Capítulo 6
Un bombo. Un bombo solo, a las once de la mañana del sábado, calle Manzanedo abajo, y detrás dos trompetas desafinadas y catorce personas cantando algo que no se entendía. Eso es lo que me despertó, y eso es lo que despierta a este pueblo dos semanas al año, y no conozco a nadie que se queje.
Las murgas salen el sábado a media mañana y no paran hasta la noche.
Van por las calles, se meten en los bares, se paran en las esquinas y cantan lo suyo, y luego se van a otra esquina y cantan lo mismo, y la gente las sigue de una esquina a otra bebiendo café con leche a las once y media de la mañana y aplaudiendo coplas que oyó anteayer.
Es una tontería preciosa. En febrero, en un pueblo de la costa, con la mar gris y sin un turista en cien kilómetros, cuarenta señores disfrazados de bocarte cantando por la calle es exactamente lo que hace falta.
Aquel sábado, además, había otra cosa, porque aquel sábado Santoña llevaba doce horas jugando a un juego nuevo que se había inventado un hombre de setenta años subido a un taburete, y a las once de la mañana ya no se hablaba de otra cosa en ninguno de los seis bares de esta villa.
— A mí me da igual — decía Chuchi en la puerta de La Bocana, a nadie en concreto, con el trapo al hombro —. A mí me da exactamente igual.
— Ya se te ve.
— Que me da igual, digo.
— Chuchi, que llevas desde las nueve diciendo que te da igual.
———
Y así estaba el pueblo entero.
Yo bajé a por el pan a las doce y tardé una hora y cuarto, que es lo normal en Carnaval, y en esa hora y cuarto oí las siguientes cosas y no me estoy inventando ninguna.
Oí a un señor de setenta y tantos explicarle a otro, en la puerta del mercado, que él lo del solar de su padre lo arregló en el noventa y seis con papeles y con notario y que quien diga lo contrario que lo diga a la cara.
No se lo estaba discutiendo nadie. El otro señor había ido a comprar pimientos.
Oí a dos mujeres en la pescadería ponerse de acuerdo en que el verso iba por el cuñado de una de ellas, y a la de la pescadería decirles que no, que iba por un tema de la cofradía, y que ella lo sabía de buena tinta, y que no podía decir más.
Vi a Nati Somarriba con la persiana de Copias Rápidas subida un sábado a mediodía, cosa que no ha pasado nunca, ordenando un expositor que estaba ordenado, mirando a la calle cada vez que pasaba alguien.
Y oí a Obi, en la panadería, contarle a la de la panadería que Amalia le había dicho a ella personalmente que este año no saliera de casa, y a la de la panadería preguntarle, con la cara blanca, que si Amalia había dicho algo de la báscula.
Eso es lo que pasó en Santoña aquella semana y es lo más gracioso que yo he visto en mi vida.
Una mujer de sesenta y cuatro años había escrito cuatro líneas y en cuatro líneas no había dicho un solo nombre, y este pueblo entero, tres mil y pico personas, cada una con su cosa vieja metida en el fondo del cajón, se puso a repartirse la culpa a codazos.
Porque resulta que todo el mundo lleva medio siglo guardando algo.
Ésa es la verdad, y Amalia la sabía mejor que nadie porque llevaba cuarenta años imprimiendo las esquelas.
A las siete de la tarde ya había gente que no se hablaba.
———
La Bocana, el sábado por la noche, estaba peor que el viernes, y eso que el viernes había sido el pregón: Chuchi tenía la puerta abierta de par en par en febrero para que se pudiera respirar, y la gente entraba y salía por encima de la gente, y había un ruido que no dejaba oír a la persona que tenías al lado.
Nos habíamos metido las de la mesa en el rincón de siempre, con el pañuelo puesto, después de seguir a la murga desde la plaza, y estábamos las siete.
Mila, Obi, Chenta, Nerea, dos hijas de Obi y yo.
Y Casilda, en su sitio del radiador, con su café con leche y su bolso en las rodillas, que había venido andando desde su casa y que llevaba allí desde las nueve.
En la mesa de al lado, Cefe Toca con tres de la cofradía. En la barra, Juli. Al fondo, Nati con el marido. Fabián no estaba. Fabián llevaba desde el viernes sin aparecer, y aquella noche yo pensé que estaba en su casa dándose importancia.
— Es que yo lo que digo — Mila iba por el segundo carajillo y estaba en su mejor momento — es que aquí, para saber quién es, hay que mirar quién no está. Y Fabián no está.
— Fabián está en su casa.
— Fabián está escondido.
— Fabián leyó el papel, Mila. ¿Cómo va a ir el verso por Fabián si lo leyó él?
— ¡Anda! Pues por eso — Mila dio un golpe en la mesa con la mano abierta —. Por eso lo leyó. ¿Tú te crees que yo he nacido ayer?
— Mila, tú tienes sesenta y dos años y llevas cuarenta diciendo eso.
— Y las que me quedan.
Nerea estaba grabando. Nerea graba desde que se levanta hasta que se acuesta y a estas alturas ya nadie de la mesa se gira a mirar. Aquella noche estaba grabando a Mila dando el golpe, con el móvil a un palmo, y Mila posando sin admitir que posaba.
— Nerea, hija, quita eso.
— Que no sale, Casilda, que es para mí.
— Eso decís todas.
Y entonces Obi se levantó.
No se subió a ningún taburete. Obi no necesita taburetes. Obi se levantó, se puso el pañuelo azul en la cabeza a modo de birrete, cogió una servilleta doblada como si fuera un papel, y se puso en el medio del rincón con esa cara suya de estar a punto de hacer una cosa que no debe.
— ¡A ver! — dijo, y le salió el Fabián clavado, con la boina y todo, sin llevar boina.
— ¡Ay, madre!
— ¡Que tengo una cosa!
— ¡Obi!
— ¡Que esto es de la Mali!
Se cayeron de la silla. Se cayeron de la silla las dos hijas y Mila y hasta Chenta, que se tapó la boca con la mano, y en la mesa de al lado Cefe se giró entero.
Obi tiene ese don. Coge a una persona, le pilla dos cosas, la manera de agarrar el papel y la manera de estirar el brazo porque no trae gafas, y ya está, ya la tienes ahí.
Y leyó de la servilleta.
Este año el Besugo juzga y que tiemble quien lo sepa: hay quien lleva medio siglo guardando lo que se quema.
Lo dijo con la voz de Fabián, marcando el final de cada línea, y ya se estaban riendo antes de la tercera.
Y cuando acabó, en vez de doblar la servilleta y metérsela en el bolsillo, que es lo que había hecho Fabián y lo que todos esperábamos, Obi levantó un dedo y se lo pensó medio segundo.
Yo la estaba mirando y se lo pensó, ese medio segundo lo tuvo. Y remató:
y la que dio lo que era suyo.
Se hundió el rincón. Doce personas lo menos.
Mila con las dos manos en la cara, las hijas de Obi chillando, Chenta riéndose con un ruido que yo no le había oído nunca, y Cefe Toca desde la otra mesa levantando el vaso, y Chuchi desde la barra diciendo que menuda es la Obi, y Obi haciendo una reverencia, y otra, y otra, porque a Obi hay que quitarla del medio con un palo.
— ¡Que ésa no es! — dije yo, riéndome.
— ¿Cómo que no?
— ¡Que ésa no es, Obi, que Fabián solo leyó cuatro líneas!
— Ya. Pero queda mejor así — dijo Obi, y se sentó, y cogió su vaso tan tranquila —. Es que se quedaba coja, hija.
Y eso fue todo. Eso fue exactamente todo lo que pasó. Una mujer de cuarenta y nueve años se puso un pañuelo en la cabeza, imitó a un vecino, se inventó una línea para que la copla no se quedara coja, hizo reír a doce personas y se sentó a acabarse el vino.
Yo me reí. Yo me reí mucho. Quiero dejarlo escrito porque es verdad y porque no pienso escribir esto de otra manera: yo me reí con todo el mundo, y le dije a Obi que era un elemento, y a los cinco minutos ya estábamos hablando de la carroza del domingo.
———
A Casilda la vi a los diez minutos.
Estaba en su sitio del radiador, con las dos manos alrededor de la taza, y no se estaba riendo.
Eso no era raro, porque Casilda no se ríe casi nunca; se le nota en los ojos y ya.
Lo raro era el color. Tenía la cara del color de la pared, y la pared de La Bocana es blanca de cal desde el setenta y ocho.
— Madrina.
No me contestó.
— Madrina, ¿está usted bien?
— ¿Eh?
— Que si está bien.
— Sí, hija — dijo, y se puso a buscar el bolso, que lo tenía en las rodillas —. Sí, sí. Es que me tengo que ir.
— Si acaba de venir. Si son las diez y media.
— Es que me tengo que ir, Visi.
Se levantó despacio, apoyándose en la mesa con las dos manos, que es como se levanta desde el invierno pasado, y se puso el abrigo, y se lo abrochó todo mal, y no se dio cuenta.
Y a mí lo del abrigo sí me llamó la atención, porque Casilda Liaño no lleva un botón mal puesto desde mil novecientos setenta.
— Madrina, ¿le pido a Chuchi que la acerque?
— Que no, mujer.
— ¿Son las piernas?
Y se paró. Se paró un segundo con la mano en el respaldo de la silla, y me miró, y luego miró hacia el rincón, donde Obi estaba contándolo otra vez a dos que acababan de llegar, ya con más gestos y ya un poco distinto, porque a la tercera Obi ya lo estaba mejorando otra vez.
— Son las piernas — dijo.
Y se fue.
Se dejó el café. Casilda Liaño se dejó medio café con leche encima de la mesa, y yo estuve el resto de la noche mirando aquella taza de vez en cuando, y no la miré por lo que había que mirarla.
La miré porque me daba pena que anduviera sola por la cuesta a las diez y media con esas piernas, y porque llevaba desde noviembre diciéndome que un día tenía que ir con ella al médico, y porque nunca íbamos.