Capítulo 27
Once mil cuatrocientos kilos. Eso fue lo que entró en la lonja de Santoña el viernes diecinueve de marzo por la tarde, del primero de verdad, del bueno, del que viene con la grasa justa y el ojo negro, y a las siete de la mañana del sábado veinte ya estaba subiendo por la rampa de La Buenamar en cajas azules, una encima de otra, con el hielo derritiéndose y goteando por el cemento hasta el desagüe.
Bocarte de marzo. El primero del año.
Un pueblo entero puede estar todo el invierno hablando de otra cosa, y va y entra el bocarte, y se acabó la conversación hasta junio.
La mesa estaba puesta desde las seis. Las ocho.
Los delantales de goma, las cofias, las botas, los guantes de las que llevan guantes y los pulgares de las que no.
Mila con su cuchilla gastada por delante, Obi con el esparadrapo azul en el mango, Chenta a mi izquierda con la cabeza baja y el mordisco en el filo, Nerea con la suya, que ya no brilla tanto, y las tres de la punta.
Y el barril del punto en el centro, con la sal como tiene que estar.
Yo llegué a las seis menos cuarto, antes que ninguna, con el perro detrás y la nave todavía a oscuras, y lo primero que hice, antes de ponerme el delantal y antes de encender la luz de la mesa, fue meter el dedo en el barril del punto y probar la salmuera con la yema.
Estaba corta. Le puse dos puñados y no se lo dije a nadie.
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El tercer sitio por la derecha está vacío.
No lo ocupa nadie. Nadie lo ha decidido y nadie lo ha dicho: es que llegan las ocho, y se sientan, y ahí no se sienta ninguna, y el taburete está ahí, y encima del taburete no hay nada.
Y no se habla de eso, y eso también lo decidió el pueblo sin decirlo, en dos días, como decide aquí las cosas que importan.
Se habla del bocarte y se habla de la lona de la carpa y se habla de que a la nieta de la Anselma le han quitado las muletas.
Y hay un taburete vacío en la tercera posición de una mesa de acero y no hay en toda Santoña una sola persona que vaya a decir una palabra de eso delante de mí, y eso que aquí se dice todo. Es lo que hay. Es lo que se hace.
Obi estuvo el primer lunes con la cara rara y sin abrir la boca, y al segundo lunes ya estaba contando lo del cuñado de la Bego otra vez, y la escalera va por el tejado y sube.
Yo la dejo, y la voy a dejar toda mi vida, y el día que Obdulia Villamor entre por esa puerta y cuente una historia como fue, aquella mañana yo cierro la casa y me voy para la marisma con el perro.
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Bocarte estaba debajo de la mesa, entre mis botas y las de Nerea, hecho una rosca negra de cordones, dormido, con el babero blanco ya perdido de salmuera a las siete de la mañana y una pata estirada hacia el pasillo de los barriles.
Ese perro sacó de debajo de un palé la única cosa que quedaba de aquella noche y sacó del agua de la marisma la única cosa que quedaba de aquel verso, y las dos veces lo hizo porque olía a barril viejo la primera y porque flotaba un plástico la segunda, y en las dos ocasiones lo que quería era que se lo tirase.
No se ha enterado de nada. No se va a enterar nunca. Tiene siete años, doce kilos y una idea muy clara de su sitio en el mundo, que es debajo de esta mesa, a la sombra de ocho mujeres que huelen a comida.
A las ocho menos cuarto levantó la cabeza, porque pasa el autobús, que pasa todos los días a las ocho menos cuarto por la calle de la dársena camino del instituto, y todos los días, al llegar a la altura del portón grande, Fino Villegas toca el claxon dos veces.
Dos toques cortos. Lleva veinte años haciéndolo y no se le ha olvidado ni el día que enterró a su madre, y las ocho levantamos la cabeza del barril, y Mila dice lo que dice siempre.
— Ahí va el Besugo.
Y aquella mañana pasó, y tocó dos veces, y se oyó a los críos gritando por las ventanillas bajadas con el frío que hacía, y el autobús siguió calle arriba y dobló en la esquina de la cofradía, y las ocho volvimos a bajar la cabeza al barril.
Yo no sé si alguien se lo dirá algún día.
No lo sé. Somos cuatro las que lo sabemos y las cuatro llevamos toda la vida en la misma mesa, y yo no soy quién, y Mila no es quién, y Chenta no habla, y a Obi no se le puede decir sin decirle lo otro, y lo otro no se lo pienso decir yo a Obdulia Villamor mientras me quede un dedo de vida.
Puede que un día suba a Colindres a arreglar el papel de la casa de la galería verde y se siente a tomar el sol en una silla de anea al lado de una señora de noventa y un años.
Yo no lo voy a decidir. No es mío.
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Nati sacó el cuadernillo el jueves, en papel de ochenta gramos, reciclado, con la mota gris y el canto crudo, que lo pidió a Bilbao y que tuvo que esperar nueve días a que se lo trajeran porque en este pueblo ese papel no lo gasta nadie y hay que encargarlo fuera.
Dieciséis páginas grapadas con los versos del Juicio en el Fondo del Mar de este año, los de Mali, tal como estaban en el cuaderno, con su letra escaneada en la primera página y sin un solo nombre en la portada.
Ni el de Amalia. Ni el suyo. Trescientas copias.
Las puso en una caja de cartón encima del mostrador, al lado de la registradora y debajo del cartón amarillo de los precios tachados, con un cartel escrito a mano y pegado con celo.
— Gratis — dice el cartel —. Coge uno.
Y ya no quedan. Se llevaron los trescientos en dos días y ha tenido que tirar otros doscientos, y los está tirando gratis, ella, que tacha los precios pero no los baja, y cuando alguien se lo dice contesta que se calle y que coja uno.
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A las once y veinte de aquella mañana, con la mesa a media faena y las cajas azules entrando todavía por la rampa, se abrió la puerta de la calle y entró un hombre con una bolsa de lona al hombro.
Traía el pelo corto, la cazadora de siempre y esa cara de asado que se le pone después de cuatro meses, y se quedó en la puerta, en el pasillo, quitándose la bolsa del hombro y dejándola en el suelo con cuidado, sin decir nada, mirando la mesa.
Y la mesa se vino abajo, claro.
— ¡Anda! ¡Si ha desembarcado!
— Chebo, hijo, ¿tú has visto la hora?
— ¿Y ésa es la maleta? ¿Cuatro meses con eso?
— Le lava la ropa la Visi, mujer, para qué quiere más.
— Buenos días — dijo Chebo, que habla poco y que dice siempre lo mismo, y se metió las manos en los bolsillos.
Eso fue todo. No hubo abrazo ni hubo lágrima ni hubo nada, porque yo tenía las manos en la salmuera y él acababa de bajarse de un barco, y llevamos treinta y cuatro años haciendo esto, y esto se hace así: él llega, y yo estoy trabajando, y se acabó.
Nos miramos por encima de la mesa un segundo.
Levanté la barbilla. Levantó la barbilla. Y ya está.
Se fue al perchero, colgó la cazadora en el clavo de la esquina, que es su clavo desde hace veinte años, y se sentó en el cajón de la pared a esperar a que saliera el turno, con las piernas estiradas y las manos cruzadas encima de la barriga.
Bocarte salió de debajo de la mesa, fue hasta él, le olió las botas, no le hizo ninguna fiesta y se volvió a su sitio.
— Éste igual que su madre — dijo Chebo.
Y la mesa se rió, y Mila dijo que ya iba siendo hora, y Obi le preguntó por el calor de allá abajo y se puso a contarle una cosa que no había pasado, y Nerea le dijo que se pusiera la cofia y él dijo que ni harto de vino.
Y yo cogí el primer bocarte de la caja que acababan de subir de la lonja, que estaba frío y estaba entero y era del viernes, y le puse el pulgar en el lomo y saqué la piel de una pasada y salí por el vientre, y lo dejé desnudo encima del paño, blanco y limpio y abierto, con la espina fina y recta en el centro y todo el pescado alrededor.
Y cogí otro.