Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 5
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Capítulo 5

— ¡Que se calle el pueblo, que va a hablar el pueblo!

Eso lo gritó un chaval subido a una farola, y en Santoña, el viernes diecinueve de febrero a las ocho y media de la tarde, no se calló absolutamente nadie.

Nunca se calla nadie. Se grita eso todos los años, todos los años lo grita alguien distinto y todos los años sigue el ruido igual, y por eso el Carnaval del Mar arranca como arranca: sin que se entienda ni una palabra del pregón y con tres mil personas de acuerdo en que ha sido el mejor de los últimos años.

Estaba la plaza llena. Estaba llena de verdad, apretada, con la gente subida a los bancos y los críos en los hombros, y hacía un frío de febrero cantábrico que en cualquier otra noche del año habría dejado esa plaza vacía a las siete y media.

Ahí está el asunto y hay que decirlo bien: en febrero, aquí, no hay nada.

No hay costera, no hay turistas, no hay luz a partir de las seis y media, y la mar está gris de lunes a lunes.

Y entonces llega el Carnaval del Mar y este pueblo se levanta entero y se pasa quince días en la calle riéndose de sí mismo con un abrigo encima del disfraz.

Yo he vivido cincuenta y seis febreros aquí y le tengo a esta fiesta una deuda que no se paga.

Nosotras íbamos de la peña, con el pañuelo azul y el mandilón, que es el disfraz más barato del mundo y el que más orgullo da. Los Sobados somos las de la conservera, las que fuimos, las hijas, los maridos y todo el que se apunte, y llevamos así desde el ochenta y cuatro.

— ¡Visi! ¡Que te pierdes! — Obi me cogió del brazo y tiró.

— Que no me pierdo, que voy detrás.

— Ya, ya. Que te conozco. Que te vas a las once.

Me fui a las doce y media, para que conste.

Del pregón no oí más que dos frases y un chiste sobre la depuradora, y me reí igual, y a mi alrededor tres mil personas se rieron igual, y estoy convencida de que cuatro de cada cinco no oyeron nada.

Da lo mismo. Uno no va al pregón a oír el pregón.

Va a estar. Y cuando acabó, y cuando la murga arrancó por la calle abajo con los bombos y los cuarenta y tantos disfrazados de bocarte que llevan desde octubre ensayando, la plaza entera se movió hacia el muelle como se mueve el agua cuando se vacía un barril.

Vi a Casilda al lado de la puerta de la iglesia, con el abrigo abrochado hasta el cuello y el bolso cogido con las dos manos, mirando la murga pasar. Me acerqué y le puse la mano en el hombro.

— Madrina, que se le va a helar.

— Aquí estoy bien.

— ¿Se viene a La Bocana?

— Luego voy.

Y luego fue, claro. Casilda Liaño no se ha perdido un Carnaval desde que tenía uso de razón, y en esa plaza había gente que aprendió a sobar con ella y que ya tiene nietos.

———

La Bocana a las once de la noche de un viernes de Carnaval es un sitio en el que no cabe un alfiler, y Chuchi Cianca lo lleva de una manera que yo no me explico: solo detrás de la barra, con ochenta personas dentro, sin gritar y sin equivocarse.

La taberna es la sede de la peña, tiene las paredes llenas de fotos de todos los Juicios desde el setenta y ocho y un besugo de escayola encima de la máquina del tabaco al que le ponen un gorro distinto cada año.

Estábamos las de la mesa en el rincón del fondo, y estaba Cefe, y estaba Juli, y estaba Nati Somarriba con su cuñada, y estaba Chenta, y estaba Casilda sentada al lado del radiador porque ese sitio se lo dejan libre desde hace veinte años sin que nadie lo haya hablado nunca y sin que ella lo haya pedido jamás.

Treinta personas lo menos. Y a las once y cuarto, cuando ya llevábamos un rato largo y la conversación iba por la depuradora otra vez, se subió Fabián Lombera a un taburete, que en un hombre de setenta años que lleva media vida entrando en esa taberna a tomarse un agua con gas y a no decir nada ya es una barbaridad.

— ¡A ver! — dijo.

Y treinta personas se giraron a la vez, porque Fabián Lombera no dice a ver en público desde el año noventa y porque en aquella taberna había gente que no le había oído levantar la voz en su vida.

Tenía la boina puesta, la cara roja y un papel doblado en cuatro en la mano, y le brillaban los ojos de una manera que no era del vino, porque Fabián bebe agua. Le brillaban de otra cosa. De ilusión. Yo eso lo estaba viendo desde el rincón del fondo y no lo entendí hasta mucho después.

— ¡Que tengo una cosa!

— ¡Bájate de ahí, Fabián, que te matas!

— ¡Chuchi, córtale el agua!

— Que tengo una cosa, digo — y desdobló el papel con las dos manos, muy despacio, alargándolo, que es lo que hace un hombre de setenta años que en toda su vida no ha tenido nunca a treinta personas mirándole —. Que esto es de la Mali.

Ahí se hizo el silencio de verdad. Se oyó la nevera.

— ¿Eso qué es?

— Esto es una galerada. Esto es lo que va a salir el día seis.

— ¡No me digas!

— ¡Léelo!

— ¡Que lo lea!

Yo, desde el fondo, dije que no con la cabeza, y no me vio nadie, y tampoco es que yo hiciera nada por que me vieran. Que conste eso también. Allí estábamos treinta y no dijo que no ni una sola persona.

Fabián se puso el papel a la distancia del brazo, porque no traía las gafas, y leyó despacio y en voz alta, marcando el final de cada línea, como se ha leído siempre en este pueblo:

Este año el Besugo juzga y que tiemble quien lo sepa: hay quien lleva medio siglo guardando lo que se quema.

Y bajó el papel.

Y se lo metió en el bolsillo.

— ¿Y ya está?

— Ya está.

— ¡Fabián!

— Hay más — dijo, y se puso a doblar el papel en cuatro otra vez, muy contento consigo mismo —, hay más, pero no lo leo.

— ¿Cómo que no lo lees?

— No lo leo, no. Que se chafa — se bajó del taburete y se sacudió la boina —. Que si os lo digo ahora, el día seis no os reís. Y hay que reírse el día seis.

Le llamaron de todo. Le llamaron de todo durante veinte minutos, con la taberna entera de pie, y Obi le ofreció dinero, y Cefe le dijo que como patrón mayor le ordenaba leerlo, y Nati Somarriba, que estaba en la punta de la barra, dijo en voz alta que a ella eso le parecía una falta de respeto al oficio, y nadie supo si iba en serio.

Fabián no lo soltó. Se puso el papel en el bolsillo de dentro de la chaqueta, se lo palpó por encima de la tela como se palpa la cartera, y se pidió un agua con gas.

———

Yo me quedé media hora más porque Mila me tenía cogida por la manga con una historia del año setenta y tres que no llevaba ninguna prisa, y en esa media hora, en tres metros de barra de una taberna de pueblo, se armó lo que se armó, que fue lo que se lleva armando en Santoña cada febrero desde hace treinta y un años, solo que aquel año se armó con la mitad de la información y con el doble de gente.

Empezó Chuchi, secando un vaso.

— Medio siglo — dijo —. Medio siglo es mucho.

— Cincuenta años.

— Ya sé lo que es medio siglo, Obi.

— Pues eso.

— Que aquí hay poca gente que lleve cincuenta años guardando algo, digo yo.

— Aquí — dijo Mila, soltándome la manga por fin y volviéndose hacia la barra con una autoridad que a mí me dio la risa — no hay una sola persona de más de sesenta años que no lleve cincuenta años guardando algo. Y el que diga que no, miente.

Y ahí se lió.

Porque a los diez minutos, en aquella barra, ya había tres discusiones a la vez.

Cefe Toca decía que aquello iba por los de la cofradía y por lo del reparto del setenta y cuatro y que ya estaba bien.

Un señor mayor al que yo no conocía juraba que iba por su hermano.

Nati decía que iba por la imprenta y que Amalia estaba tirando piedras a su propio tejado.

Juli, que no había abierto la boca en toda la noche, preguntó de repente que si eso podía ir por un dinero, y se rió él solo, y no se rió nadie más, y Juli se puso a mirar el móvil.

— Que va por la cabeza del setenta y uno — dijo alguien al fondo.

— ¡Anda ya!

— Que va por la cabeza, os lo digo yo. Lo que se quema. ¿Qué se quema aquí? El Besugo se quema. Va por la cabeza.

— ¡Qué va a ir por la cabeza, hombre!

Yo me fui a mi casa a las doce y media con el pañuelo azul en el bolsillo y una idea muy tonta en la cabeza, que era que Amalia Cubría llevaba treinta y un años escribiendo esos versos y que en treinta y un años no se había filtrado uno solo. Ni medio. Ni una línea.

Y en la puerta, cuando ya me iba, me crucé con Casilda, que se estaba abrochando el abrigo despacio, con los dedos torpes que se le ponen con el frío, y que se había estado toda la noche sentada al lado del radiador sin decir nada, como está ella siempre.

— ¿Se va, madrina?

— Me voy, hija. Que mañana hay que madrugar.

— Si mañana es sábado.

— Yo madrugo igual.

Y se fue calle arriba, muy despacio, muy pequeña, con el bolso cogido con las dos manos. Y yo me quedé en la puerta de La Bocana oyendo cómo dentro, a mi espalda, treinta vecinos míos se peleaban a gusto por saber cuál de ellos era el que llevaba medio siglo callado.