Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 8
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Capítulo 8

Bocarte se puso a rascar la puerta de la cámara vieja a las nueve y cinco de la mañana del lunes veintidós de febrero y no paró.

Eso hay que entenderlo bien, porque si no, no se entiende nada de lo que vino después.

Ese perro rasca esa puerta desde que tiene un año.

La rasca los martes, la rasca en agosto y la rasca el día de Nochebuena.

Detrás de esa puerta hay veintitantos barriles de salazón del abuelo de Olvido con una salmuera criada durante cincuenta años, y esa salmuera no huele como la de la nave nueva: huele a más cosas, huele a viejo, huele a una profundidad que la de ahora no tiene, y para un perro de agua glotón de doce kilos aquello es la puerta del paraíso.

Yo llevo seis años apartándole de ahí con la rodilla.

Lo que pasó aquel lunes es que no paró.

———

Habíamos entrado a las nueve, como decía el papel del tablón, y la mesa estaba en un estado lamentable y feliz.

— Yo no puedo — decía Obi, con la cofia mal puesta y las gafas de sol en la cabeza, dentro de la nave —. Yo hoy no puedo. Yo hoy vengo de visita.

— Trabaja, anda.

— Es que yo bailé, Mila. Yo bailé de verdad.

— Tú bailaste encima de mi pie.

— Eso fue el aro de la carroza.

— Eso fue tu pie, Obdulia.

Nerea llegó con veinte minutos de retraso, cosa que no le pasa nunca, y con unas gafas de sol más grandes que las de Obi, y se sentó sin decir buenos días, y la mesa entera la aplaudió despacio hasta que se puso colorada.

Chenta llegó a las nueve menos cinco, la primera, como siempre, y ya llevaba veinte anchoas hechas cuando entramos las demás.

Y Casilda no había venido, que aquel día tampoco nos extrañó, porque a las siete la mesa estaba vacía y ella viene a las siete.

Olvido salió de la oficina con el abrigo todavía puesto y una cara de estar sumando.

— ¿Quién se dejó ayer la luz de la vieja?

— Yo no.

— Yo no.

— Alguien de la peña — dijo Mila —. Sacaron la carroza a las siete, hija. Salieron todos corriendo.

— Pues llevan dadas doce horas. Doce. Ocho fluorescentes de tubo de los antiguos — Olvido se quitó el abrigo por fin, doblándolo por la mitad —. Con lo que cuesta esto.

— Olvido, mujer, que es Carnaval.

— Que es Carnaval y que la luz la pago yo.

Y ahí se acabó. Se rieron dos, alguien dijo que Olvido era peor que su abuelo, y yo cogí las llaves y crucé el patio a apagar, que me tocaba a mí porque me toca a mí siempre, y detrás vino el perro, que va detrás de mí desde hace siete años.

———

Fui apagando fila por fila, como el jueves.

La nave estaba desordenada de la manera en que se queda una nave después de una noche así: el suelo lleno de recortes de papelón, dos escaleras tiradas, un rollo de cinta, el hueco enorme donde había estado el barril de cuatro metros, y las telas azules colgando de las cerchas.

Olía a pintura y a serrín y a mar, porque el portón del muelle estaba entornado.

Apagué la fila de la entrada. Apagué la del medio.

Y cuando iba por la del fondo, Bocarte ya estaba en la puerta de la cámara vieja rascando con las dos patas.

— Bocarte, quita.

Rascó más.

— Bocarte.

Le aparté con la rodilla, como llevo haciéndolo seis años.

Volvió. Le aparté otra vez y se metió por el otro lado, y se puso a rascar la goma de abajo con el hocico metido en la rendija, resoplando, con ese ruido que hacen cuando se les mete un olor en la nariz y ya no hay perro.

Le tiré de la correa. Se sentó. Y en cuanto le solté, volvió.

Y ahí sí me paré.

Porque un perro que rasca es un perro. Un perro que rasca, se lleva un empujón, se sienta, y a los cuatro segundos vuelve, ha olido algo que no estaba ayer.

Yo pensé que se había caído una tapa. Los barriles del abuelo están tapados con tapa de madera y un canto de plomo, y si se cae una tapa el olor sale como sale el humo de una chimenea, y ese perro me lo iba a decir aunque yo estuviera en la nave nueva.

Pensé: se ha caído una tapa. Pensé: alguien de la peña ha movido un barril y me lo ha dejado destapado. Pensé, y esto lo pensé con un poco de mala idea, que Olvido se iba a poner el doble de furiosa por un barril destapado que por doce horas de fluorescente.

Y abrí la puerta.

———

Voy a contar exactamente lo que hice, porque me lo han preguntado mucho y porque durante un tiempo yo misma no estuve segura, y ahora sí lo estoy.

Puse la mano izquierda en la manilla y tiré, y la puerta no vino.

Entonces bajé la mano derecha a la falleba y la abrí.

Ya está. Eso es todo lo que hice. Bajé la mano un palmo, cogí el pasador de hierro con el pulgar y con dos dedos, tiré hacia arriba, chirrió, se resistió, volví a tirar con la muñeca, y salió. Y solté la varilla, y cogí la manilla, y tiré, y la puerta se abrió con su ruido de ventosa.

No pensé nada. No pensé absolutamente nada. Y quien no lo entienda es porque no ha trabajado nunca con las manos.

Las manos van solas. Las manos de una mujer que lleva cuarenta años abriendo puertas en una nave abren lo que haya que abrir sin pedirle permiso a la cabeza, igual que yo saco una piel en dos pasadas mientras estoy pensando en la factura de la luz, igual que tú bajas una persiana atascada y a los diez segundos no sabrías decir si estaba atascada.

Aquella mañana yo tenía un perro rascando, una tapa caída en la cabeza y ocho horas de fluorescente que le iban a costar un dinero a Olvido.

Y una puerta que no venía. Y a una puerta que no viene, se le quita lo que la tenga.

Yo abrí aquella falleba a las nueve y cinco de la mañana del lunes veintidós de febrero con mi propia mano derecha, y me acuerdo del chirrido, y me acuerdo de que tuve que tirar dos veces.

———

Amalia estaba sentada en un barril, en el fondo de la cámara, muy derecha.

Tenía el cuaderno de los versos cerrado en el regazo y las dos manos encima. Llevaba el traje de la peña, el de la tela fina azul. Y estaba fría.

Eso es todo.

Eso es todo lo que voy a decir de aquello, ahora y siempre.

———

Yo no grité. La gente se cree que se grita.

Cerré la puerta, que fue lo primero que hice, y aquello me lo he perdonado y me lo he vuelto a perdonar cuatro o cinco veces desde entonces.

Cerré la puerta y me quedé con la mano en la manilla.

Después cogí al perro por el collar, y le saqué de allí, y le até a un poste.

Y después crucé el patio hasta la nave nueva, entré, fui hasta la mesa, me puse al lado de Olvido y le dije al oído que llamara a Rosalina y al cuartel.

— ¿Qué pasa?

— Llama, Olvido.

— Visi, ¿qué pasa?

— Que llames.

Llamó.

———

Rosalina Zorrilla llegó en cuatro minutos, andando desde la farmacia con el bolsón de la báscula, y no preguntó nada por el camino.

Cuarenta y siete años, farmacéutica, y en un pueblo como éste una farmacéutica es la primera persona a la que llama todo el mundo antes de llamar a quien hay que llamar.

Entró ella sola. Yo me quedé fuera con la espalda en la chapa.

Salió a los dos minutos y cerró la puerta detrás de sí con las dos manos, muy despacio, y se quedó allí un momento sin soltar la manilla.

— Visi.

— Sí.

— ¿Quién ha entrado ahí?

— Yo. Y tú.

— Nadie más entra. Que no entre nadie más — se pasó la mano por la boca —. Llama otra vez al cuartel y diles que vengan ya, no dentro de un rato.

— ¿Rosalina...?

— Está fría, Visi. Llevará ahí toda la noche — y me miró, y fue una mirada de mujer de cuarenta y siete años que sabe perfectamente que a mí me quedan cuarenta años de acordarme de aquella mañana —.

Está a un grado. No hay nada que hacer desde hace muchas horas y no lo ha pasado como te lo estás imaginando.

Se duerme uno. Eso es lo que pasa. Se queda uno dormido.

No sé si es verdad. He pensado mucho si es verdad. Sé que Rosalina Zorrilla me lo dijo aquella mañana en el patio de la conservera con el bolsón de la báscula al hombro, y sé que a lo mejor no era su trabajo decírmelo, y le estoy agradecida.

———

Después vino lo que viene siempre.

Vino el coche del cuartel, y vinieron los de Laredo, y vino gente que yo no conocía, y vino la ambulancia sin prisa ninguna, que es la peor de las cosas que se ven.

La mesa se quedó dentro de la nave nueva, sentada, sin sobar, con las manos en el regazo y sin que nadie mandara nada.

Y a las once de la mañana lo sabía Santoña entera, y a las once y media había cuarenta personas en la calle de arriba, y a las doce vino Fabián Lombera y no le dejaron pasar del portón, y se quedó ahí de pie con la boina en la mano, quieto, sin decir nada a nadie, durante hora y media.

A alguna hora de aquella mañana, Olvido dijo:

— Hay que avisar a Casilda.

Y todas nos quedamos calladas, porque era verdad y porque no había ninguna gana.

— Que no se entere en la calle — dijo Olvido —. Que no se entere por la calle, Visi, que se nos muere.

Yo conozco la cocina de Casilda Liaño mejor que la de mi hermana.

He estado allí mil veces en cuarenta años: a llevarle la compra, a que me diera de merendar cuando yo tenía dieciséis y estaba muerta de miedo en aquella mesa, a llorarle lo que hubiera que llorarle.

Es una cocina pequeña con hule de cuadros en la mesa y un aparador de madera oscura con una cristalera arriba, y en el aparador tiene las fotos.

Las tiene desde siempre. Están su Jacinto con el uniforme, están las de la mesa del ochenta y tantos, está una de Fino de crío con un bocadillo.

Y está la de la boda: una boda de las de antes, en blanco y negro, en la puerta de una iglesia que no es la nuestra, con seis o siete personas y una novia con un vestido corto de los setenta.

Yo le habré preguntado por esa foto una vez, hace treinta años, y ella me habrá dicho lo que decía siempre, que son unos primos de Colindres. Y yo habré dicho ah. Y me habré comido la merienda.

Fue Olvido, al final. Subió ella y se lo dijo ella, y estuvo dos horas allí, y volvió a las tres de la tarde sin decir cómo había ido.

———

A mí me tuvieron toda la mañana. Me preguntaron tres veces lo mismo, que quién había abierto, y a qué hora, y por qué, y tres veces conté lo del perro y lo de la tapa.

Me portaron muy bien. Un guardia joven me trajo un café de máquina que estaba malísimo y se quedó conmigo un rato sin decir nada, de pie, que era exactamente lo que había que hacer.

Y a la una me dijeron que fuera a comer algo y que no me alejara, y salí por el portón del muelle, y me paré a desatar al perro, que llevaba cuatro horas atado al poste y que no había hecho absolutamente nada malo.

Y desde allí, agachada, con la correa en la mano, se veía la puerta de la cámara vieja de lado.

Se veía el marco. Se veía el resorte. Y se veía la falleba, ahí a la altura de la cadera, con la varilla levantada y apoyada en la guía, en la postura en que se queda cuando se abre.

Y entonces me acordó la mano.

Fue así, y no sé decirlo de otra manera, porque no me acordé yo: se me acordó la mano derecha, el pulgar y los dos dedos, esa memoria tonta que tienen las manos y que es la única que a mí no me ha fallado nunca.

El pulgar se acordó del hierro. Se acordó de que estaba duro.

Se acordó de que tuve que tirar dos veces y de que la segunda vez me apoyé con la muñeca, y se acordó del chirrido, ese chirrido que yo no había oído en toda mi vida de trabajo y que aquella mañana, con un perro rascando y con la cabeza puesta en una tapa caída, me entró por un oído y me salió por el otro.

Me quedé agachada al lado del poste, con la correa en la mano y el perro tirando para irse a comer, mirando aquel trozo de hierro pintado catorce veces que llevaba veintiocho años sin que nadie le pusiera un dedo encima.

Alguien lo había echado. Y luego lo había abierto yo.

Me levanté. Me fui. No dije nada.