Capítulo 10
— Pues yo digo que se suspende y no hay más que hablar.
— Pues yo digo que no.
— Hombre, Chuchi.
— Que no, Ceferino. Que no y que no.
Eran las diez de la noche del lunes veintidós y en La Bocana había ochenta personas de pie, con el abrigo puesto, sin beber. Y esto último hay que decirlo porque no pasa nunca: aquella noche, en aquella taberna, había ochenta vasos llenos encima de las mesas y nadie los tocaba.
Yo llegué a las diez menos cuarto porque me llamó Mila y porque no me apetecía estar en mi casa. Me puse al lado de la máquina del tabaco, debajo del besugo de escayola, que aquel año llevaba un gorro de lana rojo, y desde ahí lo vi todo.
No lo había convocado nadie. Eso es lo que más me gusta de cómo pasó.
No hubo un cartel, ni un grupo de wasap, ni una reunión.
Sencillamente, a las nueve y media de la noche, la gente de este pueblo empezó a bajar a La Bocana porque era donde había que estar, y a las diez estaba la taberna llena y no cabía uno más, y estaban los de la peña, y los de la cofradía, y las de la mesa, y las murgas, y gente que yo no había visto en La Bocana en mi vida.
— A ver — dijo Cefe, y se hizo el silencio, porque cuando Ceferino Toca dice a ver se hace el silencio —. A ver. Aquí lo que hay que decidir es una cosa sola. Y hay que decidirla esta noche, porque el miércoles hay murgas y el sábado hay Juicio.
— Se suspende — dijo una mujer.
— Eso es lo que hay que decidir.
— ¿Y qué vamos a hacer? ¿Vamos a andar por ahí cantando con la Mali de cuerpo presente?
— ¿Y qué vamos a hacer, cerrar el pueblo hasta marzo?
— Hombre, cerrar el pueblo.
— Pues eso.
Estuvieron media hora. Y fue una discusión buena, de las que se tienen de pie y en voz alta y sin que nadie se falte al respeto, que es una cosa que en Santoña se hace mejor que en muchos sitios donde presumen de saber hablar.
———
Habló Nati Somarriba, que estaba en el medio y que tenía los ojos rojos, y dijo que a ella le parecía una indecencia. Que un pueblo con una muerta encima no sale a la calle con un bombo. Que ella cerraba la tienda el sábado y que el que quisiera salir, que saliera, pero que a ella no le contaran.
Habló un chaval de veintipocos, de la murga de los del muelle, y dijo que llevaban desde octubre ensayando y que a la Mali le habría dado un infarto si se suspende. Y a la mitad se le rompió la voz y se calló y se metió para atrás, y le abrieron sitio.
Habló Bego Cagigas, que estaba con Fino al lado de la puerta, y dijo una cosa que se quedó allí flotando: que en este pueblo se ha suspendido el Carnaval dos veces en cien años, una por la guerra y otra por una galerna, y que las dos veces fue por gente que no era de aquí.
Habló Mila, claro. Mila habló durante seis minutos y no la interrumpió nadie, porque cuando Milagros Setién coge una cosa y se pone a tirar del hilo hacia atrás, este pueblo se calla y escucha.
Contó que en el sesenta y cuatro se murió el patrón mayor de entonces la víspera del Juicio, un jueves, ahogado, y que aquel año hubo Juicio.
Con el pueblo entero de luto y con la viuda en la primera fila.
Dio la fecha, dio el nombre de la mujer, dio hasta el nombre del barco. Mila da siempre la fecha.
— Y aquella mujer estaba allí sentada — dijo Mila —. Y yo era una cría y me acuerdo. Y estaba allí sentada. ¿Y sabéis por qué estaba allí sentada?
— Mila...
— Porque en febrero, en este pueblo, si no sales a la calle, te comen los ratones — dijo, y dio con el bastón en el suelo, que no tiene bastón, que fue con el pie —. Que esto no es una fiesta, hija. Que esto es lo que tenemos.
Y ahí se acabó la discusión, más o menos. Porque eso es verdad y aquí lo sabe todo el mundo aunque no se diga en voz alta más que una vez cada cincuenta años.
Aquí, en febrero, no hay nada. No hay costera.
No hay trabajo más que el poco que hay. Se levanta uno a oscuras, llueve fino, la mar está gris, y a las seis y media de la tarde ya es de noche otra vez y así hasta abril.
Y en medio de eso, el pueblo se pone un pañuelo y se echa a la calle quince días a reírse de sí mismo con un abrigo encima del disfraz.
Eso es el Carnaval del Mar, y se parece muy poco a lo que ponen en los folletos, donde sale siempre de agosto y con sol: aquí es el pulmón, es lo que nos saca de casa en el peor mes del año y lo que nos pone a hablar unos con otros hasta marzo.
Y a Amalia Cubría, que llevaba treinta y un años escribiendo los versos con los que este pueblo se reía de este pueblo, suspenderle el Carnaval habría sido lo último que ella hubiera querido, y en aquella taberna, a las diez y media de la noche, eso lo sabían ochenta personas a la vez.
— Se sigue — dijo Cefe.
— Se sigue.
— Que levante la mano el que diga que no.
No la levantó nadie. Ni Nati, que estaba llorando y que dijo que vale, que se sigue, pero que ella el sábado no abre.
———
Y entonces habló Olvido Colina, que no había abierto la boca en toda la noche y que estaba al lado de la puerta con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos, y que a mí me pareció que estaba allí de milagro.
— Hay una cosa más.
— Habla, Olvido.
— El sábado seis hay Juicio.
— Hay Juicio.
— ¿Y qué se lee?
Y ahí, en aquella taberna, se hizo el silencio más grande de la noche. Porque en treinta y un años no se le había ocurrido a nadie que aquello fuera una pregunta.
— Están escritos — dijo Olvido —. Los tenía escritos. Los acabó. Los llevó ella misma a la nave el jueves y lo dijo delante de cuarenta personas, y yo estaba allí, y estaba medio pueblo. Están escritos y están enteros.
— Olvido, hija...
— Yo pregunto qué se lee el sábado.
Nadie contestó durante mucho rato. Y entonces, del fondo, de la esquina de la barra, salió la voz de Chuchi Cianca, que llevaba dos horas detrás de aquella barra sin servir un solo vaso.
— Se leen los suyos — dijo.
— Chuchi...
— Se leen los suyos. Como todos los años.
— Se leen los suyos — dijo Cefe.
— Los suyos — dijo Mila.
Y aquello ya no lo paraba nadie. Ochenta personas hablando a la vez durante dos minutos, y a los dos minutos ya estaba decidido y ya estaba organizado y ya se estaba discutiendo quién los lee y de dónde se saca el cuaderno y qué se hace si la letra no se entiende.
En dos minutos. Así se hacen las cosas aquí y así se han hecho siempre: media hora para decidir si se sale a la calle y dos minutos para lo importante.
Y en la puerta estaba Fabián Lombera, que había entrado a las diez menos cinco y que no se había movido de allí, con la boina en la mano.
— Fabián — dijo Cefe —. Fabián, ¿tú qué dices?
Y Fabián Lombera dijo que sí con la cabeza.
Nada más. Dijo que sí con la cabeza, dos veces, mirando al suelo, con la boina cogida con las dos manos, y no pudo decir una palabra más, y no se la pidió nadie. Y Bego Cagigas, que estaba a su lado, le cogió del brazo y no lo soltó en toda la noche.
Así que quedó así. El sábado seis de marzo, en el Juicio en el Fondo del Mar, en la playa, delante del pueblo entero, se leerían los versos de Amalia Cubría. Los últimos que escribió. Como todos los años y por última vez.
Doce días.
———
Yo lo entendí en la puerta, poniéndome el abrigo, y no lo entendí sola ni lo entendí por lista: lo entendió toda la taberna a la vez, que es como se entienden aquí las cosas, y lo entendimos porque alguien lo dijo en voz alta, que ése es el asunto y por eso lo cuento.
Fue un hombre del fondo, de la esquina de la máquina, uno que yo conozco de vista y de toda la vida y que no tenía ninguna mala intención, ni una pizca, y que lo dijo con la voz cascada y medio riéndose, porque en este pueblo, cuando una cosa se pone muy seria, siempre hay alguien que la desarma:
— Pues entonces el sábado nos enteramos por fin de quién es el que lleva medio siglo.
Y se rieron.
Se rieron veinte o treinta. Se rieron de gusto, con ganas, en aquella taberna, dos horas después de haber decidido no suspender el Carnaval, y aquella risa fue lo más sano que se oyó en Santoña en toda la semana.
Yo también me reí. Y Cefe se rió, y Chuchi levantó el trapo, y Mila dijo que ojalá, que a ver si se sabía de una vez, y hasta Nati, con los ojos rojos, torció la boca.
Y yo estaba de pie debajo del besugo de escayola, con el abrigo a medio poner y con un brazo dentro de la manga, mirando alrededor.
Y no se rió todo el mundo.
No se rió Juli Barquín, que estaba en la barra con un vaso de agua y que llevaba dos horas mirando fijamente el hule de la mesa.
No se rió un señor mayor de los de la cofradía, que se puso la gorra y salió.
No se rió Nerea, que no sabía de qué iba nada.
No se rió Fabián, que no se había reído en toda la noche y que no cuenta.
Y no estaba Casilda.
Casilda Liaño no estaba en aquella taberna, y en aquella taberna estaba Santoña entera, y eso yo lo pensé aquella noche exactamente durante el tiempo que se tarda en meter el otro brazo en la manga de un abrigo, y luego salí a la calle, y hacía un frío que cortaba, y me fui a mi casa a dormir.