Capítulo 13
Noventa segundos. Noventa segundos de puerta abierta, un pico de tres grados y medio, y luego la máquina recuperando durante once minutos hasta volver al uno.
Eso es lo que había escrito en aquella cinta, y llevaba ahí escrito desde el domingo por la noche, y lo había estado yo mirando todos los días sin verlo, porque yo no miro esa cinta: yo la firmo.
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Volví del cuartel a las tres y me fui a mi casa a comer, y no comí, y a las cuatro y media bajé otra vez a la conservera con la llave en el bolsillo porque no se me ocurría otra cosa que hacer.
La nave nueva estaba vacía y a oscuras y el turno se había ido a la una y media. Encendí solo lo mío. Y crucé el patio, que estaba mojado porque había vuelto el orbayu, ese que no moja y te cala, y abrí la vieja, y encendí la fila del fondo, y me quedé allí de pie sin saber por dónde empezar.
Y entonces hice lo que hago todas las mañanas desde hace veinte años, que fue ir a la caja amarilla, porque cuando una no sabe qué hacer, las manos se van solas a lo de siempre y a mí las manos me llevaron allí antes de que a mí se me ocurriera nada.
Está atornillada a la pared, a la derecha del marco, a la altura de los ojos. Le di al enganche, se abrió la tapa, y allí estaba el tambor con la cinta puesta y la aguja en el uno, dibujando su raya azul, tan tranquila, como lleva haciendo desde que la pusieron.
Yo he firmado esa cinta más veces que ninguna otra cosa en mi vida.
La firmo cada mañana con el rotulador que está atado con un cordel a la caja, y pongo la fecha, y la V y la S grande, y me voy.
Y en veinte años no le he dedicado más de cuatro segundos, y voy a decir por qué, y no me da ninguna vergüenza: porque no pasa nada.
Porque el de la vieja es el registrador más aburrido de Cantabria.
Es una raya. Es una raya recta de lunes a lunes.
Yo lo abro, veo la raya en el uno, sé que los barriles del abuelo están a un grado y que van a seguir a un grado, y firmo, y me voy a trabajar.
La cinta da una vuelta entera cada siete días. Se cambia los lunes. Y aquel lunes, con lo que pasó, no la cambió nadie.
Así que allí estaba, en el tambor, la semana entera. Del lunes quince al martes veintitrés. Ocho días de mi vida dibujados en una tira de papel milimetrado de doce centímetros de ancho.
La solté del tambor con mucho cuidado, la puse encima de un barril debajo del fluorescente, me saqué las gafas del bolsillo del delantal y me pasé una hora y cuarto con la cabeza a un palmo de aquel papel.
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Voy a contar lo que ponía. Y hay que entender una cosa antes: yo esa cinta la sé leer. Llevo veinte años. Para mí eso no son garabatos, es un texto. Y lo leo igual que la Sara lee un cuaderno de campo lleno de números que a mí me marean.
El lunes quince tiene un pico a las nueve y veinte, corto, de dos grados, con sus once minutos de recuperación detrás: ése soy yo entrando a mirar la tapa del catorce, que estaba comida y que hubo que cambiar.
El martes dieciséis, raya. Nada. Ni un pico en veinticuatro horas, que es lo que hace esa cámara la mayor parte de los días del año.
El miércoles diecisiete tiene dos picos, uno a las ocho y media de la mañana y otro a las seis de la tarde, y ésa es la peña entrando a por los tablones, porque en la vieja se guardan los decorados y en febrero eso pasa todos los días y no se lo tiene en cuenta nadie.
El jueves dieciocho tiene cuatro picos por la tarde, del ensayo, y el de las nueve menos veinte es gordo y largo, de casi cuatro grados y de dos minutos, con la subida haciendo un escalón feísimo: ésa es Amalia entrando a guardar el cuaderno con la puerta abierta de par en par mientras cuarenta personas la mirábamos desde fuera y Olvido le decía que no le tocara los barriles del abuelo.
Yo eso lo tengo delante de los ojos cada vez que miro aquella cinta.
Ahí está, dibujado, con la puerta abierta dos minutos porque a Amalia Cubría, cuando estaba haciendo teatro, se le olvidaba el frío.
Y luego, el viernes diecinueve, raya, y nada en todo el día, porque el viernes fue el pregón y no había un alma en esta dársena. Y el sábado veinte, raya, y nada tampoco.
Y el domingo veintiuno, raya. Nada en todo el día, nada por la tarde, nada a las diez de la noche, nada a las once, nada a las once y cuarto ni a las once y media, mientras yo estaba a doscientos metros dando saltos debajo de un barril de cuatro metros. Y a las veintitrés cuarenta y uno, un pico.
Uno.
Un pico de tres grados y medio, con la subida limpia, la meseta corta y la bajada, y luego los once minutos de recuperación de la máquina.
Noventa segundos de puerta abierta. Lo medí tres veces con la uña y con el borde de la cinta, y aquello son noventa segundos: se abre la puerta, entra alguien, y a los noventa segundos la puerta está cerrada otra vez.
Y luego la raya.
La raya azul otra vez en el uno. Las doce de la noche.
La una. Las dos de la mañana del lunes veintidós.
Las tres. Las cuatro. Las cinco. Las seis, que es la hora a la que entra el turno en esta casa todos los días del año.
Las siete, que es la hora a la que llega Casilda. Las ocho. Las ocho y media. Las nueve.
Nueve horas y veinticuatro minutos de raya recta.
Y a las nueve y cinco de la mañana, un pico grandísimo, de los de puerta abierta y no cerrada, subiendo y subiendo y subiendo hasta salirse casi del papel.
Ése soy yo.
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Me tuve que sentar.
Me senté en un barril, en la nave vieja, a las seis menos cuarto de la tarde del martes veintitrés de febrero, con la cinta encima de las rodillas y las gafas puestas, y estuve un rato largo sin hacer absolutamente nada, porque yo había bajado a aquella nave a buscar quién había abierto aquella puerta y lo que aquel papel me estaba diciendo, con una tranquilidad tremenda y con su rayita azul, es que no la abrió nadie.
Nadie. En nueve horas y veinticuatro minutos, entre las once y cuarenta y tres de la noche del domingo y las nueve y cinco de la mañana del lunes, aquella puerta no se abrió ni un centímetro.
Ni una vez. Ni medio segundo. Si alguien hubiera entreabierto esa puerta cinco segundos, aunque fuera para asomarse y volver a cerrarla, la aguja lo habría escrito, porque esa máquina no perdona y es lo único de esta casa que no perdona: a la mesa se la puede engañar, y a Olvido se la puede engañar, y hasta a Mila se la engaña si una tiene mucha paciencia, pero a un tambor de papel que da vueltas solo dentro de una caja amarilla no le engaña nadie.
Y eso quería decir dos cosas, y las dos las entendí allí sentada.
La primera es que Amalia entró a las once y cuarenta y uno, y que la puerta se cerró detrás de ella con el resorte a los noventa segundos, y ya está: eso lo dice el papel, y eso encaja con todo lo que me había contado el sargento en aquel despacho con la estufa, y con todo lo que diría cualquiera que tuviera dos dedos de frente. Hasta ahí, un accidente.
La segunda es la que me tuvo media hora sin poder levantarme de aquel barril.
Aquella mujer estuvo nueve horas y veinticuatro minutos ahí dentro, y golpeó, claro que golpeó, y en nueve horas y media, con el pueblo entero a doscientos metros y con la nave con las luces dadas y con la puerta de la calle a veinte pasos, no hubo una sola persona en Santoña que abriera aquella puerta.
Y hasta ahí, también, un accidente, y de los que dan rabia el resto de la vida.
Solo que aquella puerta estaba cerrada por fuera.
Y yo la abrí.
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Y ahí es donde se me acabó el accidente, y se me acabó de la manera más aburrida del mundo, sin ningún estruendo, sentada en un barril con las gafas puestas: se me acabó como se acaban las cosas cuando una lleva cuarenta años trabajando en un sitio y sabe cómo funciona ese sitio.
Porque el resorte no sirve. El resorte explica que la puerta se cerrara, y la puerta se cerró, y el papel dice a qué hora, y dice cuánto tardó, y dice hasta lo que le costó a la máquina recuperar el grado. El resorte explica la puerta y la explica entera.
El resorte no echa un cerrojo.
Un cerrojo de hierro macizo de dos centímetros, agarrotado hasta la médula, con catorce manos de pintura encima, que hay que coger con el pulgar y con dos dedos y tirar dos veces con la muñeca, y que chirría de una manera que se oye desde el portón del muelle, no se echa solo.
No lo echa el aire, ni el compresor, ni un camión pasando por la dársena, ni la mar cuando pega en el muro los días de galerna.
Y no lo echa la puerta al cerrarse, porque la puerta al cerrarse no puede echarlo: si la varilla está fuera, la puerta no cierra, y eso lo probó la Guardia Civil el lunes por la mañana con sus propias manos, y lo tienen apuntado en una libreta y fotografiado.
Alguien puso la mano ahí. Alguien, entre las once y cuarenta y tres de la noche del domingo veintiuno y las nueve y cinco de la mañana del lunes veintidós, estuvo de pie en el sitio exacto donde yo estaba sentada, en esta nave, con la luz dada y con el bombo sonando a doscientos metros, con una mujer de sesenta y cuatro años al otro lado de treinta centímetros de chapa y de goma, y bajó la mano un palmo, y cogió aquel hierro, y tiró.
Y luego se fue, y no volvió a abrir, y eso también lo dice el papel: que en nueve horas y veinticuatro minutos, quien echó aquel cerrojo no volvió ni una sola vez a mirar lo que había hecho.
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Enrollé la cinta. La enrollé con mucho cuidado, con las dos manos, y la metí en una bolsa de las del hielo, y la bolsa en el bolsillo grande del delantal, y me quedé con la mano encima del bolsillo un rato.
Después apagué la fila del fondo, salí, cerré con mi llave y crucé el patio despacio, con el orbayu ese que no moja y te cala, mirando el suelo.
Llevaba desde el lunes dándole vueltas a una puerta que se cierra sola, y a un tirador que llevaba dos años roto, y a una cámara donde no entra el wasap, y a un desfile con cuatro murgas, que es lo que me había contado el sargento y que era verdad hasta la última coma.
Y todo aquello explicaba perfectamente cómo se queda una mujer encerrada en una cámara, y por qué no pudo llamar, y por qué no la oyó nadie.
Y no explicaba lo otro. Lo otro no lo explicaba ni el resorte, ni el tirador, ni la cobertura, ni el bombo.
Porque un cerrojo no se echa solo, y aquel cerrojo estaba echado, y para que estuviera echado tuvo que haber alguien de pie en aquella nave, al otro lado de la puerta, con la mano en el hierro.
Alguien estaba fuera.