Capítulo 26 #2
Tardó en salir. Salió con la cara pixelada y el ruido de la sala de máquinas detrás, y llevaba el mono atado a la cintura y un trapo en la mano, y lo primero que hizo fue mirar el reloj de su pantalla y luego a mí.
— Visi.
— Hola, Chebo.
— Son las doce y media.
— Ya lo sé.
Y Eusebio Riancho, cincuenta y nueve años, jefe de máquinas, treinta y cuatro años de casados y cuatro meses fuera y dos en casa, se sentó en una caja de herramientas, se limpió las manos con el trapo muy despacio y no me preguntó lo que pasaba.
— ¿Estás sentada? — dijo.
— Estoy sentada.
— Pues cuéntamelo desde el principio, que aquí hay retardo.
Se lo conté entero. Tardé veinte minutos y él no me interrumpió ni una vez, que es lo que hace, y cuando terminé estuvo callado tanto rato que pensé que se había cortado.
— ¿Y ella qué ha hecho después? — preguntó.
Y ésa era la pregunta. Yo llevaba desde las nueve de la mañana dándole vueltas a mil cosas y no se me había ocurrido ésa, y a él se le ocurrió en veinte segundos desde el Índico, con la cara a cuadros y un trapo en la mano.
— Ha terminado el turno — dije.
— Claro — dijo Chebo.
———
El sargento primero Portilla llegó a las cinco de la tarde. Venía de paisano, con un anorak, y traía a la guardia Venero detrás, de uniforme y congelada, y aparcaron en el patio y no encendieron nada, ni una luz azul, ni nada.
Casilda estaba terminando un barril. Le quedaba media hora larga: la tapa, la piedra, la tiza con la fecha mirando al pasillo. Portilla se paró en la puerta de la nave con la gorra en la mano y miró aquello un momento, y luego miró a Venero, y Venero lo miró a él.
Y esperaron.
Cincuenta y cinco años tiene ese hombre y le queda año y medio para jubilarse, y lleva toda la vida en este puesto, y estuvo de pie en la puerta de la nave de La Buenamar cuarenta minutos, con la gorra en las dos manos, esperando a que una mujer de setenta y ocho años terminara un barril de salazón.
Cuando Casilda puso la piedra en el centro de la tapa, escribió la fecha con la tiza y volvió el barril para que la fecha mirara al pasillo, se desató el delantal, lo dobló en cuatro y lo dejó encima de la mesa de acero.
— Ahí queda — dijo.
La guardia primero Venero se apartó de la puerta para dejarla pasar y se quedó a mi lado mirando la mesa de acero vacía, con las manos a la espalda y la nariz colorada, veintisiete años, de Jaén, cuatro meses en este pueblo y todavía sin encontrar un abrigo que le sirva para este frío.
Fue ella la que me acompañó a la puerta del cuartel el martes veintitrés, cuando el sargento cerró el caso y yo me fui de allí con la sensación de haber hecho el ridículo delante de dos personas que trabajaban, y fue ella la que me preguntó, bajito, ya en el felpudo, cuánta gente tenía llave de aquella nave.
— Señora Salcines — dijo.
— Visi.
— El sargento me ha dicho que le diga que el informe lo firma él — se miró las botas —. Y que se lo tenía que haber dicho a usted el martes.
— ¿El qué?
— Lo del cerrojo — dijo Venero —. Que él lo miró y vio un cerrojo. Y que usted lo miró y vio veintiocho años.
———
La Quema del Besugo es a las once de la noche en la playa de San Martín y es el final de todo, y en este pueblo, que lleva dieciocho días sin dormir, no falta ni el que se está muriendo.
Sacan al Besugo del muelle a hombros, con la murga detrás y el pueblo entero detrás de la murga, y lo bajan a la arena, y allí está la pira, y hay tres mil personas con el frío que hace y a nadie le importa.
Y lo queman. Y se acabó el Carnaval, y mañana es lunes, y en marzo viene el bocarte.
Fino lo hizo como lo hace siempre. Se subió a la pira con la antorcha, con el traje de escamas rojas, y antes de prenderle le dio dos palmadas en el lomo al pescado, que es una cosa que hace él y que no hace nadie, y tres mil personas se rieron y aplaudieron, y aquello ardió, y las escamas de papelón se pusieron blancas y luego se fueron para arriba hacia el monte, dando vueltas, encendidas, y los críos las señalaban con el dedo.
Casilda lo miró desde el paseo. Arriba, en el murete, con el abrigo negro y el pañuelo, apoyada en la barandilla, con las dos manos en el bolso. Portilla estaba a dos metros, de paisano, mirando el fuego, y Venero estaba al otro lado, y no la tocó ninguno de los dos en toda la noche.
Estuvo así hasta que el fuego estuvo más alto. Hasta lo mejor, hasta el momento en que se cae la cabeza y el pueblo hace ese ruido que hace.
Y entonces se dio la vuelta y echó a andar hacia el paseo, y el sargento se puso a su lado, y Venero detrás, y se fueron los tres andando despacio por la acera de arriba, entre la gente que bajaba corriendo a la playa, y nadie los miró, porque toda Santoña estaba mirando el fuego.
Yo no fui a la Quema.
Yo cogí al perro y fui a la nave vieja, y abrí con mi llave, y estuve un rato allí de pie, en mitad de aquello, con los decorados del Juicio tirados por el suelo, la pancarta de los críos colgada de sus dos alambres y ciento y pico barriles del abuelo de Olvido con la tiza mirando al pasillo.
Y desde el fondo, por la chapa, entraba el ruido de la playa, que a esa distancia ya no es un ruido de gente: es un ruido de mar.
Bocarte se fue derecho a la esquina de los barriles, a lo suyo, a meter el morro en el palmo de hueco que hay entre la madera del palé y el cemento, donde ya no queda nada más que la costra blanca de una salmuera que se derramó una noche de febrero, y le dejé estar allí todo el rato que quiso.
Luego lo llamé, y vino, y le di al interruptor con el codo, y los ocho fluorescentes de la nave vieja del abuelo de Olvido se fueron apagando de tres en tres, igual que encienden.