Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 7
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Capítulo 7

El domingo veintiuno amaneció con sur, y cuando aquí amanece con sur pasa una cosa que hay que ver para creérsela: se levanta la niebla de golpe, el aire se queda seco y transparente, y desde la dársena se ve Laredo tan cerca que parece que se puede ir andando.

Se ven las casas una por una. Se ve el color de las contraventanas.

El monte se pone verde de un verde que no tiene en todo el año y la mar deja de ser gris por unas horas y se queda de un azul duro, casi negro, con la luz de febrero encima, que es una luz baja y amarilla que le da a todo un filo raro.

Y la gente sale a la calle en manga corta.

En febrero. Con doce grados. En Santoña, cuando entra el sur, hay señores de sesenta años tomando el vermú en la terraza sin chaqueta y con los brazos al aire, y la Rosalina de la farmacia lleva veinte años avisando de que después de un sur viene lo que viene, y no le hace caso ni su madre.

Yo salí al balcón a las nueve de la mañana con el café y me quedé un cuarto de hora sin hacer nada, que es un lujo que me doy tres veces al año.

Mi casa está en la cuesta, en el segundo, y desde el balcón se ve la dársena entera: los barcos amarrados, el tejado de chapa de la nave vieja de La Buenamar, la esquina del muelle y, al fondo, el agua. Ese balcón lo he mirado toda mi vida.

Aquel domingo, con el sur, se veía hasta el faro.

———

El desfile de carrozas es el día grande y eso en Santoña no lo discute nadie, ni los que dicen que lo bueno es el Juicio, ni los que dicen que lo bueno es la Quema, porque el domingo de carrozas baja a la dársena hasta el que no ha salido de casa en todo el invierno.

La peña Los Sobados lleva desde el uno de febrero montando la nuestra en la nave vieja y aquel año habíamos hecho un barril.

Un barril de cuatro metros, de tablones y de papelón, con las duelas pintadas y un aro de aluminio alrededor, y dentro, en vez de anchoas, catorce personas de la mesa y de la familia de la mesa, asomando por arriba con el pañuelo azul.

La idea había sido de Nerea y hay que reconocer que la idea era buena.

La ejecución la llevó Juli, que se pasó tres semanas debajo de aquello con el soplete, y que iba subido encima de la carroza con un mono blanco haciendo de sal, que fue lo único que se le ocurrió a Obi para justificar que Juli fuera de blanco.

— Es que la sal no se disfraza de nada, hija.

— Pues de blanco.

— Es que de blanco es de sal o es de cocinero.

— De sal — dijo Juli —. Yo voy de sal. A mí me da igual.

Salimos a las siete de la tarde con la noche ya encima, que es cuando sale el desfile aquí, porque el desfile baja a la dársena y a la dársena hay que bajar cuando la mar deja sitio, y no al revés.

Sara me lo había explicado el miércoles con la tabla en la mano y yo me pasé toda la noche del domingo mirando el agua y pensando en mi hija.

Fue un desfile bueno. Fueron dieciocho carrozas y cuatro murgas y tres mil personas en la calle con el sur todavía dando, en manga corta a las nueve de la noche del veintiuno de febrero, y a las diez ya no había manga corta porque el sur se cayó de golpe, como se cae siempre, y a las once hacía un frío que pelaba y no se fue nadie. Nadie se va nunca.

Vi a Nerea toda la noche con el móvil en alto.

Estaba en la esquina de la dársena, en la esquina de la nave vieja, plantada allí con dos amigas, grabándose ella misma bailando delante de las carrozas que pasaban, con el pañuelo puesto y una cara de felicidad que daba gusto verla. Me la crucé como a las once y media.

— Visi, ¿me grabas?

— No sé darle.

— Que no hay que darle a nada, que ya está dado.

— Nerea, hija, que yo tengo cincuenta y seis años.

— Y qué — me puso el móvil en la mano —. Que no lo tires.

Le grabé quince segundos. Salió movido y salió mal y ella lo puso igual.

———

Lo de Cefe fue a las once y media, y lo de Cefe hay que contarlo bien y por su orden, porque después se ha contado de doce maneras distintas y en once de ellas Ceferino Toca queda como un pobre hombre, y aquella noche Ceferino Toca quedó como lo que es.

La murga de los del muelle lleva desde el año noventa acabando el desfile en el mismo sitio: en el muelle de la dársena, delante de la caseta de la cofradía.

Y desde el año noventa, la última copla va dedicada al patrón mayor, sea quien sea el patrón mayor.

Es la tradición. Y desde hace ocho años, que es lo que lleva Cefe Toca de patrón, la última copla va dedicada a Cefe Toca, y todos los años acaba igual, y todos los años lo sabe todo el mundo, y todos los años Cefe se pone allí de pie con los brazos cruzados y la cara de piedra, aguantando el chaparrón como un hombre.

Cantaron lo suyo. Cantaron cuatro coplas sobre el reparto, sobre las reuniones y sobre una furgoneta, y a la última se le echaron encima ocho, lo cogieron en volandas entre todos y lo tiraron a la dársena.

Doscientas personas. Doscientas por lo bajo, y la mitad grabando.

Y Ceferino Toca, patrón mayor de la cofradía de pescadores de Santoña, cincuenta y ocho años, cayó al agua de espaldas con la ropa puesta.

Y estaba la bajamar. Del agua al canto del muelle había cuatro metros de piedra mojada y la escala más cercana estaba veinte pasos más allá, y aquello se convirtió en lo que se convierte aquí cualquier cosa que se pueda hacer entre muchos: en una obra pública.

Bajaron una escala de mano entre cuatro, con doscientos dando instrucciones distintas y contradictorias, y tardaron en subirlo lo que se tarda cuando ayuda todo el mundo.

Veintidós minutos estuvo Ceferino Toca en el agua de la dársena de su pueblo, en febrero, a las once y media de la noche, agarrado al noray con las dos manos y con la cara de piedra, y trescientas personas aplaudiendo cada vez que asomaba.

— ¡Que se va a helar!

— ¡Cefe, a La Bocana!

— ¡Que le den una manta!

Y se lo llevaron a La Bocana en volandas, envuelto en una bandera de la peña, y allí estuvo hasta la una y pico, y yo lo dejé allí sentado al lado de la estufa con un caldo y con la ropa de Chuchi puesta, riéndose y diciéndole a todo el mundo que menudos son.

Yo me reí como una tonta. Me reí desde las once y media hasta que me metí en la cama.

———

Casilda no fue.

Me acordé a las diez de la noche, cuando la carroza pasó por delante de la iglesia y yo miré para la puerta, que es donde se pone ella, y no estaba. La llamé desde la esquina, con el ruido del bombo detrás, y tuve que meterme en un portal para oírla.

— Madrina, ¿dónde anda?

— En casa.

— ¿Cómo que en casa?

— Que me duelen las piernas, hija.

— ¿Quiere que suba Sara a por usted? Que tiene el coche ahí arriba, en dos minutos la baja.

— No, no.

— Que la baja y la sube, Casilda, que no es nada.

— Que no, Visi. Que hoy no.

Y colgó, que es lo que hace ella cuando ha dicho lo que tenía que decir.

Casilda Liaño no se ha perdido un desfile de carrozas en sesenta años.

Eso lo sabe todo el pueblo. Hay una foto en La Bocana, en la pared del fondo, del año setenta y nueve, con la carroza de la conservera y catorce mujeres encima, y en el borde de la foto, abajo a la izquierda, se ve a Casilda con un crío de la mano.

Yo colgué el teléfono en aquel portal y pensé lo que habría pensado cualquiera.

Pensé que tiene setenta y ocho años. Pensé que hacía frío.

Pensé que en enero ya había dicho dos veces que no bajaba a la compra.

Y volví al desfile, y me metí debajo del barril, y me pasé dos horas dando saltos con un pañuelo azul en la cabeza.

———

Volví a casa a las doce y media pasadas, subiendo la cuesta despacio, con los pies destrozados, con Bocarte tirando de la correa porque el perro se había pasado el desfile entero debajo de la carroza y estaba loco por llegar a su manta, y con esa cosa que se le queda a una en el cuerpo después de un día así, que es cansancio y es alegría a la vez y que no hay manera de separar.

Antes de acostarme salí al balcón. Lo hago todas las noches y lo llevo haciendo veinte años: salgo, miro la dársena, veo qué barcos están, y me meto. Un minuto. Es lo que hago en lugar de rezar.

La dársena estaba negra, con las farolas del muelle dando esa luz naranja, y el agua quieta, y todavía se oía la murga muy lejos, hacia la plaza.

Y en la nave vieja de La Buenamar, allí abajo, a doscientos metros de mi balcón, estaban los fluorescentes encendidos.

Se veía perfectamente. Por las ventanas altas y por la claraboya rota del testero, ese blanco de tubo que no se parece a ninguna otra luz.

No le di la menor importancia.

Voy a decir por qué, y no es una excusa: estábamos en Carnaval.

Aquella nave llevaba veinte días con la luz dada a horas raras porque allí montaba la peña, y allí entraba y salía medio pueblo, y aquella misma noche habían sacado de allí una carroza de cuatro metros y catorce personas.

Que hubiera luz en la nave vieja a las doce y media de la noche del domingo de carrozas era la cosa más normal del mundo. Era lo raro que no la hubiera.

Pensé, textualmente, y esto lo pensé: mañana Olvido se pone hecha una furia con el recibo.

Y me metí para adentro y cerré el balcón.

———

Chebo llamó a la una.

— ¿Y ese pelo?

— Es el pañuelo, que me lo he quitado ahora.

— Ah.

Le conté lo de Cefe. Se lo conté entero, con detalles, y a mitad me tuve que parar porque me estaba riendo yo sola y él estaba con la cara quieta esperando, con esos dos segundos de retardo, y detrás el ruido de la sala de máquinas, y aquello me daba todavía más risa.

— Al agua — dijo.

— Al agua, Chebo. Vestido. Con los zapatos.

— Todos los años igual.

— Todos los años igual.

— Y él encantado.

— Encantadísimo. Estaba en La Bocana con la ropa de Chuchi puesta cuando me vine.

Chebo se rió con retardo. Estuvimos hablando un cuarto de hora de la carroza, de Juli vestido de sal, de Sara y de lo de las mareas, y de que a la vuelta, en marzo, teníamos que mirar lo de la caldera.

Me preguntó por Casilda y le dije que no había ido y que le dolían las piernas, y él dijo que a ver si íbamos al médico de una vez, y yo dije que sí, que la semana que viene.

— Anda, vete a dormir, que mañana entráis a las nueve.

— A las nueve. Como los señores.

— ¿Y eso?

— Cosas de Olvido.

Me fui a dormir a la una y veinte. Me dormí en cuanto puse la cabeza, que a mí me pasa siempre, y dormí de un tirón hasta las siete y media, y me levanté tarde por primera vez en veinte años, y me hice el café con calma, y bajé a la conservera andando por la cuesta con un sol de sur que ya no era sur y con las piernas doloridas de haber bailado.