Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 24
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Capítulo 24

La casa de Casilda huele a café y debajo huele a salmuera.

Eso no lo sabe ella y no se lo ha dicho nadie nunca, porque cuando llevas sesenta y cuatro años metiendo las manos en un barril el olor deja de ser una cosa que llevas encima y pasa a ser una cosa que eres.

Se te mete en la ropa, y de la ropa en el armario, y del armario en la madera, y al final está en las cortinas y en el sofá y en el pasillo, y el día que te mueras la casa seguirá oliendo a eso hasta que venga otro y la pinte.

En mi casa pasa igual. Chebo dice que mi casa huele a puerto y yo le digo que la suya huele a gasoil, y así llevamos treinta y cuatro años.

Subí el jueves cuatro de marzo a media tarde, con un bizcocho debajo del brazo, que es lo que se lleva, y llamé al timbre de un tercero sin ascensor de la calle que sube.

— Está abierto — gritó desde dentro.

En Santoña todavía hay casas donde está abierto, y ésa es una de ellas, y lo ha estado todos los días de los cuarenta años que yo llevo subiendo esa escalera.

———

Estaba en el cuarto de estar, en su sillón, con la manta de cuadros en las rodillas y la tele puesta sin voz.

Setenta y ocho años. Metro cincuenta y pico si se estira.

Tenía las gafas colgando de una cadena y las manos encima de la manta, quietas, y en aquella habitación no había nada fuera de su sitio, porque en aquella habitación no ha habido nunca nada fuera de su sitio.

— Traigo bizcocho.

— ¿De la Bego?

— De la Bego.

— Ésa le pone poca levadura — dijo, y se levantó a por los platos.

La cocina de Casilda es de las de antes, con los azulejos hasta media pared y una encimera de granito que se puso en el noventa y tantos y que llama nueva.

Puso la cafetera italiana, la de siempre, la de tres tazas, y sacó dos platos y dos tenedores de postre, y cortó el bizcocho en la tabla en seis trozos exactos, y cortarlo le costó, porque tiene las manos de los setenta y ocho años y de los sesenta y cuatro barriles.

Yo me quedé en la puerta mirándola cortar y no le ofrecí ayuda, porque a esa mujer no se le ofrece ayuda en una cocina, y mientras cortaba le miré las manos.

Se las he visto toda la vida. Las tiene pequeñas y anchas, con los nudillos gordos, con los pulgares planos por la punta de cuarenta y tantos mil kilos de bocarte, y la piel de la sal, que es una piel que no se parece a ninguna: se queda fina y brillante y se cuartea por las grietas, y en invierno se abre y sangra un poco y no se cura hasta abril.

Las mías van por el mismo camino. Las de mi madre acabaron así.

Y no le temblaban. Eso es lo que yo estaba mirando en aquella cocina, y me da vergüenza decirlo, pero es la verdad: le estaba mirando las manos a la mujer que me enseñó a mí este oficio para ver si le temblaban.

No le temblaban.

———

Nos tomamos el café en el cuarto de estar, ella en su sillón y yo en el sofá, con la tele sin voz dando un concurso.

Y yo no le pregunté nada. Ésa es la verdad y hay que decirla entera: fui a aquella casa con la cuchilla de aquella mujer en el bolso, después de haber estado en Colindres el lunes sentada al sol con una señora de noventa y un años, y estuve una hora y no le pregunté ni una sola cosa. Lo que hice fue peor, y fue fingir.

— ¿Y las piernas?

— Las piernas están.

— ¿Pero mejor?

— Están, Visi. A mi edad las cosas están o no están — se llevó el tenedor a la boca —. Tiene poca levadura.

— Pues a mí me gusta.

— A ti te gusta todo. Siempre te ha gustado todo. Eso es porque comes de pie.

Y así una hora. Yo llevaba tres días preparándome aquello, ¿saben?

Tres días. Y me había hecho una lista en la cabeza de cosas que se dicen y de cosas que no se dicen, y me duró cuatro minutos, porque yo para esto no valgo.

Yo no sé mentir. Nunca he sabido. Mi hija me lo dice desde que tenía seis años: mamá, se te ve.

Yo he sido incapaz de darle una sorpresa a mi marido en treinta y cuatro años.

En esta casa las sorpresas las da él. Así que hice lo que hace la gente que no sabe mentir, que es hablar demasiado y hablar de nada, y estuve un cuarto de hora largo llenando el cuarto de estar de Casilda Liaño de conversación de ascensor.

— Que ha venido el de la luz. Por la nave.

— Ya.

— Que dice Olvido que la factura...

— Ya.

— Y este año el sur ha salido pronto, ¿eh? Que ha salido en febrero.

— Sale todos los años en febrero.

— Ya. Sí.

Se hizo un silencio, y en el concurso de la tele una señora con un vestido de lentejuelas daba palmas sin sonido delante de un panel de letras, y estuvimos las dos mirándola dar palmas un rato que se me hizo larguísimo, hasta que yo, que no aguanto los silencios de aquella casa, volví a abrir la boca para estropearlo todo un poco más.

— Y la costera — dije —. Que dicen que este año viene fuerte.

Y ahí Casilda Liaño levantó la cabeza y por primera vez en toda la tarde se le puso la cara de las siete de la mañana.

— Eso dicen. Lo dijo el patrón el otro día en la radio — y se le fue la mano sola al bolsillo del delantal, al bolsillo del delantal que no llevaba puesto, porque llevaba una bata de estar en casa, y la mano se quedó ahí un segundo tonta y volvió a la manta —.

Yo lo que digo es que si viene fuerte y os pilla con la sal corta, os va a coger otra vez con el paso cambiado. Que os conozco.

— La sal está bien.

— La sal está corta desde diciembre.

— Casilda, la sal está bien.

— La sal está corta, hija — dijo, y no lo dijo con enfado, lo dijo con esa calma de mando de las siete de la mañana, sin levantar la voz, mirando la tele —. Y en mayo, cuando te salga un barril flojo, te vas a acordar de mí.

En mayo.

Aquella mujer estaba sentada en su sillón, con la manta de cuadros en las rodillas, diciéndome que en mayo, cuando me saliera un barril flojo, me iba a acordar de que ella me lo había avisado un jueves de marzo y yo no le había hecho caso.

———

El aparador está a la derecha, según se entra, y es de madera oscura, y encima tiene un tapete de ganchillo, y encima del tapete hay cuatro fotografías.

La de la comunión de un sobrino. La de Jacinto de uniforme, en cubierta, con veintitantos años. La de la boda de Santa María del Puerto, con los dos autobuses, en color, de hace cuarenta y ocho años, ella de blanco y medio pueblo detrás.

Y la otra. En el marco de madera oscura, la más pequeña, la del fondo.

Blanco y negro. La puerta de una iglesia que no es la de aquí.

Cuatro personas y una mujer muy pequeña con un traje prestado que le viene largo de mangas, y al lado un hombre de uniforme, y los dos con esa cara que ponía la gente en las fotografías de antes, que era una cara de no estar seguros de nada.

Un jueves a las ocho de la mañana, sin convite, sin arroz y sin una flor, con el traje prestado de la hermana y cuatro personas en la puerta de una iglesia que está a veinte kilómetros de aquí.

Yo estaba sentada en aquel sofá con un plato de bizcocho en la rodilla, y no podía dejar de mirarla. Y me obligué a mirar la tele, y miré la tele treinta segundos, y volví. Y otra vez la tele. Y volví.

Mil veces he estado en esa casa. Y hasta aquel jueves de marzo, en esa fotografía yo no había visto nunca más que un marco.

— Es de unos primos de Colindres — dijo Casilda, sin volverse, mirando la tele.

— Ya me lo dijiste — dije yo.

— Ya te lo dije, sí.

Y siguió el concurso.

———

Recogí yo los platos, que eso sí me dejó, y fregué los dos platos y los dos tenedores y la cafetera en el fregadero de Casilda Liaño, de espaldas a ella, con el agua corriendo, y estuve más rato del que hace falta para fregar dos platos.

Cuando volví al cuarto de estar se había puesto de pie y estaba dándole la vuelta al tapete del aparador, que no le hacía ninguna falta.

— Bueno, madrina, me voy.

— Vete, hija, que tendrás que hacer.

— El sábado paso a por ti a las siete y media.

— ¿A por mí?

— Al Juicio — dije —. Que empieza a las ocho y luego no hay quien pase por la calle del muelle.

— Yo no voy — dijo, y se quedó quieta con el tapete en la mano.

— ¿Cómo que no vas?

— Que este año no voy, Visi.

Lo dijo mirando el aparador. Y a mí, que llevaba una hora fingiendo fatal y sabiéndolo, se me quitó de golpe todo lo que había ido a hacer allí.

Casilda Liaño no se ha perdido un Juicio en el Fondo del Mar desde que se hacía en la carpa vieja y llovía.

Ha ido con las piernas malas, ha ido con la gripe, y fue tres días después de enterrar a Jacinto, de negro, de pie, en la esquina, porque decía que el Carnaval no tiene la culpa de nada.

Y este año se leían los versos de Mali. Los suyos. Como homenaje. Con el pueblo entero.

— Casilda, este año leen los de Mali.

— Ya sé lo que leen.

— Y sube Fino.

— Ya sé quién sube.

Se hizo un silencio de los buenos, de los de aquella casa, de los que se pueden cortar con la cuchilla, con la tele dando palmas sin sonido y con las dos mirándola.

— Es que se me hace muy cuesta arriba, hija — dijo, y se sentó otra vez en el sillón, muy despacio, con las dos manos en los brazos del sillón —. Se me hace muy cuesta arriba lo de esa mujer. Y son muchas horas de pie y hace mucho frío.

— Te llevo yo — dije.

— Visi...

— Te llevo yo, madrina. En el coche de Sara, hasta la misma esquina, y te pongo una silla en primera fila, y a las nueve y media estás en tu casa.

Y ella no dijo que sí.

Pero tampoco dijo que no, y en esta villa eso es que sí, y las dos lo sabemos desde hace cuarenta años.

Bajé las escaleras y salí a la calle, y estaba anocheciendo, y me quedé parada en la acera de enfrente mirando su ventana, que se encendió a los dos minutos.

Y me fui andando a mi casa con las manos en los bolsillos y sin ninguna prisa, por la calle que baja al muelle, por delante de la imprenta de Mali, que tenía la persiana echada y una carta de propaganda asomando por debajo de la puerta.