Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 14
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Capítulo 14

Bocarte se subió al banco del vestuario el miércoles veinticuatro a las seis menos diez de la mañana, cosa que tiene prohibida desde que es un perro, y se puso a lamer el papel de plata de un bocadillo que se había dejado alguien encima de la taquilla, con las patas de delante en el banco y el rabo dando vueltas.

— ¡Bocarte!

Ni caso.

— Bocarte, baja de ahí.

Bajó cuando acabó, que es cuando bajan los perros de agua, y bajó con el papel en la boca y con esa cara de no haber roto un plato que ponen los animales cuando acaban de comerse algo que no era suyo, y se metió debajo de la mesa con el papel y se pasó veinte minutos royéndolo.

— Visi, ese perro está gordo — dijo Obi, poniéndose la cofia delante del espejo.

— Ese perro está fuerte.

— Ese perro está gordo, hija, que te lo digo yo que le veo desde abajo. Ese perro es un barril con patas.

— Es que le dais de comer todas.

— Yo no le doy nada — dijo Nerea, que estaba dándole media magdalena en aquel preciso momento, agachada, con la mano estirada por debajo de la mesa y la cara de una que se cree invisible.

Y la mesa se rió, y a las seis en punto estábamos las siete sentadas con las manos en la salmuera, y aquélla fue la primera mañana desde el lunes en que la nave volvió a sonar como suena.

Se tarda tres días. En esta casa se ha muerto gente antes y siempre se tarda tres días, y al tercero alguien dice una tontería y ya está, y no se olvida nadie de nada, lo que pasa es que hay cuatro mil kilos de bocarte esperando y el bocarte no sabe lo que ha pasado.

———

Casilda tampoco vino, y lo cuento aquí porque es donde toca contarlo y porque a nadie de aquella mesa le extrañó ya.

El martes había dicho por teléfono que no se encontraba y que el miércoles venía, y el miércoles no vino, y a las siete y cuarto Mila dijo que menudo catarro andaba suelto, y Obi dijo que a los setenta y ocho años un catarro es un catarro y no es una broma, y Chenta dijo que con este tiempo, y ahí se acabó la conversación.

Yo la llamé a las once desde el patio y me contestó al octavo tono y me dijo lo mismo con las mismas palabras, que no se encontraba, hija, y que mañana iba.

Estaba muy mayor. Eso es lo que pensábamos todas y eso es lo que nos decíamos unas a otras mientras trabajábamos: que se nos había puesto muy mayor de repente, que desde enero ya no bajaba ella a la compra, que lo de las piernas venía de lejos y que un día había que llevarla al médico aunque fuera a rastras.

Y encima lo de Amalia, que se conocían de toda la vida, que en un pueblo de éstos una mujer de setenta y ocho años ha visto nacer a la de sesenta y cuatro y ha ido detrás de ella a todas las bodas y a todos los entierros durante medio siglo.

Olvido había subido el lunes y había estado dos horas y había bajado sin contar nada.

— Voy a subir yo esta tarde — dije.

— Sube, sube, que a ti te hará caso.

Y no subí, porque a las nueve y media de aquella mañana pasó lo que pasó y aquella tarde yo ya estaba en otro sitio con la cabeza.

Y no he dejado de darle vueltas, y no por lo que se pueda pensar cualquiera que sepa ya cómo acaba esto: por lo otro.

Porque una mujer de setenta y ocho años llevaba tres días sola en su casa diciendo que no se encontraba, y su gente, que la quería, que la quería de verdad, tenía todos los días algo mejor que hacer. Yo el primero de todos.

———

Lo del vídeo empezó como empiezan las cosas de Nerea Gándara, que es por vanidad pura, y eso hay que decirlo tal cual y sin adornarlo, porque en esta historia no hay nadie que sea listo: hay una chavala de veinticuatro años que quería que le vieran bailando, y fue en el descanso de las nueve y media, con los cafés, sentadas en el banco del vestuario con los abrigos por encima de los delantales.

— ¿Habéis visto lo mío del domingo?

— ¿Lo tuyo del domingo qué?

— Lo del desfile. Que lo puse el lunes y luego lo quité.

— ¿Y por qué lo quitaste?

— Pues porque lo puse el lunes por la mañana, a las nueve menos cuarto, sin saber nada de nada — dijo Nerea, y ahí se le fue un poco la voz —. Y a las diez ya lo sabía todo el mundo y yo lo tenía ahí puesto con la música y todo. Y me pareció fatal. Y lo quité.

— Hiciste bien — dijo Mila.

— Ya. Pero es que salgo muy bien.

— Nerea, hija.

— ¡Que salgo muy bien, Mila! ¡Que se me ve entera y no me tapa nadie! — y ya lo tenía en la mano, y ya nos lo estaba metiendo por la cara, empezando por Obi, que es la que menos se resiste de las siete y la que más le ríe las cosas.

Y Obi lo miró y dijo lo que había que decir, que qué guapa y qué bien te mueves, y se lo pasó a Mila; y Mila se puso las gafas, y lo miró con el brazo estirado, y dijo que se le veía mucho el pañuelo y poco lo demás, que es la manera que tiene Mila de decir que está bien; y se lo pasó a Chenta, y Chenta lo miró y no dijo nada, y me lo pasó a mí.

Y yo lo vi porque me lo pusieron en la mano.

———

Son veintiún segundos.

Sale Nerea en primer plano, con el pañuelo azul y la cara pintada de rojo, bailando y cantando la copla de la murga de los del muelle, con dos amigas detrás haciéndole el coro y muertas de risa.

Está en la esquina de la dársena, en la boca de la calle que baja al muelle, que es donde se pone todo el mundo desde hace cuarenta años porque es donde las carrozas tienen que girar y donde se ven de cerca.

Se le ve feliz. Se le ve de una manera que yo, aquella mañana, con las manos llenas de sal y con la cinta de papel metida en una bolsa de hielo en el bolsillo del delantal, no supe si me daba gusto o me daba pena, y todavía no lo sé.

Detrás pasa una carroza y se oye el bombo y se ven cuarenta personas, y detrás de todo, al fondo del encuadre, arriba a la derecha, con la cámara moviéndose y con la chavala tapando media pantalla, se ve el testero de la nave vieja de La Buenamar y se ven las tres ventanas altas.

Y están encendidas.

Se ve perfectamente, y no hace falta tener ojo ninguno ni conocer aquella nave: se ve ese blanco de fluorescente de tubo de los antiguos, que no se parece a la luz de una farola, ni a la de una casa, ni a la de una carroza.

Se ve en las tres ventanas a la vez, que son la fila del fondo y la del medio, y se ve dos veces, en el segundo tres y otra vez en el segundo dieciocho, cuando ella se gira para que la carroza le salga por detrás.

Yo lo miré cuatro veces seguidas allí mismo, con la mesa hablando alrededor, y no lo miré cuatro veces porque no se viera, que se ve a la primera: lo miré cuatro veces por lo otro.

— Nerea.

— ¿A que salgo bien?

— Nerea, hija, ¿esto a qué hora es?

— ¿Eso? Eso es cuando pasó la de los del muelle, la última.

— Ya, pero la hora exacta.

— La hora la pone ahí — dijo, y me lo quitó de las manos, y le dio a algo, y me lo devolvió —. Ahí, arriba. Veintitrés treinta y ocho.

———

Estuve el resto de la mañana sobando con aquello metido en la cabeza y no dije ni una palabra a nadie, y a las once y media, en el patio, con el orbayu otra vez cayendo y el compresor haciendo su ruido, lo puse en orden despacio y por su orden, que es como se ponen los barriles y como se pone todo.

A las veintitrés treinta y ocho del domingo veintiuno de febrero, las luces de la nave vieja estaban encendidas, y eso no lo dice una vecina que se acuerda: lo dice una máquina, con la fecha y la hora puestas por ella misma, encima de una chavala bailando.

A las veintitrés cuarenta y uno, la aguja de aquel registrador escribió un pico de tres grados y medio y noventa segundos, y eso es Amalia Cubría abriendo la puerta de la cámara y pasando dentro a guardar el cuaderno en el tercer barril de la izquierda, debajo de la tapa, donde ella misma había dicho delante de cuarenta personas que no lo iba a encontrar ni Dios.

Tres minutos.

Tres minutos antes de que Amalia Cubría entrara en aquella nave, en aquella nave había luz.

Y una nave con luz es una nave con alguien dentro, porque nadie enciende ocho fluorescentes de tubo y se marcha; y el que los encienda y se marche, los enciende a las siete de la tarde, cuando saca de allí una carroza de cuatro metros con catorce personas encima, y no a las once y media de la noche, cuando esa carroza lleva cuatro horas y media dando vueltas por el pueblo y en aquella nave ya no queda absolutamente nada que hacer hasta el lunes.

Y yo las vi.

Ésa es la parte con la que he tenido que aprender a vivir, y ya está, y no le doy más vueltas delante de nadie: yo salí a mi balcón a las doce y media de aquella noche, como salgo todas las noches desde hace veinte años, y miré la dársena, y vi aquella luz por las ventanas altas y por la claraboya rota del testero, y pensé que Olvido se iba a poner hecha una furia con el recibo.

Y me metí para adentro, y cerré el balcón, y me acosté, y me dormí en cuanto puse la cabeza, que a mí me pasa siempre.

———

Volví a la mesa a las doce menos cuarto, me senté, cogí un bocarte del baño, le saqué la piel en dos pasadas y lo dejé en el paño. Y cogí otro. Y por dentro no me callaba.

Porque el sargento Portilla me había dicho el martes, en aquel despacho, una cosa que era verdad de arriba abajo y que sigue siendo verdad: que él tenía una puerta de resorte, un tirador roto con su factura pagada, una cámara sin cobertura y una mujer sola de noche.

Y todo eso lo tenía, y todo eso explicaba perfectamente cómo se queda una mujer encerrada, y por qué no pudo llamar a nadie, y por qué no la oyó ni Dios con cuatro murgas en la calle.

Y yo, sentada en aquella mesa con las manos metidas en la salmuera y con la cofia puesta, sin ser nadie y sin tener ningún papel que me autorizara a nada, tenía encima tres cosas que aquel hombre no tenía y que no iba a tener nunca, porque las tres estaban dentro de mi casa y las tres había que saber mirarlas.

Tenía un cerrojo de hierro que llevaba veintiocho años sin que nadie le pusiera la mano encima, que la noche del domingo estaba echado, y que abrí yo con esta mano derecha, y chirrió, y tuve que tirar dos veces.

Tenía una cinta de papel enrollada dentro de una bolsa de hielo, en el bolsillo del delantal, que decía que aquella puerta no se abrió ni un centímetro en nueve horas y veinticuatro minutos y que por lo tanto quien echó aquel cerrojo no volvió nunca a mirar lo que había hecho.

Y ahora tenía veintiún segundos de una chavala de veinticuatro años bailando delante de una carroza, con la hora puesta por la máquina, que decían que a las once y treinta y ocho de la noche, tres minutos antes de que llegara Amalia, en aquella nave había ocho fluorescentes encendidos.

Amalia no encendió esa luz. Amalia llegó después.

Había alguien dentro. Había alguien que entró antes que ella y que estaba allí cuando ella llegó, que la vio cruzar la nave con el cuaderno debajo del brazo, que la vio abrir la cámara y pasar dentro, que oyó el golpe del resorte a los noventa segundos; y que, en vez de abrir aquella puerta y decirle Mali, hija, que te quedas dentro, que ya sabes que ese tirador no vale, bajó la mano un palmo y echó un cerrojo que no tocaba nadie desde que se murió don Ramón Colina.

Y luego apagó nada y se fue, y dejó las luces dadas, y por eso las vi yo desde mi balcón a las doce y media, y por eso salen en el vídeo de una chavala bailando.

Metí el dedo en el barril y probé la salmuera, por hacer algo con las manos, y estaba en su punto y no la había puesto yo, y ni siquiera me paré a pensar quién la habría puesto.

Esa anchoa tenía espina.