Capítulo 12
...y lo que yo no conseguía era ponerlo en una frase.
Ése fue el problema y lo estuve teniendo toda la mañana del martes con las manos metidas en el barril, que es donde yo pienso, porque llevo cuarenta años pensando con los pulgares y ya no sé hacerlo de otra manera.
Aquello yo lo sabía entero y lo sabía desde el lunes a las nueve y cinco de la mañana, y en cuanto intentaba decírmelo a mí misma con palabras se me deshacía en la boca y se me quedaba en nada.
Un cerrojo. Una costra de pintura rota. Una mano derecha que se acuerda de un chirrido.
Prueba tú a bajar al cuartel con eso en el bolsillo y a soltárselo a un sargento primero que lleva treinta años en esto, que tiene dos bajas en el puesto y que en catorce días habrá dormido cinco.
Lo estuve ensayando entre bocarte y bocarte y no había manera.
Empezaba: sargento, la falleba de esa puerta lleva veintiocho años sin que nadie la toque.
Y ahí ya me imaginaba la cara del hombre, y la cara del hombre me contestaba lo mismo que me habría contestado yo si me llega a venir Nerea con ese cuento: señora, ¿y a mí eso qué me cuenta?
A la una y media, cuando salió el turno, me quité el delantal, lo colgué en su gancho, me lavé las manos hasta el codo con el jabón que pica, me puse el abrigo y me fui al cuartel andando, cuesta arriba, sin ensayarlo más.
Porque hay cosas que si te las ensayas mucho ya no las dices, y porque yo, si me lo pienso una noche más, no bajo.
———
El puesto está en la carretera, subiendo, y es un edificio bajo con una bandera, un cartel y unas macetas que cuida alguien. Yo no había entrado allí en mi vida más que a renovar el documento, hace ocho años, y me acordaba de la sala de espera y de nada más.
Venero estaba en el mostrador con un forro polar por debajo del uniforme y las dos manos alrededor de un café de máquina, y cuando entré, con el frío de la calle detrás de mí, la vi encogerse un poco, y yo, que soy una mala persona, pensé que aquella chavala no iba a durar en Santoña ni hasta junio.
Después me enteré de que llevaba cuatro meses aquí, que era de un pueblo de Jaén de mil habitantes y que se había pedido el norte ella misma.
— Buenas. ¿El sargento?
— ¿De parte?
— Visitación Salcines. De la conservera.
— Ah. Usted — y se levantó, y fue a avisar.
Portilla salió en dos minutos con las gafas en la mano y me hizo pasar a un despacho pequeño con dos sillas, una mesa, un armario metálico y una estufa de esas de resistencia que ponen la cara roja, encendida a tope, que era el sitio más caliente en el que yo había estado en cuatro días.
Me senté. Se sentó. Y la guardia Venero se quedó de pie al lado de la puerta con la libreta en la mano, sin que nadie le dijera que se quedara y sin que nadie le dijera que se fuera, y él no la mandó salir, y ahora sé que aquello no fue un descuido.
— Usted dirá.
Y se lo dije, y se lo dije derecho, que es lo único que sé hacer y lo que me ha traído todos los disgustos de mi vida.
Le dije que la puerta de la cámara vieja tiene un cerrojo por fuera, una falleba de hierro de las de antes, y que ese cerrojo no lo echa nadie; que no es que no se use casi nunca, sino que no se usa; que el último que le puso la mano encima fue don Ramón Colina, que se murió hace veintiocho años, y que desde entonces está ahí criando pintura y que esa nave se ha pintado tres veces pasándole el rodillo por encima sin desmontarlo, y que en La Buenamar llevamos media vida haciendo un chiste con eso, y que se lo he hecho yo a Nerea Gándara este mismo invierno.
Le dije que el lunes por la mañana, cuando fui a abrir aquella puerta porque el perro llevaba dos minutos rascando, aquella falleba estaba echada.
Y le dije que la abrí yo. Con esta mano. Que tiré dos veces y que chirrió.
Portilla no me interrumpió ni una sola vez.
Estuvo todo el rato con los codos en la mesa y las gafas colgando de dos dedos, mirándome a la cara, y me dejó llegar hasta el final y todavía esperó cuatro o cinco segundos por si me quedaba algo dentro, que es una cosa que hace muy poca gente y que se agradece mucho más de lo que parece. Y luego dijo:
— ¿Y la pintura?
Ahí me quedé parada. No se lo había contado.
— ¿Cómo?
— Que si ha mirado usted la pintura, señora Salcines. Porque si un hierro lleva veintiocho años quieto debajo de catorce manos y lo mueven, la costra se parte. Digo yo.
— Está partida.
— Ya.
— Está partida en todo el recorrido, y los bordes están vivos, y hay polvillo en el suelo debajo. Fui anoche a mirarlo con la fila del fondo encendida.
— Ya — dijo Portilla, y se puso las gafas, y se las volvió a quitar —. Lo miramos el lunes. Está partida. Lo tiene mi compañera apuntado en la libreta y está fotografiado desde tres sitios.
Y yo, que había subido aquella cuesta con el abrigo mal abrochado y con un discurso entero preparado para pelearme con un hombre que me iba a decir que era una vieja imaginando cosas, me quedé sentada en aquella silla sin una palabra en la boca, con las manos encima del bolso, delante de una estufa, mirando a un señor grande que llevaba tres días haciendo su trabajo mucho mejor de lo que yo había dado por supuesto.
———
— Esto lo voy a cerrar hoy — dijo —. Se lo digo yo antes de que se lo diga el papel, porque usted la encontró y porque me parece de justicia. Accidente.
— Sargento...
— Déjeme acabar y luego me dice usted lo que quiera, que la voy a escuchar hasta que se canse.
Se levantó y se puso a andar por aquel despacho, que son cuatro pasos de ida y cuatro de vuelta, con las manos a la espalda y esquivando la estufa cada vez que llegaba a la pared, que es lo que hace un hombre grande metido en un cuarto pequeño cuando tiene que decir una cosa que no le apetece decir.
— Vamos a poner que usted tiene razón en todo. ¿Vale? Vamos a ponerlo. La falleba estaba echada el lunes a las nueve y cinco de la mañana y la abrió usted con esa mano. Y ahora hágame el favor de decirme cuándo la echaron.
— Esa noche.
— ¿Por qué?
— Porque...
— Porque le cuadra — dijo Portilla, sin ninguna maldad, y ése era el problema de aquel hombre y sigue siéndolo: que no tenía ninguna maldad —. Mire, Visi. ¿La puedo llamar Visi?
— Llámeme como quiera.
— Esa nave lleva veinte días abierta de par en par.
Veinte. Ahí ha entrado la peña, y los maridos de la peña, y los críos de la peña, y el que pasaba por el muelle y le apetecía ver cómo iba la carroza.
Yo he estado allí el jueves con mi mujer, que es de Los Sobados desde antes de casarse conmigo, y había setenta personas y catorce críos corriendo entre los barriles a las nueve de la noche.
Y usted me viene a decir que un cerrojo de hierro que está a la altura de la cadera de un hombre, que es la altura de la cara de un crío de seis años, lleva veintiocho años sin que nadie le ponga un dedo encima — se paró en medio del despacho —.
Yo tengo un nieto. A mi nieto le pones un cerrojo delante y te lo echa. Te lo echa, se ríe, y se va corriendo.
— La puerta no se puede cerrar con la falleba echada.
— No.
— No se puede, sargento. La varilla entra en el marco. Si está echada, esa puerta no cierra.
— Ya lo sé. Lo probamos el lunes por la mañana antes que usted — dijo —. Por eso le he dicho que vamos a poner que usted tiene razón, y por eso le voy a decir ahora la otra cosa, que es la que no le va a gustar y la que llevo dos horas sabiendo que le iba a tener que decir.
Se volvió a sentar. Se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, muy despacio, igual que el lunes en la oficina de Olvido.
— El lunes por la mañana, entre las nueve y cinco y las once, por aquella nave pasaron cuarenta personas lo menos.
La conservera entera, la señora Colina, la farmacéutica, dos ambulancias, mis compañeros de Laredo, y gente de la calle que se metió porque en un pueblo la gente se mete y no hay quien lo arregle.
Y ese cerrojo estuvo ahí, a la vista de todo el mundo, a la altura de la mano, seis horas sin nadie al lado, porque yo no puse a nadie en esa puerta hasta las once y media.
Y no lo puse porque tengo dos bajas y porque tenía tres mil personas de Carnaval en la calle y un pueblo que no sabía si seguía la fiesta.
Eso es culpa mía, y me la como yo, y me la voy a comer hasta que me jubile — dijo, y se quedó un momento con la vista en la mesa —.
Y ahora dígame usted cómo sé yo si esa costra de pintura se rompió el domingo a las once de la noche o el lunes a las diez y cuarto de la mañana, cuando aquello parecía la lonja un martes.
Y yo no tenía respuesta. No la tenía. Sigo sin tenerla, si vamos a eso.
— Yo la abrí — dije.
— Usted la abrió — repitió él, y lo dijo con una amabilidad que me dolió muchísimo más que si me hubiera dado un grito —.
Y usted, diez segundos después de abrirla, abrió esa puerta y se encontró a una vecina suya sentada en un barril.
Visi, yo llevo treinta años tomando declaraciones.
La gente que ve lo que vio usted no se acuerda de si abrió un cerrojo: se acuerda de que abrió una puerta.
Y luego, a los tres días, se acuerda de todo, y con pelos y señales, y no le miente a nadie, ¿eh?
Yo no le estoy diciendo que usted me mienta.
Le estoy diciendo que usted no me lo puede jurar.
Y que si mañana la sienta a usted un juez delante y usted le cuenta lo de la mano, ese juez le va a preguntar exactamente lo mismo que le he preguntado yo, y usted le va a contestar exactamente lo mismo que me ha contestado a mí.
— Le contestaría que llevo cuarenta años abriendo esa puerta todos los días de mi vida.
— Y él le contestaría que eso, escrito en un papel, no es nada. Y tendría razón, Visi. Tendría toda la razón del mundo, y usted y yo lo sabemos, y por eso está usted aquí sentada y no en un despacho de Santander.
Nos quedamos callados un rato largo, con la estufa haciendo ese ruido de tic que hacen las estufas de resistencia, y por la ventana de aquel despacho se veía la carretera y se veía pasar un coche cada mucho rato, y yo me quedé mirando aquello y pensando que llevaba cuarenta años equivocada con este señor sin haber hablado con él en mi vida.
— Yo la creo — dijo Portilla.
— ¿Cómo?
— Que yo la creo, mujer. Yo me creo que usted abrió esa falleba — se levantó y cogió el sombrero de encima de la mesa, y al levantarse se le vio de golpe todo lo cansado que estaba aquel hombre, y eran las tres de la tarde —.
Y con lo que yo me crea no se abre una diligencia.
Yo tengo una puerta de resorte, un tirador roto desde hace dos años con su factura pagada por transferencia, una cámara donde no hay cobertura, una mujer sola de noche, un desfile con cuatro murgas y tres mil personas, y ni una sola persona en este pueblo que le quisiera mal a Amalia Cubría.
Ni una, Visi. Llevo desde el lunes preguntando casa por casa y aquí todo el mundo la quería y todo el mundo la temía una semana al año, que es otra cosa y que además me lo han explicado dieciséis veces.
¿Qué hago yo? ¿Le abro un homicidio a media Santoña por una costra de pintura y por su mano derecha?
— No.
— No. Y si se lo abriera, en un mes se cierra igual, y encima habría dejado a este pueblo mirándose de reojo por los siglos de los siglos. Yo eso ya lo he visto, en otro sitio, y no lo pienso hacer aquí.
Y eso también era verdad.
———
Salí de aquel despacho a las tres menos cuarto y no me sentí despachada, que es lo que yo iba buscando y lo que me habría venido de maravilla: me sentí escuchada, que es muchísimo peor.
A un hombre que te echa se le vuelve al día siguiente con más razones.
A un hombre que te ha dado la razón en todo, que te ha enseñado las fotos y que te ha explicado con la gorra en la mano por qué aun así no puede hacer nada, no se le vuelve. A ése hay que traerle otra cosa.
Venero me acompañó hasta la puerta de la calle.
Me la abrió, y salimos las dos al escalón, y allí fuera hacía uno de esos fríos de febrero que suben de la mar y que se te meten por dentro del abrigo, y a mí me dio igual y a aquella chavala de Jaén la dejó tiesa.
Se metió las manos en los sobacos, que es un gesto que yo llevo viendo en esta villa toda mi vida y que a ella se lo había enseñado el invierno en cuatro meses.
— Señora Salcines.
— Visi.
— Visi — se giró un poco, y miró hacia dentro, hacia el pasillo, y bajó la voz. No mucho. Lo justo —. Una cosa.
— Dime.
— Esa nave. ¿Cuánta gente tiene llave?