Capítulo 18
...y lo que no me cuadraba de Rufino Villegas era precisamente lo que a todo el mundo le parecía normal, que es la peor clase de cosa que no cuadra.
Un hombre falta a un ensayo. Bien. Faltan tres cada año y no pasa nada.
Pero es que el que faltó fue el Besugo, y el Besugo lleva catorce años sin faltar a nada, y cuando la peña le preguntó dónde había estado, Fino, que es un hombre incapaz de callarse ni debajo del agua, dijo que había tenido lío y se puso a mover sillas.
Y nadie preguntó más, porque es Fino, y a Fino no se le pregunta.
Estuve dándole vueltas a eso toda la comida del jueves, con el plato delante, hasta que me levanté y cogí el abrigo.
Viven al final de la calle que sube, en un primero con la galería acristalada, y me abrió Bego con el paño de la cocina en la mano y cara de estar esperando a otra persona.
— Ay, Visi. Pasa, mujer, pasa, que está esto...
No estaba nada, porque aquella casa estaba como está siempre la de Begoña Cagigas, que es de esas casas donde uno se descalzaría sin que se lo pidieran.
Y en el pasillo, colgado de una percha en el marco de una puerta, tapado con una funda de plástico transparente, estaba el traje de Besugo.
Las escamas de tela roja cosidas una a una, la cola con su alambre, y la cabeza aparte, encima del mueble, mirando al techo con esos ojos de plato que le hacen todos los años y que todos los años quedan peor.
— Está Fino, ¿verdad?
— Está Fino, sí — dijo Bego, y no se movió del pasillo —. Visi, ¿tú vienes de la peña o vienes de lo otro?
———
Nos sentamos los tres en la cocina, que es donde se sienta la gente que se conoce.
Fino tenía delante un vaso de leche, a las cinco de la tarde, que es una cosa que hace desde que era crío y por la que lleva cuarenta años oyendo lo que tiene que oír, y estaba con el chándal del autobús y las zapatillas de andar por casa, y era, otra vez, el hombre más querido de Santoña sentado en su propia cocina como si estuviera en la sala de espera de un sitio.
— El jueves dieciocho — dije.
— El jueves dieciocho — repitió él.
— Fino, el sargento te lo va a preguntar. Si no te lo ha preguntado ya.
— Ya me lo ha preguntado.
— ¿Y qué le dijiste?
— Que tuve lío.
Bego dejó el paño encima de la encimera, muy despacio, y se apoyó de espaldas al fregadero con los brazos cruzados, y no dijo nada, y Fino la miró.
Fue una de esas conversaciones que tiene la gente que lleva veinte años casada y que dura medio segundo y en la que se dice todo. Él bajó la vista al vaso de leche.
— Estábamos en Bilbao — dijo Bego.
— Bego.
— Que se lo digo, Fino, que es Visi.
— Ya sé que es Visi.
— Estábamos en Bilbao, en una clínica — dijo ella, y lo dijo mirándome a mí, muy derecha, con esa manera que tiene la gente cuando ha decidido decir una cosa y no piensa decirla dos veces —.
Teníamos la cita a las once y cuarto de la mañana y salimos de allí a las siete de la tarde, porque a mí me tuvieron toda la tarde con una vía puesta.
Y llegamos a Santoña a las nueve y media. Y el ensayo era a las ocho.
En la cocina se oía el reloj de la pared, uno de esos redondos de cocina que hacen un tic muy tonto, y no se oía nada más.
— Cincuenta y dos y cuarenta y cuatro — dijo Fino, hacia el vaso —. Eso es lo que somos. Los de la clínica no nos lo dijeron con esas palabras, pero lo dijeron.
— Fino.
— Es el tercero, Visi. Ésta es la tercera vez. Y ya no hay más — levantó la cara y se rió, porque Fino se ríe, es lo que hace, es lo que ha hecho toda su vida —. Y no lo hemos dicho. Y no lo vamos a decir. Porque aquí eso no se dice.
———
Aquí eso no se dice, no. Aquí se dice todo lo demás.
Aquí se sabe lo que gana cada uno y lo que debe, y con quién se ha ido y por qué ha vuelto, y quién tiene la casa a nombre de la hermana y por qué.
Aquí, si te ponen los cuernos, lo sabe la lonja antes que tú.
Pero hay dos o tres cosas que en Santoña no se dicen, y ésta es la primera de la lista, y no se dice por una razón que no es maldad y que es peor que la maldad: porque en cuanto se sepa, la gente va a ser buena.
Van a ser buenísimos. Le van a poner a Bego la mano en el brazo en la pescadería y le van a decir ay, hija, con esa voz.
Y se lo van a decir con todo el cariño del mundo, cada día, en cada esquina, durante el resto de su vida, y ella va a tener que dar las gracias cada vez.
Y luego está lo que es Fino, que tampoco se dice porque no hace falta.
Rufino Villegas no nació aquí. Se vino de Colindres a los veinte años, con una maleta y un carné de conducir recién sacado, a casa de su tía Casilda, que era la hermana de su madre y que llevaba toda la vida en la conservera.
Y en treinta y dos años ese hombre se ha hecho de Santoña más que los que llevamos aquí desde el bisabuelo.
Lleva a los críos al instituto en el autobús desde hace veinte años y se sabe el nombre de todos, y el de los padres de todos, porque a los padres los llevó él también.
Para en la cuesta de la Ballena aunque no sea parada, porque allí vive la nieta de la Anselma, que va con muletas.
Hace de Besugo desde hace catorce años y lo hace gratis y lo hace mejor que nadie, y el año que se puso malo y lo hizo otro, el pueblo estuvo raro toda la semana.
Cuando alguien se muere en esta villa, en el tanatorio está Fino. No hace falta llamarle. Está.
Aquí, si preguntas por él, nadie dice Rufino Villegas. Dicen el Besugo, y si eres de fuera y no lo pillas, te dicen el sobrino de la Casilda, y ya está, y con eso te vale para toda la vida. Es de esas cosas que un pueblo decide una vez y no revisa nunca.
Y ese hombre estaba en su cocina, a los cincuenta y dos años, con un vaso de leche vacío, diciéndome que ya no hay más.
———
— Bego, yo no se lo voy a contar a nadie.
— Ya lo sé.
— Pero se lo tienes que contar tú al sargento Portilla.
— Eso ya lo hemos hablado — dijo Fino.
— Eso lo has hablado tú — dijo Bego, sin moverse del fregadero.
Y ahí ya me callé, porque aquello no era mío.
Estuve un rato mirándole las manos a Fino encima de la mesa, que las tiene de conducir, blandas, con las uñas cuidadas, unas manos que no han sobado un bocarte en su vida.
Y pensé en el papel de la clínica. Un papel con una fecha y una hora, once y cuarto de la mañana del jueves dieciocho, en un cajón de aquella casa, sin desdoblar del todo.
Un hombre con la coartada más limpia del mundo metida en un cajón y muerto de vergüenza de sacarla.
— Se lo cuentas y él lo apunta y no sale de ahí — dije —. Portilla es de los de antes. A ése los papeles se le mueren dentro de la carpeta.
— Ya.
— Y os quitáis eso de encima.
Fino se bebió lo que le quedaba de la leche de un trago y dejó el vaso, y se le puso otra vez la cara de siempre, que es una cara ancha y buena que se le pone sola.
— Yo lo que quiero es que llegue el sábado — dijo —. Yo lo que quiero es ponerme eso — y señaló con la barbilla hacia el pasillo, hacia el traje colgado —, y subirme ahí, y que se lea. Los suyos, ¿eh? Los de la Mali. Como está mandado. Que este año va a ser el año.
— Va a ser el año, sí.
— Va a ser el mejor Juicio de la historia de este pueblo, Visi, tú hazme caso — se levantó y empezó a recoger el vaso, y a colocar la silla, y a mover cosas de sitio, que es lo que hace cuando algo le llega demasiado adentro.
— Bego — dije —. ¿Tú vas a ir el sábado?
— Yo voy a ir el sábado, a primera fila, y voy a aplaudir hasta que me duelan las manos — dijo, y descolgó el paño otra vez y se puso a doblarlo en cuatro, muy bien doblado, muy despacio —. Y el domingo me tomo yo el día. Que me lo he ganado.
— Ése es el año que viene, Bego — dijo Fino desde la mesa, sin volverse.
— Ése es el año que viene, sí, hijo — dijo ella.
Y a mí me dieron ganas de coger a aquella mujer y meterla en la mesa de sobado, entre Mila y Obi, y que estuviera allí cinco horas oyendo tonterías, que es lo único que sé recetar y que alguna vez ha funcionado.
Pero Bego es auxiliar en la farmacia de Rosalina y se pasa el día detrás de un mostrador diciéndole a la gente que se tome una cada ocho horas, y aguantando que le cuenten.
Ésa es otra cosa que aquí no se dice: que la que escucha a todo el pueblo no tiene a quién contárselo.
Me acompañó él a la puerta. Bego se quedó en la cocina. En el pasillo, al pasar por delante de la percha, Fino le dio un toquecito con el nudillo a la cabeza del Besugo, sin mirarla, de paso, como quien le toca la cabeza a un perro que se ha portado bien.
— Visi — dijo, con la mano en el picaporte —. Oye. Una cosa.
— Dime.
— Mi tía Casilda — y se quedó ahí, buscando —. ¿Tú la ves bien?
— ¿Por qué lo dices?
— No sé. La veo rara — se rascó la nuca —.
Subí el domingo a llevarle el pan y no me abrió.
Y estaba, ¿eh? Estaba, porque se oía la tele.
Y ahora dice que no baja a la mesa porque no se encuentra, y esa mujer ha ido a esa mesa con cuarenta de fiebre, que se lo he oído contar a mi madre mil veces — y sonrió, porque para él no era nada —. Será la edad. Setenta y ocho tiene ya.
— Setenta y ocho — dije.
— Pásate a verla, anda, que a ti te hace caso. A mí me manda a paseo.
Bajé las escaleras despacio, agarrada al pasamanos, que es de esos de madera fina que hay en las casas de los cincuenta. Y en el portal me quedé un momento antes de salir a la calle, con la mano todavía en la barandilla y sin ninguna razón para estar parada allí.
Esa anchoa tiene espina.