Bibi lee cartas astrales para vivir. Ochenta y tres mil personas confían en su Instagram más que en su propio doctor, y ella tiene una sola regla sagrada: nunca, jamás, lee su propia carta.

Caio es actuario. Cobra por calcular la probabilidad de que te pasen cosas malas antes de que tú mismo lo sospeches, y tiene un canal con doscientos mil seguidores dedicado a desmontar, con gráfica y fuente, todo lo que Bibi hace para vivir.

Se conocen del peor modo posible: un comentario de cinco palabras —»margen de error interesante»— debajo de una lectura en vivo que, sin que él lo supiera, era la suya.

Lo que empieza como guerra de internet se convierte, por presión de una agencia de publicidad y una campaña llamada «Fe vs. Datos», en noventa días de noviazgo falso con cláusulas firmadas, apodos que necesitan aprobación previa por escrito, y una regla de oro:

nada de beso de verdad fuera de cámara.

Nadie firma un contrato así sin que algo se rompa.

Nadie sostiene noventa días de actuación sin que, en algún punto —tal vez en un observatorio viendo Saturno de verdad por primera vez, tal vez en un hotel con una sola cama y una frontera de almohadas bautizada «intervalo de confianza»— deje de ser actuación.

Venus No Tiene la Culpa (pero Mercurio, ese sí) es una comedia romántica sobre el amor entre quien cree en el destino y quien solo cree en el dato, sobre familias que enseñan a querer de los modos más torcidos posibles,

y sobre la diferencia entre predecir una traición y fabricarla con las propias manos.

Para quien alguna vez creyó que el amor era una fórmula, y para quien alguna vez creyó que era pura magia —y descubrió, tarde o temprano, que era las dos cosas al mismo tiempo.

Comentarios (0)

Escribir reseña
Comentar como usuario