Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 16
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Capítulo 16

La máquina de hielo de la cofradía no se parece a nada.

Es un ruido de dientes, un raspar de metal contra metal que empieza arriba y baja por el tubo hasta que la escama cae en el cajón con un suspiro, y luego vuelve a empezar, y así toda la noche, todo el invierno, todos los años de mi vida.

La gente de fuera no duerme la primera noche que la oye.

Nosotros no dormimos la noche que se para.

Ceferino Toca estaba debajo de aquel ruido a las diez y media de la noche del miércoles, en la sala de la cofradía, con el flexo encendido encima de las hojas de la subasta y un jersey de cuello vuelto que no era el suyo.

Yo había subido a llevarle las cuentas de la peña, que es una excusa, y las dos lo sabíamos, solo que él todavía no.

— Visi Salcines — dijo, sin levantar la vista, con esa voz que tiene, que no la baja ni cuando susurra —. La Espina. A las diez y media de la noche. Mira qué bien.

— Traigo lo de la peña.

— Trae lo de la peña.

Le dejé las hojas encima de la mesa y él las apartó con dos dedos, sin mirarlas, hacia el montón de las cosas que se miran nunca.

En Santoña, el patrón mayor de la cofradía es un cargo que no se explica bien fuera de aquí, porque no se parece a un jefe ni a un alcalde: es el hombre al que se le pregunta cuándo se sale y cuándo no se sale, y al que treinta y tantas familias miran a la cara cuando hay galerna y hay una lancha fuera, y el que tiene que decir lo que nadie quiere oír y aguantarse con lo que le contesten.

Cefe lleva en ese sillón ocho años, tiene la voz más grande de la villa y una mano de hierro que ha hecho llorar a hombres de cincuenta años, y Mali lo lleva poniendo en verso todos los febreros desde que ninguno de los tres teníamos canas.

— Treinta y un años — dije —. Te ha puesto en verso treinta y un años seguidos.

— Treinta y dos, guapa. Que el primero no lo cuenta nadie porque fue en la carpa vieja y llovió.

— Y tú nunca te has reído.

— Yo no me río de nada, Visi, que para eso está el pueblo — cogió el bolígrafo, lo dejó, lo volvió a coger —.

¿Eso es lo que vienes a preguntarme? Porque si es eso ya te lo contesto: sí, me tocaba las narices.

Todos los años. Y todos los años iba, y me sentaba en primera fila, y me aplaudían cuando me tocaba, y así treinta y dos años.

Eso no es un motivo. Eso es ser de aquí.

— El del temporal fue gordo.

— El del temporal — Cefe cerró los ojos un momento, y cuando los abrió estaba diciéndolo, sin pararse a buscarlo, con el bolígrafo marcando el compás encima de la mesa —. "Y bajó don Ceferino / a decirle a la galerna..." — se paró en seco y se pasó la mano por la boca —. Bueno. Da igual.

— ¿Cuántos años hace de ése?

— Nueve.

Nueve años, y lo tenía entero. Y no era el único que lo tenía entero: aquel verso lo cantaron en la lonja hasta junio, y todavía hoy hay quien le dice a Cefe lo de la galerna cuando quiere buscarle.

Ésa era Mali. Cogía a un hombre al que le tienen miedo treinta y cinco patrones, lo ponía en cuatro renglones, y a partir de esa noche el hombre ya no daba tanto miedo.

Durante una semana al año, en Santoña no mandaba la cofradía ni mandaba el dinero ni mandaba el apellido: mandaba una señora de sesenta y cuatro años con una imprenta y un cuaderno.

Y luego se acababa el Carnaval y todo volvía a su sitio, y por eso se le consentía.

Un pueblo aguanta que le digan la verdad si se la dicen con música y una vez al año.

———

Yo no había ido a preguntarle por los versos y él lo sabía.

En este pueblo, cuando alguien te suelta lo que crees que has venido a buscar, y te lo suelta rápido y ordenado, es que hay otra cosa debajo.

La anchoa se conoce por fuera: la coges, la pasas por el pulgar y ya te dice si está entera o si por dentro le ha quedado algo. Aquella no estaba entera.

— Cefe. El domingo.

— El domingo qué.

— El domingo te tiraron a la dársena a las once y media.

La máquina de hielo escupió una carga en el cajón y se paró, y en la sala se quedó ese silencio grande que dejan las máquinas cuando terminan, y Ceferino Toca, patrón mayor de la cofradía de pescadores de Santoña, se quedó mirando la mesa con las manos abiertas encima de las hojas de la subasta.

— Fue la murga — dijo.

— Ya sé que fue la murga.

— Fue la murga, que llevan quince años queriendo hacerlo y este año les salió, y yo iba de espaldas y no los vi venir.

Y fue en broma, Visi, que conste. Que no vengas tú ahora a hacerme un problema de una broma.

Aquí se tira al agua al que se pone tonto y yo llevo toda la vida riéndome cuando le tocaba a otro.

— Cefe.

— Y estaba la bajamar. Eso es lo que pasó — y entonces levantó la cara y me miró, y a un hombre así no se le ve nunca la cara desde abajo, y yo se la estaba viendo —.

Que estaba la bajamar, Visi. Que si llega a estar la mar alta me saco yo con el brazo y no pasa nada y aquí no ha pasado nada.

Pero estaba la bajamar y había cuatro metros hasta el muelle y no había escala en veinte pasos, y yo me quedé ahí abajo, en el agua, delante de doscientas personas y con medio pueblo grabando con el teléfono, veinte minutos.

— Veintidós — dije.

Porque eso lo tenía. Mi hija se pasa la vida con la tabla de mareas en el bolsillo del pantalón, y en el Carnaval del Mar todo se cuelga de la marea, porque el desfile baja al muelle cuando el muelle se puede pisar y no cuando le apetece a nadie.

Sara me lo había dicho el miércoles en la marisma sin darle importancia, con la tabla plastificada en la mano: bajamar del domingo, las once y veintidós de la noche.

La murga tiró a Cefe con la mar en el fondo.

Sacarlo costó lo que cuesta bajar una escala de mano por un cantil de piedra mojada con doscientos borrachos ayudando.

A las doce menos cuarto de aquella noche, mientras alguien echaba una falleba en la nave vieja, había en la dársena de Santoña doscientas personas mirando todas a la misma cosa, y la cosa era Ceferino Toca.

— ¿Y tú por qué no lo dijiste? — le pregunté —. El lunes estaba la Guardia Civil preguntando a todo el mundo dónde había estado. Y tú le dijiste al sargento que estabas en La Bocana.

— Es que estaba en La Bocana.

— Desde la una.

— Desde las doce y cuarto.

— Cefe, ¿por qué no lo dijiste?

Y ahí se le acabó, y fue rápido, y no fue bonito de ver. A un hombre grande se le nota más, porque no tiene dónde meterse.

— Porque no sé nadar — dijo.

———

Cincuenta y ocho años. Eso es lo que me dijo.

Cincuenta y ocho años y ni un solo día sin ese peso, en un pueblo que está metido en el agua por tres lados y donde hay críos de cuatro años que se tiran del espigón de cabeza.

Su padre lo intentó y no hubo manera; se ve que hubo un asunto en la playa de San Martín cuando él tenía seis años y del que no quiso hablar más que para decir que su hermano lo sacó del agua tirándole del pelo.

Y después ya fue tarde, y después ya era el hijo del patrón, y después ya era el patrón, y a un patrón mayor no se le puede caer eso encima.

Aprendió a no acercarse. Toda una vida aprendiendo a no acercarse, y nadie se dio cuenta jamás, y a mí me tuvo que sentar en aquella silla un miércoles de febrero para verlo: Cefe dirige el montaje del Juicio desde el fondo de la nave.

Cefe da las órdenes de la lonja desde arriba.

Cefe no ha subido a una lancha en catorce años y nosotros decíamos que era por la espalda.

— Estuve hasta la una en La Bocana — dijo —.

Empapado, con la ropa de Chuchi, que le viene a un hombre de mi tamaño lo que le viene, y todo el mundo dándome palmadas en la espalda y riéndose, y yo riéndome también.

Y no podía irme a mi casa, Visi. No podía irme porque si me iba se me notaba. Así que me quedé riéndome hasta la una.

— Cefe.

— Y ahora viene ella y se muere, y viene el sargento a preguntarme dónde estaba, y yo qué le digo. ¿Le digo que estaba a cuatro metros por debajo del muelle cagado de miedo? ¿Se lo digo al sargento y para el viernes lo sabe la lonja entera?

— El sargento no habla.

— El sargento no habla, no. Los doscientos que estaban mirando sí.

No le dije que llevaban veintidós minutos mirándolo y no se habían enterado de nada, porque ésa es la verdad y no le habría servido.

La gente no ve lo que tiene delante. Yo llevo cuarenta años en una mesa mirando manos y no había mirado nunca una hoja de acero como es debido hasta que me hizo falta.

— ¿Y el domingo? — le pregunté —. El domingo, cuando saliste del agua. ¿Qué pensaste?

— ¿El domingo? — se quedó pensándolo de verdad, que es una cosa que hace Cefe y que la gente no le reconoce —.

El domingo, cuando me vi ahí abajo con el agua por el pecho y la piedra a cuatro metros, ¿sabes lo que pensé?

Pensé: ya está. Ya se acabó. Cincuenta y ocho años y se acabó aquí, delante de todos, en la dársena de mi pueblo, con una murga tocando.

Y luego bajaron la escala y me subieron y me dieron una manta y todo el mundo se reía y me daba palmadas, y me di cuenta de que no se había acabado nada.

Que no se había enterado ni Dios. Y eso fue peor, Visi.

Te lo juro por lo que quieras. Eso fue mucho peor.

— ¿Por qué peor?

— Porque tenía que volver a empezar el lunes.

— Anda, Visi, siéntate un rato — dijo, y arrastró la silla de al lado con el pie, y hablamos de otra cosa, que es lo que se hace.

Hablamos del Juicio y de Fino, que se sabe los versos de Mali de memoria desde hace catorce años y este año los va a decir de otra manera. Hablamos de la carpa y de la lona rota. Y en algún momento, sin que yo se lo preguntara, Cefe se rió por primera vez en toda la noche.

— Lo que hay que oír este año con lo del medio siglo — dijo —. ¿Sabes lo que te digo? Que para mí que va por la cabeza.

— ¿Qué cabeza?

— La del setenta y uno, mujer. La del Besugo del setenta y uno — me miró como se mira a los tontos, con cariño —.

Esa cabeza no se quemó, Visi. Esa cabeza está en un desván de este pueblo, tapada con una manta, desde hace cincuenta años, y yo lo sé, y tú lo sabes, y lo sabe hasta el gato.

La quemaron un año más tarde, dijeron. Y una porra.

Yo tenía siete años y yo estaba allí y allí lo que ardió fue un cajón de naranjas con dos ojos pintados.

Volví andando a casa por el muelle, con el frío ese de dentro que hace en Santoña en febrero cuando ha llovido y para.

La máquina de hielo se oía desde la esquina y luego ya no.

Y yo iba pensando en una tontería, que es en lo que va pensando una cuando no quiere pensar en lo otro: iba contando desvanes.

En esta villa hay tres mil casas y casi todas tienen desván, y en los desvanes de aquí no se guarda nada que valga y no se tira nada que se pueda guardar.

Contando salían muchos. Contando salían demasiados.