Capítulo 3
Un folio. Cuatro líneas escritas a ordenador, una chincheta en cada esquina y la firma de Olvido Colina abajo a la derecha, en el tablón de corcho que hay entre el reloj de fichar y la puerta del vestuario.
Eso fue todo lo que pasó el miércoles diecisiete a las seis y cuarto de la mañana, y de eso estuvimos hablando dos horas.
— ¿A las nueve? — Obi tenía la nariz a un palmo del papel, como si el papel fuera a cambiar de opinión —. ¿A las nueve el lunes?
— A las nueve pone.
— Que lo lea otra, que yo esto no me lo creo.
— Pone las nueve, Obi — dijo Nerea.
— Ay, madre mía. Ay, madre mía, que se ha muerto alguien.
Olvido Colina lleva esta casa desde los treinta y dos años, que fue cuando se le murió el padre, y es la tercera de la familia que la lleva, y en veinticinco años nos habrá regalado tres horas contadas.
No por mala. Por lo contrario: porque le da un miedo cerval que un año no salgan las cuentas y no poder mirarnos a la cara.
Así que un aviso suyo dándonos tres horas era una cosa que no se veía, y la mesa lo trató como se trata en Santoña lo que no se ve, que es haciendo chistes hasta agotarlo.
— Es por el desfile — dijo Olvido desde la puerta de la oficina, sin entrar del todo, con los papeles en la mano y esa cara de estar haciendo dos cosas a la vez que tiene desde hace dos años —. El domingo hay carrozas hasta la una. El lunes a las seis aquí no viene nadie.
— Yo vengo — dijo Casilda.
— Casilda, tú estás jubilada.
— Yo vengo igual.
Y la mesa se rió, porque era verdad y porque era ella, y Olvido levantó las cejas y se metió otra vez en la oficina, y ahí se quedó la cosa.
Mila estuvo hasta las ocho diciendo que su madre había entrado a esta mesa en el cincuenta y nueve y no había visto un aviso de esos ni cuando la riada.
Obi propuso enmarcarlo. Chenta miró el folio de refilón, no dijo nada y siguió sobando.
Yo fui a firmar el registrador a las siete menos veinte, como todas las mañanas, y volví, y me lavé las manos, y a media mañana ya nadie se acordaba del papel. Así son las cosas de las que después no te puedes olvidar: no traen ruido ninguno.
———
A mediodía subí a la marisma porque me lo había pedido mi hija, y a mi hija, cuando pide, hay que ir.
Sara tenía veintinueve años y era guarda del Parque Natural de las Marismas, que es un trabajo que consiste en pasar frío mirando pájaros y en rellenar partes de todo lo que se pasa mirando.
Aparcó el coche en el camino de arriba y bajamos andando hasta el observatorio con el agua a la izquierda, quieta y gris y llena de bultos negros que resultaban ser aves cuando les daba la luz.
Bocarte iba delante, muy digno, hasta que vio el agua, y a partir de ahí ya no hubo perro.
— Déjale — dijo Sara.
— Es que se me mete en el coche mojado.
— Se te mete en el coche mojado igual, mamá. Es de agua. Es lo que hace.
Se tiró desde el borde con las cuatro patas por delante y salió nadando con la cabeza fuera y los cordones extendidos alrededor, dando vueltas, buscando algo que sacar, porque un perro de agua no nada por gusto: nada para traerte cosas que tú no le has pedido.
En diez minutos me trajo una botella de plástico, un trozo de red y una zapatilla. La zapatilla se la dejé.
Sara se puso los prismáticos y estuvo callada un rato largo, que es una cosa que hace y que a mí me gusta.
— Espátulas — dijo —. Nueve. Se van a ir en nada.
— ¿Y eso lo apuntas?
— Eso lo apunto, la hora, el viento y el nivel de agua — me pasó el cuaderno de campo, que es un cuaderno de anillas con las esquinas comidas y todo escrito a lápiz porque el bolígrafo aquí no escribe —. Mira. Todos los días de mi vida.
En la primera página, pegada con celo y plastificada, tenía la tabla de mareas del mes.
Filas y filas de números pequeños: el día, la hora de la pleamar, la de la bajamar, la altura en metros.
Yo he vivido siempre en un sitio donde la mar sube y baja y jamás en la vida me había parado a mirar una de esas tablas de cerca, y me quedé con ella en la mano más rato del que hacía falta.
— Sara, ¿esto lo sabe todo el mundo?
— Todo el mundo lo tiene en el móvil, mamá. Nadie lo mira — se rió —. Aquí lo miramos cuatro: los de la lonja, los mariscadores, yo y el que monta el Carnaval.
— ¿El Carnaval?
— ¿Tú te crees que la Quema del Besugo se hace a la hora que le apetece a alguien?
— me quitó la tabla y me señaló con la uña, fila por fila —.
Se hace en la playa. Se hace con la mar bajada, porque si no, no hay playa donde ponerse.
El día siete la bajamar es a las nueve y veinte de la noche.
Por eso la Quema es a las nueve y media y por eso lo es todos los años, y por eso el Juicio del sábado es a las ocho, y por eso el desfile del domingo baja a la dársena cuando baja.
La fiesta va clavada a la marea desde antes de que existieran los relojes.
Me quedé mirando el agua parada de la marisma, con la niebla a media altura y el perro chapoteando ahí en medio, y pensé que llevaba cincuenta y seis años en este pueblo creyendo que la fiesta la ponía la gente.
— Anda que no eres lista.
— Soy funcionaria, mamá. Es distinto.
———
A las once de la noche sonó el ordenador en la mesa de la cocina y salió la cara de Chebo, pixelada y con dos segundos de retraso, y detrás de él ese ruido de sala de máquinas que ya forma parte de mi matrimonio tanto como su cara.
Eusebio Riancho lleva treinta y cuatro años siendo mi marido y treinta y cuatro años embarcado.
Cuatro meses fuera y dos en casa, jefe de máquinas, y ahora mismo en algún sitio del que yo nunca sé decir bien el nombre.
La gente me pregunta que cómo lo llevo con una cara de pena que me pone de los nervios.
Lo llevo bien. Lo llevo así desde el ochenta y tantos y tenemos una hija criada y una casa pagada, y a las once de la noche está su cara en mi cocina, que es más de lo que tienen muchas que lo tienen sentado enfrente.
— ¿Qué tal la sal?
— La sal, bien. Casilda dice que corta.
— Estaba corta.
— Chebo, que no la has probado.
— Si lo dice Casilda, estaba corta — se rió con dos segundos de retraso, que es como se ríe él desde hace veinte años —. ¿Y de Carnaval qué? ¿Ya está el pueblo tonto?
Le conté lo del tablón, y lo de Obi queriendo enmarcarlo, y lo de la tabla de mareas de Sara, y él escuchó como escucha él, que es sin decir nada y con la cara quieta, y luego preguntó una cosa, porque a Chebo, de cada diez cosas que le cuentas, se le queda una.
— ¿Y lo de los papeles de la Mali?
Yo no le había dado importancia al contárselo. Se lo había contado de pasada, entre lo del tablón y las espátulas.
— ¿Qué pasa con lo de los papeles?
— Que a quién se lo ha dicho.
— Pues... — me paré —. A mí.
— Ya. ¿Y a quién más?
Y ahí está el hombre con el que llevo treinta y cuatro años. No dice nada en toda la noche, y de repente te hace una pregunta de seis palabras y te deja tonta hasta el jueves.
— Voy a preguntar.
— Tú no vas a preguntar, tú ya has preguntado — dijo —. Anda, vete a dormir, que os levantáis a las cinco como los locos.
———
Y pregunté, claro. El jueves por la mañana, sin querer y a media faena, que es como se pregunta en la mesa.
Solté lo de las galeradas como quien suelta cualquier cosa, con las manos en el barril y sin levantar la vista, y esperé el estruendo.
Porque aquello, en Santoña, tenía que ser un estruendo.
A Amalia Cubría le habían metido la mano en el cajón de las galeradas la misma semana del Carnaval, y eso, en un pueblo donde media docena de personas llevaban desde noviembre haciéndole la pelota para que no les tocara, tenía que haber corrido de la lonja al monte en hora y media.
Y no hubo estruendo. Hubo un silencio de cuatro segundos y luego Mila diciendo que a ella no le había dicho nada, y Obi diciendo que a ella tampoco, con una decepción que no se molestó en disimular, y Nerea preguntando que quién era la Mali.
Casilda estaba sacando la piel de un bocarte con el pulgar y no dijo ni una palabra, que es lo que hace Casilda con casi todo.
Yo seguí sobando. Y por dentro le fui dando vueltas a la única cosa que no encajaba en todo aquello, que no eran las galeradas, ni el cajón, ni quién había entrado, sino ella misma.
Una mujer que llamaba al ayuntamiento por un contenedor mal puesto, que le decía a la cara al patrón mayor de la cofradía que su cartel era feísimo y que se había peleado con dos alcaldes distintos por el color de un programa, había descubierto que alguien le andaba en sus papeles y no se lo había contado a nadie.
A nadie más que a mí, y a mí de refilón, poniéndose el abrigo, y encima quitándole importancia.
Amalia Cubría no le quitaba importancia a nada en su vida. Salvo a las cosas de las que ya sabía algo y estaba esperando a saber el resto.
Esa anchoa tenía espina.