Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 4
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Capítulo 4

Un martillazo, un crío chillando, la radio de alguien puesta a todo volumen y, por encima de todo, la voz de Ceferino Toca diciendo que eso no va ahí.

Así sonaba la nave vieja el jueves dieciocho a las siete de la tarde, y así suena todos los años desde que yo tengo uso de razón, porque la peña Los Sobados monta los decorados del Juicio en la nave del abuelo de Olvido desde antes de que la peña se llamara Los Sobados.

Es una nave de piedra y chapa, larga, con las cerchas de hierro a la vista y unas ventanas altas que en febrero no dan luz ninguna.

Allí ya no se trabaja: se guardan los barriles de salazón que van despacio, apilados de dos en dos por el lado del muelle, y el resto es un espacio vacío enorme que en enero está muerto y que a partir del uno de febrero se llena de tablones, de papelón, de tres generaciones y de un ruido que no se puede describir.

Aquella tarde había cuarenta personas dentro. Cuarenta lo menos.

— ¡Que eso no va ahí! — Cefe estaba subido a un palé con los brazos cruzados y las gafas en la punta de la nariz —. Juli, hijo. Que el trono va mirando a la puerta. ¿Cómo va a juzgar el Besugo de espaldas al pueblo?

— Es que si lo pongo mirando a la puerta, no entra la carroza.

— Pues que no entre.

— Cefe, que la carroza tiene que entrar.

— Que no entre, he dicho.

Julián Barquín bajó del tablón sin discutir más, porque a Cefe no se le discute dos veces, y se puso a mover el trono él solo, y en cuanto lo tuvo a medio metro se le acercaron cuatro y lo movieron entre cinco y quedó peor.

Juli lleva el mantenimiento de La Buenamar desde hace veinte años y en este pueblo le llaman el Manazas, que es una injusticia como una catedral, porque yo le he visto arreglar una cerradora de los años setenta con un destornillador y una goma, y porque el mote se lo pusieron de crío por una bicicleta.

Ceferino Toca es el patrón mayor de la cofradía, tiene cincuenta y ocho años, una voz que se oye desde la bocana y una manera de mandar que no admite conversación.

Dirigió el montaje entero desde aquel palé y bajó dos veces, una a por un café y otra a enseñarle a un chaval cómo se hace un nudo.

Y por el lado del muelle, donde la nave tiene el portón grande abierto y el agua está a cuatro metros, ahí no fue en toda la tarde.

Ni una vez. Yo tampoco lo vi, para qué voy a decir otra cosa: no lo vio nadie, y llevábamos toda la vida sin verlo.

———

— Falta el Besugo — dijo Mila a las ocho menos cuarto, que fue cuando alguien lo dijo por fin en voz alta.

Y faltaba. Faltaba Rufino Villegas Liaño, cincuenta y dos años, conductor del autobús escolar, que hace de Besugo en el Juicio desde hace catorce y al que en Santoña no le llama Rufino ni su mujer.

Le llamamos el Besugo. Por la calle, en el bar, en el autobús y en la farmacia: el Besugo.

Y él encantado, que ésa es la gracia. Si mañana le llamas Rufino, se gira a ver quién se ha muerto.

Es el hombre más querido de este pueblo y no es una manera de hablar.

Lleva veinte años llevando a los críos al instituto de Laredo y de vuelta, y por ese autobús han pasado dos generaciones enteras, y no hay uno solo que no le pare por la calle.

Le tocaba estar allí a las siete para probarse la cabeza y ver si le entraba después del invierno.

— Estará con el autobús.

— El autobús lo dejó a las seis, que lo vi yo — dijo Obi.

— Pues estará en su casa.

— No está en su casa.

— Anda que no sabes tú cosas.

— Yo no sé nada — dijo Obi, que es lo que dice siempre antes de decir algo —. Yo digo lo que se ve. Y lo que se ve es que hoy no está el coche, y ayer tampoco estaba a la hora de comer, y la Bego ayer no abrió la farmacia hasta las once.

— Obi.

— ¿Qué? ¿Qué he dicho?

Bego Cagigas es auxiliar en la farmacia de Rosalina y lleva veinte años casada con Fino y no habrá abierto tarde tres veces en su vida.

Yo pensé que se habrían ido a Bilbao a lo de la madre de ella, o a Santander a cualquier cosa, y no le di más vueltas, y me puse a doblar una tela con Chenta, y a los diez minutos ya se hablaba de otra cosa.

Así de sencillo. Un hombre falta a un ensayo y no dice por qué, y el pueblo, que tiene sus prioridades, se pone a discutir de dónde va el trono.

Bajaron la cabeza del Besugo del altillo entre dos, envuelta en una sábana, y la pusieron encima de una mesa de caballetes para ver cómo había pasado el invierno.

Es una cabeza de papelón de metro y medio, con la boca abierta, los dientes de madera y los ojos pintados de un amarillo que echa para atrás, y la hicieron en los noventa unos de la peña que ya no viven aquí.

Tiene una grieta en la agalla derecha que se tapa todos los años con papel de periódico y engrudo, y todos los años Cefe dice que hay que hacer una nueva y todos los años no se hace.

— Ésta ya no da más de sí — dijo Cefe, dándole en el morro con los nudillos, que sonó a caja de cartón —. Ésta no llega al año que viene.

— Anda, calla, que ésa aguanta más que tú.

— Ésta no es una cabeza. Una cabeza era la del setenta y uno.

Y ahí se acabó el trabajo durante diez minutos, porque en cuanto alguien nombra la cabeza del setenta y uno en esta villa hay que sentarse.

La hizo un carpintero de ribera, y era de madera y de tela, y llevaba las escamas puestas una a una, y pesaba treinta kilos, y el hombre que se la ponía salía de la playa sin sentir el cuello.

Dicen los viejos que aquélla sí era una cabeza. Y dicen los viejos que se quemó.

— Se quemó en la Quema del setenta y dos — dijo Cefe —. Y ahora tú me dirás qué clase de animales queman una cosa así.

— Ésa no se quemó — dijo Mila.

— Mila, que la quemaron.

— Que no, Ceferino, que se quemó una de paja y de trapo que hicieron en cuatro días, y eso lo sabe todo el mundo. La del setenta y uno está en un desván de este pueblo. Y yo no digo en cuál.

— Tú no lo dices porque no lo sabes.

— Yo no lo digo porque no me da la gana — dijo Mila, y se puso a doblar una tela con una dignidad tremenda, y a Cefe se le quedó la cara de estar de acuerdo.

Ese chiste lleva en Santoña más de cincuenta años y no hay un febrero que no salga: hay quien jura que la vio, hay quien jura que la tuvo su suegro, y cada dos por tres alguien anuncia en el bar que este verano sube al desván a mirarlo, y no sube nadie nunca.

———

A las ocho y media apareció Amalia con el cuaderno debajo del brazo y la nave bajó de volumen sin que nadie lo pidiera. Es un efecto que yo he visto pocas veces en mi vida y que ella conseguía sin abrir la boca.

— Buenas.

— ¡Mali! — Cefe, desde el palé —. Mali, ven aquí, que estos no me hacen caso.

— Yo tampoco te voy a hacer caso, Ceferino.

Traía el cuaderno de tapa dura con la goma alrededor, y treinta personas hicieron treinta cosas distintas para no mirarlo.

Eso fue lo mejor de la tarde. Un chaval de veinte años se puso a barrer un suelo que estaba barrido.

Chuchi Cianca, que había venido de la taberna con dos termos de café, se metió detrás de los termos.

Y Amalia cruzó la nave entera con el cuaderno debajo del brazo, muy tranquila, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo, porque le llevaba treinta y un años cogido el gusto.

— ¿Y eso qué es? — dijo Obi, que es la única persona de Santoña sin vergüenza.

— Esto es un cuaderno.

— ¿Y qué pone?

— Pone lo que pone.

— Mali, dame una pista.

— Te doy una pista, Obdulia — dijo Amalia, y se paró —. La pista es que este año no salgas de casa.

Se rieron veinte. Obi se rió más que nadie, y estuvo la media hora siguiente contando que Amalia le había dicho que no saliera de casa, y a la tercera vez que lo contó ya era que Amalia le había dicho que se fuera del pueblo.

Así trabaja Obi: no miente, mejora. Coge una cosa que ha pasado, le quita lo que sobra, le pone lo que falta, y te devuelve una cosa que hace más gracia y que ya no es verdad, y lleva cuarenta y nueve años haciéndolo, y no hay en Santoña una sola persona que no se lo haya celebrado alguna vez, empezando por mí.

Y entonces Amalia fue al fondo de la nave, a la cámara vieja, y aquello sí lo vimos todos.

———

La cámara vieja es una caja metálica de tres metros por cuatro pegada al testero, con la puerta forrada de goma y el compresor zumbando encima.

Dentro reposan a un grado los barriles que van despacio, los del abuelo, los de la salazón larga, esos que llevan ahí más años que Nerea.

Amalia abrió, encendió, entró, y la puerta se quedó abierta con la goma haciendo su ruido de ventosa, y desde fuera se la veía a ella agachada entre los barriles con el cuaderno en la mano.

— Mali, no me toques ahí — dijo Olvido, que acababa de llegar y todavía tenía el abrigo puesto.

— Que no te toco nada, mujer.

— Es que ésos son los del abuelo.

— Ya sé que son los del abuelo. Por eso.

Salió sin el cuaderno, y se sacudió las manos, y empujó la puerta, y el resorte hizo lo que hace el resorte, que es cerrarse solo con un golpe seco de los que se oyen en toda la nave.

— Ahí lo tenéis — dijo, y señaló la puerta con el pulgar —. En el tercer barril de la izquierda, debajo de la tapa. Y ahora ya lo sabéis todos.

— ¿Tú estás loca? — dijo Chuchi.

— Chuchi, hijo. En mi tienda me lo revuelven. En mi casa entra la sobrina. ¿Y aquí? Aquí no lo encuentra ni Dios — se echó a reír —. A ver quién es el guapo que se mete en una cámara a un grado a leer coplas.

— Yo — dijo Obi.

— Tú no aguantas ni de pie.

Y se rió media nave. Y ahí estábamos, contándolo: Cefe en su palé, Juli con el destornillador en la mano, Chuchi con los termos, Olvido con el abrigo puesto, Mila, Obi, Chenta, Nerea con el móvil, yo, cuarenta personas y treinta críos.

Y a dos metros de la puerta, en una silla de plástico, con el bolso en las rodillas y el abrigo abrochado hasta arriba, estaba Casilda Liaño, que había subido andando desde su casa como sube todos los años y que se reía con la boca cerrada, moviendo un poco la cabeza, mirando a Amalia con esa cara suya de mujer pequeña a la que le hacen gracia las cosas que no dice.

— Y ojo — dijo Olvido, que es incapaz de estar en un sitio sin acordarse de una obligación —, que la nave se queda cerrada. Que aquí hay género.

— ¿Y quién tiene llave, Olvido? — Cefe, desde arriba.

— Pues yo, y Visi, y Juli, y el Besugo, que la tiene por la peña. Y ya está.

— Yo tengo una — dijo Casilda.

Olvido se giró.

— ¿Tú?

— Yo. De siempre.

Y hubo un silencio de dos segundos y luego se rieron todos, y Olvido más que nadie, y Mila dijo que anda que no faltaría más, y Obi dijo que la madrina tenía llave de esta nave antes de que Olvido tuviera dientes, y era verdad.

Casilda Liaño entró a sobar a esta casa a los catorce años y estuvo cincuenta en aquella mesa.

Le dieron una llave en mil novecientos y pico y nadie se la ha pedido jamás, y a nadie se le ha pasado por la cabeza pedírsela, y si alguien se la pidiera, este pueblo no se lo perdonaría.

— Faltaría más — dijo Olvido.

— Lo digo por si contabas.

— Casilda, mujer, que tú tienes llave de aquí y de mi casa si te hace falta.

———

Se fue vaciando la nave a las diez menos cuarto. Los críos salieron corriendo, Cefe bajó del palé, y a mí me tocó apagar, que es lo que me toca desde hace veinte años porque tengo llave y porque siempre soy la última.

Fui apagando fila por fila. Y al pasar por la cámara vieja, camino del cuadro, me paré un segundo delante de la puerta, por costumbre, para comprobar que estaba bien cerrada. Y me quedé mirando la falleba.

Ahí sigue, a la altura de la cadera. Un cerrojo de hierro macizo con su varilla y su hembrilla, de los que ponían antes, con catorce manos de pintura encima, la última de un gris que ya no existe.

Está agarrotado hasta la médula. El abuelo de Olvido lo echaba todas las noches de su vida, y desde que se murió, hace veintiocho años, ahí se ha quedado, criando pintura, y ya forma parte del marco igual que forma parte del marco la hembrilla oxidada de arriba.

— Ésa no la echa ni Dios — dijo Amalia detrás de mí. Se estaba poniendo el abrigo y no se había ido, y me había estado mirando, y no me había dado cuenta —. Anda, Visi, apaga y vámonos, que llevo aquí desde las ocho.

Apagué. Salimos y cerré con mi llave, y Amalia se subió el cuello del abrigo y miró hacia el muelle, hacia el agua negra y las luces del otro lado, y se rió sola.

— ¿De qué te ríes?

— De nada.

— Mali.

— Que de nada, mujer — y siguió andando, con las manos en los bolsillos, calle arriba —. Que este año a lo mejor me he pasado un poco.