Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Receta de cierre · Migas serranas de Reme
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Receta de cierre · Migas serranas de Reme

Se llevaron a Consuelo en el coche del sargento Báez a las cinco de la tarde, sin esposas, con su bastón y su bolso, y sin el cojín.

Peña se lo había prometido: se lo devolverían vacío, con su relleno de plumas dentro, y Reme se encargaría de coserlo.

Subió al asiento de atrás ayudada por dos agentes jóvenes que no sabían dónde poner las manos, y antes de que cerraran la puerta se asomó por la ventanilla y le dijo a Reme, que se había quedado clavada en el portón con el delantal en las manos:

—El jueves que viene, Remedios, ¿me manda el té?

—Se lo mando —dijo Reme.

Eso fue todo. La puerta se cerró. El coche subió la cuesta, giró en la plaza, y se perdió por la carretera de Aracena entre los alcornoques, con su pequeño rastro de luces azules, que dejaron de girar al llegar a la curva.

Yo me quedé en el empedrado con las manos en los bolsillos de la rebeca, mirando el hueco de calle vacío, hasta que sentí que alguien me ponía una manta sobre los hombros. Era Genaro. Siempre es Genaro.

—Doña Elvira —dijo—. Entre, que se va a enfriar.

—Un momento.

—¿Va a llorar?

—No. No lloro en público. —Pero se me había nublado la vista y me limpié la cara con el borde de la manta—. Es la humedad.

—Claro. La humedad. —Y se quedó a mi lado, mirando también la carretera, hasta que el frío nos echó a los dos.

Lo demás ocurrió despacio, en los días siguientes, como ocurren las cosas verdaderas.

Los resultados de Sevilla llegaron el sábado por la tarde, y dijeron lo que ya sabíamos: digoxina, en una concentración que ningún cardiólogo habría prescrito ni ningún paciente tomado por error, en el contenido gástrico y en la sangre de Teodoro Vidal Cano, sesenta y ocho años, contable jubilado, viudo desde la primavera, padre de una hija que llegó en autobús desde Huelva el domingo por la mañana con los ojos enrojecidos y una carpeta de papeles bajo el brazo.

La conocí en el zaguán. Era una mujer de cuarenta y tantos, rubia, con la misma manera de agarrar el bolso que su padre había tenido de agarrar el tenedor. Me tendió la mano.

—Usted es la sobrina —dijo.

—Sí.

—Mi padre hablaba mucho de su tío. Decía que era el único hombre honrado que había conocido. —Respiró—. Y de usted también hablaba, aunque no la conocía. Decía: «La sobrina de Anselmo es maestra. Las maestras siempre saben cuándo uno miente».

—Eso es verdad.

—Me gustaría dar las gracias a quien lo descubrió.

—No hay nada que agradecer. Llegué tarde.

—Llegó —dijo ella—. Eso ya es más de lo que han hecho muchos.

El cuaderno de tapas azules del maletín, el de la columna de números, resultó ser el último arqueo de Vidal, el que había preparado con sus propias manos durante tres meses, y que llevaba para entregar a mi tío y al juez.

Hoy está en el expediente. Las seis hojas cortadas del libro de caja, la carta de Alfonso Ruano, el sello de bronce y la llave número ciento dieciocho también.

Y en una cámara de seguridad del Banco de Andalucía de la calle Sierpes de Sevilla, abierta el martes por la jueza Lozano en presencia de dos peritos, cuarenta millones de pesetas en billetes de cinco mil, atados con gomas de piedra, sin una sola arruga.

—Ya no valen nada —me dijo Báez por teléfono, cuando me contó lo de la caja—. El plazo para cambiarlos en el Banco de España acabó en 2021. Son papel de colección.

—Doscientos cuarenta mil euros de papel de colección.

—Treinta y siete años de papel. —Hizo una pausa—. La jueza dice que va a proponer que se subasten como curiosidad numismática y que lo que salga se reparta entre los descendientes de los socios. Poca cosa, pero es lo que se puede.

—Mi tío lo habría aprobado.

—Su tío —dijo el sargento— sigue siendo un asunto abierto.

Y eso, que dijo sin dramatismo, con su voz cansada de siempre, me estuvo dando vueltas por la cabeza toda la semana.

Los Sanchis se fueron el lunes por la mañana, en el Seat León con las maletas hasta el techo.

Pilar me dio dos besos y un frasco de mermelada de naranja de su madre, que traía desde Valencia en una bolsa de plástico, sin abrir.

Julián me estrechó la mano con las dos suyas durante un rato absurdo y me dijo en voz baja que había ingresado los seis mil euros en el banco de Aracena y que su hermano Paco, de momento, se había salvado del taller.

—Si algún día necesita que le haga las cuentas de la posada —dijo—, yo encantado. De balde.

—Se lo tendré en cuenta.

—Y prométame que servirá otra vez migas. Pili no me deja hacerlas en casa.

—Julián —dijo Pilar desde el coche—. Que nos vamos.

Héctor Lamas publicó su reportaje en El Diario del Sur diez días después, a doble página, con el título «Cuarenta millones de pesetas y una silla vacía».

Salió el artículo mejor escrito de su vida, según me confesó él mismo por teléfono con una voz casi rota, y no dijo ni una mentira.

Se despidió de mí un jueves por la mañana en el zaguán, con la mochila al hombro, el tubo de planos cruzado a la espalda y una sonrisa de un solo lado.

—Nueve años —dijo.

—¿Qué?

—El descorche. Nueve años. —Alzó un dedo—. Ya lo sé para siempre.

Nuria Bosch se quedó una semana más, a fotografiar la niebla, y cuando se marchó dejó sobre la mesa de la cocina un sobre con una foto en blanco y negro, copiada del archivo de su cámara.

Era la de las una y cuarenta. La figura del chal, de espaldas, con la bandeja en las manos y un pie en el aire, sobre las baldosas mojadas del patio.

Al dorso había escrito con lápiz: «No me atreví a mirar.

Gracias por mirar por mí». La colgué en la ropería, junto al San Antonio, donde nadie la ve.

El cabo Peña recibió una felicitación pública en el cuartel de Huelva y un sobre con una paga extra que no esperaba.

No se lo creyó hasta que Báez se lo leyó dos veces.

Esa tarde se presentó en la posada con el tricornio puesto, la cara roja y un pastel de nata en una bandeja de papel, y se sentó a la mesa de la cocina sin que nadie se lo pidiera.

—Para ustedes —dijo—. Que me han enseñado más en una semana que en seis meses de academia.

—No lo diga delante de Reme —le susurré—, o le dará de comer hasta Navidad.

—Ya me da —dijo, mirando el plato de migas que Reme le acababa de plantar delante—. Y no pienso protestar.

Don Aurelio vino el miércoles. Entró en la posada con la chaqueta de pana, el sombrero en la mano y los claveles de la solapa renovados, y se quedó en el umbral como un niño al que le han dicho que pase y no sabe si debe.

—Doña Elvira. Vengo a pedirle perdón.

—No tiene que hacerlo.

—Sí. Por lo del Land Rover, por lo de la mentira, por lo de la oferta.

—Bajó la voz—. Le dije que se caía la subvención si no firmaba el martes.

Ya sé que fue una trola. Lo hablé con el notario.

Hay otros terrenos, y otras casas. Esta posada no la necesito, y creo que… creo que la necesita más usted.

—Es una manera muy elegante de retirar una oferta.

—Es una manera de retirarme. —Sonrió, con la sonrisa de rotonda, pero esta vez le salió por donde iba—. A mi padre no le habría gustado que su hijo comprara el almacén de los que lo arruinaron. Y a Anselmo tampoco le habría gustado que se lo vendieran.

—¿Usted cree que a mi tío no le habría gustado?

—Creo —dijo Aurelio— que Anselmo guardaba esta casa por algo que todavía no sabemos.

Se despidió con una inclinación de cabeza y se fue calle abajo, silbando.

Don Ferrán me estaba esperando en la cocina cuando volví.

Se había sentado en el taburete junto a la puerta, con el sombrero sobre las rodillas, y miraba el suelo con una concentración de médico que busca un síntoma. Reme le había servido una tila que no se había bebido.

—Doña Elvira —dijo—. He ido a ver a la jueza esta mañana.

—¿Y qué le ha dicho?

—Que quiero declarar sobre el parte de su tío.

Que firmé infarto agudo de miocardio sin pedir análisis, sin mirar con atención, sin preguntar a nadie.

Que fue una negligencia. —Alzó los ojos azules, muy pequeños, casi infantiles—.

Me ha dicho que pedirá la exhumación si hace falta. Y que eso lo decide ella.

—Es un hombre honrado, don Ferrán.

—Es un hombre que lleva cuarenta y siete años firmando partes sin hacer demasiadas preguntas. —Se levantó, se puso el sombrero—. Ahora espero que lo hagan las preguntas por mí.

Y se fue, con el paso de quien lleva una maleta que ha decidido, por fin, no dejar en el rellano.

Al domingo siguiente, que fue ocho de noviembre, Reme me llamó a la cocina.

Estaba de pie junto al fogón, con las manos limpias y el delantal puesto, y sobre la mesa había una cosa que yo conocía de otra vida: un sobre blanco, con mi nombre escrito a lápiz de carpintero en una letra grande y redonda.

Elvira. Ni apellidos, ni título. Tenía los bordes un poco desgastados de llevarlo mucho tiempo en un bolsillo.

—Don Anselmo me lo dio el seis de octubre —dijo—. Me dijo: «Cuando alguien le dé cuerda al reloj, se lo das». Lo he tenido guardado hasta ahora, doña Elvira, porque quería que antes terminara de resolver esto. Que lo leyera con los ojos limpios.

Lo abrí con un cuchillo de untar. Dentro había una cuartilla escrita por las dos caras, con la letra de un hombre que escribe despacio porque le tiembla la mano.

No la leeré aquí; es mía. Pero hay una frase del final que he copiado, con el rotulador rojo, en la primera página de mi libreta nueva, por si algún día se me olvida a qué me dediqué después de jubilarme:

Queda la deuda del alcornoque, y esa no la conoce ni Consuelo. Hazme el favor de no venderla.

—¿Qué es la deuda del alcornoque? —pregunté.

—No lo sé —dijo Reme—. De verdad. Pero si me deja que le ponga un plato de migas, a lo mejor entre las dos lo averiguamos.

Esa tarde bajé a la bodega sola. La barrica del fondo, la última, seguía en su sitio, con la tiza de mi tío en la panza. Me quedé un rato mirando la tiza, ANIZ 2019, con zeta, que alguien había escrito con una letra grande y redonda un día cualquiera de hace años.

Llevaba el rotulador rojo en el bolsillo, naturalmente. Lo saqué. Lo destapé. Me lo acerqué a la pared.

Y volví a taparlo.

Hay faltas que no se corrigen. Se guardan.

Subí. En el zaguán salí un momento a la calle, y miré hacia arriba.

El cartel seguía como el primer día, torcido, colgado de sus dos cadenas, con la pintura desconchada y mis correcciones en rojo encima de las faltas de Manuel, que ya llevaban dos semanas aguantando la lluvia sin que nadie las borrara.

Se me había ocurrido, esa mañana, encargar uno nuevo.

Más grande, de madera barnizada, con letras pintadas por el mejor rotulista de Aracena.

En lugar de eso, cogí el pincel de Genaro y un bote de pintura blanca. Me subí al taburete. Y debajo de la última línea, la de SE ADMITEN PERROS Y FORASTEROS , añadí con cuidado, trazo a trazo, tres palabras más: Y MAESTRAS JUBILADAS .

Desde la cocina, Reme me miró con las manos en las caderas.

—¿Se queda?

—Me quedo.

—¿Para siempre?

—Hasta el lunes —dije—. Después ya veremos.

Soltó una carcajada que la dobló por la mitad, la primera que le oía, y la gata Jerónima, que estaba en el sillón de la chimenea, abrió un ojo y volvió a cerrarlo con la expresión de quien siempre había sabido cómo iba a acabar todo.

Receta de cierre · Migas serranas de Reme

Para seis personas. Una tarde de lluvia, una sartén grande y alguien con quien hablar mientras se remueven.

1 kilo de pan de pueblo del día anterior, cortado en trocitos muy finos 6 dientes de ajo, con su piel 200 g de torreznos o panceta, en dados 2 chorizos de la sierra, en rodajas 1 cucharada de pimentón de la Vera, dulce Aceite de oliva, sal y un vaso de agua tibia con sal

Primero , se humedece el pan con el agua salada, rociándolo, sin empapar, y se tapa con un paño unas horas. «Que repose, Elvira. Las prisas son para los que no tienen pan duro» .

Después , en la sartén grande, con buen aceite, se doran los ajos enteros con su piel hasta que se pongan morenos; se sacan y se reservan. En esa misma grasa se hacen los torreznos y el chorizo. Se apartan.

Luego , con el fuego bajo, se echa el pimentón y, enseguida, el pan. Se remueve sin parar con una cuchara de madera, durante casi una hora, desmenuzando, dando vueltas, hablando de lo que haga falta. Las migas están listas cuando se sueltan unas de otras y brillan.

Por último , se mezclan con los torreznos y el chorizo, se pone el ajo encima, y se lleva la sartén entera a la mesa, para que cada uno coma de donde quiera.

Se sirven con un vaso de anís de la casa. No para brindar. Para acordarse.