Anchoa con espina: Un misterio en Santoña Capítulo 1
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Anchoa con espina: Un misterio en Santoña

Anchoa con espina: Un misterio en Santoña

Por Chelo Bustillo

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Capítulo 1

A las seis y diez de la mañana del martes dieciséis de febrero yo llevaba ya cuatro docenas de bocartes entre los dedos y todavía no le había dado los buenos días a nadie, porque en la mesa de sobado los buenos días se dan cuando se dan y no cuando toca.

Iba sacando la anchoa del baño de salmuera, una tras otra, y quitándole la piel con el pulgar en dos pasadas, una por el lomo y otra por el vientre, y dejándola desnuda y entera encima del paño, que es lo único que importa: entera.

La sal se me metía en las grietas de los nudillos con esa mordedura fina de febrero que no se va hasta abril, y a mí ya me daba lo mismo, porque llevo cuarenta años metiendo las manos en ese frío y a estas alturas el frío y yo hemos llegado a un acuerdo.

La nave nueva de Conservas La Buenamar es una caja de hormigón con ocho fluorescentes y una mesa larga de acero en el centro, y a esa hora de la mañana, con el mar todavía negro al otro lado de la dársena y la calefacción sin arrancar, allí dentro no había más calor que el que hacíamos nosotras.

Ocho mujeres alrededor de una mesa, cinco horas seguidas, hablando encima unas de otras.

Eso es el sitio donde he pasado mi vida.

— Es que yo se lo dije, Visi. Se lo dije el año pasado y se lo dije el otro — Mila Setién llevaba desde las seis menos cuarto con la misma historia y no la había terminado, porque Mila no termina las historias, las trenza —.

Le dije: Amalia, hija, tú un día te vas a pasar.

Y me contestó que para pasarse estaba la fiesta.

— Anda que no tiene razón — dijo Obi.

— Tú te callas, que tú eres peor.

— Yo soy peor pero no escribo.

Obdulia Villamor tenía cuarenta y nueve años, la voz más grande de la casa y una manera de contar las cosas que hacía que las cosas mejoraran mucho entre que pasaban y que ella las contaba.

Aquella misma mañana llevaba desde las seis con lo del cuñado de la Bego y una escalera, y la escalera había empezado siendo de tres peldaños y ya iba por el tejado.

— Obi, que la escalera era de tres peldaños.

— Era de tres peldaños hasta que se subió, Chenta. Después ya no se sabe.

Vicenta Mazo no contestó. Chenta no contesta casi nunca.

Sobaba a mi izquierda desde hacía veintitantos años, con la cabeza baja y las manos rápidas, y en todo ese tiempo yo le habré oído la voz las veces que se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos.

Cuando Chenta habla se hace un silencio en la mesa que no lo hace ni la dueña.

Bocarte estaba debajo, entre mis botas y las de Nerea, hecho una rosca negra de cordones, con el babero blanco manchado de salmuera y el hocico apuntando al pasillo de los barriles.

Un perro de agua de siete años y doce kilos que no es cariñoso, que nunca lo ha sido y que no piensa serlo: es glotón y es tozudo, y viene a la conservera todas las mañanas conmigo porque en esta nave huele a comida desde 1961.

De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba hacia el fondo, hacia la puerta que da al patio y a la nave vieja, y volvía a bajarla.

Siempre hacia allí. Los barriles de salazón del abuelo de Olvido llevan cincuenta años criando una salmuera que no huele como la de ahora, que huele a más cosas y a más tiempo, y ese perro daría la pata derecha por meter el morro en uno.

———

A las siete menos veinte fui a firmar los registradores, como llevo veinte años yendo a firmar los registradores, que es la parte de mi trabajo por la que a mí me pagan y la que menos me gusta.

Hay uno en cada cámara y son dos cajas de plástico amarillo con la tapa rayada, atornilladas a la pared, al lado del marco.

Dentro, un tambor con una cinta de papel que da una vuelta entera por semana y una aguja que va dibujando la temperatura en una línea temblona y azul.

Sanidad lo manda y Sanidad tiene razón. Si abres la puerta, entra el aire de fuera, la aguja sube y hace un pico; cuando la cierras, la máquina recupera y la línea baja otra vez a lo suyo.

Y ahí queda escrito para siempre que a las nueve y cuarto del jueves alguien abrió a por una caja de hielo.

Yo los miro, pongo la fecha, firmo con la V y la S grande y ya está.

Veinte años. He firmado más cintas de ésas que cartas he escrito en mi vida.

El de la nueva es un dibujo de sierra: allí se abre la puerta doscientas veces al día y aquello parece un monte.

El de la vieja es lo más aburrido que ha producido este pueblo en medio siglo.

Una raya. Una raya azul recta de lunes a lunes, con un pico el día que entra alguien a mirar una tapa y ni uno más, porque allí dentro no hay nada que hacer más que esperar, que es justamente lo que están haciendo esos barriles desde antes de que yo naciera.

Y yo la firmo igual. Los martes, en agosto y el día de Nochebuena.

— Visi, ¿me acercas el hielo? — Nerea Gándara tenía veinticuatro años y el móvil en el bolsillo del delantal a todas horas, envuelto en una bolsa para que no le entrara la sal, y grababa vídeos del obrador que luego enseñaba con una insistencia de vendedora —.

Que voy a hacer una cosa para el Carnaval.

— ¿Otra?

— Es que la de la semana pasada no salió bien porque me metí en la cámara y se me cortó.

— Ay, hija — Mila ni levantó la vista —, es que ahí dentro no entra ni el wasap.

— Ni el wasap ni Dios — dijo Obi —. Ahí dentro te metes y ya estás en el año cincuenta.

Es un chiste de la casa y lo hemos hecho todas.

Las cámaras son cajas de metal con la puerta forrada, y allí dentro el teléfono se queda tonto, sin una raya, buscando.

Nerea entra igual, graba igual, y luego sale al pasillo y se queja igual.

Los críos de ahora se creen que la cobertura es como el aire.

A las siete menos cinco pasé por la cámara vieja, que es un decir, porque la cámara vieja está en la otra nave, cruzando el patio, y a esa hora el patio estaba mojado y negro y no se veía la mar aunque la tuvieras a treinta metros.

Fui porque me gusta empezar el día habiendo visto todo lo que tengo debajo de mi nombre.

La nave vieja es la del abuelo de Olvido y allí ya no se trabaja: se guardan los barriles de salazón que van despacio y, en Carnaval, la peña monta los decorados del Juicio, con lo cual en febrero por esa nave pasa medio pueblo y no hay quien lo evite.

La puerta de la cámara vieja tiene un cierre de resorte de los de antes, de esos que se cierran solos con un golpe seco en cuanto la empujas.

Y al lado del marco, a la altura de la cadera, tiene una falleba de seguridad exterior, un cerrojo de hierro macizo con su varilla, pintado encima catorce veces, con la pintura hecha una costra gris y el hierro agarrotado por dentro.

Esa falleba no la echa nadie. No se puede usar sin dejarse los dedos y sin que la mitad de la dársena se entere del chirrido.

La echaba el abuelo de Olvido todas las noches de su vida por una manía suya de hombre de otro tiempo, y desde que se murió, hace veintiocho años, nadie ha vuelto a ponerle la mano encima.

Es una broma nuestra. Cuando alguna dice que va a por hielo a la vieja, siempre hay otra que contesta que no se olvide de echar la falleba, no se le vaya a escapar el bacalao.

Nos reímos con eso desde antes de que Nerea naciera.

Volví con las manos frías y el delantal salpicado, y en la mesa ya se había hecho ese enderezamiento pequeño que se hace cuando entra Casilda.

———

Casilda Liaño llegó a las siete en punto, como llega a las siete en punto desde que se jubiló, con el delantal doblado en la bolsa de tela y la cuchilla en el bolsillo.

Mide metro cincuenta y pico si se estira.

Tiene setenta y ocho años, entró a sobar en esta casa a los catorce y estuvo cincuenta años en esta mesa, y en esta mesa me enseñó a mí, que llegué con dieciséis años y con las manos de no haber hecho nada.

Nadie le ha pedido nunca la llave. A nadie se le ha ocurrido.

— Buenos días — dijo. Y nada más, porque Casilda no gasta.

Se puso el delantal, se lavó las manos en el grifo del fondo, metió los dedos en el barril del punto y probó la salmuera con la yema, y todas hicimos como que no estábamos mirando y todas estábamos mirando. Movió la cabeza una vez.

— Un poco corta.

— ¿Corta? — Obi ya estaba levantándose —. Si la puso Visi.

— Pues está corta.

Y estaba corta. Le faltaban dos puñados y yo lo sabía desde las seis y media y no lo había querido decir, porque a esas horas me duelen los dedos y porque una a veces quiere que el día empiece flojo.

Casilda vino a la mesa, se sentó en el sitio de siempre, que es el tercero por la derecha aunque el sitio no sea suyo desde hace ocho años, y sacó la cuchilla del bolsillo con esa manera de sacar la cuchilla que solamente tiene ella.

Aquí cada una tiene la suya y aquí cada una afila la suya.

Cuarenta años de piedra van comiendo la hoja poco a poco, siempre por el mismo lado, siempre con la misma mano, hasta que el acero se rinde y coge la forma del pulgar que lo maneja.

Yo puedo coger siete cuchillas de esa mesa con los ojos cerrados y decir de quién es cada una por el sitio donde se ha gastado, igual que se conoce una llave por el diente.

La de Chenta tiene un mordisco en el filo de cuando se le cayó al desagüe. La de Nerea todavía brilla, la pobre.

— A ver, madrina, enseña eso — Obi le cogió la mano y la levantó para que se viera —. Mirad esto. Mirad lo que le queda.

— Déjame la mano.

— Es que ya es más mango que hoja, madrina. Con eso no cortas ni un pensamiento.

— Con esto llevo cortando desde que tu madre iba al colegio — dijo Casilda, y se soltó, y la mesa entera se rió, y Obi más que ninguna.

Yo le miré la hoja un segundo, sin querer, por vicio. Un cuarto de luna. Cincuenta años de piedra la habían dejado en una media luna finísima con la punta caída hacia dentro, y el mango de asta amarilla ya oscuro y pulido de tanta mano.

———

La puerta de la calle se abrió a las siete y veinte y entró Amalia Cubría con una caja de cartón en los brazos y el aire de quien está haciendo un favor y quiere que se note.

— Los programas de la peña — dijo, y la dejó encima del carro de las cajas, que era exactamente donde no había que dejarla —. Doscientos. Y no me deis las gracias, dádselas al de la máquina, que ha ido temblando.

— Deja eso ahí, Mali, que va todo a salmuera.

— Pues que vayan. Así los leéis con más gusto.

Mali tenía sesenta y cuatro años, la papelería de la calle que baja al muelle y la costumbre de irse antes de que le contestaras.

Se quedó en la puerta con la mano en el marco, mirando la mesa entera con los ojos entrecerrados, y por un momento pareció que iba a decir algo de la sal, que era lo que siempre decía.

— Este año el Besugo va a juzgar bien — dijo en cambio —. Este año hay alguien en este pueblo que lleva medio siglo callado y se le va a acabar la racha.

Y se fue, y cerró, y en la mesa se hizo un pequeño alboroto de aprobación y de risa, y a Obi se le ocurrió inmediatamente por quién iba, y se equivocó, y todo el mundo dijo que sí, y siguió la mañana.