Mi protagonista se llama Elvira Cabrera y lleva cuarenta años corrigiendo faltas de ortografía con un rotulador rojo.

Se jubiló con la idea de no volver a levantar la voz a nadie.

Entonces se murió un tío suyo al que vio tres veces en la vida, y le dejó una posada en un pueblo de la sierra de Huelva.

Fue a venderla. Eso es lo que ella cree.

Llega a finales de octubre, con una maleta y el abrigo equivocado.

A los pocos días tiene en casa a cinco huéspedes que no pueden marcharse, porque la lluvia se ha llevado la carretera, a una cocinera que sabe más de lo que cuenta y a un hombre muerto en la bodega que nadie recuerda haber visto bajar.

La Guardia Civil de Huelva tarda en llegar.

Elvira, mientras tanto, hace lo único que ha hecho bien en su vida: leer despacio y fijarse en lo que no encaja.

Es una novela de misterio de las de antes, con las pistas a la vista para que las veas tú también, humor seco y mucha mesa: se come y se bebe bastante.

No hay sangre ni palabrotas. Hay un pueblo donde todos saben algo y casi nadie lo dice, y una mujer mayor a la que nadie hace caso hasta que ya es tarde.

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