Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 17
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Capítulo 17

Cinco céntimos el folio en blanco y negro, veinte el color, dos euros la encuadernación de canutillo y ocho el plastificado del carné.

Está escrito en un cartón amarillo pegado con celo por dentro del escaparate, con los precios de encima tachados a bolígrafo, y lleva ahí desde antes de que existiera el euro, porque Nati Somarriba tacha pero no tira.

Copias Rápidas Nati abre a las nueve y a las nueve y cuarto del jueves veinticinco yo estaba dentro, con las botas puestas y oliendo a lo que huelo, delante del mostrador.

— Ya sabía yo — dijo Nati.

— ¿Ya sabías qué?

— Que ibas a venir. Se lo dije ayer a mi hermana. Le dije: como esto no lo arreglen, la Espina se planta aquí antes del viernes — puso las dos manos en el mostrador, planas, con las uñas pintadas de rojo, que en esta villa a las nueve de la mañana es una declaración de principios —. Y mira. Jueves.

La tienda de Nati es lo contrario de la de Mali y las dos están a ciento veinte metros la una de la otra.

Aquí todo es blanco, hay una máquina grande que hace un ruido de oficina, hay tres estanterías de material escolar y un expositor giratorio de fundas de plástico, y huele a tóner, que es un olor de ciudad.

La Marea huele a tinta de verdad y a papel viejo y tiene el suelo de madera combado.

La gente joven viene aquí. La gente de mi edad iba allí, y ahora ya no sé adónde va a ir.

— Nati, yo no vengo a acusarte de nada.

— Anda que no. Si lleváis desde el lunes — se apartó un mechón con el dorso de la mano —.

En la peluquería. El martes. Que si la Nati llevaba años queriendo escribir los versos, que si la Nati esto, que si la Nati lo otro.

Y yo callada, Visi, yo callada como una muerta, y perdona la manera de señalar.

— ¿Y por qué callada?

— Porque tengo doscientas copias en el almacén — dijo.

Lo dijo así, de golpe, sin que yo hubiera abierto la boca, y luego se quedó parada con la mano en el mechón, quieta del todo, con la cara de quien se acaba de oír a sí mismo.

———

Me llevó al almacén, que es un cuartito detrás de la cortina de tiras con las cajas de papel apiladas hasta el techo y un radiador que no funciona.

Sacó una caja de las de abajo, de las de folio A4, y la puso encima de otra, y le quitó la tapa con las dos manos, despacio, con un cuidado que a mí me dio pena antes de ver lo que había dentro.

Eran cuadernillos. Doscientos cuadernillos grapados de ocho páginas, con la portada en color, un besugo dibujado con el ordenador y una letra de esas modernas, y un título: "Los versos del Juicio en el Fondo del Mar". Y debajo, en pequeño: "Natividad Somarriba".

— Están impresos desde hace cuatro años — dijo —. Los reimprimo cada febrero. Les cambio el año y los vuelvo a tirar. Doscientos. Y los meto ahí.

— Nati.

— Cada año me digo: este año lo deja. Que tiene sesenta y cuatro, que está cansada, que un día se pone mala y no puede y entonces alguien tiene que tener los versos hechos, y ese alguien voy a ser yo, y voy a llegar con la caja debajo del brazo y voy a decir: tranquilos, que están aquí — se rió, y no era una risa —.

Cuatro años. Ocho mil folios he tirado a la basura yo con esa tontería.

Cogí uno. Ella me miró cogerlo y no me lo quitó, que es lo que quería hacer.

— Léelo — dijo.

— Nati, no hace falta.

— Léelo, Visi, hazme el favor, léelo, que llevo cuatro años queriendo que lo lea alguien y ya no va a poder ser en la carpa.

Lo leí. Estuve allí de pie, en un almacén frío, con el papel en las manos, leyendo los versos que Natividad Somarriba llevaba cuatro años guardando en una caja debajo de otras cajas.

Y eran malos. No eran regulares ni eran mejorables: eran malos de una manera que le encoge a una el estómago, con las rimas cogidas por el pelo y todos los chistes explicados dos veces por si acaso, y con esa cosa que se les nota a los versos escritos por alguien que quiere caer bien.

Los de Mali no querían caer bien. Ésa era toda la diferencia y estaba entera en cuatro páginas.

Nati me miraba la cara mientras yo leía y ella ya sabía lo que ponía.

— Son horrorosos — dijo.

— Nati...

— Que son horrorosos, mujer, que no soy tonta — me quitó el cuadernillo de las manos, y lo cerró, y lo dejó en la caja con los otros, y le puso la tapa —.

Yo tengo una máquina que imprime en cuatro colores y sé encuadernar de siete maneras y llevo veintiséis años sacando adelante esta tienda yo sola.

Y no sé escribir. Eso es lo que hay. Ella cogía cuatro palabras de la calle, las ponía en fila y la gente se caía de la silla.

Yo llevo cuatro años haciendo esto y me sale esto.

———

Sonó la campanilla de la puerta y Nati salió del almacén en dos zancadas, apartando la cortina de tiras, y para cuando llegó al mostrador ya era otra mujer. Era una chavala del instituto con un trabajo en un lápiz de memoria y muchas prisas.

— A doble cara.

— ¿Grapado?

— Es que la profesora dijo que...

— Grapado — dijo Nati, y lo grapó.

La chavala pagó con el móvil y se fue, y la campanilla volvió a sonar, y Nati se quedó mirando la puerta con las dos manos en el mostrador.

En este pueblo hay dos imprentas desde hace veintiséis años y eso, para Santoña, es una guerra larga.

Mal no se llevaban, se llevaban de una manera muy concreta que aquí conoce todo el mundo, con el saludo en la calle y con la puñalada en el presupuesto.

Cuando el ayuntamiento sacó lo de los carteles, Mali bajó el precio hasta lo que no se puede.

Cuando la peña quiso los programas en color, Nati los hizo gratis un año, gratis del todo, para llevárselo.

Y luego se saludaban en la pescadería y se preguntaban por sus madres.

Aquí es así. Aquí puedes estar veintiséis años arruinándole el negocio a una mujer y darle el pésame de verdad cuando se le muere el marido, y las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y a la gente de fuera esto no hay manera de explicárselo.

Lo que Nati no le pudo quitar nunca fue lo único que valía la pena.

Los versos no se pagaban. Ni un euro en treinta y un años.

Mali los escribía en noviembre, los corregía en enero y los imprimía en su máquina en febrero, y el pueblo se los oía y le pagaba con lo que se paga aquí, que es con el mote, con la butaca de primera fila y con que la llamaran de la mesa del ayuntamiento para preguntarle si le parecía bien la fecha.

Nati tiene la tienda con la máquina buena, los precios en el escaparate y la puerta que suena. Y no tiene eso. Y eso no se compra.

———

Nos sentamos en el mostrador, cada una en un lado, y Nati puso la cafetera que tiene debajo de la registradora, que es una de esas de cápsulas, y me sacó un café en un vaso de plástico que quemaba.

— ¿Tú sabes lo que va a pasar con la tienda? — me preguntó —. Con La Marea.

— No tenía hijos.

— No tenía hijos, ni hermanos, ni nada. Estaba Fabián, y Fabián no es nada suyo en un papel — removió el café con el dedo, se quemó y no dijo ni ay —.

Ahí dentro hay una máquina de mil novecientos setenta y dos que todavía anda.

Y hay una pared de carpetas de hule, Visi, desde el sesenta y ocho, con una copia de cada cosa que se ha impreso en este pueblo en cincuenta y siete años.

Las esquelas de tu padre están ahí. Los recordatorios de mi comunión están ahí. Todo.

— Ya.

— Y eso, en cuanto venga un sobrino de Bilbao con una furgoneta, va al contenedor en dos tardes — se quedó callada un momento —. Yo lo cogería.

— ¿Tú?

— Yo, sí. Yo — y me miró, retándome, con las uñas rojas alrededor del vaso de plástico —.

Ya sé lo que estás pensando. Que llevo veintiséis años queriendo que cierre.

Pues sí. Que cierre la tienda, no que se queme el pueblo.

Eso son cincuenta años de Santoña en carpetas de hule y no lo tiene nadie más.

Ni el ayuntamiento. Ni la iglesia. Lo tiene ella, en una pared, ordenado por años, porque era una maniática. Ponlo donde quieras, pero no lo tires.

Y ahí, por primera vez en toda la mañana, Natividad Somarriba me cayó bien del todo.

— ¿Sabes lo que más rabia me da? — dijo —.

Que ahora ya no puedo escribirlos nunca.

Nunca, Visi. Aunque me lo pidieran de rodillas.

Porque a partir de ahora los versos del Juicio son los versos de la Mali, y el que suba ahí a leer los suyos es el que quiso ser la Mali. Y yo eso no lo aguanto. Ni yo ni nadie.

Y ahí se acabó, para mí, lo de Nati Somarriba.

No hizo falta preguntarle dónde estaba el domingo por la noche, aunque se lo pregunté, y estaba donde estábamos todos, con la peña, en la calle, y luego en La Bocana hasta las tantas, y me dio tres nombres sin que yo se los pidiera y los tres eran buenos.

Pero eso da igual. A Nati lo que le hacía falta no era una Mali muerta.

Lo que le hacía falta era una Mali viva y jubilada, sentada en primera fila viéndola leer a ella.

Muerta, Mali le ha quitado el sitio para siempre, y Nati lo entendió el lunes por la mañana, antes que nadie, y por eso lleva desde el lunes con las uñas rojas y la boca cerrada.

La envidia es una cosa muy fea y muy pequeña y no mata a nadie. Lo que mata está más abajo.

— Nati — dije, ya en la puerta, con el vaso en la mano —. Una cosa. Tú de papel sabes.

— Yo de papel sé más que nadie en esta provincia.

— ¿Mali en qué tiraba las galeradas?

Ni lo pensó. Cuando le preguntas a alguien de lo suyo, contesta antes de que le dé tiempo a ponerse a la defensiva, y eso lo aprendí yo en la mesa mucho antes de que hiciera falta para esto.

— En reciclado de ochenta — dijo —. En un reciclado de ochenta gramos que compraba en Bilbao, gris, con la mota.

Yo se lo dije mil veces: Mali, que eso para pruebas es tirar el dinero, que con un sesenta te vale.

Y ella que no, que el ochenta le aguantaba la tinta y que el sesenta se le transparentaba. Como una mula.

— ¿Y se distingue?

— ¿Que si se distingue? — Nati me miró desde arriba de sus gafas, ofendidísima —.

Visi, hija, ese papel te lo conozco yo a un kilómetro.

Tiene la mota gris y el canto crudo. En este pueblo ese papel no lo gasta nadie más que ella, porque no lo vendo yo y porque hay que pedirlo fuera.

Cualquier papel que veas por ahí con la mota gris salió de la máquina de la Mali. De ninguna otra.