Capítulo 9
El sargento primero la leyó dos veces y se la pasó a la guardia, y la guardia la leyó una vez y la fotografió con el móvil, y yo, que estaba de pie al lado de la puerta de la oficina con las manos metidas en los bolsillos del delantal, no dije absolutamente nada, porque llevaba dos años metiendo la mano en aquel tirador para nada, igual que la metía todo el mundo.
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Baldomero Portilla es sargento primero, jefe del puesto, y le queda año y medio para irse.
Cincuenta y cinco años. Es un hombre grande que anda despacio, que se sienta despacio y que habla como quien lleva treinta años oyendo a gente contarle cosas a las cuatro de la mañana.
Le llaman Baldo desde que llegó, hace once años, y aquel lunes tenía encima el Carnaval del Mar, tres mil personas en la calle durante quince días y dos bajas en el puesto, una de espalda y otra de una operación.
La guardia primero se llama Rocío Venero, tiene veintisiete años, es de Jaén y llevaba cuatro meses en Santoña.
Estaba morada de frío. Lo digo sin ninguna guasa: llevaba el gorro puesto dentro de la nave y las manos metidas en los sobacos cada vez que dejaba de escribir, y Obi ya le había dicho tres veces que eso no era frío, que el frío venía en marzo.
Trabajaron bien. Quiero que quede escrito, porque después he oído decir muchas tonterías en los bares de este pueblo. Estuvieron desde las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde, midieron, fotografiaron, preguntaron, volvieron a preguntar, y no dieron nada por sabido.
— A ver, Visi — Portilla se puso delante de la puerta de la cámara con las manos a la espalda —. Explíqueme esta puerta. Usted que la abre todos los días.
— Es de resorte.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Pues que se cierra sola.
— Enséñemelo.
Empujé la puerta con dos dedos, sin fuerza ninguna, y la puerta se fue sola y dio el golpe. Ese ruido lo he oído cuarenta años.
— ¿Siempre?
— Siempre. Es de las de antes. Se pone así para que no se quede abierta y se te vaya el frío, que el frío cuesta dinero. Todas las cámaras de esta casa son iguales.
— ¿Y desde dentro?
Y ahí llegamos.
Venero abrió, entró, y le enseñó al sargento el tirador de dentro, que es una palanca de acero pintada de rojo puesta a la altura del pecho, con un muelle detrás, y que si la bajas suelta el pestillo y sales.
Eso es lo que hace en todas las cámaras del mundo.
La bajó. No pasó nada. La volvió a bajar.
La palanca se movió tres centímetros, floja, con la boca abierta, sin morder nada, y volvió sola a su sitio.
— Está rota — dijo Venero.
— ¿Desde cuándo?
— Desde hace dos años — dijo Olvido, y sacó la carpeta.
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Y aquí es donde este pueblo tiene que mirarse a la cara, y yo la primera.
Aquel tirador llevaba dos años roto. Dos. Y lo sabía todo el mundo. Lo sabía yo, lo sabía Olvido, lo sabían las ocho de la mesa, lo sabían los de la peña que montaban los decorados a cuatro metros de aquella puerta, y lo sabían los críos que entraban a por hielo. No era un secreto. Era un chiste.
— Ahí dentro no te metas, que te quedas.
— Ahí dentro te metes y ya estás en el año cincuenta.
— Pon el pie, hija, pon el pie.
Eso se decía. Eso lo he dicho yo. Cuando alguien iba a entrar a la vieja a por algo, se le decía que pusiera un palé o una caja en la rendija de la puerta, y ya está, y todo el mundo lo hacía y nadie lo hacía siempre.
Yo he entrado en esa cámara cien veces sin poner nada porque solo iba a mirar una tapa y salía en veinte segundos.
Cien veces. Y las cien veces la puerta se cerró detrás de mí con su golpe y las cien veces salí empujando con el hombro, porque la goma se pega pero la puerta se abre desde dentro si te apoyas bien.
Se abre desde dentro. Ésa es la cosa. La puerta de la cámara vieja se abre desde dentro empujando fuerte, si sabes cómo, y si tienes fuerza, y si no estás cansada, y si no llevas nueve horas a un grado con una tela fina encima.
— ¿Y el teléfono? — dijo Portilla.
— Ahí dentro no hay cobertura — dije yo.
— ¿Cómo que no hay cobertura?
— Que no la hay, sargento. Es una caja de metal. Métase y verá.
Se metió. Se metió el sargento primero Portilla en la cámara vieja de La Buenamar con el móvil en la mano, y estuvo dentro medio minuto dando vueltas con el brazo en alto, y salió, y no dijo nada, y le enseñó la pantalla a Venero.
Yo lo estaba mirando desde tres metros. Y en aquel momento, con la nave llena de gente y con el compresor zumbando, aquello me pareció simplemente una cosa que yo sabía y que ellos no.
— Es un chiste de la casa — dijo Nerea desde el fondo, que llevaba tres horas sentada en un palé sin que nadie le dijera que se fuera —. Ahí dentro no entra ni el wasap. Se lo dice todo el mundo. Yo lo digo todos los días.
Y Venero apuntó eso en su libreta, y yo le vi la cara mientras lo apuntaba, y ésa fue la primera vez que me fijé en aquella chavala.
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A las siete y media, Portilla nos juntó a Olvido y a mí en la oficina y nos lo dijo derecho, que es lo suyo.
— Yo no les voy a contar un cuento. Ustedes son mayores.
— Diga.
— Esto tiene toda la pinta de lo que parece — se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, muy despacio —.
Una señora entra sola de noche a guardar una cosa.
Empuja la puerta y la puerta se cierra, que es lo que hace esa puerta.
Va al tirador y el tirador lleva dos años roto.
Coge el teléfono y ahí dentro no hay línea.
Y fuera hay un desfile con tres mil personas y cuatro murgas.
Eso es todo. Eso, señoras, pasa. Pasa más de lo que ustedes se creen.
Olvido tenía la factura de los setenta euros encima de la mesa, delante, y no la miraba.
— Golpearía — dijo Olvido.
— Golpearía.
— Y estábamos ahí. Estábamos todos ahí, a doscientos metros.
— Señora Colina — Portilla se quedó un momento buscando la manera y no la encontró, y lo dijo tal cual —.
Esa nave es de piedra y de chapa, y esa cámara es una caja forrada de goma.
Yo he estado dentro esta mañana con la puerta cerrada y mi compañera ha dado con la porra fuera.
No se oye. No se oye desde ocho metros. Y el domingo por la noche, en la dársena, había un bombo.
Nadie dijo nada durante un rato largo.
— Se lo digo yo — acabó diciendo el sargento, y se levantó, y cogió el sombrero —. Yo llevo once años aquí y once Carnavales. Y llevo treinta en esto. Y esto es un accidente, y es de los que dan rabia, porque es de los que se arreglan con setenta euros.
Y todo el mundo asintió. Yo también. Yo asentí, porque llevaba dos años metiendo la mano en aquel tirador y llevaba dos años haciendo ese chiste, y porque me parecía la cosa más razonable que había oído en mi vida.
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Los últimos se fueron a las ocho pasadas.
Yo me quedé, que era lo mío, porque había que cerrar. Olvido se fue a las ocho y media con una cara que no le he visto ni cuando se murió su padre, y yo me quedé sola en el patio con las llaves.
Y volví a entrar. Encendí solo la fila del fondo.
Me puse delante de la puerta de la cámara vieja, en un sitio donde llevo cuarenta años poniéndome, y en vez de mirar la puerta miré el marco, que es lo que no mira nadie.
La falleba está a la altura de la cadera.
Es un cerrojo de hierro de los que ponían antes, un pasador macizo de casi dos centímetros con su varilla y su hembrilla remachada al marco, y lleva catorce manos de pintura encima.
Catorce por lo menos. Lo he visto pintar tres veces yo misma, y cada vez que se pinta esa nave, el que pinta pasa el rodillo por encima del cerrojo sin quitarlo, porque quitarlo llevaría media hora y a nadie le importa.
Debajo hay verde. Debajo del verde hay un color crema.
Debajo del crema no lo sé. Encima, lo último, hay un gris que ya no se hace.
Esa falleba lleva veintiocho años sin moverse.
Desde que se murió el abuelo de Olvido, que la echaba todas las noches de su vida y que fue el último que le puso la mano encima.
Es un chiste nuestro. Cuando alguna baja a la vieja se le dice que no se olvide de echar la falleba, no se le vaya a escapar el bacalao.
Yo se lo he dicho a Nerea este mismo invierno.
Y aquella noche, con la fila del fondo encendida y todo el mundo fuera, me agaché y la miré de cerca. De muy cerca. A un palmo.
La costra de pintura gris estaba cuarteada.
En el arranque del pasador, donde el hierro entra en la guía, y en todo el recorrido de la varilla, la pintura estaba partida en escamas limpias, con los bordes vivos, blancos por dentro, del blanco que tiene la pintura vieja cuando se rompe y todavía no le ha dado el aire.
Había polvillo gris en el suelo, debajo, encima del cemento. Poco. Una pizca. La que hace una uña.
Yo llevo cuarenta años mirando esa puerta todos los días de mi vida. Y aquella pintura, hasta el domingo, era una sola pieza.
Me quedé agachada un rato, con la mano apoyada en la chapa fría y sin tocar el hierro, porque hasta yo, que de esto no sé nada, sabía que aquello no se toca. Después me levanté, apagué la fila del fondo, salí y cerré con mi llave.
Y no dije nada. Ni a Olvido, que estaba a cien metros. Ni al sargento, que me había tratado bien y que se había metido en una cámara a un grado con el móvil en alto para comprobar una cosa que le había dicho yo. Ni a mi hija.
No lo dije porque a las ocho y media de la tarde de aquel lunes yo no tenía nada.
Tenía una costra de pintura rota y una pizca de polvo gris encima del cemento, la que se saca de una uña, y con eso en la mano no se entra en un cuartel el mismo día en que se ha muerto una mujer a decirle a un hombre que lleva treinta años en esto que se equivoca porque a ti te suena raro un cerrojo.
Eso es lo que me fui diciendo mientras cruzaba el patio, y me lo seguí diciendo mientras echaba la llave, y me lo estaba diciendo todavía cuando me di la vuelta desde la esquina, con la mano en el bolsillo, a mirar otra vez el tejado de aquella nave.