Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 15
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Capítulo 15

— Setenta euros — dijo Juli Barquín, y lo dijo hacia el banco de trabajo y no hacia mí —. Con el impuesto, ochenta y cuatro con setenta. Eso es lo que cobré yo por esa puerta.

El taller de mantenimiento está al fondo de la nave nueva, detrás de la envasadora, en un cuartucho de tres por tres que huele a grasa y a soldadura y que es el único rincón de La Buenamar donde no huele a pescado, cosa que a Julián le ha parecido siempre un privilegio y que a nosotras nos ha parecido siempre una injusticia.

Bajé a media tarde, con la mesa ya recogida y las chicas camino de sus casas a dormir la resaca de una semana que no se acababa, y me lo encontré sentado en el taburete con las manos colgando entre las rodillas y la persiana metálica echada hasta la altura de la cintura, que es la manera que tiene un hombre de este pueblo de decir que no está para nadie sin tener que decirlo.

— Juli.

— Ya sé a lo que vienes.

— No vengo a nada.

— Anda que no.

Encima del banco, entre un motor destripado y una caja de arandelas, había un tirador de acero dentro de su bolsa de plástico, con la etiqueta del proveedor grapada y el precinto sin abrir.

Lo cubría una capa de polvo que no se hace en una semana ni en un mes: eso es polvo de un invierno entero y del siguiente, del que se posa despacio encima de las cosas que uno se promete todos los lunes y no hace nunca.

— Lo compré — dijo Juli, y por fin levantó la cabeza —. Que conste que lo compré. Que yo no me quedé con el dinero para irme de vinos. Ahí está. Lo pedí, lo pagué la casa, lo facturé y lo dejé encima de este banco.

— Ya lo veo.

— Se rompió en octubre. Se le fue el muelle de dentro y se quedó la palanca floja, bajando en falso.

Lo facturé en noviembre, con la revisión de las líneas, en el mismo parte, mira — y se puso a revolver una carpeta de anillas con las manos torpes de no dormir, buscando un papel que yo no le había pedido —.

Está aquí. Mano de obra y pieza. Setenta euros.

Y luego vino la campaña, y luego se me fue la cinta de la dos dos veces en un mes, y luego lo de mi madre y los tres meses de subir y bajar al hospital, y para cuando quise acordarme era Navidad.

Cerró la carpeta sin encontrar el papel.

— Y en Navidad esa cámara no la abre nadie más que tú.

En La Buenamar hay dos cámaras y una de ellas no cuenta.

La nueva es la que trabaja: entra y sale gente todo el día, tiene el tirador que tiene que tener y una luz verde en el marco.

La vieja está cruzando el patio, en la nave del abuelo de Olvido, y allí dentro solo hay barriles de salazón criando su tiempo a un grado, y por esa puerta paso yo, y pasa Olvido cuando se acuerda, y en febrero pasa la peña con los decorados.

El tirador de seguridad de dentro se rompió y nos reímos.

Nos reímos todas, ocho mujeres, durante dos años enteros.

Que no se te ocurra soltar la puerta, que te quedas ahí hasta el bocarte.

Que si entras a por hielo lleves la cuña.

Que a ver si va a resultar que el hielo se come a la Chenta.

Doscientas veces habremos hecho ese chiste, y lo hacíamos porque era un chiste, porque llevar dos años riéndote de una cosa es la manera más segura que tiene un pueblo de no arreglarla.

— Juli, esa broma la hemos hecho todas.

— Vosotras la hicisteis. Yo la cobré — dijo, y se quedó mirando el tirador precintado sin hacer ademán de tocarlo.

Me apoyé en el quicio y no dije nada, porque lo que quería decirle no me servía a mí para nada y a él tampoco.

Yo llevo cuarenta años abriendo puertas en esta casa y sé lo que pesa cada una.

Sé que la de la cámara vieja se cierra sola con un golpe seco, de resorte, de los de antes de que todo se hiciera con imanes y con avisadores, y sé que por dentro no tiene más que una palanca de acero pintada de rojo que hay que bajar.

Y sé, porque me lo enseñó Casilda cuando yo tenía dieciséis años y ella me metió en aquel frío la primera vez, que a la cámara vieja se entra con la cuña de madera puesta y punto, y que a la mujer que entra sin cuña no hay quien la salve de sí misma.

La cuña lleva detrás de esa puerta desde siempre. Mali no la puso.

— La Guardia Civil ya tiene la factura — dije.

— Ya. Se la di yo el lunes — Juli se pasó la palma por la cara, de arriba abajo, despacio —.

Se la di yo, Visi. El sargento me preguntó si el tirador estaba roto y le dije que sí y le dije desde cuándo, y le enseñé el parte donde pone que lo arreglé.

Y él lo leyó y dijo "muy bien" y lo apuntó.

Y yo me fui a mi casa y ya no he vuelto a dormir.

— ¿Y por qué no se lo dijiste?

— ¿El qué? ¿Que cobré setenta euros por un trabajo que no hice? — se rió una vez, con la boca, hacia abajo —. Que se lo digo, mujer, que se lo pienso decir. Llevo cinco días yendo hasta la puerta del cuartel. Ayer llegué hasta el felpudo.

———

Hay una cosa que en este pueblo no se perdona y no es robar.

Robar setenta euros es una guarrada y se arregla devolviendo setenta euros.

Lo que no se perdona es que la gente sepa que eres el hombre que cobró setenta euros por la puerta donde se quedó Mali, y eso ya no lo arregla nadie, ni el juzgado, ni el cura, ni cincuenta años de portarse bien.

Se lo llamarían con cariño, además, que es lo peor que tiene esto: le pondrían un mote nuevo y se lo dirían riéndose, y él tendría que reírse también, y así hasta que se muriera.

Juli ya carga con uno. Le llaman el Manazas desde que tenía veinte años por una tubería que no fue culpa suya, y es el mejor técnico que ha entrado en esta casa, y da igual.

— Enséñame el parte — dije.

Lo encontró a la tercera. Papel amarillo de copia, de esos de calco, con la letra apretada de Juli y la fecha de noviembre y la firma de Olvido debajo, que firma todo lo que le ponen delante porque no le queda tiempo para más.

Mano de obra, una hora. Pieza, tirador interior de seguridad con desbloqueo.

Setenta euros. Y el número de la factura del proveedor, que estaba, y la pieza, que estaba también, encima del banco, precintada y con su polvo.

— Está todo — dije.

— Está todo menos la hora que no eché.

— Está todo, Juli. Lo compraste, lo cobraste y no lo pusiste. Eso es lo que has hecho y no es más que eso.

— Es que no sé si es más.

Me quité el gorro y me lo metí en el bolsillo del delantal, y estuve un rato mirando el tirador aquel dentro de la bolsa, tan nuevo, tan brillante, con su etiqueta y su código de barras, esperando desde el otoño pasado en el sitio equivocado.

— El domingo por la noche — dije —, ¿dónde estabas?

— ¿Yo? — Levantó la cara con la boca entreabierta, igual que si le hubiera preguntado de qué color es el agua —. En la carroza.

— Toda la noche.

— Toda la noche, Visi, que me subí a las nueve y me bajé a la una y media y no me bajé antes porque no se puede bajar. Está la escalera por dentro y la escalera la tapa el pulpo. Si te bajas, tienes que desmontar el pulpo. Nos lo dijo Nati.

Yo lo había visto. Ésa es la parte tonta de este pueblo, y a mí me pasó lo mismo que a todo el mundo: preguntas por la coartada de un hombre y resulta que la coartada eres tú.

La carroza de Los Sobados pasó por delante de mi portal el domingo a las once y media largas, con Juli subido en lo alto del pulpo dándole a la manivela para que movieran las patas, y veinte personas más agarradas al andamio, y Mila abajo con el megáfono organizando lo que no había manera de organizar.

A las once y cuarenta y uno de aquella noche Julián Barquín estaba a cuatro metros del suelo, encima de un remolque, delante de doscientas personas, sujeto con una cuerda por la cintura porque Olvido no le dejó subirse de otra manera.

No hay coartada mejor en el mundo que un pulpo de cartón.

— Ya lo sé — dije —. Estaba yo mirando.

— Pues eso.

— Eso no es lo que te quita el sueño, Juli.

Y se quedó callado, porque no lo era.

———

Lo dejé hablar. Habló de su madre, que también empezó por una tontería y acabó como acabó; habló de la cinta de la dos; habló de que él pensaba ponerlo en enero, que lo tenía puesto en el móvil, con alarma y todo, y me lo enseñó, y allí estaba: "tirador cámara vieja", repitiéndose todos los lunes desde hacía catorce meses, apagado y encendido y apagado.

Y cuando se quedó sin cosas que decir, me preguntó lo que llevaba cinco días queriendo preguntarle a alguien.

— Visi. Si yo llego a poner eso, ella hoy está viva.

Yo podría haberle dicho que no. Es lo que se dice.

Se pone una la voz esa que se pone y se dice que no, hombre, no, que qué culpa vas a tener tú, que eso lo habría hecho cualquiera, que no le des más vueltas.

Se dice y se sale y se cierra la persiana y el hombre se queda igual de despierto que estaba, porque lo que le has dicho no era verdad y él lo sabe mejor que tú.

Si Juli llega a poner el tirador, Mali abre la puerta desde dentro.

Eso es así. No hay manera de darle la vuelta ni sirve de nada intentarlo, y él tenía todo el derecho del mundo a saber que yo no le iba a mentir en su propio taller.

Pero hay otra cosa que también es así, y es que aquella puerta la había abierto Mali sabiendo lo que sabía todo el pueblo, y que aquella noche la nave estaba encendida y no la encendió Juli, y que a la cámara vieja no se va a las once y media de la noche de un domingo de Carnaval a por nada bueno.

Del tirador roto sale una mujer atrapada.

De la falleba echada por fuera no sale nada más que una mano.

Le puse la mano en el hombro. Tengo los dedos anchos y planos de quitar piel y en invierno los tengo hinchados, y a Juli le crujió el hombro debajo, de puro cansancio.

— Vete a casa, Juli — le dije —. Y mañana devuelves los setenta euros y se lo cuentas a Olvido.

— ¿Y ya está?

— No — le dije —. Ya está no.

Y nos quedamos los dos ahí, él sentado y yo de pie, con el tirador nuevo encima del banco entre los dos, sin decir ninguno de los dos la única cosa que había que decir, que era que en parte sí.