Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 25
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Capítulo 25

Tres mil personas debajo de una lona hacen un ruido que no se parece al de tres mil personas en la calle.

La lona lo devuelve. Se queda ahí arriba, entre la lona y las cabezas, dando vueltas, y no es griterío ni es música: es un zumbido gordo y caliente, con la murga por debajo y los críos por encima y el generador al fondo, y cuando entras desde el frío de la calle te da en la cara igual que la puerta de un horno.

A las ocho menos cuarto de la noche del sábado seis de marzo, en la carpa del muelle de Santoña, no cabía un alfiler.

Habíamos entrado a y veinte. Yo llevaba desde las siete y media con el coche de Sara en la esquina, y Casilda había bajado los tres pisos agarrada al pasamanos y sin dejarme que le diera el brazo, con el abrigo bueno, el negro, el de los entierros y las bodas, y un pañuelo en la cabeza.

No dijo ni una palabra en el coche. Sara la dejó en la misma esquina, como yo le había prometido, y le puse la silla en la segunda fila, que era donde había sitio, al lado del palo de la izquierda, y me quedé de pie a su lado con la mano en el respaldo.

El Juicio en el Fondo del Mar de Santoña es una cosa que no se puede explicar a nadie de fuera y que aquí no hay que explicarle a nadie.

Es un juicio. Debajo del agua. Con un escenario pintado de azul, con las algas de plástico que estaban en la nave vieja colgadas de dos alambres, con los críos del colegio vestidos de pulpo y de cabracho y de estrella de mar, con un juez con peluca de estropajo y con un fiscal, que es Chuchi Cianca, el de La Bocana, desde hace no sé cuántos años, con una toga que le hizo su madre.

Y con el Besugo. Todos los años se juzga al Besugo por lo que ha hecho el pueblo, que es una idea que no se le ocurre a nadie en ningún sitio y que aquí se le ocurrió a alguien hace ochenta años.

Y Fino salió a las ocho en punto.

Salió con su traje de escamas rojas cosidas una a una, con la cola de alambre arrastrando, con la cabeza de papelón y los ojos de plato, y aquella carpa se vino abajo.

Tres mil personas de pie. Yo lo he visto catorce veces y catorce veces se me ha puesto la carne como se me pone, y a mi lado había una mujer de setenta y ocho años que no se levantó.

———

Este año era distinto y todo el mundo lo sabía, porque este año el Besugo no venía a que lo juzgaran: este año el Besugo juzgaba, y eso lo había decidido Amalia Cubría en noviembre, sentada en su imprenta, y llevaba dos semanas en boca de todo el pueblo y ya no había quien no lo supiera.

Y el cuaderno estaba encima de la mesa del juez, porque lo habían devuelto del cuartel el martes veintitrés, cuando cerraron.

Se lo dieron a Fabián en un sobre, y Fabián lo llevó a La Bocana aquella misma noche y lo puso encima de la barra y dijo lo que dijo, y la peña Los Sobados decidió allí mismo, a mano alzada y con dos cañas, una cosa que a mí me parece lo mejor que ha hecho este pueblo en toda mi vida: que ese cuaderno no lo abría nadie.

Ni Fabián. Ni Chuchi. Nadie. Hasta el sábado.

Y así estuvo once días encima de un estante detrás de la barra de La Bocana, con doscientas personas entrando y saliendo por delante, y no lo abrió nadie.

Y Chuchi Cianca, el fiscal, con su toga y sus gafas de leer, lo cogió, y se hizo un silencio en aquella carpa que se oyó el generador.

— Señoría — dijo —. La acusación es de la Mali.

Y no dijo nada más, porque no había que decir nada más, y le pasó el cuaderno al Besugo. Y tres mil personas empezaron a aplaudir y estuvieron aplaudiendo un rato largo, de pie, y a mí me tapó la vista un señor con un crío a hombros, y cuando se apartó lo primero que hice no fue mirar al escenario.

Miré a Casilda.

Estaba sentada en su silla de plástico, muy derecha, con el abrigo negro abrochado hasta arriba y el pañuelo puesto, con las dos manos encima del bolso y el bolso encima de las rodillas, en mitad de tres mil personas que se habían levantado a la vez. Y no aplaudía.

———

Fino abrió el cuaderno con las manos de escamas y se quitó la cabeza del Besugo, porque para leer hay que ver, y aquello también le hizo gracia a todo el mundo.

Y se puso las gafas encima de la cara de Fino, con el cuerpo de pescado, que es una imagen que en cualquier sitio del mundo sería ridícula y que en la carpa del muelle de Santoña era exactamente lo que tenía que ser.

Se aclaró la garganta dos veces y acercó el cuaderno a la luz.

Y leyó.

Este año el Besugo juzga y que tiemble quien lo sepa: hay quien lleva medio siglo guardando lo que se quema.

Y la carpa entera dijo la estrofa con él, los tres mil, a coro, porque llevaban dieciséis días diciéndola en la cola del pan y en la puerta del colegio y en la barra de La Bocana, y se rieron, y hubo una ovación, y alguien silbó, y desde el fondo salió esa voz de borracho feliz que sale siempre en esta villa gritando un nombre, y se rieron más.

Y Fino levantó la mano.

Y ahí sí que se calló todo el mundo. Porque venía lo que no se sabía.

Porque en dieciséis días, en aquel pueblo, no había habido otra conversación que ésa: quién lleva medio siglo guardando lo que se quema.

Se había apostado dinero. Se habían dicho barbaridades.

Media Santoña había pasado dos semanas con una vergüenza vieja dándole vueltas en el estómago, cada uno la suya, cada uno convencido de que iba por él, y ahora había tres mil personas debajo de una lona esperando a que un conductor de autobús vestido de pescado leyera cuatro renglones.

Yo tenía la mano en el respaldo de la silla de Casilda.

Y Fino leyó:

Cincuenta años bien tapada con una manta en el desván: la cabeza del setenta y uno. Devuélvela ya, Fabián.

———

No se puede contar lo que pasó en aquella carpa. Lo voy a intentar y no me va a salir.

Hubo medio segundo de nada. Medio segundo de tres mil personas en silencio haciendo la cuenta a la vez.

Y luego Santoña se cayó al suelo.

Yo he oído a este pueblo reírse muchas veces y no lo había oído nunca así.

Fue un ruido que levantó la lona. La gente se dobló.

Un señor a mi derecha se agarró a la silla de delante y la tiró.

La murga arrancó sin que nadie se lo dijera y no había manera de tocar de la risa que tenían, y el juez se quitó la peluca de estropajo y se secaba los ojos, y los críos vestidos de pulpo, que no habían entendido nada, saltaban por el escenario porque los mayores se reían.

Y de la fila cuarta salió un grito, uno solo, y era Cefe Toca, el patrón mayor de la cofradía de pescadores, de pie, con las dos manos en la boca, gritando:

— ¡Que lo sabía yo! ¡Que llevo cincuenta años diciéndolo!

Era la cabeza. Era la cabeza del Besugo del setenta y uno. La que se quemó en la playa delante del pueblo entero y que no se quemó, la que todo el mundo sabe que no se quemó, la que llevaba medio siglo en un desván de esta villa tapada con una manta. La broma más vieja de Santoña. Cincuenta años.

Y la tenía Fabián Lombera.

Lo buscaron. Tres mil personas se giraron a la vez, y lo encontraron enseguida, porque estaba en la primera fila, donde lo había sentado ella todos los años sin decírselo a nadie, y allí estaba Fabián, setenta años y la cadera mala, de pie, con el gorro de lana en la mano.

Y estaba llorando. Y se estaba riendo. Las dos cosas a la vez, con la boca abierta y la cara hecha un desastre, mirando al escenario, asintiendo con la cabeza como un tonto, diciéndole que sí a una mujer que llevaba trece días muerta.

Era eso. Era todo lo que había en el verso.

Doce años comiendo los domingos y saliendo por la puerta de atrás, y una mujer de sesenta y cuatro años se pasa noviembre entero buscando la rima para tomarle el pelo a su novio delante de tres mil personas y decirle, con el pueblo entero de testigo, mira, éste es mío.

Aquí se quiere así. No hay otra manera y no se ha inventado otra y el que quiera flores que se vaya a Madrid.

———

Yo no miré nada de eso.

Yo estaba mirando a Casilda Liaño, que estaba sentada a un palmo de mi mano derecha, con el abrigo negro y el pañuelo, en la segunda fila, al lado del palo de la izquierda.

Y la vi entender.

No se movió. Eso es lo que hay que decir y es lo único que hay: no se movió.

No abrió la boca, no cerró los ojos, no se llevó la mano a ningún sitio.

Se quedó exactamente igual que estaba, muy derecha, con las dos manos encima del bolso, mirando al escenario, mirando a aquel hombre de cincuenta y dos años vestido de pescado que tenía su barbilla y sus orejas y las manos de su padre, y que estaba doblado de risa encima del cuaderno.

Y se le fue la cara.

No sé decirlo de otra manera. Se le fue por dentro, se le quedó la piel donde estaba y detrás no había nadie, y yo, que llevo cuarenta años mirándole las manos a esa mujer y no la cara, aquella noche le vi la cara.

Cincuenta y dos años. Un jueves a las ocho de la mañana con el traje prestado de su hermana. Una casa en Colindres con la galería verde. Un crío que se quedó allí. Un puesto en una mesa de acero. Una regla que se cayó al año siguiente.

Y una taberna, un sábado de febrero, con doce personas riéndose y una mujer contando una cosa mejor de lo que era.

Porque en aquella carpa acababan de leerse los versos de Amalia Cubría delante del pueblo entero, y estaban los ocho renglones, y estaban en el cuaderno, con su letra, y no estaba la línea.

No estaba y no había estado nunca. Y la que dio lo que era suyo.

Ocho palabras que se inventó Obdulia Villamor en la barra de La Bocana el sábado veinte de febrero para hacer reír a doce personas, porque Obi mejora las cosas al contarlas, porque siempre lo ha hecho, porque la escalera del cuñado de la Bego era de tres peldaños y acabó en el tejado.

Ocho palabras.

Y a mi lado, en una silla de plástico, con el abrigo de los entierros, había una mujer de setenta y ocho años y metro cincuenta que lo estaba entendiendo a la vez que yo.

———

Se levantó.

Lo hizo despacio, con las dos manos en el bolso, sin que nadie se fijara, porque en aquel momento en aquella carpa nadie se fijaba en nada. Se puso el bolso en el brazo, me miró un segundo y no me dijo nada, y salió por el pasillo de la izquierda hacia la puerta de la lona.

Fuera hacía frío y estaba lloviendo fino, de eso que aquí no se considera lluvia.

Echó a andar por el muelle hacia la dársena, con el pañuelo puesto, pegada a la pared, muy pequeña, muy derecha, sin correr.

Yo fui detrás.

Sin correr.