Capítulo 23
— ¿Y qué vamos a hacer cuando lleguemos?
— Preguntar.
— Mamá.
— Preguntar, Sara. Que es lo que se ha hecho toda la vida.
Mi hija conducía con las dos manos en el volante y esa cara que pone cuando cree que su madre se ha vuelto tonta y no lo va a decir por educación.
Salimos de Santoña el lunes uno de marzo a las diez de la mañana, con el coche del parque, que huele a botas mojadas y lleva los prismáticos en la guantera, y Bocarte de pie en el asiento de atrás con el morro pegado al cristal, que es como va él a todas partes, porque tumbarse le parece una pérdida de tiempo.
Colindres está ahí. Se ve desde el muelle. Se ve desde la marisma, se ve desde el balcón de mi casa si me asomo un poco, está al otro lado del agua y hay que dar la vuelta por Gama y son veinte kilómetros de nada. Yo he ido cientos de veces. Se va a comprar, se va al médico, se va a un entierro.
La dirección me la había dado Mila el sábado, en la mesa, sin saber que me la estaba dando, que es como te da Mila Setién todo lo que sabe.
— Mila, ¿tú conociste a la madre de Fino?
— ¿A la Feliciana? — y ya estaba. Ya no había que decir nada más en veinte minutos —.
Claro que la conocí. Feliciana Liaño, la hermana mayor de Casilda, que era cuatro años mayor y no se parecían en nada.
Ay, la Feliciana. Buenísima persona. Se casó con uno de Colindres, Teodoro Villegas, que trabajaba en la fábrica de la conserva de allí, y se fue para allá y ya no volvió más que a los entierros y a la Virgen.
Murió hace quince años, en marzo, que me acuerdo porque fue la semana que a mi Chelo le pusieron el aparato.
— ¿Y vivían en el centro?
— Vivían en la calle que sube desde la plaza, hija, esa que hace cuesta, en el segundo o el tercero, en una casa con la galería verde.
Que yo he estado. Que yo fui a la boda de la Feliciana, y de la de Casilda con el Jacinto también, la de aquí, la de Santa María, que aquello sí que fue una boda, con dos autobuses.
Y siguió. Estuvo hasta las nueve y media con eso y no le hizo falta que yo abriera la boca ni una vez más.
Mila Setién es la memoria de este pueblo y no lo sabe, y lleva sesenta años contando lo que pasó y quién estaba y qué día era, y nadie la escucha, porque una mujer que cuenta las cosas de antes en una mesa de trabajo es un ruido de fondo.
Yo llevaba cuarenta años sin escucharla.
———
La calle que sube desde la plaza es una calle de casas de los cincuenta, con las galerías acristaladas y la ropa tendida y el suelo empedrado, y a las once de la mañana de un lunes de marzo estaba entera al sol.
Había salido el sur. Dos días de sur seco al año le da Dios a este rincón, y este pueblo entero se echa a la calle en manga corta y luego lo paga en abril, y allí estaba Colindres, con las viejas en las sillas en las puertas y los abrigos colgados del respaldo.
Aparcamos abajo. Subimos andando. La casa de la galería verde era la tercera y tenía un cartel de "se vende" descolorido de años.
Y en la puerta de al lado, en una silla de anea, con las manos en el regazo y la cara puesta al sol como se pone una lagartija, había una señora muy pequeña y muy vieja.
— Buenos días.
— Buenos días — dijo, sin abrir los ojos.
— Perdone que la moleste. ¿Usted lleva mucho en esta calle?
— Noventa y un años — dijo, y abrió un ojo —. Nací ahí arriba. Anuncia Casuso. ¿Y ustedes?
— Visitación Salcines, de Santoña. Y ésta es mi hija.
— De Santoña — dijo doña Anuncia, y lo dijo con esa manera que tienen en Colindres de decir "de Santoña", que lleva doscientos años de historia dentro y no piensa cambiar —. Pues siéntese, mujer, que hay otra silla.
Sara sacó la silla del portal. Yo me senté. Bocarte se tumbó en el empedrado caliente y se puso a resoplar, y doña Anuncia le miró un rato.
— Ése es de agua.
— Ése es de agua, sí.
— Los de agua son muy suyos — dijo —. Bueno. Usted dirá.
Y yo, que había ido a Colindres sin plan y sin una sola idea de cómo se hace esto, hice lo único que sé hacer, que es preguntar por el trabajo.
— Yo venía por la Feliciana. La de la galería verde. Feliciana Liaño.
— La Feliciana.
— Es que el hijo trabaja conmigo. Bueno, no trabaja conmigo. Es del pueblo. Fino.
— Rufino — dijo doña Anuncia —. El crío.
———
Y entonces lo dijo. Lo dijo así, sin pararse, sin bajar la voz, sin mirar a los lados, sin darle la menor importancia, con las manos en el regazo y la cara al sol, exactamente igual que si le hubiera preguntado la hora.
— ¿La Feliciana? Aquella no parió en su vida, hija. El crío se lo trajo la hermana.
El sur seco en Colindres, en marzo, a las once de la mañana. Un cartel de "se vende" descolorido. Un perro resoplando en el empedrado. Y mi hija, de pie a mi espalda, que no se movió.
— ¿La hermana? — dije.
— La de Santoña. La pequeña. Casilda — doña Anuncia se rascó la muñeca —.
Estuvo aquí los últimos meses, en esa casa.
Yo la veía tender. Y luego una noche vino el médico, y a la mañana siguiente había un crío, y a los quince días la Casilda se volvió a Santoña y la Feliciana salió a la calle con el niño en brazos. Y ya está.
— ¿Y nadie...?
— ¿Nadie qué?
— Nadie dijo nada.
Doña Anuncia me miró. Noventa y un años. Y me miró con la misma cara que le pongo yo a Nerea cuando me pregunta por qué la salmuera se pone corta.
— ¿Y qué íbamos a decir, hija? Si lo sabíamos todos — se encogió de hombros, un hombro, el que le funcionaba —.
La Feliciana llevaba doce años casada y sin críos, y en aquella época eso era una cosa muy fea de llevar, y de repente un martes tenía un crío.
Aquí no hay tonta ninguna. Lo que pasa es que a nadie le importaba nada.
Se le puso el apellido y se acabó, y aquí ese chico fue el hijo de la Feliciana y del Teodoro, y quien dijera otra cosa se las tenía que ver con esta calle.
Pero saberlo, lo sabía todo el mundo. Si esto es Colindres, mujer. Si aquí no cabe un secreto.
— ¿Y en Santoña?
— ¿En Santoña? — y por primera vez se rió, una risa pequeña de nada, y volvió a poner la cara al sol —. En Santoña se creen ustedes que el agua les tapa. Ahí no se enteró nadie, claro que no. ¿Quién iba a ir a contárselo? Nosotros no vamos a Santoña más que al médico.
———
Estuvimos allí veinte minutos más y doña Anuncia Casuso me contó, sin que yo le preguntara casi nada, la vida entera de una mujer a la que yo llevo cuarenta años viendo todos los días.
Que Casilda vino a Colindres a casarse, hacía cincuenta y tres años, con un marino mercante, un tal Jacinto, un chico de Laredo.
Que se casaron aquí, en la iglesia de aquí, un jueves por la mañana, a las ocho, con dos testigos y sin convite.
Que la hermana le prestó el traje. Que doña Anuncia lo vio desde esta misma silla, que la silla es la de su madre, y que había cuatro personas en la puerta y una fotografía.
Que a los cinco años se volvieron a casar en Santoña, en Santa María del Puerto, con dos autobuses y con el pueblo entero.
— Dos veces se casó con el mismo hombre — dijo doña Anuncia —. Anda que no ha llovido.
Y a mí, sentada en una silla de anea en una calle de Colindres, se me fue poniendo delante de los ojos, muy despacio, el aparador del cuarto de estar de Casilda Liaño.
Yo he estado en esa casa mil veces. Mil.
Le he llevado el pescado, le he llevado el bizcocho, me he sentado en ese sofá cuando murió mi madre y me he sentado cuando murió Jacinto.
Y encima del aparador, a la derecha, en un marco de madera oscura, hay una fotografía en blanco y negro de una boda de hace cincuenta y tantos años.
La puerta de una iglesia. Cuatro personas.
Una mujer muy pequeña con un traje que no le está bien y un hombre de uniforme al lado.
Y yo se lo pregunté una vez. Hace lo menos treinta años. Le pregunté quiénes eran.
— Unos primos de Colindres — me dijo.
Y yo dije ah, y me tomé el café, y no la he vuelto a mirar en treinta años. Mil veces en esa casa. La foto de su propia boda, en el mueble bueno, delante de todo el pueblo, delante de mí, durante medio siglo, y con una respuesta preparada de cuatro palabras.
———
Bajamos la cuesta sin hablar. Sara abrió el coche, metió al perro y arrancó, y cuando llegamos a la rotonda de abajo puso el intermitente para Gama y yo me quedé mirando por la ventanilla el agua de la marisma, que estaba lisa y llena de luz.
Las casadas, a casa.
Eso me lo había contado Mila el martes anterior, en la mesa, mientras sobaba, y me lo había contado como quien cuenta que antes no había cámaras y se salaba a la sombra.
La regla de la casa. La mujer que se casaba dejaba la mesa.
No había que despedir a nadie: te casabas y te ibas, y el sábado siguiente había otra en tu sitio, y así fue en La Buenamar desde el sesenta y uno hasta que dejó de serlo.
Y Mila lo contó riéndose, con esa alegría que tiene la gente vieja para las barbaridades viejas, y remató lo que remata siempre.
— Y la regla se cayó al año siguiente, hija. Que es lo que tiene la vida.
Al año siguiente.
Casilda Liaño se casó en secreto en Colindres un jueves a las ocho de la mañana porque si lo decía, perdía la mesa.
Tuvo un hijo y lo dejó en casa de su hermana, en la calle que sube desde la plaza, porque si lo decía, perdía la mesa.
Y volvió a Santoña, y se puso el delantal, y se sentó en el tercer sitio por la derecha, y metió las manos en el barril.
Y al año siguiente la regla no existía.
Un año.
Y hay una cosa más, y ésta me la había estado diciendo el pueblo entero a la cara, todos los días, durante treinta y dos años, sin bajar la voz. Rufino Villegas Liaño. Villegas, de Teodoro. Y Liaño, de su madre.
Solo que de la otra hermana.
Está escrito en su carné de identidad. Ese hombre lleva la verdad en la cartera desde los catorce años, y la saca en la farmacia y en el banco, y se la enseña a la Guardia Civil cuando le paran con el autobús, y nadie ha mirado nunca.
Ni ellos, ni yo, ni el pueblo. Porque para eso están los apellidos: para que nadie los lea.
Y luego, ya en la recta de Gama, con el sol dándome en la cara y el ruido del coche, me vino lo del turno.
Casilda está jubilada. Casilda no ficha.
Casilda no cobra, no tiene taquilla, no le mandan el cuadrante al móvil, y Casilda no lee el tablón, porque el tablón es de las que trabajan y ella lleva ocho años entrando por esa puerta a las siete de la mañana por su propio pie y por su propia voluntad.
El miércoles diecisiete Olvido clavó una chincheta en un papel al lado del reloj. Lunes 22: entrada a las nueve.
Y todo el mundo lo vio. La mesa entera lo vio y estuvo dos días de cachondeo con eso.
Sara no me preguntó nada en veinte kilómetros. Ni uno. Puso la radio, la quitó a los dos minutos, y condujo. Y a la altura del cruce estiró el brazo derecho sin mirarme y me puso la mano en la rodilla un momento, y luego la volvió a poner en el volante.