y la voz seguía igual, exactamente igual, sin una grieta, y eso fue lo peor de todo —. Se me cayó del bolsillo del delantal y no apareció. Andarán con ella los del vestuario. Búscate otra, hija, que en el cajón del despacho hay dos.
— Casilda...
— Que se me está haciendo tarde, Visi.
Y colgó.
Me quedé en el vestuario, de pie, con el móvil en la mano derecha.
Y en la izquierda, envuelta en un paño de cocina de cuadros, tenía la cuchilla que Casilda Liaño Argos perdió en Navidad, con el mango de asta amarilla oscuro de sesenta y cuatro años de mano y la hoja comida hasta ser un cuarto de luna, sacada de debajo de un palé de la nave vieja por un perro glotón, en un charco de salmuera del abuelo de Olvido que llevaba cinco días secándose desde la noche del domingo veintiuno de febrero.
Fuera se oía a la mesa en el pasillo, riéndose de algo. Las oí salir a la calle y las oí desde la ventana, y todavía se estaban riendo en la esquina.