Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 26
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Capítulo 26

A las siete menos cuarto de la mañana del domingo yo llevaba ya hora y media con las manos en el barril y todavía no había dicho ni buenos días, y aquella mañana no los dijo nadie.

Cogía el bocarte, le quitaba la piel con el pulgar en dos pasadas, una por el lomo y otra por el vientre, lo dejaba desnudo y entero encima del paño y cogía otro.

Éramos cuatro. Un domingo de marzo a las siete de la mañana, con el pueblo durmiendo la última noche del Carnaval, en la nave nueva de Conservas La Buenamar, éramos Mila, Obi, Chenta y yo, porque el precinto nos había comido tres días y la salazón no sabe qué día es, y Olvido había pedido un domingo con la boca pequeña y habíamos dicho que sí las cuatro sin preguntar por qué.

— Hoy no llueve.

— Hoy llueve a las cinco — dijo Mila —. Lo dijo el hombre.

— El hombre dijo el jueves.

— El hombre dice todos los días, hija.

Y ya está. Eso fue toda la conversación de la mesa aquella mañana, y para nosotras eso es un silencio de los grandes. Bocarte estaba debajo, entre mis botas, hecho una rosca, resoplando en sueños. Y a las siete en punto se abrió la puerta de la calle.

———

Entró como entra desde hace sesenta y cuatro años.

Con la bolsa de tela en la mano y el delantal doblado dentro.

Cerró la puerta con el codo, colgó el abrigo negro en el perchero del pasillo, sacó el delantal, se lo puso, se ató las cintas por delante y se las anudó a la espalda de ese tirón que hace ella, y fue al grifo del fondo y se lavó las manos con el jabón de la casa, mucho rato, hasta la muñeca, y luego vino a la mesa y se sentó en el tercer sitio por la derecha, que no es suyo desde hace ocho años.

Cogió un bocarte. Y se puso a sobar.

Mila la miró un segundo y volvió a lo suyo. Obi abrió la boca para decir algo y no lo dijo, que es lo único que le he visto hacer a esa mujer en veinte años que me haya dado miedo. Y entonces Casilda Liaño empezó a hablar, sin levantar la vista de la mesa, con las manos trabajando.

———

— Yo me casé en Colindres — dijo —. Hace cincuenta y tres años. Un jueves por la mañana, a las ocho. Con Jacinto.

Nadie dijo nada. Un bocarte, el paño, otro bocarte.

— Y no lo dije porque estaba la regla. Las casadas, a casa.

La que se casaba dejaba la mesa el sábado y el lunes había otra en su sitio, y yo tenía veinticinco años y no tenía nada más que esto — se paró a quitarle una espina rota con la uña y siguió —.

Mi madre lavaba. Mi padre estaba en la mar y no mandaba.

Y yo tenía un sitio en esta mesa desde los catorce.

Eso era todo lo que yo tenía en el mundo, y era mío, y me lo había ganado yo.

— Casilda — dijo Mila.

— Déjame acabar, Milagros — dijo, y Mila se calló, y no volvió a abrir la boca en toda la mañana.

— Y al año siguiente tuve el crío.

La mesa siguió. Yo cogí otro bocarte porque las manos no se paran, porque llevan cuarenta años haciéndolo solas, y porque si aquella mañana yo llego a parar las manos, aquella mujer no dice una palabra más.

— Lo tuve en Colindres, en casa de mi hermana.

Feliciana llevaba doce años casada y no venían, y en aquellos años eso era una cosa muy fea de llevar por la calle.

Estuve allí los últimos cuatro meses. Y una noche vino el médico, y a los quince días yo me volví a Santoña y me puse el delantal, y mi hermana salió a la calle con el niño en brazos, y el niño se llamó Villegas, y todo el mundo tan contento.

Se le rompió una anchoa. La apartó y cogió otra.

— Y luego la regla se cayó.

Nadie respiró.

— Al año siguiente — dijo Casilda Liaño —. Un año. Vino el hijo del abuelo con las ideas nuevas y quitó la regla, y a los dos meses se casó una de la punta de la mesa y siguió viniendo el lunes como si nada, y nadie dijo nada, y aquí no pasó nada. Un año, hijas.

Y siguió sobando.

— Yo me lo digo todas las mañanas desde hace cincuenta y dos años. Me lo digo cuando me levanto y me lo digo cuando bajo esa cuesta. Un año.

———

Contó lo de la boda de Santa María, la de los dos autobuses, cinco años después, cuando ya no había regla que valiera y ya no había nada que hacer, porque el crío tenía cinco años y llamaba madre a Feliciana, y Feliciana se habría muerto allí mismo.

Contó que Jacinto quiso ir a por él dos veces y las dos veces se quedaron en la cocina.

Contó que cuando el chaval se vino a Santoña a los veinte años con una maleta, ella tuvo que aprender a decirle "sobrino" en voz alta, en la calle, delante de la gente, y que le costó dos años decirlo sin que se le notara.

Y luego, con las manos todavía trabajando y sin levantar la cabeza del acero ni una sola vez, contó lo de La Bocana.

— Fue el sábado. El de la murga. Yo estaba tomándome un café al fondo, en la mesa de la esquina, y había un grupo en la barra con lo del verso, y se reían — y aquí, por primera vez, paró las manos un segundo.

Un segundo, no más —. Y alguien lo contó entero.

Y decía: hay quien lleva medio siglo guardando lo que se quema. Y la que dio lo que era suyo.

Obi tenía un bocarte en la mano.

Y yo la estaba mirando a ella, a Obdulia Villamor, cuarenta y nueve años, la voz más grande de la casa, y le vi la cara, y no había nada.

Nada de nada. Aquella mujer no se acordaba.

Aquella mujer llevaba dieciséis días contando esa línea en todas las barras de este pueblo y estaba convencida, como lo estoy yo ahora de que tengo dos manos, de que se la había oído a otro.

Y yo no dije nada. Y no lo he dicho nunca.

— Yo no fui a matarla — dijo Casilda —. Fui a que no lo leyera mi hijo.

Y ahí la mesa se paró. Las cuatro. No lo decidimos: se paró.

— Fui a por el cuaderno. A arrancar una hoja.

Lo había intentado el martes en la imprenta y me tuve que ir porque llegó ella, y luego en el ensayo la oí decir dónde lo guardaba, delante de todo el mundo, riéndose, que allí no lo encontraba ni Dios.

Y el domingo, con el desfile, con el pueblo entero en la calle, entré a las once y veinte con mi llave y me puse a mirar en los barriles.

— ¿En los de fuera? — dije.

— En los de fuera.

— Casilda, ella lo dejó dentro. Lo vimos las cuarenta.

— Lo dejó dentro delante de las cuarenta — dijo —.

Delante de mí. Riéndose. Y yo le había andado en los papeles el martes y ella lo sabía, Visi.

Esa mujer lo sabía. ¿Tú te crees que Amalia Cubría le dice a este pueblo dónde guarda una cosa suya?

— cogió otro bocarte —. Yo pensé que lo decía para que fuéramos ahí.

Y me puse a bajar tapas de los barriles de don Ramón.

— Los de dentro ni los abrí.

Lo dijo sin parar las manos, igual que lo demás, y a mí se me puso delante aquella nave entera: una mujer de setenta y ocho años y metro cincuenta, veinte minutos, bajando las tapas de los barriles del abuelo de Olvido en el pasillo, a oscuras de la cintura para abajo, con la piedra en el suelo y la salmuera yéndose por el borde, buscando en el único sitio de aquella nave donde no había nada.

Amalia Cubría había dicho la verdad delante de cuarenta personas, que era la única manera que tenía aquella mujer de guardar una cosa, y a Casilda Liaño le pareció demasiado fácil.

— ¿Y ella? — dijo alguien. Creo que fui yo.

— Ella entró a las once y cuarenta y uno.

Sabía la hora. Llevaba dieciséis días sabiéndose la hora.

— Yo estaba en el pasillo de los barriles, agachada.

Y ella entró y no me vio, y abrió la cámara y pasó dentro, y la puerta se cerró con el resorte, que se cierra sola, que se ha cerrado sola toda la vida — y aquí lo dijo, y lo dijo igual que lo demás, sin levantar la voz, con las manos quietas encima del acero —. Y yo eché la falleba.

Nadie se movió.

— Chirrió mucho. Pensé que se iba a enterar la dársena entera. Y no vino nadie, porque estaba la murga en el muelle — se miró las manos —. Y me fui. Y dejé las luces dadas, del apuro.

— Casilda — dije —. ¿Por qué?

— Para que estuviera un rato y no diera guerra.

Para volver yo a las seis, cuando entrarais vosotras, con el jaleo de la mañana, y abrir, y coger el cuaderno del suelo mientras la sacaban, y arrancar la hoja — y entonces levantó la cara por primera vez y me miró a mí, solo a mí —.

A las seis, Visi. A las seis de la mañana. Como toda la vida.

El tablón. La chincheta. El papel de Olvido del miércoles diecisiete, al lado del reloj, escrito con rotulador. Lunes 22: entrada a las nueve, por el desfile del domingo.

— Yo no leo el tablón — dijo Casilda Liaño —. Yo estoy jubilada.

———

Lo último lo dijo cuando ya no quedaba nada, y lo dijo mirando el barril, y fue lo único de toda la mañana que le costó decir.

— Yo no he sabido nunca lo que decía ese verso.

Y ahí se hizo el silencio de verdad, el de las cuatro y el de la nave entera, y por debajo no se oía más que el compresor de la cámara nueva arrancando al fondo del pasillo, que es un ruido que yo no oigo desde hace treinta años y que aquella mañana se oía como un camión.

— Anoche — dijo —. Anoche me enteré.

Y volvió a coger un bocarte, porque hay que hacer algo con las manos, y no le entró en la mano, y lo dejó, y lo volvió a coger.

Nadie gritó. No se levantó nadie. Nadie la tocó, y eso no fue crueldad: fue que en esta mesa no se toca a nadie, nunca, en cuarenta años no he visto a nadie de esta mesa tocar a otra, y si aquella mañana alguna la llega a abrazar, aquella mujer se rompe en la silla.

Lo que pasó fue que Vicenta Mazo, que no habla, que lleva veintitantos años a mi izquierda con la cabeza baja y las manos rápidas, y a la que yo le habré oído la voz cuatro veces en toda mi vida, dejó su cuchilla en la mesa.

— Casilda — dijo Chenta —. Pásame el paño.

Y Casilda Liaño le pasó el paño. Y la mesa siguió.

———

A las doce y media de la mañana, desde la cocina de mi casa, hice una cosa que no he hecho en treinta y cuatro años, que fue llamar a mi marido a las doce y media de la mañana.