Capítulo 20
Bocarte entró en el agua de la marisma sin mirar atrás y sin preguntarle a nadie, que es como entra él en todas partes, y a los cuatro metros ya no se le veían más que la cabeza negra y la estela.
Un perro de agua no nada como un perro. Un perro corriente mete las patas y hace ruido y se le nota que está haciendo un esfuerzo; éste se estira y se va, con el hocico levantado dos dedos y el pelo pegado al cuerpo, y hace menos ruido que un ánade.
Lleva siete años haciéndolo y todavía me paro a mirarlo.
— Ahí va — dijo Sara, sin bajar los prismáticos —. Ya me ha espantado la mitad del bando.
— Pues llámalo.
— Ya, mamá. Llámalo tú.
La marisma de Santoña, un viernes de febrero a las cinco de la tarde, con la niebla baja pegada al agua y sin una gota de viento, es la cosa más callada que existe.
El agua estaba parada del todo, tan parada que la niebla se veía en ella igual que en un espejo sucio, y las lomas de enfrente no eran más que un borrón.
Y estaba llena de bichos. Eso es lo que la gente de fuera no se cree: parece que no hay nada y hay miles.
Cuando Bocarte entró, se levantó una nube de correlimos de la orilla que ni se veían hasta que se movieron, y se fueron todos juntos, girando en el aire de esa manera que tienen, blancos y luego grises y luego blancos otra vez.
Mi hija se pasa la vida aquí. Sara Riancho, veintinueve años, guarda del parque, con sus botas hasta la rodilla y el forro polar verde y el cuaderno de campo metido en una bolsa de plástico, contando aves y rellenando partes que lee un señor en Santander y a los que nunca contesta nadie.
Ella dice que le contestan las aves. Yo digo que se le va a agriar el carácter.
Es lo más callada que se puede ser siendo hija mía.
— ¿Y ahora qué hace? — dije.
Porque Bocarte había dejado de nadar recto. Se había parado a media laguna, entre dos matas de carrizo, y estaba dando vueltas cortas encima del agua con el morro fuera, muy pendiente, muy tonto, y luego metió la cabeza entera y la sacó, y luego otra vez.
— Algo ha visto.
— Algo ha visto no. Algo ha olido.
— Mamá, ahí no hay nada. Ahí no hay más que carrizo.
Pero yo llevo siete años viéndole hacer eso y sé lo que es, porque lo hace en la playa de Berria con las garrafas y lo hace en la dársena con las cajas y me lo ha hecho en el patio de casa con una bolsa del pan.
Un perro de agua no busca comida en el agua.
Un perro de agua busca cosas que flotan, porque para eso lo criaron durante mil años en este país, para meterse en la mar detrás de lo que se le caía al hombre de la lancha, y a éste le da igual que sea un pato, un palo o el tapón de una garrafa.
Si flota y es raro, sale para fuera. Da lo mismo que nadie se lo haya pedido. Nadie se lo pide nunca.
Salió del agua a los dos minutos con algo en la boca, y venía tan orgulloso que se le notaba en los cuartos traseros, y a tres metros de nosotras se sacudió, porque primero se sacude y luego entrega, y nos puso a las dos perdidas.
— ¡Bocarte!
Soltó aquello en la hierba, entre mis botas, y se sentó a mirarlo con las orejas para delante, esperando.
Era una funda de plástico. Una de esas fundas de plástico transparente con el borde blanco y los cuatro agujeros, de las de meter en una carpeta de anillas, cerrada por arriba con un doblez y con tres vueltas de cinta de embalar.
Y dentro había un papel.
———
Mi hija se puso de rodillas al lado y no lo tocó, porque a mi hija le enseñaron en un curso a no tocar las cosas, y yo lo cogí, porque a mí me enseñó Casilda que las cosas se conocen con la mano.
Pesaba lo que pesa una funda mojada. La cinta de embalar estaba pasada de vueltas, de esa manera nerviosa de dar vueltas y vueltas que tiene la gente cuando envuelve algo que no quiere que se moje, y la habían cerrado bien, la verdad, muy bien, porque el papel de dentro estaba entero.
Húmedo por una esquina, arrugado, pero entero.
Lo saqué en la hierba, con cuidado, con los dedos abiertos, que es como se saca una anchoa del barril cuando lleva nueve meses ahí y no quieres que se te rompa por la mitad.
Era una galerada. Papel gris, con la mota, con el canto crudo. Ochenta gramos. Ese papel no lo gasta nadie en este pueblo y hacía dos días que yo sabía por qué.
Y estaba entera. La estrofa que llevaba una semana corriendo por Santoña de boca en boca, la que había leído Fabián en La Bocana el viernes del pregón subido en un taburete y que a los dos días se sabía hasta el panadero:
Este año el Besugo juzga y que tiemble quien lo sepa: hay quien lleva medio siglo guardando lo que se quema.
Y debajo, en el mismo papel, con la misma tinta, en los mismos renglones apretados de la máquina de Mali, lo que no había leído nadie:
Cincuenta años bien tapada con una manta en el desván: la cabeza del setenta y uno. Devuélvela ya, Fabián.
Me quedé sentada en el suelo, en la hierba mojada de la marisma, con el papel abierto encima de las rodillas, y estuve leyendo aquellos ocho renglones muchas veces.
Bocarte se me puso al lado y se apoyó en mi pierna, mojado, tan contento, esperando a que alguien le tirase el plástico.
Y a Sara le oí decir algo y no le contesté.
Era la cabeza. Era la cabeza del Besugo del setenta y uno.
Era Amalia Cubría, sesenta y cuatro años, viuda, con su imprenta y su genio, tomándole el pelo a su novio delante de tres mil personas, con cariño, en verso y por escrito, para que se enterase todo el pueblo.
Devuélvela ya, Fabián. Doce letras y un nombre.
Doce letras que valían por doce años de una mujer y un hombre que en Santoña no eran nada oficialmente y que llevaban doce años comiendo juntos todos los domingos.
Eso era el verso. Eso era todo lo que había en el verso.
— Mamá — dijo Sara, y me tocó el brazo, y señaló con la barbilla hacia arriba.
En el puente, apoyado en el pretil, con el gorro de lana calado hasta las cejas y las manos en los bolsillos, estaba Fabián Lombera mirándonos.
———
Bajó despacio, por el camino, agarrándose a los postes. Setenta años y una cadera mala. Tardó lo suyo, y nosotras lo esperamos, y cuando llegó no dijo hola.
— ¿Ha salido? — dijo.
— Ha salido.
— Ya. Con el perro — se rió una vez, sin ganas, mirando a Bocarte, que le estaba oliendo la bota —. Con el perro. Anda que.
— Fabián, ¿cuánto llevas ahí arriba?
— Hoy, media hora — dijo —. En total, cinco días.
Se sentó en el poste de madera de la valla, muy despacio, con la mano en la cadera, y estuvo un rato mirando el agua. Bocarte se fue a por el plástico y se puso a machacarlo, que era lo que quería desde el principio.
— La tiré yo el lunes — dijo —. Desde ahí. Desde ese pretil.
— Ya lo sé.
— La envolví en eso y le di veinte vueltas de cinta y la tiré, y luego estuve mirando cómo se iba, y se fue para el carrizo, y yo pensé: bueno, ya está. Ya no está — se quitó el gorro y se lo volvió a poner —. Y llevo cinco días subiendo a ese puente a ver si la veía.
— ¿Y si la veías?
— No lo sé, Visi. No lo sé. Yo qué sé lo que iba a hacer.
Y entonces lo contó todo, y no le costó nada, porque llevaba una semana queriendo contarlo y en este pueblo un hombre de setenta años no tiene a nadie a quien contarle una cosa así.
Que la galerada se la había cogido él. Que Mali las dejaba encima de la máquina y él tenía llave de la imprenta desde hacía doce años, y entró un viernes por la mañana a por nada, como entraba siempre, y allí estaba, y la leyó.
Y que cuando la leyó y vio su nombre en el último renglón, a Fabián Lombera se le puso el día entero de otro color.
— Es que era para mí — dijo, y le costó decirlo —.
¿Tú entiendes eso? Era para mí. Doce años y aquella mujer no me presentó a nadie, ni a su cuñada, ni al de la máquina.
Doce años comiendo los domingos y saliendo por la puerta de atrás.
Y de repente coge y me pone en el verso, con mi nombre, delante de tres mil personas. Con mi nombre, Visi.
— Y lo leíste en La Bocana.
— Lo leí en La Bocana — dijo —. El viernes. Subido en un taburete. Y me lo guardé.
— ¿El qué te guardaste?
— El remate. Los cuatro últimos renglones — y me miró, y ahí, por primera vez, se le quebró la voz —. Por no chafar el chiste, Visi. Por no chafárselo a ella. Que si yo suelto el final, el sábado en la carpa ya no se ríe nadie. Y ella llevaba un año con eso.
———
Y ya está. Ése es Fabián Lombera y ése es su crimen.
Un hombre de setenta años que robó un papel de la imprenta de su novia porque le hacía ilusión salir, lo leyó en un bar para presumir delante de treinta personas, se guardó el final para no estropearle la gracia a ella, y el lunes por la mañana, cuando le dijeron que Mali estaba muerta en la cámara vieja, ató aquel papel con veinte vueltas de cinta y lo tiró al agua desde un puente porque estaba convencido, y lo sigue estando, de que la mató él.
— Yo la maté, Visi.
— Fabián.
— Yo saqué el papel de ahí. Si yo no saco el papel de ahí, no pasa nada.
— Fabián, cállate un momento.
Porque yo tenía el papel en la mano. Lo tenía delante, abierto encima de las rodillas, mojado por la esquina, con sus ocho renglones.
Y llevaba un rato largo leyéndolos sin leerlos, dándoles vueltas, buscando una cosa que no estaba, y hasta que Fabián no dijo aquello no supe qué era lo que me faltaba.
La estrofa. El remate. Ocho renglones. Y nada más.
No estaba la línea.
Y la línea la llevaba oyendo yo desde el sábado.
La había oído en La Bocana, en la cola del pan y en la puerta del colegio, y la había oído en mi propia mesa dos veces, y no había en Santoña una criatura que no la supiera de memoria, porque era la buena, era la que tenía retranca, era la que hacía que la gente se mirara de reojo.
Y la que dio lo que era suyo. Ocho palabras que llevaban seis días corriendo por este pueblo.
Y no estaban ahí. No estaban en el papel de Mali, con la mota gris y el canto crudo, escrito con su máquina.
— Fabián — dije, muy despacio, y el papel me temblaba porque tenía las manos frías, que es lo que tienen mis manos en febrero —. Cuando tú lo leíste en La Bocana, el viernes. ¿Tú leíste esto?
— Eso leí.
— Esto y nada más.
— Esto y nada más, mujer, si es que no hay más.
Me levanté. Se me había quedado el pantalón calado de la hierba y no me importó nada. Bocarte soltó el plástico y se puso a dar vueltas alrededor, porque cuando yo me levanto es que nos vamos.
Esa anchoa tiene espina, pensé. Y por primera vez en toda la semana la espina no estaba donde yo llevaba mirando.