Capítulo 2
La papelería La Marea huele a tinta desde la acera, y no a la tinta de ahora, que no huele a nada, sino a la de antes: a aceite, a papel recién cortado y a ese fondo dulzón de disolvente que se te queda pegado al abrigo y que te acompaña calle abajo hasta el muelle.
Yo entré a las cinco y media de la tarde, con la lluvia fina de todos los febreros metiéndoseme por el cuello, y aquel olor me recibió en la puerta como me recibe desde que tengo memoria, porque en este pueblo todo el que ha imprimido algo alguna vez ha imprimido allí, y todo el que no ha imprimido nada también ha entrado a por un cuaderno.
La tienda es estrecha y larga. Delante, el mostrador con la caja, los bolígrafos en un bote, las gomas de borrar y las cartulinas; detrás, una cortina de tiras de plástico; y detrás de la cortina, la máquina, que es una señora de hierro verde de dos metros que Amalia Cubría trata mejor que a la mayoría de los cristianos.
— ¿Vienes tú a por lo de la peña? — me dijo desde el fondo, sin salir —. Pensé que mandarían a la Nerea.
— La Nerea está grabando no sé qué.
— Ya. Pasa, mujer, no te quedes ahí de pie mojándome el suelo.
Pasé. Amalia estaba de espaldas, con un mandilón azul de tela gorda y las gafas subidas a la cabeza, sacando pliegos y mirándolos al trasluz uno a uno con la ventana de atrás por detrás.
Sesenta y cuatro años, viuda desde hacía dieciséis, ni un hijo, y aquella máquina y aquel local desde que su padre se lo dejó, que es lo que hay cuando eres la única.
Tenía las manos manchadas hasta la muñeca y no se molestaba en limpiárselas, igual que yo no me molesto en quitarme la sal de las uñas.
— Trescientas hojas — dijo, y me puso el taco encima de la mesa de cortar —. Y le he cambiado el tipo de letra al encabezado porque el que me trajisteis era feísimo.
— Mali, que eso lo hizo la hija de Chenta.
— Pues la hija de Chenta tiene muchas cosas buenas.
Cogí una hoja. Peña Los Sobados, orden de montaje del Juicio, tres columnas, todo derecho y todo legible, y en la esquina de abajo un dibujito de un besugo con corona que no había pedido nadie.
Aquello lo llevaba haciendo cuarenta años: te cobraba lo que te dijo que te iba a cobrar, te lo entregaba el día que te dijo, y te lo entregaba mejor de lo que se lo habías pedido, y por el camino te decía a la cara que lo tuyo era feísimo.
Media Santoña la quería y media Santoña le tenía un respeto que se parecía bastante al miedo, y a menudo las dos mitades eran la misma gente.
— ¿Y de la sal, qué? — dijo, porque siempre acababa preguntando por la sal.
— De la sal, bien.
— Anda que no sois raras.
———
Mientras me envolvía el taco en un papel de estraza, yo me quedé mirando la pared del fondo, que es la pared que a mí siempre me ha gustado de aquella casa y que me sigue gustando ahora, después de todo.
De suelo a techo, estanterías de madera, y en las estanterías, carpetas de hule con las gomas dadas de sí.
Cada carpeta tiene un año escrito a rotulador en el lomo, con esa letra de imprenta que hacía ella, y dentro de cada carpeta está una copia de todo lo que salió de aquella máquina aquel año.
Todo. Los programas de las fiestas, las hojas de las murgas, los menús del banquete de las bodas de gente que ya se ha divorciado, los recordatorios de las primeras comuniones de señores que ahora tienen sesenta años, las esquelas.
Las esquelas de mi padre y de mi madre están en esa pared, cada una en su año, y yo lo sé porque un día se lo pregunté y ella fue y las sacó y me las enseñó sin ninguna ceremonia, que es exactamente como había que enseñármelas.
— ¿Desde cuándo tienes tú eso, Mali?
— Desde el sesenta y ocho — dijo, sin mirar la pared, porque no le hacía falta mirarla —. Lo empezó mi padre y yo he seguido. Lo de antes del sesenta y ocho lo tiraron unos que sabían mucho.
Ochenta y tantas carpetas. Todo lo que este pueblo ha querido decir por escrito en medio siglo, en un cuarto que huele a disolvente, detrás de una cortina de tiras de plástico, y encima ordenado.
Yo, que llevo toda la vida guardando un punto de sal en las manos y nada más, siempre he mirado esa pared con una envidia que no sé bien de qué es.
Encima del mostrador de cortar, al lado de la guillotina, estaba el cuaderno. El cuaderno de los versos.
Es un cuaderno de tapa dura de los de contabilidad, con las esquinas machacadas y una goma alrededor, y ese cuaderno no se mueve del local salvo en febrero.
Amalia Cubría llevaba treinta y un años escribiendo los versos del Juicio en el Fondo del Mar.
Treinta y uno. Desde antes de que se muriera su marido y desde mucho antes de que yo dejara de ir al Carnaval con mi hija en brazos.
Una vez al año, la noche del Juicio, el Besugo se sienta en el banquillo en la playa y en su nombre se leen en voz alta unos versos que juzgan al pueblo entero, y en Santoña esos versos los escribe ella y nadie más que ella, y todo el mundo sabe que los escribe ella aunque en el programa no venga su nombre.
Y una vez al año, durante una semana, este pueblo se pone nervioso. Ésa es la verdad y no hay que adornarla. Gente de cincuenta años que ha visto de todo se pone nerviosa en febrero por si este año le toca. Y a Amalia eso le gustaba tanto que le duraba el gusto hasta noviembre.
— Oye — le dije —, ¿y este año?
— Este año no te toca a ti, si es lo que preguntas.
— No preguntaba eso.
— Preguntabas eso, Visi — y se rió con la boca cerrada, que era como se reía cuando estaba contenta de verdad —. Estáis todas iguales. Lleva la Chuchi tres días trayéndome cafés.
———
La cortina de tiras se movió y por debajo entró Fabián Lombera, con la boina mojada y un paquete de folios que no venía a comprar, y se puso a mirar unas cartulinas del expositor con un interés que no engañaba ni a un niño.
Fabián tenía setenta años y llevaba doce con Amalia.
En Santoña eso no lo sabe nadie. Lo sabe todo el mundo, se entiende: lo que pasa es que no se dice, porque ellos nunca lo dijeron, y aquí, cuando alguien no dice una cosa, lo que se hace es no decirla también, que es una forma de educación que en otros sitios no tienen.
Comían juntos los domingos, iban juntos a Laredo, y si te los cruzabas por la calle iban a un metro el uno del otro y hablaban del tiempo.
— Fabián.
— Visi. Qué, ¿mucho bocarte?
— En febrero no hay bocarte, Fabián.
— Ya. Bueno.
Cogió una cartulina roja, la miró, la dejó, cogió una verde. Amalia no levantó la vista de la guillotina, pero cambió de postura, que en ella era una manera de saludar.
— Ése viene a por su libro de familia — dijo.
— Vengo a por cartulina.
— A por cartulina viene, y lleva tres días viniendo a por cartulina, y en su casa hay cartulina hasta en la cama.
Fabián se puso colorado hasta la boina y a mí me dio una ternura tremenda, y luego me dio otra cosa, porque cuando Amalia se metía contigo delante de alguien es que te quería, y todo el pueblo lo sabía menos, a lo mejor, él.
Me estaba yo poniendo el abrigo cuando ella dijo, sin ninguna entonación, mientras alineaba un taco de galeradas dándole golpecitos contra la mesa:
— Me han andado en los papeles.
Me paré con un brazo dentro de la manga.
— ¿Cómo que te han andado en los papeles?
— Que me han revuelto las galeradas. Ahí, en el cajón de abajo. Me las han sacado y me las han vuelto a meter, y me las han metido mal.
— ¿Y no falta nada?
— No falta nada — dijo —. Están todas. Lo que pasa es que yo las dejo por tamaño y ahora están por gusto de otro.
Lo dijo igual que si me estuviera diciendo que había subido el papel. Sin alarma, sin gracia, sin querer que le hiciera un caso especial. Se limpió el pulgar en el mandilón, se bajó las gafas de la cabeza a la nariz y siguió a lo suyo.
— Mali, eso hay que decirlo.
— ¿A quién?
— Pues a alguien.
— Visi, hija. En esta tienda entra el pueblo entero a por un sobre. ¿Qué quieres, que llame al cuartel y les diga que me han puesto los papeles por orden equivocado? Baldo Portilla tiene el Carnaval encima y dos bajas. Bastante tiene.
— Pero es que a ti nadie te toca los papeles.
— Nadie me tocaba — dijo.
Y ahí sí levantó la cabeza y me miró por encima de las gafas, un segundo, con esa cara de estar sacándole punta a algo por dentro y no pensar decírtelo, y a mí aquella tranquilidad suya no me gustó nada.
Amalia Cubría tenía genio para todo. Tenía genio para el papel, para la máquina, para el que le pedía cien copias a las siete de la tarde y para el que le discutía un tipo de letra.
Y de eso, de que le hubieran metido la mano en el único cajón donde ella guardaba lo suyo, no tenía genio ninguno.
Salí a la calle con el taco debajo del brazo y la lluvia todavía fina, y por el camino, calle abajo, con el olor a disolvente pegado al abrigo, me fui diciendo que en cuarenta años yo no la había visto tranquila más que dos veces, y que las dos veces había sido justo antes de que alguien se llevara un disgusto.