Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 19
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Capítulo 19

La luz de febrero entra en la oficina de Olvido Colina por una ventana alta que da al patio, y como el patio es de cemento y la pared de enfrente está pintada de blanco, lo que llega a la mesa a media mañana no es luz de sol sino un rebote frío que se le pone a la gente en la cara y le quita diez años o le pone veinte, según el día.

Aquella mañana del viernes le ponía veinte.

Yo llamé con el nudillo en el cristal y ella levantó la mano sin levantar la cabeza, que quiere decir pasa y espera, y estuve de pie dos minutos mirándola sumar.

La oficina de La Buenamar es un cuarto de cuatro por cuatro con un archivador de persiana, un calendario de una casa de maquinaria y una mesa que era del abuelo.

Encima de la mesa había tres montones de papeles y Olvido estaba en el de la derecha, con las gafas en la punta de la nariz y una calculadora de las de rollo, de esas que imprimen, y el rollo le colgaba hasta el suelo.

— Dime, Visi.

— Vengo a pedirte permiso para una cosa.

— Concedido — dijo, y siguió sumando.

— No sabes lo que es.

— Ya. Pero es viernes y son las once y llevo desde las siete con esto, y si me lo cuentas ahora te voy a decir que sí igual, así que ahórrate el cuento — se quitó las gafas y se apretó los ojos con los dedos —. A ver. Cuenta.

Olvido Colina tiene cincuenta y siete años, es la tercera de su casa que se sienta en esa silla y no le ha gustado nunca.

Eso lo sabemos todas y no lo dice nadie.

Quiso ser otra cosa, se fue a estudiar a Valladolid, volvió a los veintiséis porque su padre se puso malo y ya no se volvió a ir.

Es seria y es correcta y trata de usted a los proveedores, y en veintitantos años yo no la he oído levantar la voz ni una vez, que en una conservera es casi un defecto.

— Quiero entrar en la nave vieja esta noche — dije.

— ¿A qué?

— A mirar la falleba con calma.

Y ahí paró. Dejó el bolígrafo encima del montón y se quedó mirándome, y la luz aquella del patio le daba de lleno.

— Visi.

— Con mi llave. Y sin tocar nada.

— Visi, el sargento cerró eso el martes.

— Ya lo sé.

— Y tú estuviste en el cuartel el martes discutiéndoselo — dijo, y no era una pregunta —. Porque esto es Santoña y aquí me entero yo antes de que salgas por la puerta. La mitad de la mesa lo sabe. Mila lo estaba contando ayer en el bar.

— Pues entonces ya sabes a qué vengo.

———

Se levantó y fue a la ventana, que es lo que hace cuando no quiere que le vean la cara, y estuvo un rato mirando el patio mojado, que no tiene nada que ver.

— El otro día vino el de la compañía — dijo —. El de la luz. Por la factura de la nave vieja.

— Ya.

— Nueve horas con ocho fluorescentes encendidos y el pueblo de Carnaval. Y yo, el lunes por la mañana, con la mujer todavía ahí dentro, refunfuñando por la luz. ¿Tú sabes lo que es eso? — se giró —. Todavía me lo estoy oyendo. Me oigo a mí misma en la puerta diciendo lo que costaba aquello.

— Olvido, eso lo dijimos todas.

— Vosotras lo dijisteis. Yo lo pagué — y volvió a la mesa, y se sentó, y se puso otra vez las gafas, y las volvió a quitar —. Ay, hija. Es que ya no sé ni lo que digo.

Y entonces cogió el montón de la derecha, el que estaba sumando, y le dio la vuelta y me lo puso delante, y yo, que llevo cuarenta años en aquella casa sin entrar en aquella oficina más que a firmar, me quedé mirando un papel que no tenía que estar mirando.

Eran nóminas. Ocho nóminas de enero. Y al lado, grapado, un extracto del banco con una línea marcada en amarillo, y la línea no salía de la cuenta de la empresa.

— ¿Qué es esto? — dije, aunque lo estaba leyendo.

— Eso es enero. Y diciembre está en ese otro montón, y noviembre debajo — Olvido hablaba muy despacio, muy ordenada, como cuando le explica a un inspector por qué el termógrafo tiene un salto —. Llevo dos años pagando las nóminas de mi cuenta, Visi. Dos años en marzo.

———

No dije nada. Hay veces que lo mejor que puedes hacer por una persona es quedarte callada y dejar que termine, y eso lo he aprendido en la mesa, donde una mujer tarda a veces cinco horas en llegar a lo que venía a decir.

— La casa no da — dijo —. No da desde antes de lo de mi padre.

Nosotros hacemos ocho mil barriles y los de ahí abajo hacen ochenta mil, y ellos compran el bocarte en Italia cuando aquí no hay y yo no puedo, y ellos tienen a cuarenta mujeres en dos turnos y yo tengo a ocho y a una jubilada que viene gratis porque le da la gana.

Yo esto lo sé desde hace seis años. Lo sé perfectamente. Está aquí, sumado, en este rollo.

— ¿Y por qué no lo has dicho?

— ¿Que por qué no lo he dicho? — y por un momento pensé que iba a levantar la voz por primera vez en veintitrés años, y no la levantó, claro que no la levantó —.

Porque en el momento en que yo saque la cabeza de esta oficina y diga que esto no da, se ha acabado.

Se acabó para Mila, que tiene sesenta y dos y a ver quién la coge.

Se acabó para Chenta. Se acabó para ti. Y se acabó una mesa en la que se soba a mano desde mil novecientos sesenta y uno, y luego vendrá uno y comprará la marca y pondrá una máquina en Portugal y en el bote seguirá poniendo Santoña.

Eso es lo que pasa el día que yo lo diga. Así que no lo digo.

— La lancha — dije.

Porque en la lancha llevaba yo pensando desde el otoño, como todo el pueblo, y como todo el pueblo me había callado.

La lancha de su padre era una de aquellas de madera de las de antes, con el motor cuidado como un reloj, y estuvo en el mismo amarre cuarenta años, y en septiembre no estaba.

Y en Santoña, cuando desaparece una lancha de un amarre, la gente pregunta, y Olvido dijo que se la había vendido a un señor de Getxo porque no la usaba nadie, y todo el mundo dijo qué pena y todo el mundo se lo creyó porque era verdad.

— La lancha fue agosto y septiembre — dijo —. Y los dos meses de antes fue la casa de Argoños.

Y se calló. Y se puso a enrollar el rollo de la calculadora con dos dedos, muy concentrada, haciendo un cilindro perfecto que no le servía para nada.

———

Estuvimos así un rato largo. Fuera, en la nave, se oía la envasadora y se oía a Obi cantando encima de la envasadora, que canta fatal y no lo sabe.

— Olvido — dije —. El turno del lunes.

— ¿Qué pasa con el turno del lunes?

— Que lo cambiaste tú.

Y entonces se le puso una cara que yo no le había visto nunca en veintitrés años, ni cuando lo de su padre.

— Lo puse en el tablón el miércoles — dijo —.

El miércoles diecisiete, a mediodía, con una chincheta, en el tablón de al lado del reloj.

"Lunes 22: entrada a las nueve, por el desfile del domingo.

" Y me acuerdo perfectamente de lo que pensé mientras lo escribía, Visi, porque pensé: que se lo agradezcan.

Que por una vez que se puede, que duerman.

— Y te lo agradecimos.

— Me lo agradecisteis, sí. La Mila me dio dos besos — cogió el rollo de la calculadora otra vez y se puso a enrollarlo, y ya lo tenía enrollado —.

Tres horas, Visi. Tres horas de nada. Si el turno llega a entrar a las seis, esa puerta se abre a las seis y cuarto, porque a las seis y cuarto va alguien a por hielo, y a las seis y cuarto esa mujer lleva ahí seis horas y media y no nueve y media, y a lo mejor... — y paró.

— Olvido, eso no lo sabe nadie.

— Eso lo sé yo — dijo —. Y me lo sé de memoria, y me lo digo todas las noches desde el lunes, y me lo voy a decir hasta que me muera. Yo escribí ese papel con una chincheta para que ocho mujeres durmieran tres horas más.

Y ahí no había nada que decirle, porque tenía razón y porque no tenía ninguna.

Es una cosa que yo he visto muchas veces en esta villa, y siempre en la gente buena: que se quedan con la parte de la culpa que nadie les ha pedido, y la doblan, y la guardan, y la sacan de noche.

El de la lancha que salió tarde. La madre que dijo coge el coche.

Y ahora Olvido Colina y su chincheta. En la mesa había aquella semana ocho mujeres, y por lo menos tres estaban haciendo la misma cuenta a las cuatro de la mañana, cada una con su papel, cada una sola, y ninguna se lo había dicho a las otras.

— Olvido, el domingo por la noche, ¿tú dónde estabas?

Levantó la cara. Y no se ofendió, y eso me gustó, porque no tenía por qué no ofenderse.

— Debajo de la carroza — dijo —. Con la cuerda de Juli en la mano.

Toda la noche. Desde las nueve hasta las dos, agarrada a la cuerda de ese hombre, porque le dije que si se subía ahí arriba se ataba, y se ató, y yo tuve la cuerda.

Pregúntale a él. Pregúntale a las veinte personas que me estaban dando la lata para que le soltara más.

— Ya lo sé.

— Pues entonces para qué me lo preguntas.

— Porque te lo tenía que preguntar.

— Ya — dijo, y por primera vez en toda la mañana hizo un gesto con la boca que en otra mujer habría sido una sonrisa —. Anda que no eres tú pesada.

Y ahí se acabó, porque ya no había más. Una mujer que lleva dos años metiendo su dinero en un agujero para que ocho mujeres cobren el día veintiocho no gana nada con que se muera Amalia Cubría.

No gana nada, no cobra nada, no hereda nada, y encima le sale la nave precintada tres días en plena campaña y el pueblo entero mirando su puerta.

Lo de Olvido no era un secreto de los que matan, sino de esos otros que te van comiendo por dentro a las once de la mañana, con una calculadora de rollo, en un cuarto sin sol, tú sola, durante dos años.

— No se lo digas a la mesa — dijo.

— No.

— Es que se me van a poner a hacer cosas, Visi. Se me van a poner a decir que se bajan el sueldo, y la Mila me va a coger de la mano, y yo eso no lo aguanto. Yo esto lo llevo bien mientras nadie me coja de la mano.

— No se lo voy a decir.

Cogió el llavero del cajón, buscó una llave, la sacó del aro con la uña y la dejó encima de la mesa, entre las dos, encima de las nóminas de enero.

— Es la del portón grande — dijo —. Por si esta noche no te apañas con la de la puerta chica, que se atasca. Y llévate al perro, que hace compañía.

La cogí.

— Visi — dijo, cuando yo ya estaba en la puerta —. Haz lo que tengas que hacer. Esa nave es tuya para lo que te haga falta y a mí no me tienes que pedir permiso ni esta noche ni ninguna. Que lleva tu nombre en la puerta desde antes que el mío.