Capítulo 11
A las seis y veinte de la mañana del martes veintitrés yo llevaba dos docenas hechas y no se había oído una palabra en aquella mesa.
Ni una. Se oía el agua del grifo del fondo, se oía el compresor, se oía el roce de la anchoa contra el paño y se oía a Bocarte suspirar debajo de la mesa, que suspira como un cristiano cuando está a gusto.
Y nada más. Ocho mujeres alrededor de una mesa de acero a las seis y veinte de la mañana, con la cofia puesta, sacando piel con el pulgar, sin decirse nada.
Eso es lo peor que le puede pasar a esta casa. Yo lo prefiero todo antes que eso: prefiero que se griten, prefiero que Obi se pase de la raya y haya que pararle los pies, prefiero que Mila cuente por cuarta vez lo del setenta y tres. Una mesa callada es una mesa que se está haciendo daño.
Habíamos entrado a las seis, porque el papel del tablón solo valía para el lunes y porque el lunes ya no existía.
Olvido no salió de la oficina en toda la mañana.
Chenta llegó la primera, como siempre. Nerea llegó puntual y no sacó el móvil, y no lo sacó en cinco horas, y eso en aquella chavala es como si le hubieran quitado una mano.
Así que hice lo único que sé hacer, que no es consolar a nadie, ni decir unas palabras, ni ninguna de esas cosas que hace la gente en las películas: hice lo que me enseñaron en esa misma mesa cuando yo tenía dieciséis años y no sabía dónde meterme.
— Está corta — dije.
Nadie contestó.
— Que está corta la sal, digo. Nerea, tráeme dos puñados.
— Si la pusiste tú ayer.
— Ya sé quién la puso. Trae.
Y Nerea fue a por la sal, y yo la eché, y metí el dedo, y la probé, y la volví a echar. Y a los diez minutos, Mila Setién, que no había abierto la boca desde las seis menos cuarto, dijo, sin levantar la vista del barril:
— Está corta porque le echaste el agua del domingo.
— No le eché el agua del domingo.
— Le echaste el agua del domingo, Visitación.
— Mila, que no.
— Que sí.
Y ahí volvió la voz a aquella mesa. Así, por una tontería, discutiendo de un agua.
A las siete menos cuarto ya hablaba Obi, a las siete y media ya se había reído Nerea, y a las ocho la mesa sonaba como suena una mesa.
Eso lo he visto tres o cuatro veces en cuarenta años y no falla nunca, y no es magia ninguna: es que la boca se abre sola cuando las manos llevan dos horas trabajando.
———
Y fue Nerea, cómo no, la que preguntó lo que había que preguntar, porque en aquella mesa las preguntas de verdad las hace siempre la más joven, que es la única que todavía no sabe cuáles son las que no se hacen.
— ¿Y esta casa siempre ha sido así?
— ¿Así cómo? — dijo Obi.
— Así. De mujeres.
— Esta casa ha sido de mujeres desde que la levantaron — dijo Mila, y dejó la anchoa, y se limpió las manos en el delantal, y todas supimos que aquella mañana ya no se sobaba igual —.
Esta mesa, digo. La nave, no. La nave era de hombres, y la lonja era de hombres, y el barco era de hombres.
Pero la mesa ha sido siempre nuestra y no ha habido un hombre en cien años que sepa poner una anchoa.
— Eso es verdad.
— Eso es verdad — dijo Mila —. Y no lo digo por decir. Lo digo porque es un oficio de mano pequeña y de paciencia, hija, y ellos no tienen ni lo uno ni lo otro.
Y arrancó.
Milagros Setién Camus tiene sesenta y dos años y entró en esta casa en el setenta y siete, y su madre entró en el cincuenta y nueve, y su abuela estuvo en la nave vieja cuando la nave vieja era la única nave que había.
Por esa boca sale este pueblo entero. Nosotras la llamamos la Radio, y ella lo lleva con un orgullo tremendo.
Contó lo de los barriles. Contó que el abuelo de Olvido, don Ramón, que se murió el año que yo cumplí veintiocho, tenía cincuenta barriles de roble en la vieja y que los trataba mejor que a los hijos, y que había uno, el del rincón, que no dejaba tocar a nadie, y que cuando se puso malo mandó llamar a su hija y le dijo dónde estaba la llave.
Contó que en la nave vieja se trabajaba de pie y con luz de bombilla, y que las mujeres iban a las cinco de la mañana andando desde el barrio con una manta al hombro, y que en enero se les quedaban las manos moradas y no había guantes ni había nada, y que se metían los dedos debajo del sobaco cada media hora para poder seguir.
— Anda que no habéis pasado — dijo Nerea.
— Ni la mitad de lo que pasó mi madre.
— Y aquí no había cámara de éstas.
— Aquí no había cámara ninguna. Aquí había sal, hija. La sal era la cámara.
Contó lo de la guerra por encima y sin ganas, que es como se cuenta aquí. Contó lo de la riada del cincuenta y tantos. Contó que en el sesenta y ocho vino un señor de Madrid a decirles cómo se sobaba y que estuvo dos días y se fue.
Y entonces, a las nueve menos veinte, contó la regla.
———
— Y luego estaba lo de las casadas — dijo, como quien dice que luego estaba lo del agua caliente.
— ¿Lo de qué?
— Lo de las casadas, a casa.
Y siguió sobando. Y nosotras seguimos sobando.
— Aquí, en esta casa, la mujer que se casaba dejaba la mesa. Y punto. No había más — Mila cogió otro bocarte del baño y le pasó el pulgar por el lomo, en dos pasadas, y lo dejó en el paño —. Te casabas un sábado y el lunes ya no venías. Eso era así.
— ¿Cómo que era así? — Nerea se había parado.
— Pues así, hija.
— ¿Y quién lo decía?
— ¿Quién lo decía? Nadie. No estaba escrito en ningún lado. No había papel, ni contrato, ni nada. Era la regla de la casa. La casada, a su casa, que ya tiene bastante. Y la mesa era para las mozas y para las viudas.
— ¿Y las viudas sí?
— Las viudas sí. Las viudas siempre. Fíjate tú qué gracia — dijo Mila, y se rió con la boca cerrada —. Casada no, pero viuda sí. Hala, a sobar. Ésa era la lógica de aquello.
— Pero eso...
— Eso era así en esta casa y en todas — dijo Mila —. Y en el banco. Y en Telefónica. Y en la fábrica de Laredo. Y en media España. Que no era cosa de La Buenamar, no vayamos a decir ahora que aquí éramos peores.
— Es que eso es una barbaridad.
— Claro que es una barbaridad, Nerea. ¿Y qué querías? — Mila levantó los hombros y los dejó caer, y siguió —. Era lo que había, hija. Tú te ibas y venía otra. Había cola en la puerta. Había veinte mozas en aquella puerta esperando a que una se casara para meter la cabeza.
Chenta Mazo levantó la vista.
Chenta habla dos veces en su vida y aquélla fue una de las dos, y por eso la mesa entera se quedó parada con la anchoa en la mano.
— Mi tía Lola — dijo Chenta.
Y nada más. Volvió a bajar la cabeza y siguió sobando.
Y Mila dijo que sí despacio, y hubo un silencio de tres segundos, y a nadie le hizo falta preguntar nada, porque hay silencios en esta mesa que traen los apellidos puestos.
— La tía Lola de Chenta se casó en el sesenta y cuatro — dijo Mila —. Y no volvió a poner una anchoa en su vida. Y ganaba más que el marido.
———
— ¿Y cuándo se quitó eso? — dijo Obi, que llevaba callada un rato largo, cosa rarísima.
Y aquí es donde Mila dijo la frase, y la dijo sin darle importancia ninguna, y siguió trabajando, y en aquella mesa no se movió absolutamente nada.
— Uy, eso se cayó enseguida.
— ¿Enseguida cuándo?
— Enseguida. Que duró lo que duró y se acabó — Mila tiró una piel al cubo —.
Yo entré en el setenta y siete y aquí ya había casadas.
Había cuatro o cinco. Y no lo había quitado nadie, ¿eh?
No vino nadie a decir que se quitaba. Se cayó solo, como se cayeron todas aquellas cosas.
Un año estaba y al año siguiente ya no estaba, y nadie se acordaba de por qué había estado.
— ¿Al año siguiente?
— Al año siguiente, hija, o al otro. Qué más da — y ahí Mila hizo una cosa que hace ella y que yo he oído mil veces y que aquella mañana no me dijo nada de nada: se paró, miró el barril, y remató —.
Que es lo que tiene la vida. Que se pasa uno media vida aguantando una cosa y luego vas y resulta que aquella cosa se cayó sola y que nadie sabe ni el día.
— Pues menudo fastidio — dijo Obi.
— Menudo fastidio.
Y se acabó. Y se pusieron a hablar de otra cosa, que fue de una boda de una sobrina de Obi en junio, y de si el traje, y de si el sitio.
Yo estaba a dos metros, sobando, con las manos en la salmuera, y oí aquello igual que llevo cuarenta años oyendo lo que se cuenta en esa mesa: sin levantar la vista.
———
A las nueve fui a probar el punto, y fue así de tonto: metí el dedo en el barril, saqué la yema y, con la salmuera todavía en la lengua, lo que se me pasó por la cabeza fue a ver qué dice ésta ahora.
Así, con esas palabras, que son las que llevo usando cuarenta años para pensar en Casilda Liaño y que en esta casa quieren decir lo que quieren decir.
Y levanté la cabeza para buscarla. Y el tercer sitio por la derecha estaba vacío, y llevaba vacío desde las seis de la mañana, y yo llevaba tres horas trabajando a metro y medio de aquella silla sin haber levantado la vista ni una sola vez, porque cuando una mesa se pone a hablar de las casadas y de la tía Lola de Chenta, una no levanta la vista.
— Oye. ¿Y la madrina?
— No ha venido — dijo Chenta.
— Ya, pero ¿ha llamado?
— No ha llamado.
Casilda Liaño lleva sesenta y cuatro años entrando en esta casa.
Cincuenta trabajando y ocho jubilada, y en ocho años de jubilada ha faltado dos veces: cuando la operaron de la cadera y el día que enterramos a mi madre, que se vino conmigo.
Aquí no viene por vicio. Viene porque a las siete de la mañana hay que tomar el punto de la sal y porque nadie le ha dicho nunca que deje de venir.
La llamé a las once, en el descanso, desde el patio, con el móvil pegado a la oreja y el otro dedo en la otra, porque en el patio se oye el compresor.
Tardó ocho tonos.
— ¿Sí?
— Madrina, soy Visi. ¿Está bien?
— Estoy bien.
— No ha venido.
— No.
— ¿Le pasa algo?
— Que no me encuentro, hija.
Y no dijo nada más. Y yo esperé, porque con Casilda hay que esperar, y estuvimos los dos calladas cinco segundos con el compresor de fondo.
— ¿Quiere que suba a llevarle algo? ¿Quiere que le lleve la compra?
— No me hace falta nada.
— Casilda...
— Mañana voy — dijo. Y colgó.